HUASCAR.]

Antes de narrar la conquista del imperio de los Incas por Pizarro,

daremos a conocer, aunque muy sucintamente, la situación de dicho

imperio en aquella época. Hacía como unos siete años que el inca

Huayna Capac, hijo de Tupac Inca Yupanqui, había conquistado el reino

de Quito. La capital del Perú era el Cuzco, población admirablemente

situada, muy rica y asiento del gran templo del Sol. Huayna Capac, como

los príncipes peruanos anteriores a él, tenía muchas concubinas que le

dieron numerosa posteridad. El heredero de la Corona, hijo de su mujer

legítima y hermana, se llamaba Huascar; seguía en el orden de sucesión

Manco Capac, hijo de otra mujer prima del Monarca; y el tercero de los

hijos, de nombre Atahuallpa, habido en una hija del último _Scyri_ de

Quito, si no tenía derecho a la Corona, gozaba del cariño más profundo

de su padre. Es de notar que habiendo vivido Huayna Capac sus últimos

tiempos en Quito, tuvo a su lado a Atahuallpa, a quien crió y educó con

verdadera solicitud. En la hora de su muerte Huayna Capac hizo llamar

a los altos funcionarios de la Corona y declaró que su última voluntad

era que el reino de Quito pasase a Atahuallpa y el del Perú a Huascar;

luego encargó a sus dos hijos que viviesen en paz y amistad. Si en

los últimos momentos de su vida, para tranquilidad de su conciencia,

quiso dar al nieto lo que había robado al abuelo, también derogó las

leyes fundamentales del imperio y arrojó la manzana de la discordia a

los herederos de su autoridad. Debió ocurrir la muerte a fines de 1525,

seis años largos antes de la llegada de Pizarro a Puna[121].

[121] Robertson dice que murió en 1529, y otros que en 1523.

Cuando Huayna Capac, poco antes de morir, tuvo noticia de la primera

aparición de los españoles en el país, dijo a los magnates del

imperio--según escribe Garcilaso de la Vega--las siguientes palabras:

«Mucho ha que por revelación de nuestro padre el Sol tenemos, que

pasados doce reyes de sus hijos, vendrá gente nueva y no conocida en

estas partes, y ganará y sujetará a su Imperio todos nuestros reinos

y otros muchos. Yo me sospecho que serán de los que sabemos que han

andado por la costa de nuestro mar: será gente valerosa que en todo

os hará ventaja. También sabemos que se cumple en mí el número de los

doce Incas. Certifícoos que a los pocos años que yo me haya ido de

vosotros, vendrá aquella gente nueva y cumplirá lo que nuestro padre el

Sol nos ha dicho, y ganará nuestro Imperio y serán señores de él. Yo os

mando que les obedezcais y sirvais como a hombres que en todo os harán

ventaja: que su ley será mejor que la nuestra, y sus armas poderosas

e invencibles más que las vuestras. Quedaos en paz, que yo me voy a

descansar con mi padre el Sol que me llama.»

Sólo unos cuatro o cinco años vivieron en paz Huascar y Atahuallpa. Era

el primero hombre de carácter pacífico, bueno y generoso; y el segundo,

por el contrario, se distinguía por su pasión por la guerra, por su

perfidia y crueldad. Atabalipa--pues así llaman también otros cronistas

a Atahuallpa--, con sus ejércitos dirigidos por sus valerosos generales

Quzquiz y Challenchina, llevó la guerra hasta el corazón del imperio

de su hermano. Comenzó triunfando en la falda del Chimborazo, tomó a

Tumebamba, cuya ciudad, como otras del distrito de Cañaris, entró a

sangre y fuego; se estableció en Caxamalca, cruzó el río _Apurimac_,

acampando cerca de la capital del Perú. En la llanura de Quipaypan se

iba a decidir el término de la lucha y que duró desde la mañana hasta

la noche. La fortuna se declaró en favor de Atahuallpa, siendo hecho

prisionero el inca Huascar. Dióse la batalla en la primavera de 1532.

Atahuallpa recibió en Caxamalca la noticia de la victoria, y ordenó

al punto que su hermano fuese trasladado a la fortaleza de Xauxa.

Garcilaso de la Vega, que era de la raza Inca y sobrino por parte de

madre de Huayna Capac, dice que Atahuallpa hizo reunir en el Cuzco

a todos los nobles Incas esparcidos en el país, con el objeto de

deliberar acerca de la división del Imperio entre él y su hermano.

Cuando estaban reunidos les rodeó la soldadesca y los mató a todos. De

esta manera fueron exterminados todos los individuos que podían alegar

mejores títulos que Atahuallpa a la Corona, llegando en su locura a

matar a sus hermanos de padre, esto es, a todos los que tenían en sus

venas sangre inca. «A las mujeres, hermanas, tías, sobrinas, primas

hermanas y madrastras de Atahuallpa, colgaban de los árboles y de

muchas horcas muy altas que hicieron; a unas colgaron de los cabellos,

a otras por debajo de los brazos y a otras de otras maneras feas, que

por la honestidad se callan; dábanles sus hijuelos que los tuviesen en

brazos; teníanlos hasta que se les caían y aporreaban»[122]. Contaron

todas estas cosas a Garcilaso su misma madre y un tío suyo, hermano de

su madre, llamado D. Fernando Huallpa Tupac Inca Yupanqui, que tuvieron

la dicha de salvarse de la matanza general de la familia. Pero si

realmente--como escribe con mucho acierto Prescott--trató Atahuallpa

de exterminar la raza Inca, ¿cómo es que el mismo historiador confiesa

que setenta años después de la supuesta matanza existían cerca de

seiscientos descendientes de la raza pura por cuyas venas corría la

sangre real?[123] ¿Por qué esta matanza, en lugar de ceñirse a las

ramas legítimas del tronco real, que tenían más derechos a la Corona

que el usurpador, se extendió a todos los que estuviesen enlazados

con él, aun en el grado más remoto? ¿Por qué incluyó a las ancianas y

a las doncellas y por qué se las sometió a tormentos tan refinados y

supérfluos, cuando es evidente que unos seres tan poco poderosos nada

podrían hacer que excitase los celos del tirano? ¿Por qué cuando se

sacrificaron tantos a una vaga aprensión de riesgo futuro se dejó vivir

a su rival Huascar y a su hermano menor Manco Capac, los dos hombres

de quienes más tenía que temer el vencedor? ¿Por qué, en fin, ninguno

de los que escribieron medio siglo antes que Garcilaso refieren suceso

semejante?[124].

[122] Garcilaso, _Com. Real_, parte I, lib. IX, cap. XXXVII.

[123] Esto resulta de una petición en que se solicitaban

ciertas inmunidades, remitida a España en 1603, y firmada

por 567 indios de la raza real de los Incas (Ibid. parte

III, lib. IX, cap. XI). Oviedo dice que Huayna Capac dejó

cien hijos e hijas, y que la mayor parte de ellos vivían aún

cuando él escribía, _Historia de las Indias_, M. S., parte

III. lib. VIII, cap. IX. Del mismo modo haremos notar que por

Real cédula de 9 de mayo de 1545, habiendo sido informado S.

M. de los buenos servicios de D. Cristóbal Tupac Inca, hijo

de Huayna Capac, señor natural que fué de las provincias del

Perú, y deseando darle a conocer el aprecio que le merecían

sus lealtades, le concedió un escudo dividido en dos partes,

y puesto en una de ellas una águila negra rabipante en campo

de oro con dos palmas verdes a los lados, y debajo un tigre,

y encima de él una borla colorada como tenía su hermano

Atabalipa, y a los lados del tigre dos culebras coronadas de

oro en campo azul y por orla _Ave María_, y entre letra y

letra una cruz dorada, y por timbre un yelmo cerrado y por

divisa una águila negra rapante con tres colas, y dependencia

de follajes de azul y oro. _Archivo histórico nacional.

Cedulario indico de Ayala_, letra A, tomo II, documento 6.

[124] En vano hemos buscado alguna confirmación de este cuento

en Oviedo, Sarmiento, Xerez, Cieza de León, Zárate, Pedro

Pizarro, Gomara, que todos vivían en aquella época y tenían

a su disposición todos los medios posibles de averiguar la

verdad: y todos, debemos añadir, estaban dispuestos a hacer

severa justicia a las malas propensiones del monarca indio.

No cabe duda que en la relación de Garcilaso la leyenda ha sustituído

a la historia. La madre y un tío del historiador, de la raza Inca,

y de menos de diez años de edad cuando se realizaron las supuestas

crueldades de Atahuallpa, no son testigos a quienes podamos seguir sin

recelo alguno. Bastará decir que Atahuallpa destronó al inca Huascar y

fué enemigo mortal de la citada raza. Si cronistas españoles repitieron

y aun exageraron lo dicho por Garcilaso, quisieron con ello justificar

la conducta inhumana y cruel que siguió Pizarro con Atahuallpa.

Continuando el hilo de la historia del vencedor de Quipaypan, haremos

notar que ya pudo tomar la borla encarnada, diadema de los incas,

olvidándose seguramente de que los extranjeros blancos iban a llegar

pronto y a destruir el imperio, como en los últimos momentos de su vida

había anunciado Huayna Capac.

Pizarro había salido de la isla de Puna y desembarcado en Túmbez.

Vió con sorpresa que aquella población, donde antes fuera agasajado

con tanta solicitud, se hallaba desierta y casi destruída. Pudo, sin

embargo, apoderarse de algunos fugitivos, entre los cuales se hallaba

el curaca de Túmbez, quienes le dijeron que la ruina del pueblo era

consecuencia de la guerra civil que destrozaba el imperio. Militaban en

opuestos bandos las tribus feroces de Puna y los de Túmbez, logrando

aquéllas la victoria y con la victoria terrible castigo de sus

enemigos. Grande era el desaliento de los españoles, sin embargo de las

brillantes pinturas que les hicieron los indios acerca de la riqueza

del país y de la magnificencia de la Corte imperial. Creían que todo

era leyenda.

Comprendió Pizarro que no había que perder tiempo. A principios de

mayo de 1532, habiendo dejado a los menos fuertes y a los enfermos en

Túmbez, él se dirigió por el camino más llano hacia el interior, en

tanto que Hernando de Soto marchó a explorar las faldas de la sierra.

Ordenó, bajo severas penas, que a los indígenas _no les fuese hecha

fuerza ni descortesía_. A unas 30 leguas al Sur de Túmbez encontró el

rico valle de Tangarala, cuyas condiciones le parecieron buenas para

el establecimiento de la colonia. Tan buenas le parecieron que, sin

perder tiempo, dispuso que se trasladasen allí los que había dejado

en Túmbez. En cuanto llegaron se comenzó a edificar la colonia de

San Miguel, la cual se abandonó después por un sitio más sano en las

márgenes del Piura. El nombre de _San Miguel de Piura_ recuerda la

primera fundación colonial de los españoles en el imperio de los incas.

Habiendo esperado en vano refuerzos, a los cinco meses de desembarcar

en Túmbez, salió Pizarro (24 septiembre 1532) al frente de su pequeño

ejército, dejando en San Miguel algunas fuerzas al mando del contador

Antonio Navarro. Llevaba 100 infantes (entre ellos tres arcabuceros y

unos 17 ballesteros) y 77 caballos; con hueste tan escasa penetró en el

corazón del país y se dirigió al campamento de Atahuallpa. Atravesaba

hermosas y bien cultivadas tierras; canales y acueductos cruzaban de

una parte a otra, regando árboles frondosos y deliciosas huertas.

Flores de diferentes clases despedían puros aromas, que saturaban

la atmósfera. Por todas partes eran recibidos con contento por los

sencillos habitantes. En todos los pueblos de alguna importancia se

encontraba alguna fortaleza o posada real, residencia del Inca en sus

viajes; también en ella había cómodo alojamiento para las tropas y

almacenes para los víveres.

Comprendiendo Pizarro que el desaliento comenzaba a cundir entre los

suyos, tomó una resolución atrevida. Con el pretexto de pasar revista á

su pequeño ejército, dijo a los soldados que si alguno no tenía valor

para seguir adelante, podía volverse a S. Miguel, cuya guarnición

era corta, ofreciéndoles desde luego la misma cantidad de tierras y

vasallos que los repartidos a los nuevos colonos. Consiguió Pizarro lo

que se había propuesto; sólo cuatro infantes y cinco de caballería se

aprovecharon del permiso general.

Volvió a emprender su marcha y se detuvo en un pueblo llamado Zaran,

en tanto que Hernando de Soto se dirigió hacia Caxas en busca de

noticias sobre el estado de las cosas. Volvió Soto a los ocho días de

haber salido, acompañado de un embajador del Inca y de otros indios de

inferior condición. Hízole el embajador por orden del Inca, un regalo

de poca valía y le invitó, en nombre también de su amo, a pasar al

campamento de Caxamalca. Pizarro del mismo modo obsequió al Inca con un

gorro de paño encarnado, algunas bagatelas de vidrio y otros juguetes,

mandándole a decir que deseaba llegar pronto a su presencia. Hernando

de Soto, habiendo visitado a Caxas y a la ciudad vecina de Guancabamba,

volvió á dar cuenta de su misión á Pizarro; díjole, entre otras cosas,

que el Inca estaba acampado con poderoso ejército en Caxamalca y los

muchos recursos con que contaba.

Prosiguió su marcha, se detuvo en Motupe y llegó por fin al pie de los

Andes. Reconoció un camino en dirección al sur que iba al Cuzco, y que

muchos deseaban seguir; pero se opuso a ello Pizarro, importándole

poco los grandes peligros, porque _la ayuda de Dios es mucho mayor_.

Emprendióse la subida de los Andes, marchando a la cabeza Pizarro con

60 infantes y 40 caballos; su hermano Hernando debía seguirle con

la demás fuerza. Estrechas y muy pendientes sendas en los ásperos

costados de los precipicios que formaban las altas montañas, peñascos

que se levantaban en medio del camino, escalones hechos de la misma

piedra y por los cuales tenía que subir el soldado, llevando los

caballos por la brida, y allá, en la cumbre de una garganta, una

fortaleza, hecha de piedra, donde un puñado de hombres hubieran podido

disputar el paso a un ejército entero, y todavía más arriba otra

fortaleza más fuerte que la anterior. En ella se alojó Pizarro para

pasar la noche. Al día siguiente, sin esperar á su hermano que le

seguía de cerca, emprendió su marcha por los intrincados desfiladeros

de la sierra. El frío era horroroso y la vegetación pobre. En lugar de

las diferentes clases de animales que antes habían visto, ahora sólo

contemplaban la vicuña, que desde encumbrado pico parecía mofarse del

cazador; y en lugar de los brillantes pájaros que eran la alegría de

los espesos bosques de los trópicos, ahora únicamente miraban el condor

«que cerniéndose en los aires--como dice Prescott--á una elevación

inmensa, seguía con melancólicos gritos la marcha del ejército, como si

el instinto le guiara por el sendero de la sangre y de la carnicería...»

Llegaron, tras penosa marcha, a la cumbre de la cordillera. Desde

allí se extiende árida y dilatada llanura, cubierta de _pajonal_,

hierba amarilla, que vista desde abajo ciñendo la base de los picos

cubiertos de nieve, e iluminada con los rayos de ardiente sol, parece

pináculos de plata engarzados en oro. Detuvóse Pizarro para esperar

la retaguardia. Estando reunidos los dos hermanos, llegó una embajada

india trayendo un regalo de llamas al jefe español. Dijo el embajador

que su señor deseaba verle cuanto antes, y que a la sazón se encontraba

cerca de Caxamalca, en un sitio donde había manantiales de agua

caliente. Con cierto orgullo hubo de hacer alarde del poder militar

y de los recursos de Atahuallpa. Pizarro, por su parte, no negó las

proezas militares de Atahuallpa, si bien dijo que el soberano español

se hallaba tan por encima del Inca, como lo estaba el Inca del último

de los curacas.

Continuaron la marcha los españoles, empleando todavía dos días para

atravesar aquellas elevadas cordilleras. Comenzó en seguida la bajada,

que no dejó de ser dificultosa. Presentóse otro embajador del Inca con

otro regalo de llamas y con las mismas promesas que el anterior.

Al séptimo día de camino avistaron el valle de Caxamalca. Pizarro

conocía por las noticias que iba recibiendo la falsa actitud del Inca;

pero él había formado el plan que debía seguir y resuelto estaba a

ello, tal vez siguiendo el ejemplo de Hernán Cortés y acaso por los

consejos que el conquistador de México le diera en España. Sabía que la

organización del Imperio era completamente autoritaria y que el Inca

personifica la religión, la patria, el ejército y todos los elementos

sociales; de modo que el éxito de la empresa consistía en apoderarse

de Atahuallpa. Decidióse a realizar empresa tan temeraria. A su vez el

Inca formó el propósito de apoderarse de los aventureros, haciéndolos

caer en una celada que había dispuesto. Si eran superiores los soldados

extranjeros a los suyos, la superioridad dependía exclusivamente de sus

armas y de sus caballos; por lo demás, tenían las mismas flaquezas y

las mismas pasiones. No recordaba Atahuallpa las tristes predicciones

que al fallecer salieron de los labios de Huayna Capac sobre la

destrucción del Imperio. Además, acababa de hacer prisionero a su

hermano Huascar y dominaba en absoluto lo mismo en Quito que en el Perú.

Era pintoresco el valle de Caxamalca; estaba cultivado con suma

habilidad y la vegetación se manifestaba espléndida. Como a una

legua de distancia se elevaban columnas de vapor, producidas por

las aguas termales, en mucha estima a la sazón por el Inca. En el

declive de las colinas se descubrían multitud de blancas tiendas de

campaña, donde estaba acampado ejército numeroso. Dividió Pizarro

en tres divisiones su ejército y penetró en Caxamalca, que se

hallaba completamente desierta. En una ciudad de 10.000 habitantes

sólo encontraron tres o cuatro mujeres que les miraron con ojos de

compasión. Estaban construídas las casas con arcilla endurecida al sol

y los techos eran de paja o madera; algunas se distinguían porque era

de piedra su fábrica. Entraron en ella el 15 de noviembre de 1532.

Impaciente Pizarro por averiguar las intenciones del Inca, mandó

primero a Hernando de Soto con 15 jinetes al campamento imperial y

en seguida a su hermano Hernando con 20 caballos más. Habían andado

una legua escasa, cuando llegaron al campamento. Hallaron al Inca

rodeado de sus nobles, de sus oficiales y de las mujeres de la casa

real. Estaba sentado en un almohadón, a la manera de los musulmanes,

distinguiéndose, no por su traje, que era más sencillo que el de sus

cortesanos, sino por la borla encarnada que le caía sobre la frente.

Hernando Pizarro y Hernando de Soto, con dos o tres de los que les

acompañaban, se colocaron en frente del Inca, y el primero, en nombre

de su hermano, le dió cuenta de su misión, invitándole a que visitase

a los españoles en su residencia actual. Atahuallpa no contestó una

palabra, ni aun hizo un gesto, aunque se lo tradujo todo el intérprete

Felipillo; sólo uno de los nobles que le rodeaban, contestó: «está

bien.» Insistió Hernando Pizarro en que él diese la respuesta. Entonces

le miró sonriéndose, y le dijo que al día siguiente, con algunos de sus

principales vasallos, pasaría a ver al capitán español. Refieren los

cronistas españoles que Soto metió espuelas y dió rienda a su hermoso

caballo, haciéndole luego caracolear alrededor del Inca, quien conservó

su inmutable serenidad, añadiendo que algunos soldados, llenos de

temor, huyeron a la desbandada. Hasta tal punto disgustó a Atahuallpa

la cobardía de los fugitivos, que les hizo luego matar. Así lo cuentan

nuestras historias. En seguida los criados del Inca ofrecieron algunas

cosas de comer a los españoles, los cuales no las aceptaron, aunque sí

bebieron un poco de _chicha_, servida en grandes vasos de oro por las

bellezas del harén imperial.

El regreso de los embajadores a Caxamalca produjo profundo desaliento

en sus compañeros, cuando oyeron referir el esplendor de la corte, lo

numeroso y disciplinado de su ejército y la civilización del país.

Comprendieron entonces que había sido temeridad el penetrar en el

corazón del imperio, sin poder avanzar ni retroceder. Estaban perdidos

sin remedio, si Dios no les ayudaba en la empresa. En Dios puso toda

su esperanza Francisco Pizarro. Confiad--les dijo--en el auxilio de

la Providencia, y si cumplís exactamente mis instrucciones, estoy

seguro de que triunfaremos. Convocó a sus oficiales para decirles que

se proponía llevar allí al Inca y cogerle prisionero a presencia de

todo su ejército. El proyecto sería desesperado; pero no quedaba otro

camino. Todo estaba reducido a anticiparse a lo que Atahuallpa trataba

de hacer con ellos. Pizarro quería hacer con el soberano del Perú lo

que Cortés había hecho con el monarca de México. Pero la prisión del

azteca tenía algo de voluntaria y la del Inca era violenta. Además, las

fuerzas de Cortés eran mayores que las de Pizarro, y las de Moctezuma

eran menores que las de Atahualpa. Ante tantos peligros como rodeaban

a los españoles, no es de extrañar que los sacerdotes que iban en la

expedición pasasen orando toda la noche.

Amaneció el 16 de noviembre de 1532. Sonaron las trompetas al romper el

alba. Pizarro colocó la caballería en la plaza, dividiendo aquélla en

dos porciones, una a las órdenes de su hermano Hernando y otra a las

de Soto. La infantería la situó en otro edificio de la misma plaza.

Pedro de Candía, con unos cuantos soldados y dos falconetes se apostó

en una fortaleza de piedra situada en la extremidad de la citada plaza.

El tomó 20 hombres escogidos para acudir donde hubiese necesidad. Las

tropas comieron abundantemente, las armas se afilaron y en los pretales

de los caballos se pusieron muchas campanillas para que aumentasen

con su ruido el espanto de los indios. Celebróse solemne misa por

los eclesiásticos que iban en la expedición, los cuales aseguraron

en nombre de Dios y de su Madre Santísima la victoria; luego todos,

sacerdotes y soldados, cantaron el _Exurge, Domine, et judica causam

tuam_.

Ya entrado el día recibió Pizarro un mensaje de Atahuallpa anunciando

su visita y diciendo también que llevaría a la gente armada

como los españoles habían ido a su campamento. «De la manera que

viniere--contestó el Gobernador al mensajero--lo recibiré como amigo

y hermano»[125]. Cuando llegó el Inca como a un cuarto de legua de

Caxamalca, determinó establecer allí el campamento, aplazando la visita

para el día siguiente; determinación que hubo de contrariar mucho

a Pizarro, hasta el extremo que rogó al Inca, por medio del mismo

mensajero que trajo la noticia, que cambiase de propósito, pues deseaba

cenar con él aquella noche. Accedió el Inca, lo cual prueba, dígase lo

que quiera en contrario, que obraba de buena fe. Tampoco damos crédito

á lo que dice Hernando Pizarro en carta dirigida a la Audiencia de

Santo Domingo un año después de los sucesos, y es que acompañaban a

Atahuallpa unos 5 o 6.000 indios, quienes llevaban escondidas porras

pequeñas, hondas y bolsas con piedras. ¿Cómo podía concebir el Inca que

en el centro de su imperio, rodeado de su corte y de algunas tropas,

teniendo cerca numeroso ejército, hubiese un hombre tan temerario que

se atreviera apoderarse de su persona?

[125] _Carta de Hern. Pizarro_, M. S.

Faltaba poco para ponerse el sol cuando la comitiva llegó al pueblo.

Venían primero algunos centenares de criados destinados a limpiar el

camino que debía recorrer el Inca y en cantar himnos de triunfo que

en nuestros oídos--dice uno de los conquistadores--sonaban cual si

fuesen canciones del infierno[126]. Venían después otras compañías de

indios: unos vestidos con tela blanca y colorada; otros sólo de blanco

con martillos o mazas de plata y cobre en las manos; últimamente los

guardias del inmediato servicio de Atahuallpa con su rica librea azul

y profusión de ornamentos de alegres colores, indicando su nobleza

los largos pendientes que colgaban de sus orejas. El Inca venía sobre

unas andas y el asiento que traía era un tablón de oro que pesó un

quintal[127]; el palanquín estaba cubierto de chapas de oro y plata,

y adornado con delicadas plumas de pájaros tropicales[128]; entre las

alhajas que llevaba el monarca sobresalía un collar de esmeraldas y

brillantes de tamaño extraordinario[129]. Llegó a la plaza, mandó

hacer alto y no viendo a los españoles, preguntó: _¿dónde están los

extranjeros?_ En aquel instante Fr. Vicente de Valverde, religioso

dominico, capellán de Pizarro (después obispo de Cuzco), llevando en

una mano un _Crucifijo_ y en la otra el _Breviario_, se acercó al

Inca, le hizo una reverencia, le santiguó con la Cruz y le explicó

algunos misterios de nuestra religión. Impasible estuvo Atahuallpa

oyendo cosas que no entendía; pero cuando dijo Valverde que su

reino estaba dado por el Papa al emperador Carlos V, de quien debía

reconocerse tributario y vasallo, el rostro del Inca se demudó y sus

ojos centellearon de ira, preguntando, entre otras cosas, con qué

autoridad se le hablaba de aquella manera. Por toda respuesta el fraile

le presentó el Breviario. Atahuallpa lo cogió, pasó algunas hojas

y lo arrojó al suelo. El bueno del fraile se apresuró a cogerlo y

corrió a referir al Gobernador el ultraje hecho al sagrado libro[130].

Pizarro agitó entonces una bandera blanca, que era la señal convenida;

sonó un tiro de la fortaleza y todos se lanzaron a la plaza gritando

_¡Santiago y a ellos!_ La caballería y la infantería en columna cerrada

cayeron sobre la muchedumbre de indios. Los gritos de los españoles,

el estrépito de los caballos, el sonido de los cascabeles puestos en

los pretales, el ruido de la artillería y arcabucería y el humo de la

pólvora, daban verdadero carácter de terror a la escena. Los indios,

cogidos de sorpresa, amontonados, oprimiéndose unos a otros, dejábanse

matar. En torno del Inca la mortalidad era mayor. Los fieles nobles

ofrecían sus pechos por escudo de su querido soberano. Cuentan--y de

cuento puede calificarse el relato de los cronistas españoles--que los

nobles indios, como antes se dijo de la tropa, llevaban armas ocultas

bajo los vestidos. Parece ser que alguno de los nuestros intentó matar

a Atahuallpa y que el Gobernador gritó entonces: _Nadie hiera al indio

so pena de la vida_[131]. Aproximóse al Inca, que cayó al suelo,

rodando con él la borla imperial. El sol desaparecía del horizonte.

¿Creerían los indios que les abandonaba para siempre?

[126] _Relación del primer descubrimiento_, M. S.

[127] Naharro, _Relación sumaria_, M. S.

[128] Xerez. _Conq. del Perú_, ap. Barcia, tomo III, pág. 198.

[129] Pedro Pizarro, _Descub. y Conq._, M. S.

[130] Pedro Pizarro y Xerez así lo dicen.

[131] Pedro Pizarro. _Descub. y Conq._, M. S.

Los españoles mataron--según un descendiente de los Incas--unos diez

mil indios[132]. De los nuestros sólo hubo un herido, Francisco

Pizarro; y lo fué involuntariamente (cuando se disponía a coger

prisionero a Atahuallpa) por uno de sus soldados. En el rodar de

los tiempos habría de repetirse el mismo hecho; aunque en sentido

contrario. El 3 de julio de 1898 los españoles, además de perder toda

su escuadra en aguas de Santiago de Cuba, tuvieron 350 muertos, 160

heridos y 1.600 prisioneros. Los americanos sólo perdieron un hombre y

dos heridos.

[132] _Instruc. del Inca Titucussi._ M. S.--Herrera dice que

murieron dos mil. _Década V._ lib. II. cap. XI.

Cundió el terror por todo el imperio. Nadie se atrevió a protestar.

A su vez los españoles se hicieron dueños de los inmensos rebaños de

llamas que pastaban en las cercanías y destinados para el consumo de

la corte[133]; saquearon la quinta de Atahuallpa, donde encontraron

preciosas joyas y rica bajilla de oro y plata, y se apoderaron en

Caxamalca de almacenes llenos de géneros de lana y de algodón.

No se olvidó Pizarro de erigir una iglesia y en ella con toda

solemnidad decían diariamente misa los padres dominicos. Comprendiendo

Atahuallpa la sed de oro de los españoles y temeroso de que su hermano

Huascar--prisionero en Andamarca a las órdenes de Pizarro--pudiera

escapar de sus guardias y ponerse a la cabeza del imperio, dijo un

día al Gobernador que él se obligaba, si se le concedía la libertad,

a cubrir de oro todo el piso del aposento en que estaban. Como los

presentes le oyeran con incrédula sonrisa, añadió que no sólo cubriría

el suelo, sino que llenaría el cuarto hasta que el oro llegase a su

altura, y levantándose sobre las puntas de los pies hizo una señal

con la mano en la pared todo lo más alto que pudo. Accedió Pizarro a

la oferta, y tirando una línea encarnada en la pared a la altura que

el Inca había dicho, mandó a un escribano que tomase nota de todo.

La habitación--según el secretario Xerez--tenía 17 pies de ancha

por 22 de larga; la altura era de nueve pies. El metal no había de

fundirse y transformarse en barras, sino en la forma de los artículos

manufacturados. Convínose del mismo modo que se llenara de plata y de

igual manera el aposento próximo que era más pequeño[134]. Despachó el

Inca correos a Cuzco y a otras principales ciudades con orden de llevar

a Caxamalca todos los ornamentos y utensilios de oro de los reales

palacios, de los templos y demás edificios públicos. Entre tanto gozaba

de alguna libertad dentro de su rigurosa prisión y debía hallarse

agradecido a Pizarro, el cual, en compañía del fraile Valverde, cuidaba

de que su alma no se perdiese, enseñándole las verdades de la religión

cristiana.

[133] «Se matan cada día 150». Xerez. _Conq. del Perú_. ap.

Barcia. tom. III, pág. 202.

[134] El oro de la suma total ascendió a 1.326.539 pesos o

castellanos, y la plata a 51.610 marcos, suma que representaba

por entonces en España tanto como en el día otra tres ó cuatro

veces mayor.

Refieren graves historiadores que pensó Pizarro reunir en Caxamalca

a Huascar y a Atahuallpa con el objeto de examinar y decidir por él

mismo quién tenía más derecho al cetro de los incas, medida que puso en

cuidado al último de los pretendientes, quien mandó ahogar a su hermano

en el río de Andamarca. No queremos manchar la memoria de Atahuallpa

con semejante crimen; ni tampoco queremos divagar acerca de un suceso

que se presta a censuras tan amargas.

[Ilustración:

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 21 / 141 题