LA ILUSTRE FREGONA

En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella

vivían dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba don Diego

de Carriazo, y el otro, don Juan de Avendaño. El don Diego tuvo un

hijo, a quien llamó de su mismo nombre, y el don Juan otro, a quien

puso don Tomás de Avendaño. A estos dos caballeros mozos, como quien

han de ser las principales personas deste cuento, por excusar y

ahorrar letras, les llamaremos con solos los nombres de Carriazo y de

Avendaño. Trece años, o poco más, tendría Carriazo, cuando, llevado de

una inclinación picaresca, sin forzarle a ello algún mal tratamiento

que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, se desgarró,

como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese

mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de las

incomodidades y miserias que trae consigo no echaba menos la

abundancia de la casa de su padre, ni el andar a pie le cansaba, ni el

frío le ofendía, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos

del año le eran dulce y templada primavera; tan bien dormía en parvas

como en colchones; con tanto gusto se soterraba en un pajar de un

mesón como si se acostara entre dos sábanas de Holanda. Finalmente, él

salió tan bien con el asumpto de pícaro, que pudiera leer cátedra en

la facultad al famoso de Alfarache.

En tres años que tardó en parecer y volver a su casa aprendió a jugar

a la taba en Madrid, y al rentoy en las Ventillas de Toledo, y a presa

y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla; pero con serle anejo a

este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo ser un

príncipe en sus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales, descubría

ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus camaradas.

En Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más

que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro, hasta

que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el

_finibusterræ_ de la picaresca.

El último verano le dijo tan bien la suerte, que ganó a los naipes

cerca de setecientos reales, con los cuales quiso vestirse, y volverse

a Burgos y a los ojos de su madre, que habían derramado por él muchas

lágrimas. Despidióse de sus amigos, que los tenía muchos y muy buenos;

prometióles que el verano siguiente sería con ellos, si enfermedad o

muerte no lo estorbase; dejó con ellos la mitad de su alma, todos sus

deseos entregó a aquellas secas arenas, que a él le parecían más

frescas y verdes que los campos Elíseos. Y por estar ya acostumbrado

de caminar a pie, tomó el camino en la mano, y sobre dos alpargates se

llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando "Tres ánades, madre".

Estúvose allí quince días para reformar la color del rostro, sacándola

de mulata a flamenca, y para trastejarse, y sacarse del borrador de

pícaro y ponerse en limpio de caballero. Todo esto hizo según y como

le dieron comodidad quinientos reales con que llegó a Valladolid, y

aún dellos reservó ciento para alquilar una mula y un mozo, con que se

presentó a sus padres honrado y contento. Ellos le recibieron con

mucha alegría, y todos sus amigos y parientes vinieron a darles el

parabién de la buena venida del señor don Diego de Carriazo su hijo.

Entre los que vinieron a ver el recién llegado fueron don Juan de

Avendaño y su hijo don Tomás, con quien Carriazo, por ser ambos de una

misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima. Contó

Carriazo a sus padres, y a todos, mil magníficas y luengas mentiras de

cosas que le habían sucedido en los tres años de su ausencia; pero

nunca tocó, ni por pienso, en las almadrabas, puesto que en ellas

tenía de contino puesta la imaginación, especialmente cuando vio que

se llegaba el tiempo donde había prometido a sus amigos la vuelta. Ni

le entretenía la caza, en que su padre le ocupaba, ni los muchos,

honestos y gustosos convites que en aquella ciudad se usan le daban

gusto: todo pasatiempo le cansaba, y a todos los mayores que se le

ofrecían anteponía el que había recebido en las almadrabas.

Avendaño su amigo, viéndole muchas veces melancólico e imaginativo,

fiado en su amistad, se atrevió a preguntarle la causa, y se obligó a

remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso

Carriazo tenérsela encubierta, por no hacer agravio a la grande

amistad que profesaban; y así, le contó punto por punto la vida de

jábega, y cómo todas sus tristezas y pensamientos nacían del deseo que

tenía de volver a ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le

acabó de oir, antes alabó que vituperó su gusto. En fin, el de la

plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño de manera, que

determinó de irse con él a gozar un verano de aquella felicísima vida

que le había descrito, de lo cual quedó sobremodo contento Carriazo,

por parecerle que había ganado un testigo de abono que calificase su

baja determinación. Trazaron ansimismo de juntar todo el dinero que

pudiesen; y el mejor modo que hallaron fué que de allí a dos meses

había de ir Avendaño a Salamanca, donde por su gusto tres años había

estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre quería que

pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y que del

dinero que le diese habría para lo que deseaban.

En este tiempo propuso Carriazo a su padre que tema voluntad de irse

con Avendaño a estudiar a Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en

ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles junios casa

en Salamanca, con todos los requisitos que pedía ser hijos suyos.

Llegóse el tiempo de la partida; proveyéronles de dineros, y enviaron

con ellos un ayo que los gobernase, que tenia más de hombre de bien

que de discreto. Los padres dieron documentos a sus hijos de lo que

habían de hacer, y de como se habían de gobernar para salir

aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo

estudiante debe pretender sacar de sus trabajos y vigilias,

principalmente los bien nacidos. Mostráronse los hijos humildes y

obedientes; lloraron las madres; recibieron la bendición de todos;

pusiéronse en camino con mulas propias y con dos criados de casa, amén

del ayo, que se había dejado crecer la barba, por que diese autoridad

a su cargo.

En llegando a la ciudad de Valladolid dijeron al ayo que querían

estarse en aquél lugar dos días para verle, porque nunca le habían

visto, ni estado en él. Reprehendiólos mucho el ayo, severa y

ásperamente, la estada, diciéndoles que los que iban a estudiar con

tanta priesa como ellos no se habían de detener una hora a mirar

niñerías.

Los mancebitos, que tenían ya hecho su agosto, y su vendimia, pues

habían ya robado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su mayor,

dijeron que sólo los dejase aquel día, en el cual querían ir a ver la

fuente de Argales, que la comenzaban a conducir a la ciudad por

grandes y espaciosos acueductos. En efecto, aunque con dolor de su

ánima, les dió licencia.

Los mancebos, con sólo un criado y a caballo en dos muy buenas y

caseras mulas, salieron a ver la fuente de Argales, famosa por su

antigüedad y sus aguas. Llegaron, y cuando creyó el criado que sacaba

Avendaño de las bolsas del cojín alguna cosa con que beber, vió que

sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese a la

ciudad y se la diese a su ayo, y que en dándosela les esperase en la

puerta del Campo. Obedeció el criado, tomó la carta, volvió a la

ciudad, y ellos volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en

Mojados, y de allí a dos días, en Madrid, y en otros cuatro se

vendieron las mulas en pública plaza, y hubo quien les fiase por seis

escudos de prometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus

cabales. Vistiéronse a lo payo, con capotillos de dos haldas, zahones

o zaragüelles y medias de paño pardo. Ropero hubo que por la mañana

les compró sus vestidos, y a la noche los había mudado de manera, que

no los conociera #su# propia madre. Puestos, pues, a la ligera y del

modo que Avendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledo _ad

pedem litteræ_ y sin espadas; que también el ropero, aunque no atañía

a su menester, se las había comprado.

Dejémoslos ir, por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos a

contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó

y halló que decía desta manera:

"Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia y

dar la vuelta a Burgos, donde dirá a nuestros padres que, habiendo

nosotros sus hijos, con madura consideración, considerado cuán más

propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos

determinado de trocar a Salamanca por Bruselas, y a España por

Flandes. Los cuatrocientos escudos llevamos; las mulas pensamos

vender. Nuestra hidalga intención y el largo camino es bastante

disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no es

cobarde. Nuestra partida es ahora; la vuelta será cuando Dios fuere

servido, el cual guarde a vuesa merced como puede y estos sus menores

discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pie en el

estribo para caminar a Flandes.--_Carriazo y Avendaño_."

Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto a

su valija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de la

carta; y luego al punto, en la mula que le había quedado, se partió a

Burgos a dar las nuevas a sus amos con toda presteza, porque con ella

pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar a sus hijos; pero destas

cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó puesto

a caballo a Pedro Alonso, volvió a contar de lo que les sucedió a

Avendaño y a Carriazo a la entrada de Illescas, diciendo que al entrar

de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al parecer

andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de

anjeo, sus coletos de ante, dagas de ganchos y espadas sin tiros; al

parecer, el uno venía de Sevilla y el otro iba a ella. El que iba

estaba diciendo al otro:

--Esta noche no vayas a posar donde sueles, sino en la posada del

Sevillano, porque verás en ella la más hermosa fregona que se sabe:

Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparación. Es dura

como un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una

ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una

mejilla tiene el sol, y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y

la otra de claveles, y en entrambas hay también azucenas y jazmines.

No te digo más sino que la veas, y verás que no te he dicho nada,

según lo que te pudiera decir, acerca de su hermosura.

Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y

conversación dejó mudos a los dos amigos que escuchado la habían,

especialmente a Avendaño, en quien la simple relación que el mozo de

mulas había hecho de la hermosura de la fregona despertó en él un

intenso deseo de verla.

En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el

modo y los ademanes con que las decían entretuvieron el camino hasta

Toledo; y luego, siendo la guía Carriazo, que ya otra vez había estado

en aquella Ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la

posada del Sevillano; pero no se atrevieron a pedirla allí, porque su

traje no lo pedía. Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba a

Avendaño que fuesen a otra parte a buscar posada, no le pudo quitar de

la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecía la tan

celebrada fregona. Entrabase la noche, y la fregona no salía;

desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo; el cual, por salir

con su intención, con excusa de preguntar por unos caballeros de

Burgos que iban a la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la

posada; y apenas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio

estaba vio salir una moza, al parecer de quince años, poco más o

menos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero.

No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su

rostro, que le parecía ver en él los que suelen pintar de los ángeles;

quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó a preguntarle

nada: tal era su suspensión y embelesamiento. La moza, viendo aquel

hombre delante de sí, le dijo:

--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los

huéspedes de casa?

--No soy criado de ninguno, sino vuestro--respondió Avendaño, todo

lleno de turbación y sobresalto.

[Ilustración: No soy criado de ninguno, sino vuestro...]

La moza, que de aquel modo se vio responder, dijo:

--Vaya, hermano, norabuena; que las que servimos no hemos menester

criados.

Y llamando a su señor le dijo:

--Mire, señor, lo que busca este mancebo.

Salió su amo y preguntóle qué buscaba. El respondió que a unos

caballeros de Burgos que iban a Sevilla, uno de los cuales era su

señor, el cual le había enviado delante por Alcalá de Henares, donde

había de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le

mandó que se viniese a Toledo y de esperase en la posada del

Sevillano, donde vendría a apearse, y que pensaba que llegaría aquella

noche, o otro día, a más tardar. Tan buen color dió Avendaño a su

mentira, que a la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:

--Quédese, amigo, en la posada; que aquí podrá esperar a su señor

hasta que venga.

--Muchas mercedes, señor huésped--respondió Avendaño---, y mande vuesa

merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene

conmigo, que está allí fuera; que dineros traemos para pagarlo tan

bien como otro.

--En buen hora--respondió el huésped.

Y volviéndose a la moza, dijo:

--Costancica, di a Argüello que lleve a estos galanes al aposento del

rincón, y que les eche sábanas limpias.

--Sí haré, señor--respondió Costanza; que así se llamaba la doncella.

Y haciendo una reverencia a su amo, se les quitó delante. #_Avendaño_#

salió a dar cuenta a Carriazo de lo que había visto y de lo que dejaba

negociado; el cual por mil señales conoció cómo su amigo venía herido

de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir nada por entonces,

hasta ver si lo merecía la causa de quien nacían las extraordinarias

alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre

los mismos cielos levantaba.

Entraron, en fin, en la posada, y la Argüello, que era una mujer de

hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de

los aposentos, los llevó a uno que ni era de caballeros ni de criados,

sino de gente que podía hacer medio entre los dos extremos. Pidieron

de cenar; respondióles Argüello que en aquella posada no daban de

comer a nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes

traían de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado había

cerca, donde sin escrúpulo de conciencia podían ir a cenar lo que

quisiesen. Tomaron los dos el consejo de Argüello, y dieron con sus

cuerpos en un bodego.

Lo poco o nada que Avendaño comía admiraba mucho a Carriazo. Por

enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse a la

posada, le dijo:

--Conviene que mañana madruguemos, porque antes que entre la calor

estemos ya en Orgaz.

--No estoy en eso--respondió Avendaño---; porque pienso antes que

desta ciudad me parta ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es

el Sagrario, el artificio de Juanelo, las Vistillas de San Agustín, la

Huerta del Rey y la Vega.

--Norabuena--respondió Carriazo--: eso en dos días se podrá ver.

--En verdad que lo he de tomar de espacio; que no vamos a Roma a

alcanzar alguna vacante.

--¡Ta, ta!--replicó Carriazo---. A mí me maten, amigo, si no estáis

vos con más deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra

comenzada romería.

--Así es la verdad--respondió Avendaño.

En estas pláticas llegaron a la posada, y aún se le pasó en otras

semejantes la mitad de la noche.

Durmió el que pudo hasta la mañana, la cual venida, se levantaron los

dos, entrambos con deseo de ver a Costanza. A entrambos se los cumplió

Costanza, saliendo de la sala de su amo, tan hermosa, que a los dos

les pareció que todas cuantas alabanzas le había dado di mozo de mulas

eran cortas y de ningún encarecimiento. Su vestido era una saya y

corpiños de paño verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños

eran bajos; pero la camisa, alta, plegado el cuello, con un cabezón

labrado de seda negra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache

sobre un pedazo de una coluna de alabastro: que no era menos blanca su

garganta; ceñida con un cordón de San Francisco, y de una cinta

pendiente, al lado derecho, un gran manojo de llaves. No traía

chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que

no se le parecían, sino cuanto por un perfil mostraban también ser

coloradas. Traía tranzados los cabellos con unas cintas blancas de

hiladillo; pero tan largo el tranzado, que por las espaldas le pasaba

de la cintura; el color salía de castaño y tocaba en rubio; pero, al

parecer, tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque

fuera de hebras de oro, se le pudiera comparar. Pendíanle de las

orejas dos calabacillas de vidrio, que parecían perlas: los mismos

cabellos le servían de garbín y de tocas.

Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devoción

y sosiego hizo una profunda reverencia a una imagen de Nuestra Señora,

que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los

ojos, vió a los dos que mirándola estaban, y apenas los hubo visto,

cuando se retiró y volvió a entrar en la sala.

Resta ahora por decir qué es lo que le pareció a Carriazo de la

hermosura de Costanza; que de lo que le pareció a Avendaño, ya está

dicho, cuando la vió la vez primera. No digo más sino que a Carriazo

le pareció tan bien como a su compañero; pero enamoróle mucho menos; y

tan menos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego

para sus almadrabas. Acudieron los mozos de los huéspedes a pedir

cebada; salió el huésped de casa a dársela, maldiciendo a sus mozas,

que por ellas se le había ido un mozo que la solía dar con muy buena

cuenta y razón, sin que le hubiese hecho menos, a su parecer, un solo

grano. Avendaño, que oyó esto, dijo:

--No se fatigue, señor huésped: déme el libro de la cuenta; que los

días que hubiere de estar aquí, yo la tendré tan buena en dar la

cebada y paja que pidieren, que no eche menos al mozo que dice que se

le ha ido.

--En verdad que os lo agradezca, mancebo--respondió el huésped---,

porque yo no puedo atender a esto; que tengo otras muchas cosas a que

acudir fuera de casa. Bajad; daros he el libro, y mirad que estos

mozos de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemín de

cebada con menos conciencia que si fuese de paja.

Bajó al patio Avendaño y entregóse en el libro, y comenzó a despachar

celemines como agua, y a asentarlos por tan buena orden, que el

huésped, que lo estaba mirando, quedó contento; y tanto, que dijo:

--Pluguiese a Dios que vuestro amo no viniese, y que a vos os diese

gana de quedaros en casa; que a fe que otro gallo os cantase. Porque

el mozo que se me fué, vino a mi casa, habrá ocho meses, roto y flaco,

y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos, y va gordo como una

nutria. Porque quiero que sepáis, hijo, que en esta casa hay muchos

provechos, amén de los salarios.

--Si yo me quedase--replicó Avendaño---, no repararía mucho en la

ganancia; que con cualquiera cosa me contentaría a trueco de estar en

esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.

--A lo menos--respondió el huésped---, es de las mejores y más

abundantes que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es

buscar quien vaya por agua al río; que también se me fué otro mozo que

con un asno que tengo famoso me tenía rebosando las tinajas, y hecha

un lago de agua la casa; y una de las causas porque los mozos de muías

se huelgan de traer sus amos a mi posada es por la abundancia de agua

que hallan siempre en ella; porque no llevan su ganado al río, sino

dentro de casa beben las cabalgaduras en grandes barreños.

Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual, viendo que ya Avendaño

estaba acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse a buenas

noches, y más, que consideró el gran gusto que haría a Avendaño si le

seguía al humor; y así, dijo al huésped:

--Venga el asno, señor huésped; que también sabré yo cinchalle y

cargalle como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.

--Sí--dijo Avendaño---, mi compañero Lope Asturiano servirá de traer

agua como un príncipe, y yo le fío.

#_Enjaezó_# Carriazo el asno, y subiendo en él de un brinco, se

encaminó al río, dejando a Avendaño muy alegre de haber visto su

gallarda resolución.

He aquí tenemos ya (en buena hora se cuente) a Avendaño hecho mozo del

mesón, con nombre de Tomás Pedro, que así dijo que se llamaba, y a

Carriazo, con el de Lope Asturiano, hecho aguador: transformaciones

dignas de anteponerse a las del narigudo poeta.

#_Al día siguiente_# caminaba nuestro buen Lope Asturiano la vuelta

del río, por la cuesta del Carmen, puestos los pensamientos en sus

almadrabas y en la súbita mutación de su estado. O ya fuese por esto,

o porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de

la cuesta, encontró con un asno de un aguador, que subía cargado; y

como él descendía, y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco

trabajado, tal encuentro dió al cansado y flaco que subía, que dió con

él en el suelo, y por haberse quebrado los cántaros, se derramó

también el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo, despechado y

lleno de cólera, arremetió al aguador moderno, que aún se estaba

caballero, y antes que se desenvolviese y apease le había pegado y

asentado una docena de palos tales, que no le supieron bien al

Asturiano. Apeóse, en fin; pero con tan malas entrañas, que arremetió

a su enemigo, y asiéndole con ambas manos por la garganta, dió con él

en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la

abrió por dos partes, saliendo tanta sangre, que pensó que le había

muerto.

Otros muchos aguadores que allí venían, como vieron a su compañero tan

mal parado, arremetieron a Lope y tuviéronle asido fuertemente,

gritando:

--¡Justicia, justicia! ¡Que este aguador ha muerto a un hombre!

Y a vuelta destas razones y gritos, le molían a mojicones y a palos.

Otros acudieron al caído, y vieron que tenía hendida la cabeza y que

casi estaba expirando. Subieron las voces de boca en boca por la

cuesta arriba, y en la plaza del Carmen dieron en los oídos de un

alguacil, el cual, con dos corchetes, con más ligereza que si volara,

se puso en el lugar de la pendencia, a tiempo que ya el herido estaba

atravesado sobre su asno, y di de Lope asido, y Lope rodeado de más de

veinte aguadores que no le dejaban rodear, antes le brumaban las

costillas de manera, que más se pudiera temer de su vida que de la del

herido, según menudeaban sobre él les puños y las varas aquellos

vengadores de la ajena injuria.

Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó a sus corchetes al

Asturiano, y antecogiendo a su asno, y al herido sobre el suyo, dió

con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente, y de tantos

muchachos que le seguían, que apenas podía hender por las calles. Al

rumor de la gente, salió Tomás Pedro y su amo a la puerta de casa, a

ver de qué procedía tanta grita, y descubrieron a Lope entre los dos

corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca; miró luego por su asno

el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les había

juntado; preguntó la causa de aquellas prisiones; fuéle respondida la

verdad del suceso; pesóle por su asno, temiendo que le había #_de

perder,_# o, a lo menos, hacer más costas por cobrarle que él valía.

Tomás Pedro siguió a su compañero, sin que le dejasen llegar a

hablarle una palabra; tanta era la gente que lo impedía y el recato de

los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó

hasta verle poner en la cárcel, y en un calabozo, con dos pares de

grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló a verle curar, y

vió que la herida era peligrosa, y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.

El alguacil se llevó a su casa los dos asnos, y más cinco reales de a

ocho que los corchetes habían quitado a Lope.

Volvióse a la posada lleno de confusión y de tristeza; halló al que ya

tenía por amo con no menos pesadumbre que él traía, a quien dijo de la

manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba

el herido, y del suceso de su asno. Díjole más: que a su desgracia se

le había añadido otra de no menor fastidio, y era, que un grande amigo

de su señor le había encontrado en el camino y le había dicho que su

señor, por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde

Madrid había pasado por la barca de Azeca, y que aquella noche dormía

en Orgaz, y que le había dado doce escudos que le diese, con orden de

que se fuese a Sevilla, donde le esperaba.

--Pero no puede ser así--añadió Tomás---, pues no será razón que yo

deje a mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo me

podrá perdonar por ahora; cuanto más que él es tan bueno y honrado,

que dará por bien cualquier falta que le hiciere, a trueco que no la

haga a mi camarada. Vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este

dinero y acudir a este negocio; y en tanto que esto se gasta, yo

escribiré a mi señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que

basten a sacarnos de cualquier peligro.

Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de ver que en parte iba

saneando la pérdida de su asno. Tomó el dinero, y consoló a Tomás,

diciéndole que él tenía personas en Toledo de tal calidad, que valían

mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta del

Corregidor, que le mandaba con el pie, y que una lavandera del

monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de

una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la

dicha monja; la cual lavandera lavaba la ropa en casa...

--Y como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del

fraile, que hable a su hermano, que hable al confesor, y el confesor a

la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil)

para el Corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio

de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso. Y esto ha de

ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento para

untar a todos los ministros de la justicia; porque si no están

untados, gruñen más que carretas de bueyes.

En gracia le cayó a Tomás los ofrecimientos del favor que su amo le

había hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por donde le había

derivado; y aunque conoció que antes lo había dicho de socarrón que de

inocente, con todo eso, le agradeció su buen ánimo y le entregó di

dinero, con promesa que no faltaría mucho más, según él tenía la

confianza en su señor, como ya le había dicho. En resolución, dentro

de quince días estuvo fuera de peligro el herido, y a los veinte

declaró el cirujano que estaba del todo sano, y ya en este tiempo

había dado traza Tomás como le viniesen cincuenta estudos de Sevilla,

y sacándolos él de su seno, se los entregó al huésped con cartas y

cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en averiguar

la verdad de aquella correspondencia, cogía el dinero, que, por ser en

escudos de oro, le alegraba mucho. Por seis ducados se apartó de la

querella el herido; en diez, y en el asno y las costas, sentenciaron

al Asturiano. Salió de la cárcel; pero no quiso volver a estar con su

compañero. #_Díjole_# que lo que pensaba hacer era, ya que él estaba

determinado de seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un

asno y usar el oficio de aguador en tanto que estuviesen en Toledo;

que con aquella cubierta no sería juzgado ni preso por vagamundo, y

que con sola una carga de agua se podía andar todo el día por la

ciudad a sus anchuras, mirando bobas.

--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama de

tener las más discretas mujeres de España, y que andan a una su

discreción con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas

sobras de belleza puede enriquecer, no sólo a las hermosas desta

ciudad, sino a las de todo el mundo.

--Paso, señor Tomás--replicó Lope--: vámonos poquito a poquito en esto

de las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que, como le tengo

por loco, le tenga por hereje.

--¿Fregona has llamado a Costanza, hermano Lope?--respondió Tomás--.

Dios te lo perdone y te traiga a verdadero conocimiento de tu yerro.

--Pues, ¿no es fregona?--replicó el Asturiano.

--Hasta ahora le tengo por ver fregar el primer plato.

--No importa--dijo Lope--no haberle visto fregar el primer plato, si

le has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.

--Yo te digo, hermano--replicó Tomás--, que ella no friega, ni

entiende en otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata

labrada que hay en casa, que es mucha.

--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad--dijo Lope--_la fregona

ilustre_, si es que no friega? Mas sin duda debe de ser que como

friega plata, y no loza, la dan el nombre de ilustre. Pero, dejando

esto aparte, dime, Tomás: ¿en qué estado están tus esperanzas?

--En el de perdición--respondió Tomás--; porque en todos estos días

que has estado preso nunca la he podido hablar una palabra.

--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se te ofrece en la

conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope, que en

figura de doncella, y de fregona, te enamora, te acobarda y te

desvanece?

--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope; que yo sé que estoy

enamorado del más hermoso rostro que pudo formar la naturaleza, y de

la más incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo.

Costanza se llama, y no Porcia, Minerva o Penélope. No es posible que,

aunque lo procuro, pueda un breve término contemplar, si así se puede

decir, en la bajeza de su estado, porque luego acuden a borrarme este

pensamiento su belleza, su donaire, su sosiego, su honestidad y

recogimiento, y me dan a entender que debajo de aquella rústica

corteza debe de estar encerrada y escondida alguna mina de gran valor

y de merecimiento grande. Finalmente, sea lo que se fuere, yo la

quiero bien. Y ya te he dicho, amigo, que puedes hacer tu gusto, o ya

en irte a tu romería, o ya comprar el asno y hacerte aguador, como

tienes determinado.

_#Al otro día#_ acudió Tomás a dar cebada, y Lope se fué al mercado de

las bestias, que es allí junto, a comprar un asno que fuese tal como

bueno.

Habiendo salido aquel día Costanza con una toca ceñida por las

mejillas, y dicho a quien se lo preguntó que por qué se la había

puesto, que tenía un gran dolor de muelas, Tomás, a quien sus deseos

avivaban el entendimiento, en un instante discurrió lo que sería bueno

que hiciese, y dijo:

--Señora Costanza, yo le daré una oración en escrito que a dos veces

que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.

--Norabuena--respondió Costanza--; que yo la rezaré, porque sé leer.

--Ha de ser con condición--dijo Tomás--, que no la ha de mostrar a

nadie; porque la estimo en mucho, y no será bien que por saberla

muchos se menosprecie.

--Yo le prometo--dijo Costanza--, Tomás, que no la dé a nadie; y

démela luego, porque me fatiga mucho el dolor.

--Yo la trasladaré de la memoria--respondió Tomás--, y luego se la

daré.

Estas fueron las primeras razones que Tomás dijo a Costanza y Costanza

a Tomás en todo el tiempo que había que estaba en casa, que ya pasaban

de veinticuatro días. Retiróse Tomás, y escribió la oración, y tuvo

lugar de dársela a Costanza sin que nadie lo viese, y ella, con mucho

gusto y más devoción, se entró en un aposento a solas, y abriendo el

papel, vió que decía desta manera:

"Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Burgos; si alcanzo

de días a mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil ducados de renta.

A la fama de vuestra hermosura, que por muchas leguas se extiende,

dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje que me veis, vine a servir

a nuestro dueño; si vos lo quisiéredes ser mío, por los medios que más

a vuestra honestidad convengan, mirad qué pruebas queréis que haga

para enteraros desta verdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro,

seré vuestro esposo y me tendré por el más bien afortunado del mundo."

En tanto que Tomás entendió que Costanza se había ido a leer su papel,

le estuvo palpitando el corazón, temiendo y esperando, o ya la

sentencia de su muerte, o la restauración de su vida. Salió, en esto,

Costanza, tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento

su hermosura con algún accidente se pudiera juzgar que el sobresalto

de haber visto en el papel de Tomás otra cosa tan lejos de la que

pensaba había acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las

manos hecho menudas piezas, y dijo a Tomás:

--Hermano Tomás, esta tu oración más parece hechicería y embuste que

oración santa, y así, yo no la quiero creer ni usar della, y por eso

la he rasgado, porque no la vea nadie que sea más crédula que yo.

Aprende otras oraciones más fáciles, porque ésta será imposible que te

sea de provecho.

En diciendo esto, se entró con su ama, y Tomás quedó suspenso; pero

algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el

secreto de su deseo.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el Asturiano comprando

el asno donde los vendían; y aunque halló muchos, ninguno le

satisfizo, puesto que un gitano anduvo muy solícito por encajalle uno

que más caminaba por el azogue que le había echado en los oídos que

por ligereza suya; pero lo que contentaba con el paso desagradaba con

el cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope

quería, que le buscaba suficiente para llevarle a él por añadidura,

ora fuesen vacíos o llenos los cántaros. Llegóse a él, en esto, un

mozo, y dijole al oído:

--Galán, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un

asno aquí cerca, en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la

ciudad; y aconséjole que no compre bestia de gitanos, porque aunque

parezcan sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si

quiere comprar la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el Asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que

tanto encarecía. Fuéronse los dos mano a mano, como dicen, hasta que

llegaron a la Huerta del Rey, donde a la sombra de una azuda hallaron

muchos aguadores, cuyos asnos pacían en un prado que allí cerca

estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo al

Asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de

fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y

sin otra seguridad ni información, siendo corredores y medianeros los

demás aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los

adherentes del oficio. Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle

el parabién de la compra, y de la entrada en el oficio, y

certificáronle que había comprado un asno dichosísimo, porque el dueño

que le dejaba, sin que se le mancase ni matase, había ganado con él en

menos tiempo de un año, después de haberse sustentado a él y al asno

honradamente, dos pares de vestidos, y más aquellos diez y seis

ducados con que pensaba volver a su tierra.

Amén de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores

jugando a la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la

tierra y de sobremesa sus capas. Púsose el Asturiano a mirarlos, y vió

que no jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenía de

resto cada uno más de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una

mano de echar todos el resto, y si uno no diera partido a otro él

hiciera mesa gallega. Finalmente, a los dos en aquel resto se les

acabó el dinero y se levantaron; viendo lo cual el vendedor del asno,

dijo que si hubiera cuarto, que él jugara, porque era enemigo de jugar

en tercio. El Asturiano dijo que él haría cuarto. Sentáronse luego,

anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar antes el dinero que

el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia, y viéndose

sin blanca, dijo que si le querían jugar el asno, que él le jugaría.

Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que

por cuartos quería jugarle. Dijole tan mal, que en cuatro restos

consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos el

mismo que se le había vendido; y levantándose para volverse a

entregarse en él, dijo el Asturiano que advirtiesen que él solamente

había jugado los cuatro cuartos del asno; pero la cola, que se la

diesen, y se le llevasen norabuena.

Causóles risa a todos la demanda de la cola, y hubo letrados que

fueron de parecer que no tenía razón en lo que pedía, diciendo que

cuando se vende un carnero o otra res alguna, no se saca ni quita la

cola, que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. A lo

cual replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen

cinco cuartos, y que el quinto es de la cola, y cuando los tales

carneros se cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que

a lo de ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea,

que lo concedía; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que

nunca su intención fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen

luego con todo lo a ella anejo y concerniente, que era desde la punta

del celebro, contada la osamenta del espinazo, donde ella tomaba

principio y decendía, hasta parar en los últimos pelos della.

--Dadme vos--dijo uno--que ello sea así como decís, y que os la den

como la pedís, y sentaos junto a lo que del asno queda.

--¡Pues así es!--replicó Lope--. Venga mi cola; si no, por Dios que

no me lleven el asno si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en

el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están me han de

hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar a otro

hombre y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de

quién, por dónde, o cómo le vino; y más, que no quiero que me paguen

la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser y la

corten del asno, como tengo dicho.

Al ganancioso y a los demás les pareció no ser bien llevar aquel

negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brío el Asturiano, que

no consentiría que se la hiciesen, y uno dellos, que parecía de más

razón y discurso, los concertó en que se echase la cola contra un

cuarto del asno a una quínola, o a dos y pasante. Fueron contentos,

ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó el otro cuarto, y a otras

tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero; no quería Lope; pero

tanto le porfiaron todos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje

del desposado, dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta la

pesadumbre que desto recibió el perdidoso, que se arrojó en el suelo y

comenzó a darse de calabazadas por la tierra. Lope, como bien nacido y

como liberal y compasivo, le levantó y le volvió todo el dinero que le

había ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él

tenía repartió con los circunstantes, cuya extraña liberalidad pasmó a

todos; y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlán, le

alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope a la ciudad, donde contó a Temas

lo sucedido. No quedó taberna, ni bodegón, ni junta de pícaros donde

no se supiese el juego del asno, el esquite por la cola y el brío y la

liberalidad del Asturiano; pero como la mala bestia del vulgo, por la

mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la

liberalidad, brío y buenas partes del gran Lope, sino solamente la

cola; y así, apenas hubo andado dos días por la ciudad echando agua,

cuando se vió señalar de muchos con el dedo, que decían: "Este es el

aguador de la cola." Estuvieron los muchachos atentos, supieron el

caso, y no había asomado Lope por la entrada de cualquiera calle,

cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí y quién de allí:

"¡Asturiano, daca la cola! ¡Daca la cola, Asturiano!" Lope, que se vió

asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en callar, creyendo

que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas;

pues mientras más callaba, más los muchachos gritaban; y así, probó a

mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió a palos tras

los muchachos, que fué afinar el polvorín y ponerle fuego, y fué otro

cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba,

apaleando a algún muchacho, nacían en el mismo instante, no otras

siete, sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedían la

cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse a una posada que había

tomado fuera de la de su compañero, y de estarse en ella hasta que la

influencia de aquel mal planeta pasase, y se borrase de la memoria de

los muchachos aquella demanda mala de la cola que le pedían.

Seis días se pasaron sin que saliese de casa, si no era de noche, que

iba a ver a Tomás y a preguntarle del estado en que se hallaba, el

cual le contó que _#no#_ había podido hablar una sola palabra _#con

Costanza#_. Lope le contó a él la priesa que le daban los muchachos

pidiéndole la cola, porque él había pedido la de su asno, con que hizo

el famoso esquite. Aconsejóle Tomás que no saliese de casa, a lo

menos, sobre el asno, y que si saliese, fuese por calles solas y

apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaría dejar el oficio,

último remedio de poner fin a tan poco honesta demanda. Retiróse, con

esto, a su posada Lope, con determinación de no salir della en otros

seis días, a lo menos, con el asno.

Las once serían de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron

entrar en la posada muchas varas de justicia y, al cabo, el

Corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así

como los cometas cuando se muestran siempre causan temores de

desgracias e infortunios, ni más ni menos la justicia, cuando de

repente y de tropel se entra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta

las conciencias no culpadas. Entróse el Corregidor en una sala, y

llamó al huésped de casa, el cual vino temblando a ver lo que el señor

Corregidor quería. Y así como le vió el Corregidor, le preguntó con

mucha gravedad:

--¿Sois vos el huésped?

--Sí, señor--respondió él--; para lo que vuesa merced me quisiere

mandar.

Mandó el Corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella

estaban y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y

quedándose solos, dijo el Corregidor al huésped:

--¿Dónde está una muchacha que dicen que sirve en esta casa, tan

hermosa, que por toda la ciudad la llaman la _ilustre fregona_?

--Señor--respondió el huésped--, esa _fregona ilustre_ que dicen es

verdad que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.

--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra

criada la fregona.

--Yo he dicho bien--añadió el huésped--; y si vuesa merced me da

licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamás he dicho a persona

alguna.

--Primero quiero ver a la fregona que saber otra cosa; llamadla acá

--dijo d Corregidor.

Asomóse el huésped a la puerta de la sala, y dijo:

--¿Oíslo, señora? Haced que entre aquí Costancica.

Sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó, _#Costanza#_, una vela

encendida sobre un candelero de plata, y con más vergüenza que temor

fué donde el Corregidor estaba.

Así como el Corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta

de la sala; lo cual hecho, el Corregidor se levantó, y tomando el

candelero que Costanza traía, llegándole la luz al rostro, la anduvo

mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,

habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan

honesta, que al Corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura

de un ángel en la tierra; y después de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, ésta no es joya para estar en el bajo engaste de un mesón.

Digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar _ilustre_,

sino _ilustrísima_; pero estos títulos no habían de caer sobre el

nombre de _fregona_, sino sobre el de una duquesa.

--No es _fregona_, señor--dijo el huésped--; que no sirve de otra

cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de

Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que a esta

posada vienen.

--Con todo eso--dijo el Corregidor--, digo, huésped, que ni es

decente ni conviene que esta doncella esté en un mesón. ¿Es parienta

vuestra por ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de

saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas

que, juntamente con darle gusto, le admiren.

--Sí gustaré--dijo el Corregidor--; y sálgase Costancica allá fuera,

y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse; que su

mucha honestidad y hermosura obligan a que todos los que la vieren se

ofrezcan a su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda

reverencia al Corregidor, y salióse de la sala, y halló a su ama

desalada esperándola, para saber della qué era lo que el Corregidor la

quería. Ella le contó lo que había pasado, y cómo su señor quedaba con

él para contalle no sé qué cosas que no quería que ella las oyese.

No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que

se fué el Corregidor y vió salir libre a su marido, el cual, en tanto

que estuvo con el Corregidor le dijo:

--Hoy hacen, señor, según mi cuenta, quince años, un mes y cuatro días

que llegó a esta posada una señora en hábito de peregrina, en una

litera, _#con una niña recién nacida#_, y acompañada de cuatro criados

de a caballo, y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venían.

Traía asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y

cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina; finalmente, el

aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran

señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta o pocos más años,

no por eso dejaba de parecer hermosa en todo extremo. Venía enferma y

descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama,

y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Yo y mi mujer

preguntamos a _#éstos#_ quién era la tal señora y cómo se llamaba, de

adónde venía y adónde iba, y por qué causa se vestía aquel hábito de

peregrina. A todas estas preguntas, que le hicimos no hubo alguno que

nos respondiese otra cosa sino que aquella peregrina era una señora

principal y rica de Castilla la Vieja, y que porque había algunos

meses que estaba enferma de hidropesía, había ofrecido de ir a Nuestra

Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel

hábito. En cuanto a decir su nombre, traían orden de no llamarla sino

la señora peregrina. Esto supimos por entonces; pero a cabo de tres

días que, por enferma, la señora peregrina se estaba en casa, una de

las dueñas nos llamó a mí y a mi mujer de su parte; fuimos a ver lo

que quería, y a puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con

lágrimas en los ojos, nos dijo creo que estas mismas razones: "Señores

míos, los cielos me son testigos que sin culpa mía me hallo en _#un#_

riguroso trance _#y me veo obligada, por cuestión de honra, a apartar

de mi lado a esta niña#_. Y es menester, amigos, _#busquéis con todo

secreto donde llevarla a criar#_, buscando también mentiras que decir

a quien _#la#_ entregáredes; que por ahora será en la ciudad, y

después quiero que se lleve a una aldea. De lo que después se hubiere

de hacer, cuando de Guadalupe vuelva lo sabréis, porque el tiempo me

habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga."

[Ilustración: ...que llegó a esta posada una señora en hábito de

peregrina, ...]

Aquí dió fin a su razonamiento la lastimada peregrina, y principio a

un copioso llanto, que, en parte, fué consolado por las muchas y

buenas razones que mi mujer le dijo. Finalmente, _#ésta se fué#_ a

buscar donde llevar _#la niña, que era#_ la más hermosa que mis ojos

hasta entonces habían visto, y es esta misma que vuesa merced acaba de

ver ahora.

Fué _#la madre#_ a su romería. Cuando volvió, estaba ya la niña dada a

criar por mi orden, con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas

de aquí. En el bautismo se le puso por nombre Costanza; que así lo

dejó ordenado su madre, la cual, contenta de lo que yo había hecho, al

tiempo de despedirse me dió una cadena de oro, que hasta agora tengo,

de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traería la persona

que por la niña viniese. También cortó un blanco pergamino a vueltas y

a ondas, a la traza y manera como cuando se enclavijan las manos y en

los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos

se pueden leer, y después de apartadas las manos queda dividida la

razón, porque se dividen las letras, que en volviendo a enclavijar los

dedos, se juntan y corresponden de manera, que se pueden leer

continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y

encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la

mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo

lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora, puesto que ella me dijo

que dentro de dos años enviaría por su hija, encargándome que la

criase, no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una

labradora; que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que

lo guardaba para otra ocasión más importante. En resolución, dándome

cuatrocientos escudos de oro y abrazando a mi mujer con tiernas

lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discreción, valor,

hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años y luego la

truje conmigo, y siempre la he traído en hábito de labradora, como su

madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro días ha que

aguardo a quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha

consumido la esperanza de ver esta venida; y si en este año en que

estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla y darle toda mi

hacienda, que vale más de seis mil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor Corregidor, decir a vuesa merced, si es posible que

yo sepa decirlas, las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo

primero y principal, es devotísima de Nuestra Señora; confiesa y

comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en

Toledo; canta a la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no

hay quien la iguale. Pues en lo que toca a ser hermosa, ya vuesa

merced lo ha visto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato el Corregidor en hablarle; tan

suspenso le tenía el suceso que el huésped le había contado. En fin,

le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino; que quería

verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como

le había dicho. Tuvo por discreta la señal del conocimiento y juzgó

por muy rica a la señora peregrina que tal cadena había dejado al

huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada la

hermosa muchacha cuando hubiese concertado un monasterio donde

llevarla, por entonces se contentó de llevar sólo el pergamino,

encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y

diese noticia de quién era el que por ella venía, antes que le

mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan

admirado del cuento y suceso de _la ilustre fregona_ como de su

incomparable hermosura.

Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el Corregidor y el

que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomás fuera de si,

combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamás con

ninguno de su gusto; pero cuando vio que el Corregidor se iba y que

Costanza se quedaba, respiró su espíritu y volviéronle los pulsos, que

ya casi desamparado le tenían. No osó preguntar al huésped lo que el

Corregidor quería, ni el huésped lo dijo a nadie sino a su mujer; con

que ella también volvió en si, dando gracias a Dios que de tan grande

sobresaltó la había librado.

El día siguiente, cerca de la una, entraron en la posada con cuatro

hombres de a caballo dos caballeros ancianos de venerables presencias,

habiendo primero preguntado uno de dos mozos que a pie con ellos

venían si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido

que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron a

apear a los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos

eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza

a ver los nuevos huéspedes, y apenas la hubo visto uno de los dos

ancianos cuando dijo al otro:

--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos

a buscar.

Tomás, que acudió a dar recado a las cabalgaduras, conoció luego a dos

criados de su padre, y luego conoció a su padre y al padre de Calmazo,

que eran los dos ancianos a quien los demás respectaban; y aunque se

admiró de su venida, consideró que debían de ir a buscar a él y a

Carriazo a las almadrabas: que no habría faltado quien les hubiese

dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían; pero no se atrevió

a dejarse conocer en aquel traje: antes, aventurándolo todo, puesta la

mano en el rostro, pasó por delante dellos y fué a buscar a Costanza,

y quiso la buena suerte que la hallase sola; y apriesa y con lengua

turbada, temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, le

dijo:

--Costanza, uno de estos dos caballeros ancianos que aquí han llegado

ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar don Juan de

Avendaño: infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama don

Tomás de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y

averiguando que te he dicho verdad en cuanto a la calidad de mi

persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido. Y

quédate adiós; que hasta que ellos se vayan no pienso volver a esta

casa.

No le respondió nada Costanza ni él aguardó a que le respondiese, sino

volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fué a dar cuenta

a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el

huésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero como no pareció, dióla

él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las dos mozas

gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que

habían visto, y que si era hija o parienta del huésped, o huéspeda de

casa. La Gallega le respondió:

--La moza se llama Costanza; ni es parienta del huésped ni de la

huéspeda, ni sé lo que es.

El caballero, sin esperar a que le quitasen las espuelas, llamó al

huésped, y retirándose con él aparte en una sala, le dijo:

--Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prenda mía que ha algunos

años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil

escudos de oro, y estos trozos de cadena, y este pergamino.

Y diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenía.

Asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el

ofrecimiento de los mil escudos, respondió:

--Señor, la prenda que queréis quitar está en casa; pero no está en

día la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la

verdad que yo creo que vuesa merced trata; y así, le suplico tenga

paciencia; que yo vuelvo luego.

Y al momento fué a avisar al Corregidor de lo que pasaba, y de como

estaban dos caballeros en su posada, que venían por Costanza.

Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que tenía de ver el fin

de aquella historia, subió luego a caballo y vino a la posada del

Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra. Y apenas hubo

visto a los dos caballeros, cuando, abiertos los brazos, fué a abrazar

al uno, diciendo:

--¡Válame Dios! ¿Qué buena venida es ésta, señor don Juan de Avendaño,

primo y señor mío?

El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:

---Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y

con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a este caballero,

que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.

--Ya conozco al señor don Diego--respondió el Corregidor--, y le soy

muy servidor.

Y abrazándose los dos, después de haberse recebido con grande amor y

grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos

con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:

--Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don

Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan a esta

cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino, que está en su

poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se

haga.

--Desa manera--respondió don Diego--, no habrá necesidad de dar

cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, pues bien se

verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.

--Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. El pergamino, hele

aquí. Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se hicieron

una, y a las letras del que tenía el huésped, que eran E T E L S Ñ V D

D R, respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E AL ER A E A, que

todas juntas decían: ÉSTA ES LA SEÑAL VERDADERA. Cotejáronse luego los

trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.

--¡Esto está hecho!--dijo el Corregidor--. Resta ahora saber, si es

posible, quién son los padres desta hermosísima prenda.

--El padre--respondió don Diego--yo lo soy; la madre ya no vive:

basta saber que fué tan principal que pudiera yo ser su criado.

A estas razones llegaba don Diego cuando oyeron que en la puerta de la

calle decían a grandes voces:

--Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan a su amigo

el Asturiano preso; que acuda a la cárcel, que allí le espera.

A la voz de _cárcel_ y de _preso_, dijo el Corregidor que entrase el

preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el

Corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo

hubo de hacer.

Venía el Asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal

parado, y muy bien asido del alguacil, y así como entró en la sala,

conoció a su padre y al de Avendaño. Turbóse, y por no ser conocido,

con un paño, como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro.

Preguntó el Corregidor que qué había hecho aquel mozo, que tan mal

parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un

aguador que le llamaban el Asturiano, a quien los muchachos por las

calles decían: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!", y luego en

breves palabras contó la causa porque le pedían la tal cola, de que no

riyeron poco todos. Dijo más, que saliendo por la puente de Alcántara,

dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se había

apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó a uno, a quien dejaba

medio muerto a palos; y que queriéndole prender se había resistido, y

que por eso iba tan mal parado.

[Ilustración: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!"...]

Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando a no

querer descubrirse, llegó el alguacil y quitóle el pañuelo, y al punto

le conoció su padre, y dijo todo alterado:

--Hijo don Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿Qué traje es éste? ¿Aún

no se te han olvidado tus picardías?

Hincó las rodillas Carriazo, y fuese a poner a los pies de su padre,

que, con lágrimas en los ojos, le tuvo abrazado un buen espacio. Don

Juan de Avendaño, como sabía que don Diego había venido con don Tomás

su hijo, preguntóle por él; a lo cual respondió que don Tomás de

Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con

esto que el Asturiano dijo se acabó de apoderar la admiración en todos

los presentes, y mandó el Corregidor al huésped que trujese allí al

mozo de la cebada.

--Yo creo que no está en casa--respondió el huésped--; pero yo le

buscaré.

Y así, fué a buscalle.

Preguntó don Diego a Carriazo que qué transformaciones eran aquéllas,

y qué les había movido a ser él aguador y don Tomás mozo de mesón. A

lo cual respondió Carriazo que no podía satisfacer a aquellas

preguntas tan en público; que él respondería a solas.

Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí, sin

ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Teníale suspenso

la venida del Corregidor y el alboroto que en toda la casa andaba. No

faltó quien le dijese al huésped como estaba allí escondido; subió por

él, y más por fuerza que por grado, le hizo bajar; y aun no bajara si

el mismo Corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre,

diciendo:

--Baje vuesa merced, señor pariente; que aquí no le aguardan osos ni

leones.

Bajó Tomás, y con los ojos bajos y sumisión grande se hincó de

rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, a

fuer del que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le cobró de

perdido.

Ya, en esto, había venido un coche del Corregidor, para volver en él,

pues la gran fiesta no permitía volver a caballo. Hizo llamar a

Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó a su padre, diciendo:

--Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimalda por la más rica

que acertáredes a desear. Y vos, hermosa doncella, besad la mano a

vuestro padre, y dad gracias a Dios, que con tan honrado suceso ha

enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.

Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había acontecido, toda

turbada y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas

ante su padre, y tomándole las manos se las comenzó a besar

tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus

hermosísimos ojos derramaba.

En tanto que esto pasaba, había persuadido el Corregidor a su primo

don Juan que se viniesen todos con él a su casa; y aunque don Juan lo

rehusaba, fueron tantas las persuasiones del Corregidor, que lo hubo

de conceder; y así, entraron en el coche todos. Pero cuando dijo el

Corregidor a Costanza que entrase también en el coche, se le anubló el

corazón, y ella y la huéspeda se asieron una a otra, y comenzaron a

hacer tan amargo llanto que quebraba los corazones de cuantos le

escuchaban.

El Corregidor, enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en

el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenía,

hasta que saliese de Toledo. Así, la huéspeda y todos entraron en el

coche, y fueron a casa del Corregidor, donde fueron bien recebidos de

su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y

sumptuosamente, y después de comer contó Carriazo a su padre cómo por

amores de Costanza don Tomás se había puesto a servir en el mesón, y

que estaba enamorado de tal manera della, que sin que le hubiera

descubierto ser tan principal como era siendo su hija, la tomara por

mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del Corregidor a

Costanza con unos vestidos de una hija que tenía de la misma edad y

cuerpo de Costanza, y si parecía hermosa con los de labradora, con los

cortesanos parecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba a

entender que desde que nació había sido señora y usado los mejores

trajes que el uso trae consigo.

Entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don Juan de Avendaño se

concertaron en que don Tomás se casase con Costanza, dándole su padre

los treinta mil escudos que su madre le había dejado, y el aguador don

Diego de Carriazo casase con la hija del Corregidor.

Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos, y la

nueva de los casamientos y de la ventura de _la fregona ilustre_ se

extendió por la ciudad, y acudía infinita gente a ver a Costanza en el

nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho.

Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron a Burgos

don Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza, con su marido

don Tomás. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas

joyas que Costanza dio a su señora: que siempre con este nombre

llamaba a la que la había criado. Dio ocasión la historia de _la

fregona ilustre_ a que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus

plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la

cual aún vive en compañía de su buen mozo de mesón, y Carriazo ni más

ni menos, con tres hijos, que sin tomar el estillo del padre ni

acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en

Salamanca; y su padre, apenas vee algún asno de aguador, cuando se le

representa y viene a la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que

cuando menos se cate ha de remanecer en alguna sátira el "¡Daca la

cola, Asturiano! ¡Asturiano, daca la cola!"

Novelas y teatro · 第 4 / 33 题