CAPITULO XXII

_Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a

hacer en su reino el rey Policarpo_.

--"Una de las islas que están junto a la de Hibernia me dio el cielo

por patria: es tan grande, que toma nombre de reino, el cual no se

hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le eligen

a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor

hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio ruegos o

negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común

consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto del

mando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no se

empeora en ella. Y con esto, los que no son reyes procuran ser

virtuosos para serlo, y los que lo son, pugnan serlo más para no dejar

de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la

codicia, y aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se le

cae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto los pueblos

viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia,

despáchanse con brevedad los memoriales de los pobres, y los que dan

los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian la vara de

la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos: todas

las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios;

finalmente, reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde

cada uno goza lo que es suyo.

"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino

en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así en las armas

como en las letras, el cual tenía cuando vino a ser rey dos hijas de

extremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor Sinforosa; no

tenían madre, que no les hizo falta cuando murió sino en la compañía:

que sus virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, dando

maravilloso ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así

ellas como el padre se hacían amables, se estimaban de todos. Los

reyes, por parecerles que la malencolía en los vasallos suele

despertar malos pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y

entretenido con fiestas públicas y a veces con ordinarias comedias;

principalmente solenizaban el día que fueron asumptos al reino con

hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban Olímpicos,

en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los corredores,

honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subían al cielo

de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase este

espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien

quitaban él sol infinita cantidad de ramos entretejidos que la dejaban

a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro, en el cual,

sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos.

Llegóse un día déstos, y Policarpo procuró aventajarse en

magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hasta allí

se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona y

con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los

apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya

cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies

izquierdos delante y los derechos alzados, que no les impedía otra

cosa el soltarse a la carrera sino soltar una cuerda que les servía de

raya y de señal, que en soltándola habían de volar a un término

señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que en este

tiempo vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los

costados el ser recién despalmado, y le facilitaban el romper del agua

seis remos que de cada banda traía, impelidos de doce, al parecer,

gallardos mancebos, de dilatadas espaldas y pechos y de nervudos

brazos; venían vestidos de blanco todos, sino el que guiaba el timón,

que venía de encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la

orilla, y el encallar en ella y el saltar todos los que en él venían

en tierra fué una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la

carrera hasta saber qué gente era aquélla y a lo que venía, puesto que

imaginó que debían de venir a hallarse en las fiestas y a probar su

gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a hablar al rey

fué el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas,

desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; los

cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan

perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto

admirable. Luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun

los corazones de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedé

aficionadísimo. Lo que dijo al rey:

"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo tenido noticia destos

juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de lejas

tierras, sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no

está lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para

encaminar aquí la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remos

y de la fuerza de nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de

ganar honra, y por la que debes hacer, como rey que eres, a los

extranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedas

licencia para mostrar o nuestras fuerzas o nuestros ingenios, en honra

y provecho nuestro y gusto tuyo.

"--Por cierto--respondió Policarpo--, agraciado joven, que vos pedís

lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería cosa injusta el

negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes; dejadme a mí el

cargo de premiároslo: que, según vuestra gallarda presencia muestra,

poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios.

"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se inclinó la cabeza en señal

de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se puso ante la cuerda

que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce compañeros se

pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una

trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; pero

aún no habrían dado veinte pasos, cuando, con más de seis se les

aventajó el recién venido, y a los treinta, ya los llevaba de ventaja

más de quince; finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del

camino, como si fueran estatuas inmovibles, con admiración de todos

los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la

vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad

del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no sólo de

los ojos de cuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a apoderarse

de los pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo con

cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la

carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso

la espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por

sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y les

santiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un

pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, y de común consentimiento le

dieron el premio primero. Luego se acomodaron otros seis a la lucha,

donde con mayor gallardía dio de sí muestra el mozo: descubrió sus

dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y

músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña

increíble, hizo que las espaldas de los seis luchadores, a despecho y

pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada

barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el

tirarla el cuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a la gente

que estaba delante para que le diesen lugar donde el tiro cupiese,

tomando la barra por la una punta, sin volver el brazo atrás, la

impelió con tanta fuerza, que, pasando los límites de la marina, fué

menester que el mar se los diese, en el cual bien adentro quedó

sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les

desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle

luego la ballesta en las manos y algunas flechas, y mostráronle un

árbol muy alto y muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media

lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida una paloma, a la cual

habían de tirar no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen

probarse.

"Uno, que presumía de certero, se adelantó y tomó la mano, creo yo,

pensando derribar la paloma antes que otro; tiró, y clavó su flecha

casi en el fin de la lanza, del cual golpe, azorada la paloma, se

levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero,

tiró con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la

paloma, que suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su

libertad al viento y batió las alas con priesa. Pero el ya

acostumbrado a ganar los primeros premios disparó su flecha; y, como

si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera entendimiento para

obedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un rasgado y

tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a

parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con

esto las voces de los presentes y las alabanzas del extranjero; el

cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el

tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, con

grandísimas ventajas se llevó los primeros premios, quitando el

trabajo a sus compañeros de probarse en ellas. Cuando se acabaron los

juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey Policarpo

quería levantarse de su asiento, con los jueces que con él estaban,

para premiar al vencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas ante él,

le dijo:

"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierra algo escura;

los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben estimar

en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta otro

tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte.

"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba

Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de flores

con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del

gallardo mancebo, y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela:

"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis

cómo no vendréis a servirle sino a ser servido."

Novelas y teatro · 第 7 / 33 题