CÓMO VINO XICOTENGA CAPITAN GENERAL DE TLASCALA, Á ENTENDER EN LAS
PACES, Y LO QUE DIJO, Y LO QUE NOS AVINO.
Estando platicando Cortés con los embajadores de Montezuma, como dicho
habemos, y queria reposar porque estaba malo de calenturas y purgado
de otro dia ántes, viénenle á decir que venia el capitan Xicotenga
con muchos caciques y capitanes, y que traen cubiertas mantas blancas
y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas y la otra mitad
coloradas, que era su divisa y librea, y muy de paz, y traia consigo
hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban; y llegado al
aposento de Cortés, le hizo muy grande acato en sus reverencias, como
entre ellos se usa, y mandó quemar mucho copal, y Cortés con gran amor
le mandó sentar cabe sí; y dijo el Xicotenga que él venia de parte de
su padre y de Masse-Escaci, y de todos los caciques y República de
Tlascala, á rogarle que los admitiese á nuestra amistad; y que venia á
dar la obediencia á nuestro Rey y señor, y á demandar perdon por haber
tomado armas y habernos dado guerra; y que si lo hicieron, que fué
por no saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veniamos de
la parte de su enemigo Montezuma, que como muchas veces suelen tener
astucias y mañas para entrar en sus tierras y roballes y saquealles,
que así creyeron que lo queria hacer ahora; y que por esta causa
procuraron de defender sus personas y pátria, y fué forzado pelear; y
que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro ni plata, ni piedras
ricas, ni ropa de algodon, ni aun sal para comer, porque Montezuma no
les da lugar á ello para salir á buscallo; y que si sus antepasados
tenian algun oro ó piedras de valor, que al Montezuma se le habian dado
cuando algunas veces hacian paces ó tréguas porque no los destruyesen,
y esto en los tiempos muy atrás pasados; y porque al presente no
tienen qué dar, que los perdone, que su pobreza era causa dello,
y no la buena voluntad.
Y dió muchas quejas de Montezuma y de sus aliados, que todos eran
contra ellos y les daban guerra, puesto que se habian defendido muy
bien; y que ahora quisiera hacer lo mismo contra nosotros, y no
pudieron, aunque se habian juntado tres veces con todos sus guerreros,
y que éramos invencibles; y que como conocieron esto de nuestras
personas, que quieren ser nuestros amigos y vasallos del gran señor
Emperador D. Cárlos, porque tienen por cierto que con nuestra compañía
serian siempre guardadas y amparadas sus personas, mujeres é hijos, y
no estarán siempre con sobresalto de los traidores mejicanos; y dijo
otras muchas palabras de ofrecimientos con sus personas y ciudad.
Era este Xicotenga alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y
la cara tenia larga y como hoyosa y robusta, y era de hasta treinta y
cinco años, y en el parecer mostraba en su persona gravedad; y Cortés
les dió las gracias muy cumplidas con halagos que le mostró, y dijo
que él los recibia por tales vasallos de nuestro Rey y señor y amigos
nuestros; y luego dijo el Xicotenga que nos rogaba fuésemos á su
ciudad, porque estaban todos los caciques viejos y papas aguardándonos
con mucho regocijo; y Cortés le respondió que él iria presto, y que
luego fuera, sino porque estaba entendiendo en negocios del gran
Montezuma, y como despache aquellos mensajeros, que él será allá; y
tornó Cortés á decir algo más áspero y con gravedad de las guerras
que nos habian dado de dia y de noche; é que pues ya no puede haber
enmienda en ello, que se lo perdona, y que miren que las paces que
ahora les damos que sean firmes y no haya mudamiento, porque si otra
cosa hacen, que los matará y destruirá á su ciudad, y que no aguardasen
otras palabras de paces, sino de guerra.
Y como aquello oyó el Xicotenga y todos los principales que con él
venian, respondieron á una que serian firmes y verdaderas, y que para
ello quedaban todos en rehenes; y pasaron otras pláticas de Cortés á
Xicotenga y de todos los más principales, y se les dieron unas cuentas
verdes y azules para su padre y para él y los más caciques y les mandó
que dijesen que iria presto á su ciudad.
En todas estas pláticas y ofrecimientos que he dicho estaban presentes
los embajadores mejicanos, de lo cual les pesó en gran manera de las
paces, porque bien entendieron que por ellas no les habia de venir bien
ninguno.
Y desque se hubo despedido el Xicotenga, dijeron á Cortés los
embajadores de Montezuma, medio riendo, que si creia algo de aquellos
ofrecimientos é paces que habian hecho de parte de toda Tlascala,
que todo era burla y que no los creyesen, que eran palabras muy de
traidores y engañosas; que lo hacian para que desque nos tuviesen en
su ciudad en parte donde nos pudiesen tomar á su salvo darnos guerra
y matarnos; y que tuviésemos en la memoria cuántas veces nos habian
venido con todos sus poderes á matar, y como no pudieron, y fueron
dellos muchos muertos y otros heridos, que se querian ahora vengar con
demandas y paz fingida.
Y Cortés respondió con semblante muy esforzado, y dijo que no se le
daba nada porque tuviesen tal pensamiento como decian; é ya que todo
fuese verdad, que él se holgaria dello para castigalles con quitalles
las vidas, y que eso se le da que dén guerra de dia que de noche, ni
que sea en el campo que en la ciudad; que en tanto tenia lo uno como lo
otro; y para si es verdad, que por esta causa determina de ir allá.
Y viendo aquellos embajadores su determinacion, rogáronle que
aguardásemos allí en nuestro real seis dias, porque querian enviar dos
de sus compañeros á su señor Montezuma, y que vendrian dentro de los
seis dias con respuesta; y Cortés se lo prometió, lo uno porque, como
he dicho, estaba con calenturas, y lo otro, como aquellos embajadores
le dijeron aquellas palabras, puesto que hizo semblante no hacer
caso dellas, miró que si por ventura serian verdad, hasta ver más
certidumbre en las paces, porque eran tales, que habia que pensar en
ellas; y como en aquella sazon vió que habia venido de paz, y en todo
el camino por donde venimos de nuestra villa rica de la Veracruz eran
los pueblos nuestros amigos y confederados, escribió Cortés á Juan
de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de
hacer la fortaleza y por capitan de obra de sesenta soldados viejos
y dolientes que allí quedaron; en las cuales cartas les hizo saber
las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos ha hecho en las
batallas que hubimos en las vitorias y encuentros desde que entramos en
la provincia de Tlascala, donde ahora han venido de paz, y que todos
diesen gracias á Dios por ello; y que mirasen que siempre favoreciesen
á los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego
en posta dos botijas de vino que habian dejado soterradas en cierta
parte señalada de su aposento, y asimismo trujesen hostias de las que
habiamos traido de la isla de Cuba, porque las que trujimos de aquella
entrada ya se habian acabado.
En las cuales cartas dice que hubieron mucho placer en la villa, y
escribió el Escalante lo que allí habia sucedido, y todo vino muy
presto; y en aquellos dias en nuestro real pusimos una cruz muy
suntuosa y alta, y mandó Cortés á los indios de Cimpacingo y á los
de las casas que estaban junto de nuestro real que encalasen un cu y
estuviese bien aderezado.
Dejemos de escribir desto, y volvamos á nuestros nuevos amigos los
caciques de Tlascala, que como vieron que no íbamos á su pueblo, ellos
venian á nuestro Real con gallinas y tunas, que era el tiempo dellas,
y cada dia traian el bastimento que tenian en su casa, y con buena
voluntad nos lo daban, sin que quisiesen tomar por ello cosa ninguna
aunque se lo dábamos, y siempre rogando á Cortés que se fuese luego
con ellos á su ciudad; y como estábamos aguardando á los mejicanos
los seis dias, como les prometió, con palabras blandas les detenia;
y luego, cumplido el plazo que habian dicho, vinieron de Méjico seis
principales, hombres de mucha estima, y trujeron un rico presente que
envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en
ricas joyas de diversas maneras, y ducientas piezas de ropa de mantas
muy ricas de pluma y de otras labores, y dijeron á Cortés cuando
lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena
andanza, y que le ruega muy ahincadamente que ni en bueno ni malo no
fuese con los de Tlascala á su pueblo ni se confiase dellos, que lo
querian llevar allá para roballe oro y ropa, porque son muy pobres,
que una manta buena de algodon no alcanzan; é que por saber que el
Montezuma nos tiene por amigos y nos envia aquel oro y joyas y mantas,
lo procurarán de robar muy mejor; y Cortés recibió con alegría aquel
presente, y dijo que se lo tenia en merced y que él lo pagaria al señor
Montezuma en buenas obras; y que si se sintiese que los tlascaltecas
les pasase por el pensamiento lo que Montezuma les enviaba á avisar,
que se lo pagaria con quitalles á todos las vidas, y que él sabe muy
cierto que no harán villanía ninguna, y que todavía quiere ir á ver lo
que hacen.
Y estando en estas razones vienen otros muchos mensajeros de Tlascala
á decir á Cortés cómo vienen cerca de allí todos los caciques viejos
de la cabecera de toda la provincia á nuestros ranchos y chozas á ver
á Cortés y á todos nosotros para llevarnos á su ciudad; y como Cortés
lo supo, rogó á los embajadores mejicanos que aguardasen tres dias
por los despachos para su señor, porque tenia al presente que hablar
y despachar sobre la guerra pasada é paces que ahora tratan; y ellos
dijeron que aguardarian.
Y lo que los caciques viejos dijeron á Cortés se dirá adelante.