CAPÍTULO XCII.

CÓMO NUESTRO CAPITAN SALIÓ Á VER LA CIUDAD DE MÉJICO Y EL TATELULCO,

QUE ES LA PLAZA MAYOR, Y EL GRAN CU DE SU HUICHILÓBOS, Y LO QUE MÁS

PASÓ.

Como habia ya cuatro dias que estábamos en Méjico, y no salia el

capitan ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto á las casas

y huertas, nos dijo Cortés que seria bien ir á la plaza Mayor á ver

el gran adoratorio de su Huichilóbos, y que queria envialle á decir al

gran Montezuma que lo tuviese por bien; y para ello envió por mensajero

á Jerónimo de Aguilar y á doña Marina, é con ellos á un pajecillo

de nuestro capitan, que entendia ya algo de la lengua, que se decia

Orteguilla.

Y el Montezuma, como lo supo, envió á decir que fuésemos mucho en buen

hora, y por otra parte temió no lo fuésemos á hacer algun deshonor á

sus ídolos, y acordó de ir él en persona con muchos de sus principales,

y en sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino,

y cabe unos adoratorios se apeó de las andas, porque tenia por gran

deshonor de sus ídolos ir hasta su casa é adoratorio de aquella manera,

y no ir á pié, y llevábanle de brazo grandes principales, é iban

delante del Montezuma señores de vasallos, y llevaban dos bastones como

cetros alzados en alto, que era señal que iba allí el gran Montezuma:

y cuando iba en las andas llevaba una varita, la media de oro y media

de palo, levantada como vara de justicia; y así se fué y subió en su

gran cu, acompañado de muchos papas, y comenzó á zahumar y hacer otras

ceremonias al Huichilóbos.

Dejemos al Montezuma, que ya habia ido adelante, como dicho tengo,

y volvamos á Cortés y á nuestros capitanes y soldados, como siempre

teniamos por costumbre de noche y de dia estar armados, y así nos via

estar el Montezuma, y cuando lo íbamos á ver no lo teniamos por cosa

nueva.

Digo esto porque á caballo nuestro capitan, con todos los más que

tenian caballos y la más parte de nuestros soldados, muy apercebidos

fuimos al Tatelulco, é iban muchos caciques que el Montezuma envió

para que nos acompañasen: y cuando llegamos á la gran plaza, que se

dice el Tatelulco, como no habiamos visto tal cosa, quedamos admirados

de la multitud de gente y mercaderías que en ella habia y del gran

concierto y regimiento que en todo tenian; y los principales que iban

con nosotros nos lo iban mostrando; cada género de mercaderías estaban

por sí y tenian situados y señalados sus asientos.

Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas, y plumas

y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías, esclavos y esclavas;

digo que traian tantos á vender á aquella gran plaza como traen los

portugueses los negros de Guinea, é traíanlos atados en unas varas

largas, con collares á los pescuezos porque no se les huyesen, y otros

dejaban sueltos.

Luego estaban otros mercaderes que vendian ropa más basta, é algodon,

é otras cosas de hilo torcido, y cacaguateros que vendian cacao; y

desta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la

Nueva-España, puesto que por su concierto, de la manera que hay en mi

tierra, que es Medina del Campo, donde se facen las ferias, que en cada

calle están sus mercaderías por sí, así estaban en esta gran plaza;

y los que vendian mantas de nequen y sogas, y cotaraz, que son los

zapatos que calzan, y hacen de nequen y de las raices del mismo árbol

muy dulces cocidas, y otras zarrabusterías que sacan del mismo árbol;

todo estaba á una parte de la plaza en su lugar señalado; y cueros de

tigres, de leones y de nutrias, y de adives y de venados y de otras

alimañas, é tejones é gatos monteses, dellos adobados y otros sin

adobar.

Estaban en otra parte otros géneros de cosas é mercaderías. Pasemos

adelante, y digamos de los que vendian frisoles y chia y otras

legumbres é yerbas, á otra parte.

Vamos á los que vendian gallinas, gallos de papada, conejos, liebres,

venados y anadones, perrillos y otras cosas deste arte, á su parte de

la plaza.

Digamos de las fruteras, de las que vendian cosas cocidas, mazamorreras

y malcocinado, tambien á su parte; puesto todo género de loza hecha de

mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por

sí aparte; y tambien los que vendian miel y melcochas y otras golosinas

que hacian, como nuegados.

Pues los que vendian madera, tablas, cunas viejas é tajos é bancos,

todo por sí. Vamos á los que vendian leña, acote é otras cosas desta

manera.

¿Qué quieren más que diga? Que hablando con acato, tambien vendian

canoas llenas de hienda de hombres, que tenian en los esteros cerca

de la plaza, y esto era para hacer ó para curtir cueros, que sin ella

decian que no se hacian buenos. Bien tengo entendido que algunos se

reian desto; pues digo que es así; y más digo, que tenian por costumbre

que en todos los caminos que tenian hechos de cañas ó paja ó yerbas

porque no los viesen los que pasasen por ellos, y allí se metian si

tenian ganas de purgar los vientres, porque no se les perdiese aquella

suciedad.

¿Para qué gasto ya tantas palabras de lo que vendian en aquella

plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas

las cosas, sino qué papel, que en esta tierra llaman amatl, y unos

cañutos de olores con liquidámbar, llenos de tabaco, y otros ungüentos

amarillos, y cosa deste arte vendian por sí; é vendian mucha grana

debajo de los portales que estaban en aquella gran plaza; é habia

muchos herbolarios y mercaderías de otra manera: y tenian allí sus

casas, donde juzgaban tres jueces y otros como alguaciles ejecutores

que miraban las mercaderías.

Olvidádoseme habia la sal y los que hacian navajas de pedernal, y de

cómo las sacaban de la misma piedra.

Pues pescaderas y otros que vendian uno panecillos que hacen de una

como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes

dello, que tienen un sabor á manera de queso; y vendian hachas de laton

y cobre y estaño, y jícaras, y unos jarros muy pintados, de madera

hechos.

Ya queria haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendian,

porque eran tantas y de tan diversas calidades, que para que lo

acabáramos de ver é inquirir era necesario más espacio; que, como la

gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales,

que en un dia no se podia ver todo; y fuimos al gran cu, é ya que

íbamos cerca de sus grandes patios, é ántes de salir de la misma plaza

estaban otros muchos mercaderes, que segun dijeron, era que tenian á

vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos

cañutillos delgados de los de ansarones de la tierra, é así blancos

porque se pareciese el oro por defuera, y por el largor y gordor de

los cañutillos tenian entre ellos su cuenta qué tantas mantas ó qué

jiquipiles de cacao valía, ó qué esclavos, ó otra cualquier cosa á que

lo trocaban.

É así, dejamos la gran plaza sin más la ver, y llegamos á los grandes

patios y cercas donde estaba el gran cu, y tenia ántes de llegar á él

un gran circuito de patios, que me parece que eran mayores que la plaza

que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor de cal y canto, y el

mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes de losas blancas

y muy lisas, y adonde no habia de aquellas piedras, estaba encalado y

bruñido, y todo muy limpio, que no hallaran una paja ni polvo en todo

él.

Y cuando llegamos cerca del gran cu, ántes que subiésemos ninguna

grada dél, envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo

sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen á

nuestro capitan Cortés, y al subir de las gradas, que eran ciento

y catorce, le iban á tomar de los brazos para le ayudar á subir,

creyendo que se cansaria, como ayudaban á subir á su señor Montezuma,

y Cortés no quiso que llegasen á él; y como subimos á lo alto del gran

cu, en una placeta que arriba se hacia, adonde tenian un espacio como

andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras adonde ponian los

tristes indios para sacrificar, allí habia un gran bulto como de dragon

é otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel dia.

É así como llegamos, salió el gran Montezuma de un adoratorio donde

estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron

con él dos papas, y con mucho acato que hicieron á Cortés é á todos

nosotros le dijo:

—«Cansado estareis, señor Malinche, de subir á este nuestro gran

templo.»

Y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él

ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna; y luego le tomó por la

mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que

habia dentro en el agua, é otros muchos pueblos en tierra alrededor

de la misma laguna; y que si no habia visto bien su gran plaza, que

desde allí la podria ver muy mejor; y así lo estuvimos mirando, porque

aquel grande y maldito templo estaba tan alto, que todo lo señoreaba;

y de allí vimos las tres calzadas que entran en Méjico, que es la de

Iztapalapa, que fué por la que entramos cuatro dias habia; y la de

Tacuba fué por donde despues de ahí á ocho meses salimos huyendo la

noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlauaca, nuevo señor, nos

echó de la ciudad, como adelante diremos; y la de Tepeaquilla; y viamos

el agua dulce que venia de Chapultepeque, de que se proveia la ciudad;

y en aquellas tres calzadas las puentes que tenian hechas de trecho á

trecho, por donde entraba y salia el agua de la laguna de una parte á

otra; é viamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas

que venian con bastimentos é otras que venian con cargas é mercaderías;

y viamos que cada casa de aquella gran ciudad y de todas las demás

ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa á casa no se pasaba

sino por unas puentes levadizas que tenian hechas de madera ó en

canoas; y viamos en aquellas ciudades cues é adoratorios á manera de

torres é fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiracion, y

las casas de azuteas, y en las calzadas otras torrecillas é adoratorios

que eran como fortalezas.

Y despues de bien mirado y considerado todo lo que habiamos visto,

tornamos á ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella habia,

unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido

de las voces y palabras que allí habia, sonaba más que de una legua;

y entre nosotros hubo soldados que habian estado en muchas partes del

mundo, y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza

tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta

gente, no la habian visto.

Dejemos esto, y volvamos á nuestro capitan, que dijo á fray Bartolomé

de Olmedo, ya otras veces por mí nombrado, que allí se halló:

—«Paréceme, señor padre, que será bien que demos un tiento á Montezuma

sobre que nos deje hacer aquí nuestra iglesia.»

Y el padre dijo que seria bien si aprovechase, mas que le parecia que

no era cosa convenible hablar en tal tiempo, que no via al Montezuma

de arte que en tal cosa concediese, y luego nuestro Cortés dijo al

Montezuma, con doña Marina, la lengua:

—«Muy gran señor es vuestra majestad, y de mucho más es merecedor;

hemos holgado de ver vuestras ciudades. Lo que os pido por merced es,

que pues estamos aquí en este vuestro templo, que nos mostreis vuestros

dioses y teules.»

Y Montezuma dijo que primero hablaria con sus grandes papas; y luego

que con ellos hubo hablado, dijo que entrásemos en una torrecilla é

apartamento á manera de sala, donde estaban dos como altares con muy

ricas tablazones encima del techo, é en cada altar estaban dos bultos

como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero que

estaba á la mano derecha decian que era el de Huichilóbos, su dios de

la guerra, y tenia la cara y rostro muy ancho, y los ojos disformes é

espantables, y en todo el cuerpo tanta de la pedrería é oro y perlas é

aljófar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra de unas como de

raices, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno dello, y ceñido al

cuerpo unas á manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en

una mano tenia un arco y en otra unas flechas.

É otro ídolo pequeño que allí cabe él estaba, que decian era su paje,

le tenia una lanza no larga y una rodela muy rica de oro ó pedrería,

é tenia puestas al cuello de Huichilóbos unas caras de indios y otros

como corazones de los mismos indios, y estos de oro y dellos de plata

con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso,

que es su copal, y con corazones de indios de aquel dia sacrificados, é

se quemaban, y con el humo y copal le habian hecho aquel sacrificio; y

estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañadas y negras de

costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedia muy malamente.

Luego vimos á la otra parte de la mano izquierda estar el otro gran

bulto del altar del Huichilóbos, y tenia un rostro como de oso y unos

ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice Tezcat,

y el cuerpo con ricas piedras pegadas segun y de la manera del otro

su Huichilóbos; porque, segun decian, entrambos eran hermanos, y

este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenia cargo de las

ánimas de los mejicanos, y tenia ceñidas al cuerpo unas figuras como

diablillos chicos, y las colas dellos como sierpes, y tenia en las

paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado dello, que

en los mataderos de Castilla no habia tanto hedor; y allí le tenian

presentado cinco corazones de aquel dia sacrificados; y en lo más alto

de todo el cu estaba otra concavidad muy ricamente labrada la madera

della, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo

lleno de piedras ricas, y la mitad del enmantado.

Este decian que la mitad dél estaba lleno de todas las semillas que

habia en toda la tierra, y decian que era el dios de las sementeras y

frutas; no se me acuerda el nombre dél, y todo estaba lleno de sangre,

así paredes como altar, y era tanto el hedor, que no viamos la hora

de salirnos fuera, y allí tenian un tambor muy grande en demasía, que

cuando le tañian el sonido dél era tan triste y de tal manera, como

dicen instrumento de los infiernos, y más de dos leguas de allí se oia;

y decian que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy grandes;

é en aquella placeta tenian tantas cosas muy diabólicas de ver, de

bocinas y trompetillas y navajones, y muchos corazones de indios que

habian quemado, con que zahumaban aquellos sus ídolos, y todo cuajado

de sangre, y tenian tanto, que los doy á la maldicion; y como todo

hedia á carnicería, no viamos la hora de quitarnos de tan mal hedor y

peor vista; y nuestro capitan dijo á Montezuma con nuestra lengua, como

medio riendo:

—«Señor Montezuma, no sé yo cómo un tan gran señor é sábio varon como

vuestra majestad es, no haya coligido en su pensamiento cómo no son

estos vuestros ídolos dioses, sino cosas malas, que se llaman diablos.

Y para que vuestra majestad lo conozca y todos sus papas lo vean claro,

hacedme una merced, que hayais por bien que en lo alto desta torre

pongamos una cruz, y en una parte destos adoratorios, donde están

vuestros Huichilóbos y Tezcatepuca, harémos un apartado donde pongamos

una imágen de Nuestra Señora; la cual imágen ya el Montezuma la habia

visto; y vereis el temor que dello tienen esos ídolos que os tienen

engañados.»

Y el Montezuma respondió medio enojado, y dos papas que con él estaban

mostraron malas señales, y dijo:

—«Señor Malinche, si tal deshonor como has dicho creyera que habias de

decir, no te mostrara mis dioses; aquestos tenemos por muy buenos, y

ellos dan salud y aguas y buenas sementeras, é temporales y vitorias, y

cuanto queremos, é tenémoslos de adorar y sacrificar. Lo que os ruego

es, que no se digan otras palabras en su deshonor.»

Y como aquello le oyó nuestro capitan, y tan alterado, no le replicó

más en ello, y con cara alegre le dijo:

—«Hora es que Vuestra Majestad y nosotros nos vamos.»

Y el Montezuma respondió que era bien, é que porque él tenia que rezar

é hacer ciertos sacrificios en recompensa del gratlatlacol, que quiere

decir pecado que habia hecho en dejarnos subir en su gran cu é ser

causa de que nos dejase ver sus dioses, é del deshonor que les hicimos

en decir mal dellos, que ántes que se fuese que lo habia de rezar é

adorar.

Y Cortés le dijo:

—«Pues que así es, perdone, señor.»

É luego nos bajamos las gradas abajo, y como eran ciento y catorce,

é algunos de nuestros soldados estaban malos de bubas ó humores, les

dolieron los muslos de bajar.

Y dejaré de hablar de su adoratorio, y diré lo que me parece del

circuito y manera que tenia; y si no lo dijere tan al natural como era,

no se maravillen, porque en aquel tiempo tenia otro pensamiento de

entender en lo que traiamos entre manos, que era en lo militar y lo que

mi capitan Cortés me mandaba, y no en hacer relaciones.

Volvamos á nuestra materia. Paréceme que el circuito del gran cu seria

de seis muy grandes solares de los que dan en esta tierra, y desde

abajo hasta arriba, adonde estaba una torrecilla, é allí estaban sus

ídolos, va estrechando, y en medio del alto cu hasta lo más alto

dél van cinco concavidades á manera de barbacanas y descubiertas

sin mamparos; y porque hay muchos cues pintados en reposteros de

conquistadores, é en uno que yo tengo, que cualquiera dellos al que los

ha visto, podrá colegir la manera que tenian por defuera; mas lo que

yo vi y entendí, é dello hubo fama en aquellos tiempos que fundaron

aquel gran cu, en el cimiento dél habian ofrecido de todos los vecinos

de aquella gran ciudad oro é plata y aljófar é piedras ricas, é que le

habian bañado con mucha sangre de indios que sacrificaron, que habian

tomado en las guerras, y de toda manera de diversidad de semillas

que habia en toda la tierra, porque les diesen sus ídolos victorias é

riquezas y muchos frutos.

Dirán ahora algunos letores muy curiosos que cómo pudimos alcanzar á

saber que en el cimiento de aquel gran cu echaron oro y plata é piedras

de chalchihuis ricas, y semillas, y lo rociaban con sangre humana de

indios que sacrificaban, habiendo sobre mil años que se fabricó y se

hizo.

Á esto doy por respuesta que desde que ganamos aquella fuerte y gran

ciudad y se repartieron los solares, que luego propusimos que en aquel

gran cu habiamos de hacer la iglesia de nuestro patron é guiador señor

Santiago, é cupo mucha parte de solar del alto cu para el solar de la

santa iglesia, y cuando abrian los cimientos para hacerlos más fijos,

hallaron mucho oro y plata y chalchihuis, y perlas é aljófar y otras

piedras.

Y asimismo á un vecino de Méjico que le cupo otra parte del mismo

solar, halló lo mismo; y los oficiales de la hacienda de su majestad

demandábanlo por de su majestad, que le venia de derecho, y sobre ello

hubo pleito, é no se me acuerda lo que pasó, mas de que se informaron

de los caciques y principales de Méjico y de Guatemuz, que entónces era

vivo, é dijeron que es verdad que todos los vecinos de Méjico de aquel

tiempo echaron en los cimientos aquellas joyas é todo lo demás, é que

así lo tenian por memoria en sus libros y pinturas de cosas antiguas,

é por esta causa se quedó para la obra de la santa iglesia de señor

Santiago.

Dejemos esto, y digamos de los grandes y suntuosos patios que estaban

delante del Huichilóbos, adonde está ahora señor Santiago, que se dice

el Taltelulco, porque así se solia llamar.

Ya he dicho que tenian dos cercas de cal y canto ántes de entrar

dentro, é que era empedrado de piedras blancas como losas, y muy

encalado y bruñido y limpio, y seria de tanto compás y tan ancho como

la plaza de Salamanca; y un poco apartado del gran cu estaba una

torrecilla que tambien era casa de ídolos, ó puro infierno, porque

tenia á la boca de la una puerta una muy espantable boca de las que

pintan, que dicen que es como la que está en los infiernos, con la boca

abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas.

É asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes junto

á la puerta, y tenian un poco apartado un sacrificadero, y todo ello

muy ensangrentado y negro de humo é costras de sangre; y tenian

muchas ollas grandes y cántaros é tinajas dentro en la casa llenas

de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios

que sacrificaban, que comian los papas, porque tambien tenian cabe el

sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera como en los que

cortan carne en las carnicerías.

Y asimismo detrás de aquella maldita casa, bien apartado della, estaban

unos grandes rimeros de leña, y no muy léjos una gran alberca de agua

que se henchia y vaciaba, que le venia por su caño encubierto de la

que entraba en la ciudad desde Chapultepeque. Yo siempre la llamaba á

aquella casa el infierno.

Pasemos adelante del patio y vamos á otro cu, donde era enterramiento

de grandes señores mejicanos, que tambien tenian otros ídolos, y todo

lleno de sangre é humo, y tenia otras puertas y figuras de infierno; y

luego junto de aquel cu estaba otro lleno de calaveras é zancarrones

puestos con gran concierto, que se podian ver, más no se podian contar,

porque eran muchos, y las calaveras por sí, y los zancarrones en otros

rimeros; é allí habia otros ídolos, y en cada casa ó cu y adoratorio

que he dicho, estaban papas con sus vestiduras largas de mantas prietas

y las capillas como de dominicos, que tambien tiraban un poco á las

de los canónigos, y el cabello muy largo y hecho, que no se podia

desparcir ni desenredar; y todos los más sacrificados las orejas, é en

los mismos cabellos mucha sangre.

Pasemos adelante, que habia otros cues apartados un poco de donde

estaban las calaveras, que tenian otros ídolos y sacrificios de otras

malas pinturas; é aquellos decian que eran abogados de los casamientos

de los hombres.

No quiero detenerme más en contar de ídolos, sino solamente diré que

en torno de aquel gran patio habia muchas casas, é no altas, é eran

adonde estaban y residian los papas é otros indios que tenian cargo de

los ídolos; y tambien tenian otra muy mayor alberca ó estanque de agua

y muy limpia á una parte del gran cu, y era dedicada para solamente el

servicio de Huichilóbos é Tezcatepuca, y entraba el agua en aquella

alberca por caños encubiertos que venian de Chapultepeque; é allí cerca

estaban otros grandes aposentos á manera de monasterio, adonde estaban

recogidas muchas hijas de vecinos mejicanos, como monjas, hasta que

se casaban; y allí estaban dos bultos de ídolos de mujeres, que eran

abogadas de los casamientos de las mujeres, y á aquellas sacrificaban y

hacian fiestas porque les diesen buenos maridos.

Mucho me he detenido en contar deste gran cu del Tatelulco y sus

patios, pues digo era el mayor templo de sus ídolos de todo Méjico,

porque habia tantos y muy suntuosos, que entre cuatro ó cinco barrios

tenian un adoratorio y sus ídolos; y porque eran muchos é yo no sé

la cuenta de todos, pasaré adelante, y diré que en Cholula el gran

adoratorio que en él tenian era de mayor altor que no el de Méjico,

porque tenia ciento y veinte gradas, y segun dicen, el ídolo de Cholula

teníanle por bueno, é iban á él en romería de todas partes de la

Nueva-España á ganar perdones, y á esta causa lo hicieron tan suntuoso

cu, mas era de otra hechura que el mejicano, é asimismo los patios muy

grandes é con dos cercas.

Tambien digo que el cu de la ciudad del Tezcuco era muy alto, de ciento

y diez y siete gradas, y los patios anchos y buenos, y hechos de otra

manera que los demás.

Y una cosa de reir es, que tenian en cada provincia sus ídolos, y los

de la una provincia ó ciudad no aprovechaban á los otros; é así, tenian

infinitos ídolos y á todos sacrificaban.

Y despues que nuestro capitan y todos nosotros nos cansamos de andar

y ver tantas diversidades de ídolos y sus sacrificios, nos volvimos á

nuestros aposentos, y siempre muy acompañados de principales y caciques

que Montezuma enviaba con nosotros.

Y quedarse há aquí, y diré lo que más hicimos.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3) · 第 109 / 133 题