_Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a
hacer en su reino el rey Policarpo_.
--"Una de las islas que están junto a la de Hibernia me dio el cielo
por patria: es tan grande, que toma nombre de reino, el cual no se
hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le eligen
a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor
hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio ruegos o
negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común
consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto del
mando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no se
empeora en ella. Y con esto, los que no son reyes procuran ser
virtuosos para serlo, y los que lo son, pugnan serlo más para no dejar
de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la
codicia, y aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se le
cae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto los pueblos
viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia,
despáchanse con brevedad los memoriales de los pobres, y los que dan
los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian la vara de
la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos: todas
las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios;
finalmente, reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde
cada uno goza lo que es suyo.
"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino
en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así en las armas
como en las letras, el cual tenía cuando vino a ser rey dos hijas de
extremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor Sinforosa; no
tenían madre, que no les hizo falta cuando murió sino en la compañía:
que sus virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, dando
maravilloso ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así
ellas como el padre se hacían amables, se estimaban de todos. Los
reyes, por parecerles que la malencolía en los vasallos suele
despertar malos pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y
entretenido con fiestas públicas y a veces con ordinarias comedias;
principalmente solenizaban el día que fueron asumptos al reino con
hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban Olímpicos,
en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los corredores,
honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subían al cielo
de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase este
espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien
quitaban él sol infinita cantidad de ramos entretejidos que la dejaban
a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro, en el cual,
sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos.
Llegóse un día déstos, y Policarpo procuró aventajarse en
magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hasta allí
se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona y
con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los
apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya
cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies
izquierdos delante y los derechos alzados, que no les impedía otra
cosa el soltarse a la carrera sino soltar una cuerda que les servía de
raya y de señal, que en soltándola habían de volar a un término
señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que en este
tiempo vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los
costados el ser recién despalmado, y le facilitaban el romper del agua
seis remos que de cada banda traía, impelidos de doce, al parecer,
gallardos mancebos, de dilatadas espaldas y pechos y de nervudos
brazos; venían vestidos de blanco todos, sino el que guiaba el timón,
que venía de encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la
orilla, y el encallar en ella y el saltar todos los que en él venían
en tierra fué una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la
carrera hasta saber qué gente era aquélla y a lo que venía, puesto que
imaginó que debían de venir a hallarse en las fiestas y a probar su
gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a hablar al rey
fué el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas,
desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; los
cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan
perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto
admirable. Luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun
los corazones de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedé
aficionadísimo. Lo que dijo al rey:
"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo tenido noticia destos
juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de lejas
tierras, sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no
está lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para
encaminar aquí la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remos
y de la fuerza de nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de
ganar honra, y por la que debes hacer, como rey que eres, a los
extranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedas
licencia para mostrar o nuestras fuerzas o nuestros ingenios, en honra
y provecho nuestro y gusto tuyo.
"--Por cierto--respondió Policarpo--, agraciado joven, que vos pedís
lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería cosa injusta el
negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes; dejadme a mí el
cargo de premiároslo: que, según vuestra gallarda presencia muestra,
poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios.
"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se inclinó la cabeza en señal
de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se puso ante la cuerda
que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce compañeros se
pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una
trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; pero
aún no habrían dado veinte pasos, cuando, con más de seis se les
aventajó el recién venido, y a los treinta, ya los llevaba de ventaja
más de quince; finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del
camino, como si fueran estatuas inmovibles, con admiración de todos
los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la
vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad
del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no sólo de
los ojos de cuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a apoderarse
de los pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo con
cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la
carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso
la espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por
sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y les
santiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un
pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, y de común consentimiento le
dieron el premio primero. Luego se acomodaron otros seis a la lucha,
donde con mayor gallardía dio de sí muestra el mozo: descubrió sus
dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y
músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña
increíble, hizo que las espaldas de los seis luchadores, a despecho y
pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada
barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el
tirarla el cuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a la gente
que estaba delante para que le diesen lugar donde el tiro cupiese,
tomando la barra por la una punta, sin volver el brazo atrás, la
impelió con tanta fuerza, que, pasando los límites de la marina, fué
menester que el mar se los diese, en el cual bien adentro quedó
sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les
desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle
luego la ballesta en las manos y algunas flechas, y mostráronle un
árbol muy alto y muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media
lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida una paloma, a la cual
habían de tirar no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen
probarse.
"Uno, que presumía de certero, se adelantó y tomó la mano, creo yo,
pensando derribar la paloma antes que otro; tiró, y clavó su flecha
casi en el fin de la lanza, del cual golpe, azorada la paloma, se
levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero,
tiró con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la
paloma, que suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su
libertad al viento y batió las alas con priesa. Pero el ya
acostumbrado a ganar los primeros premios disparó su flecha; y, como
si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera entendimiento para
obedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un rasgado y
tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a
parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con
esto las voces de los presentes y las alabanzas del extranjero; el
cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el
tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, con
grandísimas ventajas se llevó los primeros premios, quitando el
trabajo a sus compañeros de probarse en ellas. Cuando se acabaron los
juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey Policarpo
quería levantarse de su asiento, con los jueces que con él estaban,
para premiar al vencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas ante él,
le dijo:
"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierra algo escura;
los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben estimar
en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta otro
tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte.
"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba
Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de flores
con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del
gallardo mancebo, y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela:
"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis
cómo no vendréis a servirle sino a ser servido."