FRANCISCO PIZARRO.]

Pizarro, Almagro y Luque compraron dos buques pequeños, de los

cuales el mayor era uno de los construídos por Balboa para la misma

expedición. En este buque y con 80 hombres de los 100 que se habían

reclutado y cuatro caballos, salió Pizarro (mediados de Noviembre de

1524); Almagro debía seguirle cuando estuviese aparejado el buque

menor. Tocó Pizarro en el archipiélago de las Perlas, atravesó el

golfo de San Miguel, se dirigió al puerto de las Piñas y entró en el

río Birú, internándose unas dos leguas. Continuaron recorriendo la

costa, encontrando sólo pantanos, bosques y peñascos. Casi agotadas las

provisiones, el único alimento de cada hombre consistía en dos mazorcas

de maíz. Renegaban de la hora que habían salido de Panamá. Hasta las

mazorcas se iban concluyendo y el hambre comenzaba a dejarse sentir de

una manera aterradora. Pizarro, en aquella situación, dispuso que parte

de la tripulación, a las órdenes de Montenegro, marchara a las islas de

las Perlas en busca de provisiones, mientras que la otra, hallándose

él a la cabeza, se estableció en un lugar de la costa y entró en

relaciones con los indígenas. Volvió Montenegro, trayendo carne, fruta

y maíz; durante su viaje, Pizarro hizo construir algunas barracas y

buscó raíces para alimentar a los suyos, raíces que muchas de ellas

eran venenosas, ocasionando la muerte de 27. Inmediatamente que llegó

Montenegro, abandonaron aquel sitio, al que denominaron _Puerto del

Hambre_. Recorrieron algunos puntos de la costa, deteniéndose en

un paraje que llamaron _Pueblo Quemado_, donde hubieron de sostener

frecuentes luchas con indios feroces, en una de las cuales salió mal

herido Pizarro. Reembarcáronse para Chicamá, punto inmediato a Panamá,

pues deseaban enterarse del paradero de Almagro.

No era censurable, aunque otra cosa pareciese, la conducta de Almagro.

En el momento que pudo se lanzó a la mar, siguiendo el mismo derrotero

que Pizarro; derrotero que trató de conocer por las señales puestas

en montes y playas. Desembarcó en _Pueblo Quemado_, sitio donde, si

Pizarro fué herido, él, luchando con los salvajes, perdió un ojo.

Continuó recorriendo la costa y, cuando creyó que Pizarro y los que le

acompañaban habrían muerto, tocó en la isla de las Perlas. Allí supo el

paradero de ellos, tomando inmediatamente el rumbo de Chicamá. Cuando,

reunidos en Chicamá, trataron de continuar la expedición, vieron que

los barcos se hallaban en mal estado y los recursos eran muy escasos.

Hubieron de convenir que Almagro marchase a Panamá y pidiera auxilio.

En efecto, se presentó en Panamá; pero encontró ruda oposición de parte

del gobernador Pedrarias, como tampoco logró despertar entusiasmo en

la mayor parte de la gente; sólo Luque no perdió la fe en aquellos

momentos tan críticos. Consiguió lo que quería, esto es, que el

Gobernador levantara su prohibición para el embarque de los que lo

solicitasen, aunque no sin conceder a dicha autoridad parte de las

ganancias que se obtuvieran, como también que se nombrase un adjunto a

Pizarro que, por indicación de Luque, fué designado el mismo Almagro, a

quien se dió el título de _Capitán_. Tal nombramiento supo a vinagre a

Pizarro, y fué el comienzo del odio que tiempo adelante se tuvieron.

Reunidos en Panamá los tres socios (Pizarro, Almagro y Luque), hicieron

las paces, jurando en nombre de Dios y por los Santos Evangelios

ejecutar lo que prometían. Acordaron que se celebrase una misa para

pedir a Dios la protección divina en la próxima expedición. El pacto

que hicieron lo hubieron de sellar comulgando los tres con la misma

hostia, siendo de notar que el celebrante fué el mismo Luque. Firmóse

el contrato el 10 de marzo de 1526, y por él se comprometían al

descubrimiento y conquista del Perú, debiendo Pizarro y Almagro tomar a

su cargo la parte militar, mientras Luque se encargaría de suministrar

los fondos necesarios[109]; los productos se repartirían por iguales

partes.

[109] Parece cosa probada que el encargado de suministrar los

fondos era el licenciado Gaspar de Espinosa, residente a la

sazón en Panamá, pues Luque sólo tenía la representación del

mencionado Espinosa. Veáse Prescott, _Hist. del Perú_, tom. I,

pág. 233.

La segunda expedición fué más afortunada, contribuyendo seguramente

a ello la inteligencia y habilidad del piloto Bartolomé Ruiz. Los

asociados compraron dos buques y dos canoas, algunos caballos, armas

y municiones. Salieron de Panamá y llegaron hasta el río San Juan.

Mientras que Pizarro se situaba a las orillas del dicho río, Almagro

volvía a Panamá en busca de nuevos socorros, y Bartolomé Ruiz pasaba

adelante con una nave explorando la costa; y, por cierto, con alguna

suerte, puesto que descubrió la isla del Gallo, la bahía de San Mateo,

la tierra de Coaque, llegando hasta la punta de Pasaos, debajo del

Ecuador. En alta mar alcanzó a ver una especie de carabela, o mejor

dicho una balsa, en la cual iban algunos indios, tanto hombres como

mujeres, procedentes de Tumbez, al parecer mercaderes, que llevaban

muchos objetos de plata y oro, trabajados con bastante perfección. Lo

que más le sorprendió fueron las camisetas de algodón y lana, tejidas

con no poco primor y delicadeza. Traían además balanzas pequeñas para

pesar los metales preciosos. Hicieron grandes ponderaciones del mucho

oro y plata que se encontraba en su país, especialmente en Cuzco, la

capital.

Por su parte Pizarro emprendió su marcha al interior; pero, como dice

Herrera, «todo era montañas, con árboles hasta el cielo»[110]. En las

colínas cubiertas de bosques encontró olorosas flores matizadas de

diferentes colores; pájaros, especialmente de la familia de los loros;

monos; reptiles de todas clases; la boa rodeando el tronco de algún

árbol y el caimán tomando el sol a orilla de los ríos. Muchos españoles

fueron víctimas de los caimanes y de los salvajes, en particular de

los últimos, que les acechaban y caían sobre ellos al menor descuido.

Vino el hambre a aumentar las desgracias de la gente de Pizarro; en

los bosques sólo hallaban patatas silvestres y cocos, y en la playa el

fruto del mango.

[110] _Historia general, Década III_, lib. VIII, cap. XIII.

Almagro tuvo la suerte de encontrar en Panamá nuevo Gobernador.

Llamábase D. Pedro de los Ríos, que dispensó a la empresa decidida

protección, tanta que Almagro pudo volver pronto y reunirse con Pizarro

llevando pequeño cuerpo de aventureros militares que acababan de llegar

de la metrópoli.

Después de algunos días en que Pizarro y Almagro fueron juguete de

las olas, arribaron a un puerto seguro en la isla del Gallo, visitada

antes por el piloto Ruiz. Pasaron luego a la bahía de San Mateo,

observando--como dice el citado Ruiz--que los habitantes eran más

civilizados que los de otras partes y que las tierras estaban mejor

cultivadas. En la costa veían grandes árboles de ébano, de una especie

de caoba y de otras maderas duras; también el sándalo y muchos árboles

olorosos. En los repechos de las colinas crecía el maíz y se criaba la

patata, y en las llanuras magníficos plantíos de cacao. Anclaron en

el puerto de Tacamez, población de más de 1.000 casas, con calles y

plazas, donde los hombres y las mujeres lucían adornos de oro y piedras

preciosas. Allí se halla el río de las Esmeraldas, llamado así por

las minas de esta piedra preciosa. No dejaron de observar el espíritu

belicoso de los naturales del país, comprendiendo que necesitaban

mayores refuerzos.

Tan acalorada fué la discusión entre Almagro y Pizarro acerca de la

marcha del primero a Panamá y de la estancia del segundo en aquellas

tierras, que llegaron a injuriarse y echar mano a las espadas; mas

el tesorero Ribera y el piloto Ruiz lograron apaciguarlos. Almagro

marchó a Panamá y Pizarro se quedó en la pequeña isla del Gallo.

Los aventureros que se quedaron con Pizarro comenzaron á manifestar

su profundo disgusto. Estaban rendidos de luchar con los horribles

temporales de los trópicos, con terrenos escabrosos, con salvajes y

caribes, con el hambre y las enfermedades. Llegaban a decir que en

aquellas tierras ni siquiera había «lugar sagrado para sepultura de sus

cuerpos.» Tanto creció el disgusto, que algunos soldados escribieron a

sus parientes y amigos, dándoles noticia del miserable estado en que se

hallaban; pero Almagro, comprendiendo la gravedad de este paso, dispuso

apoderarse de las cartas y que no llegasen a su destino. Noticiosos

de ello algunos soldados, acordaron escribir una carta y exponer con

vivos colores sus desastres. Colocaron dicha carta dentro de un ovillo

de algodón, que debía recibir, como muestra de los productos del país,

la mujer del gobernador de Panamá. Terminaba la carta con una cuarteta

escrita por Sarabia, natural de Trujillo, y en ella se pintaba a los

dos jefes como socios de una carnicería; uno se ocupaba en traer el

ganado (Almagro) y otro en degollarlo (Pizarro). La copla decía así:

Pues, señor Gobernador,

mirelo bien por entero,

que allá va el recogedor

y aqui queda el carnicero.

La carta, la vuelta de Almagro y la llegada del único buque que quedaba

a Pizarro causaron profundo desaliento en Panamá. Exageróse por todas

partes el contenido de la carta y mostrábanse tristes y abatidos los

que habían venido con Almagro. El barco en aguas de Panamá, ¿necesitaba

composición, como públicamente se decía, o era un pretexto para

librarse Pizarro de gente levantisca y desobediente? Teniendo todo

esto en cuenta, el gobernador D. Pedro de los Ríos se negó a escuchar

las súplicas de Almagro y de Luque, y envió dos buques para recoger a

los expedicionarios. Cuando llegaron los dos buques, la alegría de los

compañeros de Pizarro fué general; mas él viendo que nada conseguía

con sus súplicas y ruegos, tiró de la espada y haciendo una raya en el

suelo de Oriente a Poniente, extendió el brazo hacia el Sur y dijo:

_Camaradas y amigos: este es el camino de las penalidades, pero por él

se va al Perú a ser ricos_; y señalando en otra dirección, añadió: _por

allí vais al descanso, a Panamá, pero a ser pobres. Escoged._ Y pasó

la raya. Sólo 13 le siguieron y se llamaban Bartolomé Ruiz, Pedro de

Candía, Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera,

Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jeréz,

Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

«Estos fueron--escribe Montesinos--los trece de la fama; éstos los que

cercados de los mayores trabajos que pudo el mundo ofrecer a hombres, y

los que estando más para esperar la muerte que las riquezas que se les

prometían, todo lo pospusieron a la honra, y siguieron a su capitán y

caudillo para ejemplo de lealtad en lo futuro»[111]. Volvieron los dos

buques a Panamá con los que se negaron a seguir hacia el Perú, y entre

ellos el piloto Ruiz, que debía ayudar a Almagro y a Luque en aquellos

momentos críticos.

[111] _Anales_, M. S., año 1527.

Pizarro determinó abandonar la isla del Gallo. Hizo construir una

balsa y se retiró con sus doce compañeros a otra isla distante 5 o

6 leguas de la costa, a la cual, recordando la mitología, dieron el

nombre de Gorgona. Aunque tenían agua buena y abundante, y no les

faltaba pesca ni caza, las exhalaciones maléficas de aquel suelo y la

plaga de insectos venenosos abatieron el espíritu de aquellos héroes.

Alentábanles sus sentimientos religiosos y en Dios pusieron toda

su esperanza. Miraban al mar y por todas partes se veía la líquida

llanura, excepto por el lado oriental, que quebraba la monotonía del

horizonte prolongadísima línea de fuego. Era la reverberación del sol

en las nevadas crestas de la cadena de los Andes.

Pasados siete meses, un día vieron aparecer las velas de un buque en el

horizonte. Era el piloto Ruiz, que en pequeño barco con provisiones,

armas y pertrechos llegaba a la isla Gorgona. En dicho barco Pizarro y

los suyos se apresuraron a embarcarse, abandonando aquella miserable

tierra, no sin profunda pena, porque en ella dejaban dos enfermos al

cuidado de algunos indios amigos. Pasaron cerca de la isla del Gallo,

descubrieron la punta de Tacumez, penetraron en mares hasta entonces no

surcados por quillas europeas, admiraron el Chimborazo y el Cotopaxi,

fondeando en la isla de Santa Clara, que se halla a la entrada de la

bahía de Tumbez.

Al día siguiente continuaron la navegación, llegando, en fin, a

Tumbez, hermosa ciudad con casas de piedra y cal, colocada en el

centro de fértil campo. Acudieron a la playa los habitantes de Tumbez

y contemplaron con tanta curiosidad como sorpresa a los extranjeros y

al barco. Dieron cuenta de lo que veían al _curaca_ (gobernador) del

distrito, quien sumamente generoso les mandó en muchas balsas plátanos,

yucas, piñas, cocos, batatas, maíz y otros productos de la tierra,

como también caza y pescado; además, algunas llamas (carnero peruano)

vivas. Encontrábase a la sazón en Tumbez un noble indio (_orejón_), que

fué a bordo con objeto de ver a los españoles[112]. Lo que importaba

al jefe peruano era saber de dónde y con qué objeto habían venido a

aquellas tierras. Contestóle Pizarro que habían venido para asegurar

la _legítima supremacía_ de su Rey y para enseñar a los indios la

verdadera religión. Guardó profundo silencio el peruano, aunque es de

creer que no le convencieran las razones del capitán español. Comió

el noble indio con Pizarro, y al despedirse, nuestro héroe regaló al

peruano una hacha que le había llamado mucho la atención, pues el

uso del hierro era desconocido lo mismo a los hijos del imperio de

los incas que al de los aztecas. Al día siguiente Pizarro obsequió

al curaca con cerdos y gallinas, animales que no eran indígenas del

Nuevo Mundo. Los españoles que visitaron a Tumbez quedaron admirados

de la grandeza de la ciudad, que era frontera del Norte del imperio y

contigua a la reciente adquisición de Quito. Despidióse Pizarro de los

naturales de Tumbez y prosiguió su rumbo hacia el Sur.

[112] Ya sabemos que los españoles llamaban _orejones_ a los

indios pertenecientes a la nobleza.

Dobló el cabo Blanco y entró en el puerto de Paita, siendo recibido con

el mismo espíritu de hospitalidad que en Tumbez. Recorrió la orilla de

las llanuras arenosas de Sechuza, dobló la Punta de Aguja y siguió la

costa en su dirección hacia el Este, «no perdiendo nunca de vista la

cadena colosal de los Andes, que a medida que navegaban hacia el Sur

casi siempre a la misma distancia de tierra, se iba presentando cumbre

tras cumbre con sus estupendas crestas de hielo como un inmenso Océano

que se hubiera detenido y helado de repente en medio de su tumultuosa

carrera»[113].

[113] Prescott, _Hist. del Perú_, tomo I, págs. 269 y 270.

Por todas partes que pasaba Pizarro era recibido por los naturales

con generosa hospitalidad. Ellos, los indígenas, llamaban a los

españoles _hijos del Sol_ y les llamaban así por su blancura, por el

brillo de sus armaduras y por los rayos que manejaban. Creían que

los españoles eran dulces, cariñosos y buenos. «El corazón de hierro

del soldado--como escribe Prescott--no había presentado aún su lado

sombrío. Era demasiado pronto para hacerlo. Aún no había sonado la

hora de la conquista»[114].

[114] Ob. cit.

No es extraño que los peruanos amasen a los españoles. Comenzaron

muy bien. «Sin haber querido recibir el oro, plata y perlas que les

ofrecieron, a fin de que conociesen no era codicia, sino deseo de su

bien el que les había traído de tan lejanas tierras a las suyas»[115].

Siguiendo Pizarro su derrotero al Sur, pasó no lejos del punto en que

había de levantarse la ciudad de Trujillo y llegó al puerto de Santa.

Convencido de la existencia de un gran imperio indio, volvió por el

mismo camino. En un pueblo que los españoles llamaron Santa Cruz,

aceptó el convite de rica peruana; en Tumbez dejó a Alonso de Molina

y él se llevó el peruano _Felipillo_ y algún otro, y recogió en la

isla de Gorgona a uno de los enfermos, pues el compañero había muerto,

volviendo a anclar en el puerto de Panamá después de diez y ocho meses

de ausencia[116].

[115] Padre Naharro, _Relación sumaria_, M. S.

[116] _Felipillo_ hizo importante papel en la historia de

sucesos posteriores.

Orgullosos podían estar los tres socios con el nuevo descubrimiento,

aunque el gobernador Pedro de los Ríos, no convencido de la importancia

o tal vez desanimado por su misma magnitud, se negó a prestar auxilio a

la empresa. Entonces acordaron los tres socios acudir al Rey.

Designóse para ello a Pizarro, por empeño de Almagro y contra la

opinión de Luque. Quería el sacerdote que se diera el encargo al

licenciado Corral, funcionario dignísimo y que iba a marchar a España

por asuntos de público interés. Sostuvo Almagro con cierta energía que

Pizarro debía ser el designado, pues nadie--según él--podía desempeñar

tan bien la misión como la persona más interesada. Accedió Luque; mas

conocedor del carácter de sus dos amigos y del corazón humano, exclamó:

«Plegue á Dios que no os hurtéis uno á otro la bendición, como Jacob

á Essaú.» Reunidos con alguna dificultad 1.500 pesos de oro, Pizarro,

acompañado de Pedro de Candía, y llevando consigo algunos indígenas,

dos o tres llamas, adornos y vasos de oro y plata, y varios tejidos de

lana, se embarcó en el puerto llamado _Nombre de Dios_ en la primavera

de 1528, llegando a Sevilla a principios del verano y trasladándose

a Toledo, donde fué recibido con mucha bondad por el Emperador. El

relato que hizo de su viaje causó la admiración de todos. No le inmutó

ni la majestuosa presencia de Carlos V, ni la legendaria figura de

Hernán Cortés, con quien se encontró en los salones regios, ni la

brillante corte de Toledo. Cuando Hernán Cortés terminaba su carrera,

Pizarro comenzaba la suya: el primero había conquistado el Norte y el

segundo aspiraba a conquistar el Sur, los dos imperios más poderosos

y ricos del Nuevo Mundo. Orillados algunos obstáculos, se firmó la

capitulación entre el gobierno y Pizarro el 26 de julio de 1529. Por

el citado documento se nombraba a Pizarro, por vida, gobernador y

capitán general de 200 leguas de costa en la _Nueva Castilla_, nombre

que se dió entonces al Perú (como el de Nueva España se había dado a

México). Obtuvo, además, el título de Adelantado y de alguacil mayor de

la tierra; dignidades ambas que se había comprometido a obtener para

Almagro. Al citado Almagro se le nombró comandante de la fortaleza de

Tumbez, y al Padre Luque, tiempo adelante, se premiarían sus servicios

con el obispado de la citada población peruana: entretanto se le dió

el título de _Protector general de los Indios de Nueva Castilla_[117].

No se olvidó Pizarro de los compañeros que quedaban vivos de la isla

del Gallo, recibiendo Bartolomé Ruiz el título de Piloto mayor de la

Mar del Sur, y los restantes, unos fueron nombrados hijosdalgo y otros

caballeros. Diéronse algunas disposiciones para estimular la emigración

a aquel país. Se mandó a Pizarro que tuviese en su gobernación los

religiosos eclesiásticos y oficiales reales que por su Majestad fuesen

nombrados[118]. Entre otras disposiciones, no deja de ser curiosa la

prohibición de que no hubiese Letrados ni Procuradores en la nueva

colonia, considerándose que la presencia de ellos era perjudicial para

el sosiego, paz y armonía de aquellos habitantes. Pizarro, a su vez,

se comprometió a levantar en el término de seis meses una fuerza de

250 hombres perfectamente equipados, pudiéndose sacar 100 de ellos de

las colonias. También se obligaba a emprender la expedición a los seis

meses de su vuelta a Panamá.

[117] Véase Herrera, _Década IV._ lib. VI, capítulo V.

[118] Ibidem.

Para la compra de artillería y todos los pertrechos militares obtuvo

del Gobierno algunos fondos, aunque no todos los que necesitaba.

Consiguiólos con dificultad y tal vez le ayudara en este particular su

amigo--y pariente según algunos--Hernán Cortés. No dejó de costarle

del mismo modo gran trabajo la reclutación de gente. Con esta idea--ó

más bien con el deseo de visitar el lugar de su nacimiento--salió

de Toledo para Trujillo. Allí se le reunieron cuatro hermanos que

tenía: el mayor, llamado Hernando, era legítimo; los otros tres eran

ilegítimos (Gonzalo y Juan Pizarro, por parte de padre, y Francisco

Martín de Alcántara, por parte de madre). Es de sentir que Hernando,

tan feo de cuerpo como de alma, ya por ser el mayor de todos, ya por la

circunstancia de ser legítimo, ejerciese poderosa influencia sobre los

demás y aun sobre el mismo que enaltecía su apellido. «Todos--escribe

Oviedo--eran pobres, y tan orgullosos como pobres, e tan sin hacienda

como deseosos de alcanzarla.»[119] No encontró Pizarro en sus paisanos

el apoyo que esperaba.

[119] _Hist. de las Indias_, M. S., parte III, lib. VIII, cap.

I.

De cualquier modo que sea, se dió la expedición a la vela (enero de

1530) y llegó felizmente a Nombre de Dios. Grande fué--como era de

esperar--el disgusto de Almagro cuando supo que todos los cargos

importantes se habían dado a Pizarro y a él uno de escaso valor, que

no estaba en relación con sus servicios. Vino a agriar más la cuestión

el orgulloso é insensato Hernando Pizarro. Sin embargo, los prudentes

consejos de Luque y del licenciado Espinosa, influyeron de tal modo en

el ánimo de los dos jefes, que se verificó aparente reconciliación, no

sin ofrecer Pizarro ceder a Almagro el empleo de Adelantado y solicitar

del Monarca que confirmara dicha cesión.

¿Se quejaba con razón Almagro? El cronista militar Pedro Pizarro

sostiene que su pariente pidió para Almagro el empleo de Adelantado, a

lo cual no accedió el Gobierno, que no quería separar dicho cargo del

de gobernador y capitán general. Enseñaba la experiencia que, empleos

tan importantes, no debían confiarse a distintos individuos. Si tales

razones, y otras que dió Pizarro, convencieron o no a su rival, nada

importa.

Lo cierto es que, con los refuerzos de España, con los de Panamá y con

algunos de la provincia de Nicaragua (colonia que era una rama de la de

Panamá), y después de bendecir el estandarte real y la bandera de los

expedicionarios, de predicar un sermón Fr. Juan de Vargas, de celebrar

una misa y de administrar la comunión a todos los soldados, Pizarro,

al frente de 180 hombres y 27 caballos, salió de Panamá y emprendió

su tercera y última expedición en los primeros días de enero de 1531.

Almagro, como de costumbre, se quedó allí para reunir refuerzos. A

los trece días de navegación, fondearon en el puerto de San Mateo,

emprendiendo desde dicho puerto el viaje por tierra a lo largo de la

costa, en tanto que los buques seguían su rumbo a cierta distancia.

Después de muchas penalidades, llegaron a un pueblo de la provincia

de Coaque, donde encontraron regular cantidad de plata, oro y piedras

preciosas, llamando la atención entre éstas, hermosa esmeralda, del

tamaño de un huevo de paloma, que tomó Pizarro. Con el oro y la plata

adquiridos, se hizo un montón, del cual se dedujo la quinta parte para

la Corona, distribuyéndose el resto en la proporción convenida entre

los oficiales y soldados. Este fué el sistema que se observó durante la

conquista. Mandó Pizarro a Panamá el valor de veinte mil castellanos de

oro. Siguió su marcha por la costa; pero no acompañado de los buques,

que habían vuelto a Panamá en busca de refuerzos. Encontróse Pizarro

en situación muy triste. La arena de la playa, removida por el viento,

cegaba a los soldados, al mismo tiempo que los rayos de sol abrasador

casi les ahogaba de calor. Para mayor desgracia, se vieron acometidos

de una enfermedad que consistía en grandes verrugas que se presentaban

en el cuerpo, y al abrirlas con lanceta, echaban tal cantidad de

sangre, que el enfermo moría de resultas. Por otra parte, desde que

los españoles cometieron tantos excesos en Coaque, las cosas habían

variado por completo. Ya no se les consideraba como seres superiores

bajados del cielo, sino como ladrones y criminales. Antes se les

ofrecía hospitalidad, y a la sazón se huía de ellos para guarecerse en

las montañas próximas. El clima, las enfermedades y la enemiga de los

naturales del país, abatieron el ánimo de los soldados, particularmente

de los de Nicaragua, que habían dejado el paraíso de Mahoma, por una

tierra miserable e ingrata[120].

[120] Véase Pedro Pizarro, _Descub. y Conq._, M. S.

Afortunadamente recibieron en Puerto Viejo un refuerzo de 30 hombres,

mandados por Belalcázar. Algunos hubieran deseado establecerse en

Puerto Viejo; mas Pizarro deseaba por momentos llegar a Tumbez, y

con este objeto se trasladó a la isla de Puna, próxima á la citada

población y en la embocadura del río de Guayaquil. Incorporóse a

Pizarro otro refuerzo de 100 voluntarios y algunos caballos, que

dirigía el capitán Hernando de Soto, descubridor tiempo adelante del

río Mississipí.

[Ilustración:

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 19 / 141 题