Nota del Transcriptor:
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LAS FIGURAS
DE CERA
NOVELA
(SEGUNDA EDICIÓN)
[Ilustración]
EDITORIAL CARO RAGGIO
MENDIZÁBAL, 34, MADRID
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID
PRÓLOGO
--¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?--preguntó
Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del
manuscrito.
--No--contestó Leguía--. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón,
hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se
hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le
parece a usted?
--¡Psé! Así, así.
--¿Le parece a usted mal?
--No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que
el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió
barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante
la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad.
--¿Usted lo sabía?
--Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que
pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran
fortuna en poco tiempo.
--Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con
rapidez.
--Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos
podido pasar de ser unos pobretones.
Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco
antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San
Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en
cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia,
casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.
--¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del
Reducto, de Bayona, que figura aquí?--preguntó Leguía.
--Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo...
hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa.
--Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?
--¿Qué hacía ese Frechón?
--Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante.
--Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera.
--Debió de estar en casa de usted varias veces.
--¡Tantos estuvieron!
--Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...
--Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.
--Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.
--Entre los que te contabas tú.
--Hombre, don Eugenio, yo no tanto.
--¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?
--Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el
que menos era un bandido.
--Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy
está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas
sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los
españoles.
--Y de Roquet, ¿se acuerda usted?
--Sí, hombre; perfectamente.
--Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato,
del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su
vida, si alguna vez la publicamos?
--Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma
novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar
la realidad, la verdad escueta.
--¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela?
--Naturalmente.
--Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más
impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los
historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.
--Bueno; pero esas son obras maestras realistas.
--Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación.
--Siempre.
--¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?
--De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre
mi ideal.
Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía
tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza.
Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le
vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la
habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario
del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía,
como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto
de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada
investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto.
--¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le
daremos entrada en sus memorias?--preguntó Leguía.
--Sí.
--¿Con su visto bueno?
--Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.
Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato.
No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos,
asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último.
Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica--sigue diciendo
Leguía--, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra
no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los
contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no
los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña.
Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la
literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación
algo parecida al color en la pintura.
El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el
giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común
putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír.
PRIMERA PARTE
LOS TRAPEROS DE BAYONA
I
LAS GALERAS
Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas,
unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban
por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de
zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de
Puerto hasta Burguete.
El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de
España.
En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían
inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los
picachos y entrando en las hondonadas.
Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su
olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene
el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda.
Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos
cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los
fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno
han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron
del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los
sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los
vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia
que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más
fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus
enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos
científicos y exactos.
El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más
nombre que realidad.
Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de
junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las
cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser
franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia
de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún
cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra
todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de
Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban
los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras
y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no
podían con los pesados vehículos.
La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más
larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones.
La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su
lado.
Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no
muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba
el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello,
y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se
detenían.
El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía
sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar.
Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se
destacó en el camino.
--Alto, ¿quién vive?--gritó el jefe.
--Francia--contestó el hombre moreno de las patillas.
--¿Qué gente?
--Gente de paz.
--¿Tienen ustedes pasaporte?
Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban.
Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida
que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron
atisbar lo que llevaba la galera.
--¿Qué va ahí dentro?--preguntó el que hacía de jefe de la partida.
--Figuras de cera para la feria de Pamplona--contestó el hombre de las
patillas con marcado acento francés.
--¡Hombre! ¡Figuras de cera!--exclamó uno de los carlistas--. ¿No las
podríamos ver?
--No están armadas.
--¿No dan ustedes algo para beber?--dijo uno de los facciosos
desarrapados.
--Eso, el amo--contestó el de las patillas.
--¿Dónde está el amo de ustedes?
--No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera.
--¿Y dónde está ese señor?
--Dentro de poco pasará en un coche.
--¿Por este camino?
--Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.
--Bueno, pueden ustedes seguir.
Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos
percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de
Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este
pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés
una conversación con el carretero.
--El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a
pie--dijo--; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en
coche.
--No se queje usted, señor Frechón--replicó el carretero--; el amo le
ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.
El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:
--Tú eres un imbécil, Claquemain.
--¿Por qué? Sepámoslo.
--Porque te dejas explotar.
--¡Bah! Me pagan lo que trabajo.
--Es lo que crees tú, infeliz.
--Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han
explotado.
--Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho...
--¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo
vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son
fantasías de su cabeza de usted.
--Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.
--Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve
usted más que visiones.
--Y realidades. Tú lo verás.
--¡Bah!--y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire.
--Aquí hay gato encerrado--siguió diciendo Frechón--, lo huelo. ¿A ti
no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de
San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas
cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos?
--A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?
--¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a
casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él
largas conferencias.
--¿Cómo lo sabe usted?
--Porque le he seguido.
--Cada uno su manía.
--El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera.
--¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?
--Quizá también.
--Si es cosa política, no habrá dinero debajo.
--Me choca tu terquedad.
--A mí me choca la suya.
--Si hay algo, ¿qué dirás?
--¿Y si no hay nada?
--Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.
--En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez--murmuró el
carretero.
El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su
misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al
ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.
Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al
borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero.
Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los
carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las
pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado
por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.
--¿Qué, hay alguna novedad?--preguntó el viejo a Frechón.
--Ninguna--contestó Frechón--. Estamos descansando.
--Los caballos, ¿se han portado bien?
--Muy bien.
--¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?
--Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.
--Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida
liberal e iremos hasta Pamplona--dijo el viejo--. En cuanto llegue
comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que
adiós.
--¡Adiós!
--¡Adiós, señor Chipiteguy!
Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su
botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que
estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su
carro, seguidos de las otras galeras.
--El niño ese tiene buena suerte--dijo Claquemain de pronto,
probablemente con la intención de molestar a su compañero.
--Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su
tierra--exclamó Frechón con cólera.
--No es difícil aquí en España, porque está en la suya--contestó
Claquemain humorísticamente.
El otro no replicó.
La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo,
gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia.
Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la
carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido
de los pastores.
Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se
detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la
fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una
hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una
compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona.
II
LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO
Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han
perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países
europeos.
Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las
urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas.
Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la
primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido
en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares
alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo
exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el
ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen
idénticas diversiones y deportes.
Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino
también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del
autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de
gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes.
Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter
tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es
que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo
de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los
antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros
de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son
las golondrinas y las letras que no se han pagado...
Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su
carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene.
Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su
dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés.
Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas,
sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y
negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus
puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y
húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado.
Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y
española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de
milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de
ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona.
De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit,
la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el
asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña
Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de
Saint Esprit era, en gran parte, judía.
Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de
comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores,
casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque
Bayona era capital de una división.
Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que
de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas,
que llevaban allí sus luchas y sus intrigas.
El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain,
librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de
don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky
y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés
Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones...
Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy
convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un
obispo en medio, era la plaza del Reducto.
La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos
bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre
el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el
Adour.
Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo
baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La
entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta
de Francia.
La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana
bayonesa, varias veces reconstruída.
Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y
un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre
hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se
derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.
El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos
ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua.
El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los
soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas.
Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera
para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los
musgos.
La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la
ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando
de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo
de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos,
antiguamente expulsados de España.
La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas
cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o
tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las
más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf
se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de
Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han
cambiado de nombre y otras que han desaparecido.
La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas,
de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse
las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una
impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin
incidentes románticos de nuestro tiempo.
En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía
Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en
un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven.
La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que
casi amenazaba ruina.
Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que
le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un
tullido, apoyado en muchas muletas.
Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de
Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes,
al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las
otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del
todo, tenían la tendencia de cuartearse.
Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de
provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos.
Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como
viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose
unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban
negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del
entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y
parecían quedar dormidas.
Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas
casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía
un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire
de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera
un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco
antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como
alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne.
La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en
forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags;
tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que
sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el
dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias
medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.
Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia
la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al
derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de
una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja,
se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso,
varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después
la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y
sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma
de hierro, gruesa y paralítica.
La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía
a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo.
Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título
de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se
habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy,
traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía,
menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más
honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que
se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que
buen autócrata.
Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los
suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas,
inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el
comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se
hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien
dispuesto.
Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la
derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda,
la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que
se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas
desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes
balanzas.
De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros,
metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo.
Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha,
empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera
se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina
y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto
de costura y tres alcobas.
La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la
humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada.
Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy
limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones
espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales.
Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la
nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda.
No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las
habitaciones lo mismo.
Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser
rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de
gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario
para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía
muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando
fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él.
Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y
le decían que era como Cadet Rousselle:
Cadet Rousselle, a trois maisons,
qui n'ont ni poutres ni chevrons.
Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones,
que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el
comedor.
Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde,
con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un
piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno
de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde
unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos,
blancos y redondos como pelotas.
Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de
Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de
Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia",
"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro".
En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El
paso del Gránico" decía: "_Virtus omni obice mayor._ La virtud domina
el mayor obstáculo".
El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval,
aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas,
entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta
de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos,
brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente.
El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la
casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y
papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y
venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido.
Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima
de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las
Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río.
Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour
parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los
barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando
extendían sus grandes velas amarillentas.
III
CHIPITEGUY Y SU FAMILIA
Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era
un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de
chatarra.
Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la
Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en
España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica.
Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija
de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del
Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y
Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer
fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció
y no se supo nada de él.
Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio
Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien
llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un
accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que
asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un
gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.
Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y
barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos
profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.
Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro,
mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero
de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se
diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio
de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel.
El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda,
recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo
todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca.
El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como
un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el
negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho.
Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas
en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la
cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de
campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles
frutales.
Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y
vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al
humor.
Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba
libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de
Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña
biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía
algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados
incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones
y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.
Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles
de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando:
"¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político,
Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en
los pueblos vascos de la frontera, que decía así:
Atera, atera
trapua saltzera
eta burni zarra
champonian.
(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.)
Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el
escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla:
Emen eroztenda
modu onian
diru au degulaco,
alde gucietatic
ongui etorri da
izan oi da.
(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados.
Bien venidos sean.)
Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en
vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía.
El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había
convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba
una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera!
Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus
todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el
trapero de la plaza del Reducto se llamara así.
El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco
petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir:
--El viejo Chipiteguy es capaz de todo--sonreía satisfecho.
Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir
lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no
vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de
folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones
con cuidado.
En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas,
volantes, calderas, ejes de máquinas...
En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y
de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de
la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su
mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada,
escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con
pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados
por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de
instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran
cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas.
Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos
géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos
en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se
amontonaban delante de la tienda para verlos.
Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de
antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería
vendérselas y las guardaba para él.
Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit,
los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por
delante de la tienda del viejo trapero.
Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los
judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de
España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían
del campo de la guerra.
En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de
libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco
simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado
Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado,
sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo
especial, que parecía que lo hacía en broma.
Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire
malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído,
era borracho y hombre de poco fiar.
Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía
de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía
buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio,
pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las
palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida.
Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no
ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y
le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba
que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo,
porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera
alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del
trapero.
En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy
buena fama.
Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de
Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales
Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte.
Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac
para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en
tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por
el viejo republicano bayonés Basterreche.
Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se
le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos,
los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus
amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos
viejos solían tener largas conferencias.
Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más
de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor.
Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que
había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había
repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad
secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban
afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su
republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes
fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San
Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un
festín.
Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy
como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba
una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa
un carro de condenados a muerte.
Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón,
con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María,
en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja,
la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.
Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser
muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda
la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su
nieta, a quien llamaba su _perchanta_, palabra que en vascuence quiere
decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con
predilección al referirse a su nieta.
También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja).
--Tú desciendes de brujos--la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta.
--¿Y tú no, abuelo?
--Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos.
Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran.
--¿Este abate era brujo?
--No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo
de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate,
Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda,
de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del
Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.
--¿Así iban?
--Sí.
--¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?
--No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces
también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan
de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros
vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses,
los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el
otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos
mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.
El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se
le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la
vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus
fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.
Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la
tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y
vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.
El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita
tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las
ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las
horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía
profesores que iban todos los días a darle lecciones.
El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto
de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes,
una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados
ingleses y un piano nuevo.
Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a
veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.
En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres
gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.
A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir.
--Todo esto--decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de
chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel--se convertirá el día
de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara.
Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de
sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con
orgullo:
--No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta _perchanta_ vale
un mundo.
Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase,
gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba
haciendo tonta y vanidosa.
Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero
a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de
una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían.
En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y
confundía.
Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia
tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se
llamaba "El Paraíso Terrenal".
Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran
de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca
expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un
poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión
de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos
alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro.
Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes
más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de
admiración.
En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una
nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de
los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto
inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire
decidido y triunfal.
La _perchanta_, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser
una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus
facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie.
Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases
y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más
alocado y grotesco.
Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole
que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre
tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y
le escribían cartas de amor, de las cuales se reía.
En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que
venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos
y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole
al abuelo:
--Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c...
¡Arrayúa!
Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían
llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que
creían que con esta educación la chica acabaría mal.
Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita
le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico,
Manón le replicaba cariñosamente:
--Eres una niña tonta y buena.
A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía:
--Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena
comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro.
Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto
en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos
fingida, en sus decisiones.
El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos
primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía
gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su
criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser
obedientes y sumisas.
Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca
con rodilla y al rincón con el almohadilla."
Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba
el pensar que su _perchanta_ sería capaz de desenvolverse sola en
cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy,
Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como
esos platos llenos de especias de gusto fuerte.
La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban
con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La _perchanta_
de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su
defensa y la defendía con ardor.
Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta.
A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y
de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de
trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más
que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del
oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en
lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del
novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época,
por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los
motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy
creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas
para cubrir sus miserias y sus canalladas.
Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre
de poco fiar; capaz de todo.
El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un
abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es
buena persona."
--El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie
humana--aseguraba el trapero--. Decidle a un católico: el ciudadano
tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia,
tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también;
el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo.
Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá
el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación
a la lujuria--dirá--. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la
prostitución--pensaréis vosotros--. No, eso no; es un mal necesario...
--afirmará con hipocresía--. ¡Mala raza, fea raza, raza baja,
envilecida y bastarda, esa de los católicos!
Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las
atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era
una invención suya y que no había existido jamás.
El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por
eso en los países latinos el impío es más impío que en los países
protestantes.
Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar
el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces
Chipiteguy exclamaba:
--¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que
nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral.
Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo
el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no
hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.
La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con
el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores
irreverencias.