Justa y Engracia eran hijas de una familia honrada, linajuda y rica,
ambas casadas; Justa con un propietario que vivía de sus cuantiosas
rentas, sin más trabajo que cuidar de aumentarlas, y de quien no tuvo
hijos; Engracia con un bolsista de intachable reputación, pero tan
confiado en su estrella que aventuraba en jugadas peligrosas más de lo
que permite la prudencia. De este matrimonio nacieron dos niñas: María
de la Soledad y María del Sacramento.
A poco de cumplir veintidós años la primera y uno más la segunda, su
padre quedó alcanzado en una liquidación de fin de mes, y no pudiendo
cumplir los compromisos contraídos, se suicidó de un pistoletazo.
Engracia murió de pena algunos meses después; y Justa, mediante la
cariñosa conformidad de Luis, su marido, se hizo cargo de las dos
sobrinas huérfanas; doblemente impulsada, primero por cierta natural
bondad, no incompatible con su dureza de carácter, y luego por el firme
convencimiento de que las dos muchachas no podían decorosamente vivir
solas.
Para Justa y Luis el decoro era la mitad de la vida: estaban persuadidos
de que el error y el pecado son inherentes a la naturaleza humana, y de
que la disculpa y el perdón forman la gloria principal con que el bueno
se aventaja al malo; pero con el escándalo no transigían nunca. La
opinión del prójimo, si no valía, importaba a sus ojos tanto como la
misma virtud: temían más al comentario y la maledicencia que a la falta,
siendo partidarios acérrimos del refrán que dice: «Pecado ignorado medio
perdonado». Con tales ideas no habían de permitir que sus sobrinas
viviesen solas.
Soledad y Sacramento no parecían hermanas. Eran sus cualidades morales
tan diferentes y sus tipos tan opuestos, que quien ignorase la honradez
de su madre pudiera suponerlas engendradas por dos amores distintos.
Soledad era alta, gallarda, de tez trigueña, con pelo y ojos negros,
boca de labios gruesecillos, tan rojos que parecían una flor de sangre;
el seno levantado y firme, el talle esbelto, el andar airoso, las
actitudes y posturas animadas por un encanto singular que se desprendía
de su figura como un efluvio turbador y escitante: y en rara
contradicción con este aspecto provocativo, era fría, indolente,
predispuesta a la mansedumbre y la bondad, capaz hasta de ternura, pero
refractaria al apasionamiento y la vehemencia, como si tuviese
adormilados los sentidos y en su alma tranquila solo pudieran hallar eco
los sentimientos dulces y apacibles.
Sacramento no era hermosa, sino bonita: pequeña, delgada, extremadamente
blanca, los ojos de un azul muy claro, los labios finísimos, tan pobres
de color que parecían exangües: los brazos débiles, el talle largo, el
pecho apenas pronunciado, todo el cuerpo menudo y grácil, como de
adolescente que no ha llegado a su completo desarrollo. De lo que podía
envanecerse era del pelo, tan rubio, fino y abundante, tanto y tan
largo, que sentada para peinarse le llegaba al suelo, envolviéndola en
un manto de oro. Era una mujercita delicada, de complexión casi
enfermiza, sin rasgos enérgicos de belleza con que atraer y dominar: su
rostro carecía de expresión y su cuerpo de gentileza: sus posturas eran
lánguidas, como si todo su organismo estuviera sometido a la
impasibilidad de un temperamento ingénitamente casto, reflejo de un alma
privada de inspirar pasiones e incapaz de sentirlas.
Mas en abierta oposición con tales apariencias la frialdad era mentira y
la languidez artificio. Cuando pretendía agradar, cuando ponía empeño en
seducir, aquellos ojos claros, parados, se animaban súbitamente,
trocándose de inocentes en maliciosos, y aquellos labios blanquecinos
que ligeramente se mordiscaba con un movimiento imperceptible, tomaban
color de cereza soleada: entonces sonreía de un modo delicioso; la falsa
indiferencia, el abandono fingido, se convertían en laxitud estudiada
que parecía pedir mimos o prometer caricias, y la mujercita
insignificante, el ser débil, quedaban transformados en sirena de
ocultos y peligrosos encantos.
Por capricho estraño de la suerte la morena era sosa y la rubia picante:
Soledad como noche serena y fresca que adormece: Sacramento como tarde
calurosa y pesada que hostiga con visiones abrasadoras los sentidos: una
hermana dócil, humilde, apocada, propensa a cuanto fuese delicadeza y
ternura; otra dominadora, altiva, exigente, pronta a todo arranque
voluntarioso y enérgico: Soledad de aquellas para quienes amar es
conceder, prendarse y ser vencidas: Sacramento de las que, regateando
sensibilidad, prefieren ser conquistadoras a elegidas.
Justa y Luis imaginaron que las casarían pronto: a una, por su belleza y
su bondad; a otra, por su travesura e ingenio, y a las dos, porque no
teniendo ellos hijos, con el tiempo serían ricas.
Soledad, a pesar de verse tan solicitada, se mostró desdeñosa y esquiva;
porque pedía mentalmente a sus adoradores algo íntimo y hondo que no
sabían darle: les exigía menos culto y más fe.
Sacramento encontró marido a los pocos meses de cesar el aislamiento y
retiro impuesto por el luto de sus padres.
En las recepciones de una embajada, conoció al barón de D'Avenda,
diplomático extranjero que le doblaba la edad, hombre de corto
entendimiento, cuerpo gastado y carácter débil, circunstancias que ella
imaginó compensadas con su título, su riqueza, y sobre todo, por lo
fácil que le pareció dominarle. Tal vez no llegase a calcular
perversamente, desde los primeros momentos, que la excesiva bondad del
noble extranjero pudiera ser en lo futuro amplia bandera que cubriese la
torpe mercancía de sus culpas; pero apenas comenzó a verse galanteada
por él, comprendió que la pasión que le inspiró, tanto más avasalladora
cuanto más tardía, se lo entregaba esclavizado.
Para lograr que la distinguiera y prefiriese, le bastaron unos cuantos
diálogos, y enseguida, dueña de sí misma, en frío, sin experimentar la
emoción más leve, aseguró su conquista desplegando alternativamente
candidez, picardía, recogimiento y desenfado. Para atraerle se hizo
discreta; para retenerle, dulce; para seducirle, codiciable; para
enloquecerle, sensual; le alentó con esperanzas, le exasperó con
desdenes, le irritó con coqueterías, le animó con favores, y luego, de
repente, sin transición; le puso a raya, resistiendo arrepentida y
esquiva lo que acababa de conocer enamorada y vehemente. Sabía
prometerse con los ojos al mismo tiempo que se negaba con los labios, y
en una sola conversación fingía desfallecer cien veces como apasionada
que cede, y rescatarse otras tantas como virtud arisca, que hostigada se
exalta, pasando traidoramente de la turbación al impudor, y de la
licencia al recato, cual si su pensamiento y hasta su cuerpo le
inspirasen confundidos los desbordamientos de amor mal contenido que lo
autorizan todo y las respuestas de fría honestidad que no consienten
nada. Su táctica fue un prodigio de esa liviandad mansa que desconcierta
la razón y espolea los sentidos: labor de afiligranada perfidia, al
término de la cual, sin que mediara un beso ni se oprimieran una mano,
quedaron el decoro de la mujer vendido y la dignidad del hombre
escarnecida. Por fin cuando le tuvo medio alocado, medio entontecido,
fingió rendirse y consintió en ser su esposa.
Sacramento se casó primorosamente vestida de blanco, adornado el traje
de azahar, en actitud humilde, el pecho anheloso, las miradas entre
pudorosas e inquietas, la tez descolorida cual si palideciese ante la
inevitable proximidad de las caricias... y allá en el fondo del alma la
imaginación alegre y licenciosa como ramera triunfante.
Hubo fiesta, convite, amigos, parientes, enhorabuenas, besos y abrazos,
hasta lágrimas, y al caer la tarde, la recién casada se mudó de vestido
para emprender el inexcusable viaje de novios. Pocas horas después,
Luis, Justa y Soledad agitaban los pañuelos en el andén de la estación,
mientras la pareja feliz les saludaba con los suyos asomada a la
ventanilla del _sleeping_, lecho con ruedas, tálamo ambulante, símbolo
acaso sobrado casto para quien tal idea tenía del amor.
* * * *
La sensación de vanidad satisfecha que experimentaron los tíos con
aquella boda, quedó pronto amargada por el disgusto que les dio Soledad.
Un día supieron que tenía novio. La insensible, la desdeñosa, la fría,
como ellos la llamaban, estaba vencida. El autor del milagro, porque de
tal, a su juicio, podía calificarse, era un hombre de más de treinta
años, arrogante figura, finísimo, muy listo y en extremo simpático,
para quien ignorase que tan halagüeñas y brillantes apariencias,
escondían una inteligencia dañina casi por instinto y un corazón que se
asimilaba el mal, como cuerpo poroso que absorbe la humedad. Había en él
algo de personaje melodramático artificiosamente concebido, cual si al
crearle hubiera querido la Naturaleza condensar en un tipo la
perversidad que de ordinario derrama en muchos individuos. Era de los
hombres que pierden irremediablemente a la infeliz en quien se fijan,
cuando no lo evita esa virtud inquebrantable y misteriosa, que halla su
voluptuosidad en la resistencia. Para defenderse de él, no bastaba la
frialdad ingénita contra la seducción por los sentidos, pues aún fingía
más astutamente la ternura cariñosa con que se conquista el alma, que la
exaltación apasionada con que se vence a la materia. Su táctica estaba
sometida a dos principios, que lejos de limitar su campo de acción, lo
ensanchaban: nunca procuraba enamorar a mujeres de gran inteligencia, y
siempre ocultaba sus triunfos con absoluta discreción. Así eran tantas
sus victorias: primero, por fáciles; luego, por ignoradas.
Doña Justa y su esposo averiguaron enseguida que el enamorado de Soledad
era _de buena familia y que estaba bien_, es decir, lo referente a su
origen y fortuna; pero de sus ideas, sus gustos, sentimientos y
costumbres, de lo que más puede influir en el porvenir de una mujer,
nada inquirieron, ni pararon mientes en ello.
Apenas Enrique comenzó a tratar a Soledad comprendió que su
entendimiento estaba muy por bajo de su belleza, y que existía profunda
desemejanza entre los caracteres de su hermosura y sus condiciones
morales. Era confiada, inocentona, sencilla, tan exenta de picardía que
las frases y bromas más atrevidas se estrellaban contra la falta de
malicia. Lo llamativo, lo picante de sus encantos era independiente de
su voluntad: aquel cuerpo de líneas tentadoras tenía actitudes pudorosas
para no revelar la forma por los movimientos; aquella boca húmeda y
roja, como flor de granado recién mojada por la lluvia, hablaba
castamente; y aquellos ojos de miradas abrasadoras y mimosas, grandes
pecadores sin saberlo, contrastaban con la serenidad y limpieza de su
pensamiento: Soledad era, en fin, una de esas mujeres a quienes hay que
buscar, porque no saben atraer, y que resisten mal porque desconfían
poco.
Viéndose requerida de amores los aceptó cual si temiera ser cruel no
siendo agradecida, y luego las palabras dulces, las promesas cariñosas,
fueron invadiéndole apaciblemente el espíritu, como algo inesperado,
pero natural y espontáneo, que llegada su hora le florecía: en el alma,
y comenzó a recrearse en ello y gozarlo, saboreándolo a modo de un bien
supremo, legítimo y honesto, sin irritarlo con estímulos de la impureza,
ni envilecerlo con perversiones de la imaginación.
Enrique, por el contrario, no tuvo idea sincera ni dio paso sin
premeditación. Al principio se mostró vacilante y tímido, como quien
desea lo que no merece; luego desplegó gran vehemencia, dando a entender
que los primeros favores le ponían fuera de tino; y, finalmente, ya
seguro de que Soledad le quería, procuró que la privación de verle y
hablarle con la frecuencia acostumbrada, encendiese la llama que había
de perderla. Buscó un pretesto para enfadarse con los tíos, dejó de
visitarles, limitándose a mirarla en paseos y teatros, y por ultimó
comenzó a entenderse con ella por escrito, en cartas donde interpolaba
la tristeza del alejamiento con los arranques de pasión mal contenida.
Soledad, excitada por la comunicación de aquel veneno deleitoso, se
enseñó a contestarle en papeles imprudentes a los cuales fiaba anhelos
antes ignorados, leyendo mil veces embelesada lo que de palabra era
incapaz de tolerar, y dejando otras tantas correr la pluma para hacerle
confesiones y promesas que, teniéndole junto a sí, hubiera la vergüenza
sofocado en sus labios. Fue casta mientras pudo hablarle; atrevida al
dejar de verle; sus primeros besos por escrito, y a solas los primeros
sonrojos. Enrique tardó poco en adquirir la certidumbre de que aquella
mujer era de las que no desconfían cuando aman.
Entonces, poniendo con dádivas de su parte a una doncella, consiguió que
mientras dormían los tíos, Soledad le recibiese por las mañanas en unas
habitaciones de la planta baja, de las cuales no se hacía uso en
invierno. Luego el misterio aumentó el encanto, la ocasión fue tercera,
y una vez más la pasión y el engaño llamaron a la vida un nuevo ser,
víctima expiatoria del desvarío ajeno.
Cuando las lágrimas de la burlada comenzaron a agriarle la victoria,
Enrique faltó a dos o tres citas. Soledad mandó en su busca a la
doncella y ésta volvió diciendo que se había marchado, vendiendo en
veinticuatro horas cuanto tenía y sin decir a nadie dónde iba.
La infeliz vio la traición tan clara como imaginó haber visto la
felicidad, sufriendo al par la vergüenza de la falta y la humillación
del abandono.
Doña Justa y don Luis, a quienes le fue forzoso confiarse, anduvieron
relativamente parcos en recriminaciones, pero crueles e inexorables en
punto a la energía necesaria, para ocultar las consecuencias de la
seducción.
Con pretexto de renovar el arriendo de unas fincas, partieron,
acompañados de Soledad, fijaron su residencia en un cortijo que poseían
en tierra de Andalucía y allí permanecieron el tiempo preciso: luego,
gracias a la influencia y poder que su riqueza les daba en la comarca,
hicieron que el recién nacido pasase por hijo de un matrimonio de su
servidumbre, gente pobre que vio con ello asegurada la fortuna, y
restablecida Soledad, tornaron a la corte los tres, quedando el motivo
del viaje ignorado, y el decoro a salvo.
En vano rogó la infeliz que la dejasen allí, sin más recursos que los
estrictamente necesarios para vivir con el niño, en las condiciones que
se le impusieran, sometiéndose a cuanto mandaran: todo fue inútil. Para
la falta halló indulgencia, casi perdón, pero a trueque de separarse por
siempre de su hijo, sacrificando el sentimiento de la maternidad a las
exigencias del honor.
Regresaron del campo, y todo Madrid volvió a contemplar a Soledad en
fiestas y diversiones, ostentando al parecer gozosa, la plenitud de su
belleza. No había otra tan elegante, tan gentil y gallarda. Lo que nadie
sabía era que iba por fuerza, contra su voluntad, por falta de valor
para rebelarse contra aquella exhibición brutal y dolorosa; lo que nadie
podía sospechar era su vergüenza íntima, su mortificación al fingir
pudores e ignorancias, cuyas mentiras la envilecían a sus propios ojos,
abrasándole con un fuego sucio la conciencia. No guardaron proporción la
falta y el modo de expiarla: fue víctima dos veces sacrificada al
egoísmo ajeno: una para satisfacer la ilusión del amor; otra para
contribuir a la comedia del decoro: llegando en medio del dolor a tal
punto su pureza de pensamiento, que jamás acarició la idea de engañar a
un hombre para encubrir su desventura.
* * * *
El viaje de Sacramento y su marido duró más de un año: al volver
estaban ya desavenidos. En un principio el barón, como caballero que
repugna publicar su desacierto, transigió con las que llamaba
genialidades y ligerezas: luego trató de ocultarlas, y cuando ni esto
pudo, fingió ignorarlas. Por no separarse de su mujer, a cambio de las
migajas de su amor, sufría aparentando desconocer su vilipendio, se
burlaba de otros maridos infortunados, pretendiendo garantizar con la
osadía la falta de vergüenza; hizo papel de engañado, y así,
insensiblemente, fue pasando de la debilidad a la costumbre y de la
costumbre al envilecimiento, hasta ser un ejemplar extraordinario, un
caso de ceguera moral inverosímil y absurdo. Porque Sacramento no cayó
al adulterio arrastrada por la pasión tardía y avasalladora que acaso
puede perdonar cierta soberana grandeza de alma: fue el tipo complejo de
la medio malvada, medio enferma, a quien no se mata por infame
sospechando que pueda ser irresponsable.
Al fin, vencido, y lo que es más triste, resignado, prescindió de ella.
Siguieron viviendo bajo el mismo techo, pero en habitaciones
independientes, separados de común acuerdo, él, sin consuelo a su
amargura, ella sin freno a sus desórdenes: y cuando ya este apartamiento
era público, cuando ni amigos ni parientes, ni conocidos lo ignoraban,
Sacramento tuvo un hijo, que, según las leyes, fue bautizado como
heredero del nombre cuya deshonra confirmaba.
No se alteraron por ello la paz ni las costumbres de la familia. El
barón tardó poco en hacerse a la idea de que era padre, Sacramento
continuó en sus aventuras, Soledad sujeta a la inflexible voluntad de
los tíos, y éstos habituados por igual a las liviandades de la sobrina
casada y a la humilde docilidad de la soltera.
En el corazón de Soledad se alzaban, sin embargo, de cuando en cuando,
protestas contra aquella privación del hijo que le parecía la amputación
de parte de su alma.
Una tarde de invierno, las dos hermanas paseaban a pie por las alamedas
solitarias de la Moncloa. Sus pasos resonaban sobre la arena endurecida
por las heladas, el viento arrancaba de las ramas las últimas hojas
secas que revoloteaban como avecillas de oro, la atmósfera de una
limpieza incomparable dejaba ver en la lejanía las masas violáceas de la
sierra y hacia Poniente unas ráfagas de nubes rojas y anaranjadas
parecían incendiar el arbolado de los cerros.
Sacramento iba sonriente, locuaz, deleitándose en respirar, como
excitada por la viveza del aire: Soledad callada, distraída, viendo las
cosas sin mirarlas, oyendo, hablar a su hermana sin fijar la atención.
A corta distancia les seguía un carruaje y a pocos pasos les precedían
un niño y un lacayo: el primero lujosamente vestido, y el segundo
ocupado en ir cortando los tallos y la hojarasca de una vara para que el
chiquitín jugase.
De pronto, Sacramento, preguntó a su hermana:
--Pero mujer, ¿qué tienes? ¡Parece que vas tonta!
Entonces Soledad, obedeciendo a un impulso involuntario, alteradas de
súbito las facciones por la ira, cogió del brazo a Sacramento, y
señalándole con la otra mano al niño que iba delante, dijo ásperamente:
--¿No es inícuo que tú puedas salir a la calle con esa criatura y yo ni
aun pueda decir que tengo hijo?
--Yo--contestó la adúltera con la mayor naturalidad--soy casada.--Y
haciendo por broma con su nombre un juego impío de palabras,
añadió:--Ya ves... me llamo Sacramento.
Soledad, con un mohín despreciativo, repuso:
--Tienes razón. Lo mismo podrías llamarte Salvoconducto.