CAPITULO XXXV

CULTURA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS ANTES DE LA INDEPENDENCIA:

MÉXICO: IMPRENTA; ACUÑACIÓN DE LA MONEDA.--SIGLO XVII: SOR JUANA

DE LA CRUZ.--POETAS Y PROSISTAS DEL SIGLO XVIII.--PERÚ: GARCILASO

DE LA VEGA, "COMENTARIOS REALES."--LIMA EN EL SIGLO XVI: LA

UNIVERSIDAD DE SAN MARCOS.--VALLE Y CAVIEDES.--SIGLO XVIII:

OLAVIDE; SU VIDA Y SUS OBRAS.--PERALTA, ALONSO DE LA CUEVA Y

LLANO ZAPATA.--EL PERIODISMO.--CUBA Y PUERTO RICO.--GUATEMALA:

MATANZA, OSENA, PAZ SALGADO Y BERGAÑO.--LA INSTRUCCIÓN PUBLICA.--LA

UNIVERSIDAD.--LA «GACETA.»--EL COLISEO.--EL CONSULADO.--LA

SOCIEDAD ECONÓMICA.--LA IMPRENTA.--COSTA-RICA.--EL ECUADOR,

VENEZUELA, BOLIVIA, BUENOS AIRES, CHILE, PARAGUAY Y URUGUAY.--LAS

BELLAS ARTES: CATEDRAL DE MÉXICO.--EL ESCULTOR ROBLES.--EL P.

CARLOS.--CHILL Y OTROS.--EL PINTOR CIFUENTES Y OTROS.--LAS BELLAS

ARTES EN LIMA Y EN LA AMÉRICA CENTRAL.--EL PINTOR SANTIAGO EN

EL ECUADOR.--EL ESCULTOR LAGARDA.--LAS BELLAS ARTES EN NUEVA

GRANADA.--LA INDUSTRIA EN MÉXICO, PERÚ Y BOLIVIA, SANTO DOMINGO,

CUBA, AMÉRICA CENTRAL, CHILE, NUEVA GRANADA, ECUADOR, VENEZUELA,

BUENOS AIRES, PARAGUAY, URUGUAY Y BRASIL.

La vida intelectual de los pueblos hispano-americanos durante la época

colonial permanece casi olvidada, no sólo por los hijos del país, sino

también por los mismos españoles. Comenzaremos estudio tan interesante

por la cultura literaria en México, no sin hacer antes notar que con la

ayuda del obispo Zumárraga logró el virrey Mendoza traer la imprenta el

1536, publicándose en el mismo año la _Escuela Mística_, de San Juan

Clímaco, traducción que hizo el Padre dominico Juan de la Magdalena.

Registraremos también el hecho de que por entonces comenzó la acuñación

de la moneda. De la literatura mejicana en el siglo XVII, colocaremos

en primer término a la monja y poetisa Sor Juana Inés de la Cruz.

Nació en San Miguel de Nepantla, alquería a doce leguas de México, y

fué bautizada en la cercana villa de Ameca-Ameca[826]. Su padre se

llamaba Manuel de Asbaje y su madre Isabel Ramírez de Cantillana.

Tan bella de rostro como de espíritu, se hizo simpática a todos en la

corte del virrey marqués de Mancera, pues fué dama de la virreina doña

Leonor de Carreto. Por los consejos del Padre jesuíta Antonio Núñez se

encerró en un convento de la orden de San Jerónimo y profesó el 24 de

febrero de 1669. Falleció el 17 de abril del año 1695. Mujer de una

cultura extraordinaria, vivió en la atmósfera de literatura gongorina

y pedante, librándose, no del mal gusto de la época, pero sí de

exageraciones ridículas y antiestéticas. En tiempos mejores y con otra

educación, Sor Juana Inés de la Cruz ocuparía señalado lugar entre las

mejores poetisas.

[826] Algunos escritores dicen que era peruana y otros

guipuzcoana.

El _siglo de oro_ de la cultura científica y literaria en México

fué el XVIII. En la citada centuria se creó la Universidad y otros

establecimientos de enseñanza, la imprenta adquirió gran desarrollo y

las ciencias y las letras se cultivaron por esclarecidos ingenios en

la capital y en las ciudades más importantes de la colonia. Fama tuvo

de literato don Diego José de Abad, jesuíta y excelente latinista.

En la poesía épica se distinguió D. Francisco Ruiz de León, autor de

los poemas _La Tebaida Indiana y La Hernandiada_, sobresaliendo en

el género lírico los Padres don José Manuel Sartorio y Fray Manuel

de Navarrete. Nacieron por aquella época en la Nueva España dos

historiadores dignos de fama: los jesuítas veracruzanos don Francisco

Javier Clavigero, autor de la _Historia Antigua de México_ y de la

_Historia de la Baja California_, y don Francisco Javier de Alegre, que

escribió la _Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España_.

Antes de estudiar la historia literaria del Perú, publicaremos la

siguiente Real Cédula. Por ella veremos el mucho cuidado que tenían

nuestros monarcas de que no sufriese detrimento alguno la religión

católica.

Libros: «Informado el Príncipe, que de llevar al Perú los favulosos,

como los de Amadís y otros, se seguía, que los indios que sabían leer

se daban á ellos, olvidando los de buena y sana doctrina, y persuadidos

de que las Historias vanas habían sido compuestas vanamente, y pasado

como tales lo serian también las de Sagrada Escritura y Santos

Doctores, teniéndolos por de una misma authoridad; mandó S. M. al

virrey no consintiesse su venta, ni que los españoles los tuviessen en

sus casas, ni los leyesen los indios.» Ced. de sep. de 1513. Vid. Tom.

9 de ellas, fol. 286, b, n.º 481[827].

[827] Arch. Hist. Nac.--_Cedulario índico de Ayala_ o _Dic. de

Gobierno y Legislación de Indias_, letra L. n.º 18.

El primero de los escritores peruanos fué Garcilaso de la Vega.

Era hijo natural del capitán Garcilaso de la Vega y de la _ñusta_

Doña Isabel Chimpu Ocllo, sobrina de Huayna Cápac y nieta de Túpac

Yupanqui. Nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539 y vivió en una

época de guerras civiles. Conoció a Gonzalo Pizarro, a Francisco

Carvajal, al presidente La Gasca, a Francisco Hernández Girón y a

otros. «Residiendo--dice--mi madre en el Cozco, su patria, venían a

visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las

crueldades y tiranías de Atahualpa escaparon; en las cuales visitas

siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus

reyes, de la magestad dellos, de la grandeza de su imperio, de sus

conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de

las leyes que tan en provecho y en favor de sus vasallos ordenaban.

En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiesen

acaecido que no la trujesen a cuenta. De las grandezas y prosperidades

pasadas, venían a las cosas presentes: lloraban sus reyes muertos,

enajenado su imperio y acabada su república. Estas y otras semejantes

pláticas tenían los incas y pallas en sus visitas, y con la memoria del

bien perdido, siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto,

diciendo: _trocósenos el reinar en vasallaje_. En estas pláticas yo,

como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me

holgaba de las oir, como huelgan los tales de oir fábulas»[828].

[828] _Comentarios Reales_, 1.ª parte, lib. I, cap. XV.

Manifiesta Garcilaso en su historia profundo amor a los incas y en

general a toda la raza india. No es extraño que el historiador se

convierta en defensor, y en defensor apasionado.

Habiendo fallecido su padre de muerte natural, Garcilaso se trasladó

a España en el año 1560. Entró en el ejército y sirvió a las órdenes

de Don Juan de Austria y de Don Alfonso Fernández de Córdova, marqués

de Pliego, obteniendo el grado de capitán, _inmérito de sueldo_. Dice

que «escapó de la guerra tan desvalijado y adeudado, que no le fué

posible volver a la corte, sino acogerse a los rincones de la soledad

y pobreza.» Solicitó del Rey la recompensa debida por los servicios

de su padre y la restitución patrimonial de los bienes de su madre,

no obteniendo ni la una ni la otra, a causa del mal recuerdo que se

conservaba del conquistador Garcilaso, el cual siguió las banderas

rebeldes de Gonzalo Pizarro. Se estableció en la ciudad de Córdoba,

se ordenó de clérigo y escribió algunas obras, siendo la principal la

que lleva el título de _Comentarios Reales_. Murió en Córdoba el 22 de

Abril de 1616.

Si acabamos de indicar que Garcilaso es más bien panegirista que

historiador, añadiendo ahora que le consideramos bastante parcial y

algo inexacto; sin embargo, no creemos justas las siguientes palabras

de Menéndez Pelayo: «Los _Comentarios Reales_ no son texto histórico;

son una novela utópica, como la de Tomás Moro, como la _Ciudad del

Sol_, de Campanella, como la _Océana_, de Harrington; el sueño de

un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de

oro gobernado por una especie de teocracia filosófica»[829]. No

estamos conformes--repetimos--con el juicio de Menéndez Pelayo; pero

aceptamos sin reparo alguno el de Pi y Margall. «En esta historia de

los incas--escribe--sigo principalmente a Garcilaso de la Vega. Se

disminuye hoy la autoridad que se le concedió en otros días; pero

injustamente. No dispuso de mayores medios para descubrir la verdad

ninguno de sus contemporáneos; tampoco ninguno de los que después

escribieron. ¿Se han descubierto, acaso, nuevas fuentes para esta

historia? Garcilaso era Inca y había recogido de labios de sus mismos

padres la tradición quichua, conocía la lengua del país y había tenido

ocasión de consultar a los quipucamayos; nadie pudo recoger mejor lo

poco o mucho que de los incas se supiese. Es de temer que le hiciesen

parcial el espíritu de nación y el de familia; pero la parcialidad

suele estar más en la apreciación que en la averiguación de los

hechos»[830].

[829] _Antología de poetas hispano-americanos_, tomo III, pág.

CLXIII.

[830] _Historia general de América_, tom. I, volumen I. pág.

329.

Es cierto que desconoce la existencia de una civilización anterior a

la de los incas, civilización preincásica que tuvo mucha importancia;

no hace mención de los vestigios más antiguos de civilización que se

han encontrado en los valles de la costa, desde Nazca hasta Trujillo;

opina erradamente que en los primeros reinados de los incas no hubo

revueltas ni revoluciones; no era Pachacámac la divinidad suprema, sino

Viracocha, ni la religión era deísta, sino fetichista[831]; ni tampoco

era cierto que bajo los incas no se celebrasen sacrificios humanos,

pues se halla probado que inmolaban hombres a los dioses. Nada más

tenemos que decir de la primera parte de los _Comentarios Reales_.

[831] Los primeros invasores que ocuparon la costa adoraron

a _Con_, los segundos inmigrantes que subyugaron a los

anteriores a Pachacámac. Viracocha era el dios de la primera

civilización quechua, y el Sol o Inti era el dios particular

de la tribu de los incas. También adoraban a la luna, a las

estrellas, a los monarcas difuntos, etc.

La segunda parte, que trata de la conquista del Perú y de las guerras

entre los conquistadores, no tiene tanto valor histórico como la

primera. Si en ella repite y á veces aclara y amplía las narraciones de

Gómera y Zárate, nunca llega á las ricas y hermosas crónicas de Cieza.

El apogeo de Lima fué el siglo XVII. Bajo la dinastía austriaca y de

Felipe V, Lima, con sus numerosos frailes, blancos y pardos, calzados

y sin calzar, con sus famosos virreyes rodeados de pretendientes, y

con sus letrados y retóricos, manifestaba no poco brillo y esplendidez.

Al lado de los conventos (agustinos, franciscanos, dominicos y

mercenarios) y colegio de jesuítas, se hallaba el palacio del virrey,

la Audiencia, el Cabildo y la Real y Pontificia Universidad de San

Marcos. Nació la Universidad al amparo del convento de Santo Domingo y,

cuando aquélla hubo de secularizarse veinte años después, conservó su

carácter eminentemente religioso y aun teológico. «Pero a la vez que

institución eminentemente religiosa, baluarte de la Teología, palestra

del Escolasticismo, foco de los estudios de Derecho canónico y Derecho

romano en toda la América del Sur, la Universidad, por la frecuencia

de sus certámenes poéticos, recibimientos y fiestas, venía a ser como

la Academia literaria oficial de la corte de los virreyes»[832].

Catedráticos no pocos y doctores numerosos se dedicaban con más

pedantería que ciencia y con más retórica que elocuencia, a conquistar

la benevolencia del virrey, de los oidores, de los altos empleados y

hasta de los particulares distinguidos. Por eso los recibimientos tan

fastuosos a virreyes, a oidores y a prelados. Los homenajes rendidos al

representante del Rey, cuando, después de algún tiempo de la toma de

posesión, visitaba la Universidad, excedían a toda ponderación. Bastará

decir que el ilustre don Pedro de Peralta Barnuevo, varón justamente

alabado por sus muchas y excelentes obras, escribió lo siguiente: «Es

el príncipe una deidad visible, con quien no tiene otro oficio la

lengua sino el del himno o el del ruego»[833].

[832] José de la Riva Agüero, _La Historia en el Perú_.--Lima,

1910.

[833] _El templo de la fama vindicado_, fol. 15 v.º--Lima,

1720.

Registraremos los nombres de algunos vates peruanos. A fines del siglo

XVII se distinguió el poeta festivo Juan del Valle y Caviedes, por

apodo «El poeta de la ribera», que escribió dos libros titulados:

_Diente del Parnaso_ y _Poesías varias_. Murió el 1692, antes de

cumplir los cuarenta años. El romance a la bella Anarda comienza así:

Purgando estaba sus culpas

Anarda en el hospital;

que estos pecados en vida

y en muerte se han de purgar...

Caviedes conocía perfectamente a Quevedo, según puede verse en muchas

de sus composiciones. Trasladaremos aquí unos cuantos versos de la

composición que dirigió a Machuca, por su nombramiento de médico de la

Inquisición:

Ya los Autos de la fe,

se han acabado sin duda,

porque de la Inquisición,

médico han hecho a Machuca.

Relajados en estatua

saldrán judíos y brujas,

no en persona, que estarán

ya relajados con purgas.

Tan hechiceras como antes

serán las tristes lechuzas,

porque en manos del Doctor

han de volar con unturas...

En el palacio del marqués de Castell-dos-Ríus, virrey del Perú, se

reunían allá por los años de 1709 y 1710 los principales ingenios del

país, entre otros, el presbítero Miguel Sáenz Cascante, el marqués

de Brenes, Pedro José Bermúdez de la Torre, Juan Manuel de Rojas y

Solórzano, Jerónimo de Monforte, el marqués del Villar del Tajo y el

conde de la Granja. Las poesías que han llegado a nosotros, tanto del

virrey como de sus cariñosos amigos, son conceptuosas y de mal gusto.

El siguiente soneto es del conde de la Granja:

A LA MUERTE DEL MARQUÉS DE CASTELL-DOS-RÍUS,

VIRREY DEL PERÚ:

Canto, bien que no sé si canto o lloro,

aun en sombras, la muerte esclarecida

de un héroe que dió vida con su vida

a ciencias y artes, y al castalio coro.

Varón de un siglo en que volvió el de oro

pues gobernó con rienda tan medida,

que en la razón a la justicia unida

cifró del mando el principal decoro.

Discreto fué sin presunción de sabio;

supo hermanar con su saber su suerte,

supo lo que en mortal junto no cupo.

Igualó al de Demóstenes su labio;

¿qué no supo él?... Él supo hasta en la muerte

lo más que hay que saber, pues morir supo.

Natural de Lima, donde nació el año 1725, es Pablo de Olavide,

doctor en Cánones de la Universidad de San Marcos, oidor de aquella

Real Audiencia y auditor general de Guerra del virreinato del Perú.

Intervino en las obras de reparación que tuvieron lugar con motivo del

terremoto de 1746, y por sus manos pasaron grandes cantidades; pero

como algunos dudasen de su integridad, se le mandó venir a Madrid a

rendir cuentas. Casó en España con una viuda rica, y desde entonces sus

casas de Madrid y de Leganés fueron el centro del buen gusto y de la

sociedad más distinguida. Hacía Olavide frecuentes viajes a París y se

aficionó a las doctrinas de los enciclopedistas. Protegióle mucho el

conde de Aranda y por su influencia fué nombrado director del Hospicio

de San Fernando. Alternaba sus obligaciones del destino con el cultivo

de las bellas letras, a las cuales era inclinado, llegando a traducir

algunas tragedias y comedias francesas.

Asistente de Sevilla e Intendente de los cuatro reinos de Andalucía,

cargos que ya tenía en 1767, realizó la reforma de aquella Universidad,

no sin respirar odio a los estudios teológicos y filosóficos

«cuestiones frívolas e inútiles, pues o son superiores a los ingenios

de los hombres, o incapaces de traer utilidad, aun cuando fuese posible

demostrarlas...» Protegió las letras y más la Economía Política, y tuvo

la dicha de guiar los primeros pasos de Jovellanos. De la tertulia de

Olavide salió, entre otras obras, la comedia que el inmortal asturiano

intituló _El delincuente honrado_.

Para remediar la despoblación de España y abrir al cultivo tierras

eriales y baldías, presentó un proyecto el arbitrista prusiano D. Juan

Gaspar Thurriegel, comprometiéndose a traer, en ocho meses, 6.000

alemanes y flamencos católicos, «y la concesión--escribe Menéndez

Pelayo--se firmó el 2 de abril de 1767, el mismo día que la pragmática

de expulsión de los jesuítas»[834].

[834] Ob. cit., tomo II, pág. 226.

Olavide fué nombrado Superintendente de la colonia, y en poco tiempo

fundó hasta trece poblaciones, algunas de las cuales subsisten para

eterna gloria de su nombre. Entre los mismos colonos comenzaron las

murmuraciones contra Olavide, llegando el suizo D. José Antonio

Yauch a quejarse en un _Memorial_ (14 marzo 1769) de la falta de

pasto espiritual que se notaba en las colonias, a la vez que de

malversaciones y también de malos tratamientos a los nuevos pobladores.

El obispo de Jaén confirmó algunas de dichas acusaciones y los

visitadores (Valiente, Vall y marqués de la Corona) tampoco defendieron

a Olavide. Cuando los ánimos se hallaban predispuestos contra el

colonizador, vinieron frailes capuchinos de Suiza, trayendo como

superior a Fr. Romualdo de Friburgo, quien hizo causa común con los

enemigos del citado Olavide. Si él se quejaba de que los capuchinos le

alborotaban la colonia, ellos repetían en todos los tonos de que el

colonizador con su irreligión pervertía a los colonos. Fr. Romualdo, ya

decidido a todo, delató (septiembre de 1775) a Olavide por hereje, ateo

y materialista, o a lo menos naturalista y negador de lo sobrenatural,

de la revelación, de la Providencia y de los milagros, de la eficacia

de la oración y buenas obras; asíduo lector de Voltaire y de Rousseau,

con quienes tenía constante correspondencia; poseedor de imágenes y

figuras desnudas; no observante de los ayunos; profanador de los días

festivos, y, por último, hombre de malas costumbres. Añadía que era

defensor del movimiento de la tierra y que censuraba el toque de

campanas en días de nublado.

El Santo Oficio, aprovechándose de la caída y ausencia de Aranda,

solicitó licencia del Rey para procesar a Olavide. Vióse en un apuro el

colonizador y en carta que escribió a Roda pidiéndole consejo, no tiene

inconveniente en declararse católico, por cuya religión «derramaría la

última gota de mi sangre...» La carta tiene fecha del 7 de febrero de

1776. Aunque Roda que era tan poco religioso como Olavide, le recomendó

al inquisidor general, a la sazón D. Felipe Beltrán, antiguo obispo

de Salamanca, fué condenado el famoso colonizador, cuyo _autillo_ se

celebró el 24 de noviembre de 1778. Se le declaró hereje y en su virtud

se le desterraba a cuarenta leguas de la corte y sitios reales, no

pudiendo volver a América, ni a las colonias de Sierra Morena, ni a

Sevilla; se le recluía en un convento por ocho años para que aprendiera

la doctrina cristiana y ayunase todos los viernes, se le degradaba

y exoneraba de todos sus cargos; y se le confiscaban sus bienes e

inhabilitaban sus descendientes hasta la quinta generación[835].

[835] Véase Menéndez Pelayo, ob. cit., tomo II, págs. 228 y

229.

Encerrado en el monasterio de Sahagún, si abatido en un principio,

recobró pronto el ánimo ante sentencia tan absurda y bárbara. Dedicóse

a cultivar la poesía, afición de sus primeros años, escribiendo

entonces sentidos versos, los cuales vienen a ser una paráfrasis del

_Miserere_, que luego incluyó en su traducción de los _Salmos de David_.

Decía así:

Señor, misericordia; a tus pies llega

el mayor pecador, mas ya contrito,

que a tu infinita paternal clemencia

pide humilde perdón de sus delitos.

A mis oídos les darás entonces

con tu perdón consuelo y regocijo,

y mis huesos exánimes y yertos

serán ya de tu cuerpo miembros vivos.

Porque si tú quisieras otra ofrenda,

ninguna te negara el amor mío;

pero no quieres tú más holocausto

que un puro amor y un ánimo sumiso.

Señor, pues amas y deseas tanto

a tu siervo salvar, dispón benigno

que en la inmortal Jerusalén del alma

se labre de tu amor el edificio.

Logró fugarse a Francia, donde vivió con el supuesto título de _Conde

del Pilo_. Recibiéronle con palmas los enciclopedistas, especialmente

Diderot y Marmontel. Habiendo pedido Floridablanca la extradición de

Olavide en 1781, marchó a Ginebra, volviendo a Francia, y decretándole

la Convención cívica corona y el título de ciudadano adoptivo de la

República. Durante el gobierno del Terror fué preso, y habiéndose

arrepentido de sus ideas, escribió _El Evangelio en triunfo o Historia

de un Filósofo desengañado_, libro mediano o de mérito escaso. ¿Fué la

retractación sincera de un incrédulo? Desde su publicación en Valencia

(1798) se provocó en todas partes reacción favorable a Olavide, y en

aquel mismo año se le abrieron las puertas de la patria, confiriéndole

Carlos IV una pensión anual de 90.000 reales. Murió en Baeza el año

1804. Además de _El Evangelio en triunfo_, publicó una versión de los

_Salmos_, todos los cánticos desde los dos de Moisés al de Simeón y

varios himnos de la iglesia. Cantó en medianos versos _El fin del

hombre_, _La inmortalidad del alma_, _La Providencia_, _La Penitencia_

y otros asuntos, coleccionados luego con el título de _Poemas

Christianos_.

No negaremos que en la citada Universidad de Lima, si dominaba la

ciencia de relumbrón y erudición hueca e indigesta, había algunos

ingenios, sobresaliendo entre todos el doctor D. Pedro de Peralta,

profesor de Prima de Matemáticas desde el 1709. Nació Peralta en Lima

(26 noviembre 1663), en cuya Universidad estudió, ejerciendo luego

la abogacía ante la Real Audiencia; falleció el 30 de abril de 1743.

Conocía siete idiomas: griego, latín, inglés, italiano, francés,

portugués y quechua. Escribió muchos versos, siendo sus maestros

favoritos Góngora y Quevedo.

Pero sus obras más notables son la _Historia de España vindicada_

(1730) y el poema épico _Lima Fundada_ (1732). Por lo que respecta a la

_Historia de España vindicada_ «libro--según Menéndez Pelayo--de más

aparato que substancia y del cual puede prescindir sin gran trabajo el

estudioso investigador de las cosas de la España Antigua»[836], hemos

de disentir del ilustre crítico. Hállase muy bien hecha la descripción

de España y sus productos (Lib. I, capítulos I, II y III); sostuvo

que la primitiva lengua general de la península fué el vascongado o

éuskaro (Lib. I, capítulos VI y IX)[837]; determinó con fijeza los

límites de la Cantabria (comarca de Santander); refutó admirablemente

las falsificaciones y mentiras de los falsos cronicones; defendió la

venida a España de Santiago y la traslación del cuerpo del Santo desde

Jerusalém a Galicia (Lib. III, capítulos I, II, III, IV y VIII); trató

perfectamente la época romana y no tan bien la visigoda (Lib. V). No

negaremos que es crédulo algunas veces y acerca de su estilo puede ser

calificado de afectado y conceptista.

[836] _Hist. de la poesía Hispano-Americana_, tomo II, pág.

210.

[837] El origen del vascuence--según nuestra modesta

opinión--es el antiguo turco mezclado con el persa (pero sin

árabe), y mezclado también y unificado con el gótico.

Nació el licenciado Alonso de la Cueva en la ciudad de Lima el 4 de

julio de 1684 y murió el año 1754. Estudió en el Colegio de San Martín

y fué licenciado en Derecho. Ordenóse de clérigo en Panamá el año 1709,

mereciendo ser nombrado después provisor y vicario de aquel obispado.

Escribió _Apuntes para la historia eclesiástica del Perú_ (Lima, 1873)

en seis tomos, y algunos otros trabajos. Poco antes de morir entró en

la Compañía de Jesús.

Don José Eusebio de Llano Zapata nació en Lima, allá por los años de

1721 o de 1722; estudió latinidad y los principios de las ciencias

sagradas y profanas en los estudios particulares de los jesuítas de

Lima. Conocía perfectamente varios idiomas extranjeros y era enemigo

decidido de la enseñanza oficial, especialmente de la escolástica.

Dedicóse, siendo todavía muy joven, a la enseñanza particular, dando

lecciones de Latinidad, Retórica y Griego. Fué el primero que en el

Perú enseñó públicamente la lengua griega. Publicó muchos libros de

diferentes materias, retirándose á Cádiz (España), donde fijó su

residencia.

Antes de terminar los breves apuntes referentes al Perú, recordaremos

que, bajo la dirección de D. Jaime Bausate, comenzó á publicarse,

en 1.º de octubre de 1790, el _Diario erudito y comercial de Lima_,

periódico que sólo vivió dos años y en el cual vieron la luz

importantes artículos de fondo y curiosas noticias. Con más elementos

se verificó la publicación del _Mercurio Peruano_ el 1.º de enero

de 1791, bajo los auspicios de la Sociedad de Amigos del País. El

director, D. Jacinto Calero y Moreyra, hizo un periódico que consiguió

muchas suscripciones y fué muy estimado por todas las clases de la

sociedad. Leyóse mucho en toda América y también en Europa. El virrey

Gil de Taboada recomendaba á un sucesor la lectura de los once tomos

que en 1796 formaban ya la colección del _Mercurio Peruano_, pues le

decía: «Leerá V. E. con gusto y utilidad del Gobierno de su alto mando,

por los conocimientos que contienen, capítulos y estados relativos al

comercio recíproco interior y exterior del Perú. Muchas reflexiones

y cálculos sobre minas, valles, descripciones sobre sus montañas y

varios partidos de la parte conquistada, su navegación, su geografía,

su agricultura, su historia civil y eclesiástica, y quanto contiene

de notable este país fecundo y poco conocido, sin olvidar el actual

estado triste de esta capital y medios que se proponen para fomentarla,

dando destino a la gente vaga que la ocupa por necesidad y por faltarle

materia a su útil entretenimiento.» Sin embargo, el periódico murió

antes de terminar Gil de Taboada el período de su mando, lo cual indica

que la sociedad peruana de aquellos tiempos no debía de ser muy dada a

la lectura.

Si antes del año 1793, el doctor don Cosme Bueno, catedrático de

Matemáticas, dió a luz una _Guía_, de poca extensión y con pocas

noticias, el virrey, deseoso de proteger el comercio, encargó _al genio

fecundo y laborioso_ del doctor don Hipólito Unanue, la redacción

de otra _Guía_ más extensa y con mayor número de datos. Contenía la

mencionada _Guía_ ordenado catálogo de todas las ciudades, villas y

aldeas del Perú, las diferentes castas y número de sus moradores,

los productos del reino animal, vegetal y mineral, el comercio del

virreinato con los demás Estados de América y con el antiguo mundo.

Enumeraba los tribunales de justicia y de la Real Hacienda, daba cuenta

de los presupuestos de ingresos y gastos del país, del estado de las

fuerzas militares terrestres y marítimas, de las Universidades y

colegios, etc. En los años sucesivos encargó el virrey la publicación

de dicha _Guía_ á la Casa de Huérfanos.

También en el mismo año de 1793, se publicó el primer número de la

_Gaceta de Lima_, cuya publicación tuvo por principal objeto que

los peruanos tuviesen conocimiento de los horrores de la revolución

francesa.

Para terminar, diremos que se estableció la _Academia Náutica_ en

Lima, se subvencionó la publicación de la _Flora Americana_, se dieron

disposiciones encaminadas a la higiene y seguridad públicas, como

también a la reforma de las costumbres, no olvidando la erección de

obras de pública utilidad; todo lo cual enumera con gran entusiasmo

el cabildo municipal de Lima, en un informe fechado el 2 de enero de

1796. Muchas fueron--y por cierto con beneficiosos resultados--las

expediciones que por entonces se hicieron y a las cuales dió protección

y aliento el virrey Gil de Taboada.

También citaremos el periódico intitulado _Diario Erudito, Económico y

Comercial de Lima_.

[Ilustración:

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 63 / 141 题