Mario llegó a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas de
obra en su estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lo
trabajó con gloria y provecho. Comenzó a ganar sumas considerables.
Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales,
donde sus padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; pero
sin despilfarro. El ingenioso Sánchez y D.ª Carolina andaban un poco
apurados de dinero por los gastos del primero en publicaciones,
instrumentos científicos, excursiones, etc, etc. Carlota los protegía.
Pero a Mario le parecía siempre poco lo que les daba. Era tan infeliz
aquel muchacho, que cuando doña Carolina venía a llorarle alguna
lástima, por su gusto le entregaría todo el dinero que había en la casa.
--¿Para qué necesitamos nosotros tanto?--decía a menudo a su esposa.
--Para nuestro hijo y para los que puedan venir--respondía Carlota.
Mario le apretaba la cara con entusiasmo.
--Lo que yo pido para mi hijo--exclamaba--es que le gusten las artes y
encuentre una mujer como tú. ¡Entonces vale la pena el haber nacido!
El pequeño Mario tenía ya cerca de cuatro años. Era un niño fresco,
sonrosado, con grandes ojos suaves y límpidos y una boca de cereza
plegada siempre por sonrisa angelical. El escultor le adoraba con
frenesí por ser su hijo y además porque era un retrato en miniatura de
Carlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad, la misma
igualdad de humor. Cuando aquélla quería que su marido descansase, no
tenía más que enviar al niño al estudio. Mientras estuviese allí tenía
la certeza de que Mario no tomaría los palillos o el cincel en la mano.
Todo sonreía, pues, a la familia del célebre antropólogo, el cual no
cesaba un instante en sus indagaciones preparando a sus descendientes
gloria inmortal.
El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizado
todavía, se hallaba en camino. Últimamente, D. Pantaleón había levantado
la tapa de los sesos a un perro, y por espacio de algunos segundos pudo
observar el juego de su mecanismo cerebral. Por desgracia, el perro
falleció al instante. Sólo ligerísimos apuntes sacó para el famoso
descubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino.
El insigne fisiólogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felices
adivinaciones. En el corto tiempo de que dispuso observó que la sangre
de la masa encefálica cambiaba de color en diferentes sitios, tornándose
unas veces más clara, otras más oscura. Era, pues, exacto que la
fabricación del pensamiento debía de semejar bastante a una
_destilería_, como él había presumido.
Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentáneamente el curso
de estas indagaciones. El matrimonio de su hija Presentación iba a
llevarse pronto a efecto. Timoteo entraba a todas horas del día en la
casa y era considerado ya como un hijo más. Se hacía el equipo, se
amueblaba un cuarto en sitio próximo, se arreglaban los papeles. Mas he
aquí que un día, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se había
caído al suelo, vio don Pantaleón en su cuello una mancha encarnada que
al punto le pareció de carácter herpético. Nada dijo por entonces.
Procuró con maña cerciorarse. Pronto logró averiguar que Timoteo, en
efecto, padecía de herpetismo. El fisiólogo comprendió que era de todo
punto imposible la realización de aquel matrimonio.
Por la noche, hallándose a solas, se lo hizo entender así a su esposa
con la debida suavidad: no habría exageración en decir timidez. Expuso
las razones que tenía para hallar tal unión desacertada, todas
rigorosamente científicas y basadas en los últimos progresos de la
antropología. El herpetismo significaba una degradación física como
todos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan sólo a
no contrariar la selección natural, sino a favorecerla por cuantos
medios podamos. Debemos evitar a todo trance que procreen los seres que
no estén perfectamente sanos si queremos que la raza vaya siempre
mejorando, etc.
D.ª Carolina no hizo caso alguno de estas observaciones. Antes tomó pie
de ellas para vejar al fisiólogo, maldiciendo de sus aficiones y
recordándole con pesadísimas palabras las quemaduras de su hija.
Insistió a los pocos días con idéntica suavidad. Nada. La esposa
respondió aún con más acritud y desprecio. Entonces, viendo que sus
esfuerzos eran inútiles para impedir aquel matrimonio rechazado por los
progresos biológicos, se le declaró una tristeza negra que le privaba
del apetito y del gusto por la experimentación. Esta gran melancolía
hizo crisis a los pocos días con una extraña explosión que puso en
espanto a toda la familia.
Pasando una mañana Timoteo desde la sala al comedor, D. Pantaleón, que
al parecer estaba apostado en uno de los cuartos del pasillo, se arrojó
sobre él de improviso, le echó las manos al cuello y hubiera concluido
probablemente por estrangularle si al ruido no hubiera acudido la gente
de casa. A duras penas consiguieron arrancárselo de las manos. Todavía,
sujeto por Mario, Carlota, D.ª Carolina y la criada, gritaba como un
energúmeno, los ojos inyectados, el semblante descompuesto:
--¡No se casará usted con mi hija, no! ¡Yo lo impediré aunque sea a
costa de mi sangre!... En mi casa no atacará nadie impunemente la ley de
la selección... ¡Vergüenza había de darle, con los caracteres orgánicos
que usted presenta, intentar un matrimonio que ha de ser funesto para la
raza!... Yo no quiero una descendencia degradada... ¿Lo oye usted
bien?... ¡No la quiero!
La excitación fue tanta que al fin cayó privado de conocimiento,
echando espuma por la boca.
Recobró al poco rato el sentido; estuvo enfermo algunos días; al cabo
curó por completo sin que el ataque hubiese dejado rastro alguno como se
temía. La boda de Presentación se realizó sin ningún otro incidente
desagradable. Todo volvió a quedar en paz.
Mario y Carlota no dejaban de aprovechar los momentos que aquél tenía
libres para solazarse, unas veces yendo a paseo, otras al teatro, otras,
en fin, comiendo en los _restaurants_. Era tanto lo que se placía el
escultor en estos festines matrimoniales que Carlota consentía en ellos
de buen grado, aunque no le gustasen por espíritu de orden y economía.
Una de las pocas amigas que tenía vino un día a invitarla para asistir a
cierta comedia casera. Esta amiga era a su vez invitada, pero tenía
libertad para llevar a quien quisiese. Consultó el caso con su marido.
Hallolo bien Mario y aun prometió acompañarlas si alguna ocupación
urgente no se lo impedía. Como era domingo el día señalado, y por la
tarde, no hubo inconveniente. Ambos se fueron, pues, de bracero a
buscar a la amiguita y de allí a la calle del Amor de Dios, donde estaba
la casa en que la representación iba a efectuarse. Era un edificio bajo,
antiguo, bien conservado, de un solo piso, en el cual vivía únicamente
su propietaria, una señora viuda con dos hijas solteras, un hijo y una
nieta de catorce a quince años. Desde que se ponía el pie en el portal
se observaba el espíritu religioso, la economía y la limpieza que
reinaban en aquella casa. Los muebles de la antesala eran feos y
antiguos, pero brillaban por el frote de la bayeta y el cepillo. En uno
de los ángulos había un pedestal con una Purísima de yeso, pintada. Los
pasillos amplísimos y enjalbegados como los de un convento.
Pasaron a un gabinete donde había ya reunidas bastantes personas y donde
la señora de la casa los recibió con amabilidad grave y protectora. Era
una dama extremadamente alta, de bastantes años, enjuta, con ojos negros
de mirar imponente, los blancos cabellos pegados a la frente con goma.
Vestía de negro y estaba sentada en un elevado sillón de cuero,
mientras que todos los demás se hallaban acomodados en sillas más bajas.
De suerte que D.ª Fredesvinda, que así se llamaba, parecía una reina
rodeada de su corte. Y ciertamente, la pausa con que hablaba y la
majestad de sus ademanes contribuían bastante a hacer la semejanza más
perfecta. Las dos hijas solteras que se encontraban en el círculo de los
tertulios pasaban ya de los treinta, y vestían el traje con que iban a
representar, lo mismo que la nieta. Estaba también el padre de ésta,
viudo, hijo de la señora, y que no habitaba la casa porque sus
costumbres independientes no se compadecían con el régimen austero que
allí se observaba.
D.ª Fredes era aficionadísima a la literatura, a la música y en general
a todas las artes; se creía muy competente, y sus tertulios asiduos la
creían también. Reuníanse en aquella casa los domingos varios poetas y
poetisas, alguna de las cuales tocaba asimismo el piano. Solía ir un
pintor de marinas que había presentado algunas en distintas
exposiciones, sin que hasta la fecha le hubiesen dado recompensa
alguna. D.ª Fredes juzgaba esto una de las grandes injusticias del siglo
diez y nueve. Para ella, Martínez, que así se llamaba el pintor, era uno
de los artistas más eminentes que hubiese producido la España
contemporánea. Con lo cual dicho se está que D.ª Fredes era para
Martínez el más profundo de los críticos actuales. Era igualmente
tertulio un profesor de flauta que había compuesto y publicado varias
tandas de valses, una de las cuales había tenido el honor de dedicar a
aquella señora. No quedaba sin representación, pues, más que la
escultura. Por eso Mario fue acogido con extraordinaria benevolencia.
Inmediatamente, lo mismo él que Carlota, a una señal, mitad amable mitad
imperiosa, de la notabilísima señora, fueron a sentarse, formando como
los demás círculo en torno de ella. Pasados algunas instantes se dignó
dirigirle desde su alto sitial las siguientes palabras:
--Ha llegado a mis oídos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy
distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde
tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los días.
Tan benévolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza,
produjeron en el auditorio emoción respetuosa. Todos los rostros se
volvieron hacia Mario, felicitándole con la mirada por ser objeto de
ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra
que se le dispensaba.
Después de algunos momentos de silencio D.ª Fredes volvió a tomar la
palabra con idéntica calma y majestad.
--La escultura es un arte muy bella. Sé que los griegos la han cultivado
con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningún modo que
presenten sus estatuas desnudas. Ésta es mi opinión y la he expresado ya
en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe
perfectamente.
Hubo un murmullo de aprobación en el gabinete. El profesor de flauta
apuntó tímidamente que, en efecto, él conocía la opinión de D.ª
Fredesvinda hacía ya mucho tiempo. Ésta le dirigió una mirada grave y
afectuosa.
Mario iba a contestar, pero ya D.ª Fredes, cumpliendo un deber de
cortesía, había convertido la atención a otro asunto.
--Recareda--dijo volviéndose a una de sus hijas,--enseña el pañuelo de
que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.
La hija, que era ya una mujer bien ajada, próxima a los cuarenta, se
apresuró a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre
la chimenea un pañuelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con
entusiasmo; después lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos
las mismas alabanzas. Cuando volvió de nuevo al estuche, doña Fredes
dijo:
--Este pañuelo fue bordado por mi hermana Práxedes, que Dios haya.
Cuando lo estrenó en un baile del Círculo de Cosecheros, llamó tanto la
atención, que se supo en Palacio al día siguiente. La reina envió por él
para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna
bordadora de Madrid osó comprometerse a ello.
Las palabras de D.ª Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso
en la tertulia.
Mario y Carlota estaban asombrados de todo aquello. La majestad de la
señora, el aparato de que se rodeaba y las ideas extrañas que salían de
su boca les hacía mirarse de vez en cuando llenos de estupor. Pero tanto
y más que esto les impresionaba el respeto profundo que todos los
tertulios la tributaban. De tal modo que, cuando por el gesto se conocía
que iba a hablar, inmediatamente quedaba todo en silencio. Mientras
permanecía callada, charlaban unos con otros, pero siempre en voz baja,
como si se hallasen en un templo o en la misma cámara real. Sus hijas
Recareda y Valeria, jamonas de alto bordo, se mostraban ante ella tan
respetuosas, tan obedientes y sumisas como niñas de diez años; y lo
mismo su hijo viudo, lleno de canas. Un gesto, una mirada de su madre
bastaban para paralizarlos cuando estaban hablando. Y si no sucedía
tanto con los demás tertulios, algo se aproximaba. Todos parecían tener
fe ciega en las altas disposiciones de aquella señora singular y
reconocían de buen grado su autoridad.
En el gabinete no había lujo. Los muebles y el decorado no acusaban gran
riqueza, sino el mediano bienestar de una familia burguesa. Pero todo
ello tenía un sello de antigüedad y de orden que lo hacía más respetable
que el suntuoso decorado de un palacio moderno. La autoridad indiscutida
de D.ª Fredesvinda parecía reflejarse en las paredes de la estancia.
Habiendo quedado ésta en silencio algunos instantes, un jovencito
escuálido, de pelo rubio y ojos tiernos, se atrevió a levantarse, y con
voz turbada pidió permiso a D.ª Fredesvinda para leer una poesía que
había escrito en su honor. Concedióselo la señora con ademán soberano, y
acto continuo el poeta sacó del bolsillo interior de su levita un pliego
de papel de barba que desdobló con mano temblorosa. No se oía en el
gabinete una mosca.
«A la esclarecida señora D.ª Fredesvinda Bejarano.»
Era una oda en que se la ensalzaba hasta las nubes, presentándola como
una protectora de las bellas artes, una nueva Cristina de Suecia. Los
artistas se amparaban bajo su manto; hallaban en ella la mano que los
sostenía y la luz que los guiaba. En torno suyo juntábase lo más selecto
que el arte español había producido en los últimos tiempos, formando un
divino cenáculo sólo comparable al que la reina de Navarra presidía allá
en los tiempos de la Edad Media.
Mientras el poeta de los ojos tiernos dejaba escapar de su boca esta
cascada de elogios, D.ª Fredesvinda, grave y atenta, hacía con la cabeza
signos de aprobación: el gesto era tan benévolo, tan protector, que es
imposible que su émula la reina de Suecia fuese más allá en este punto.
Al terminar, después de unos momentos de pausa, extendió la mano y tuvo
a bien expresarse de este modo:
--La poesía que usted nos acaba de leer, Juanito, es bellísima como todo
lo que brota de su privilegiado ingenio. Creo que ni Bécquer ni
Garcilaso de la Vega han escrito nada mejor.
Fue la señal para que todos los tertulios felicitasen calurosamente al
joven escuálido, el cual, ruboroso, confuso, sonriente, daba las
gracias haciendo mil contorsiones, manifestando repetidas veces que no
por su mérito, sino porque el asunto se prestaba admirablemente, «la
poesía había resultado regular.»
--Si usted no tuviese inconveniente en ello--manifestó D.ª Fredes
dirigiéndose al poeta,--le rogaría me dejase el manuscrito de esa poesía
para guardarlo en mi colección de autógrafos y firmas ilustres.
El poeta, confundido por tamaña honra, avanzó tropezando hasta el trono
de D.ª Fredesvinda y depositó en sus manos el pliego de papel de barba.
La imperial señora lo alargó inmediatamente a su hija Recareda y ésta se
apresuró a llevarlo con la misma unción que si fuese una reliquia a la
caja donde su madre guardaba los manuscritos más preciosos.
--Mi colección de autógrafos--se dignó decir la señora, paseando su
mirada imponente por el concurso--es acaso la más rica que hoy existe en
Europa. Exceden de seiscientas las firmas de poetas españoles
contemporáneos que poseo. No hace muchos días que un amigo me decía
que, si se tratase de ponerla en venta, el gobierno inglés me daría por
ella una suma fabulosa.
Los tertulios dejaron escapar un grito reprimido de admiración. Luego en
voz baja se autorizaron mil comentarios lisonjeros que llegaban a los
oídos de D.ª Fredes y la arrullaban dulcemente. Un muchacho músico,
discípulo del profesor de flauta, se atrevió a manifestar que sería
lástima que tal preciosidad saliese nunca de los dominios españoles. D.ª
Fredes le miró con indulgencia y respondió que aunque se viese en la
miseria jamás enajenaría al extranjero esta gloriosa colección. Con lo
cual respiró libremente la tertulia. Se la felicitó calurosamente por su
desinterés y patriotismo.
Mario se había hallado en bastantes tertulias de todas clases, pero
jamás viera una que se pareciese remotamente a la presente. Su asombro
iba creciendo cada vez que la señora de la casa tomaba la palabra. Todo
lo que oía y veía era tan estrambótico que le parecía no estar en la
realidad, sino asistiendo ya a la comedia.
El gabinete iba quedando en tinieblas. Doña Fredes dio orden de que se
encendiesen las luces y que se iluminase también el salón donde se había
colocado el escenario. Las damas que debían tomar parte en la
representación, entre ellas las dos hijas de la casa, Recareda y
Valeria, salieron para concluir de arreglarse; su nieta Medarda, que
según se decía en la tertulia era un portento y estaba destinada a
eclipsar a todas las actrices españolas, lo mismo. Acudía cada vez más
gente; no cabiendo en el gabinete, andaba distribuída por los pasillos y
el comedor. Se aproximaban la cinco, hora en que debía de comenzar la
función.
D.ª Fredesvinda apretó con sus manos venerables los brazos del sillón, a
inclinándose un poco para hablar, reinó silencio en la estancia.
--Ha llegado a mi noticia--manifestó con voz solemne--que en Madrid se
ha dicho que yo hacía descansar todo el peso de las representaciones
sobre mi nieta Medarda, lo cual podría causarle fatiga por ser aún muy
niña. Para evitar estos comentarios desfavorables he determinado que en
la comedia de hoy tomen parte principal mis dos hijas y lo mismo
sucederá en las representaciones sucesivas.
Este discurso lleno de prudencia causó viva impresión en la tertulia. El
poeta de los ojos tiernos tomó la palabra a nombre de todos y manifestó
sin ningún rodeo que sólo desprecio merecían tales rumores y que al
vulgo en general le gusta zaherir a las personas elevadas. Los demás
hicieron coro al poeta; pero D.ª Fredesvinda se mantuvo inflexible. Sus
hijas, de allí en adelante, trabajarían tanto como su nieta.
En aquel instante, mirando Carlota hacia la puerta, creyó ver cruzar por
el pasillo unas barbas y unas gafas muy semejantes a las de Moreno. Su
duda se desvaneció al instante oyendo a D.ª Fredesvinda llamar en voz
alta:
--¡Adolfo!... ¡Adolfo!
--No puedo ir ahora--contestó éste desde el corredor sin dar la cara.
--¡Soy yo quien te llama, hijo!--profirió la señora irguiendo
altivamente la cabeza.
Todavía tardó aquél en aparecer. Al fin se presentó y cruzó el gabinete
tan confuso que bien se notaba que había visto a Mario, por más que
afectase otra cosa.
--¿Qué tenías que hacer, hijo?--le preguntó la señora con acento
altanero.
Moreno balbuceó una disculpa ininteligible. Doña Fredes le miró un buen
espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:
--Todavía no te he presentado a unos señores que han venido hoy por
primera vez a esta casa, los señores de Costa... Mi hijo menor
Adolfo--añadió presentándolo a Mario y Carlota.
--¡Ah! ¿Eres tú, Mario?... ¿Y usted, Carlota?--exclamó el joven
antropólogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba
miedo.
Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le saludó afectuosamente, y lo
mismo su esposa.
--¿Conque se conocen ustedes?--preguntó la augusta señora.
--¡Muchísimo!--respondió el escultor--. Somos íntimos amigos hace
bastante tiempo.
Doña Fredes dirigió una mirada de sorpresa a su hijo.
--¿Y por qué no me has dicho que tenías por amigo a un artista de tanto
mérito?
Moreno comenzó a murmurar cosas extrañas, tan agitado y descompuesto que
verdaderamente inspiraba lástima. Sus mejillas parecían de escarlata.
Mario temió que le fuese a dar un ataque.
Al fin vino a sacarle de aquel purgatorio su hermana Valeria llamándole
para que fuese a arreglar un bastidor del teatro que se había caído.
Doña Fredes entonces hizo que Carlota y Mario se sentasen cerca de ella
y comenzó a hablarles de su hijo menor con la misma gravedad solemne que
empleaba para todo. Observábase, no obstante, cierta satisfacción y una
alegría que les hizo colegir que Adolfo era su predilecto. Se mostró muy
contenta de aquella amistad que les ligaba y esperaba que jamás se
entibiaría.
--Por parte de mi hijo me parece que no sucederá--añadió--. Es un
infeliz, un pobre chico incapaz de ofender a nadie. Peca gravemente el
que le infiera daño alguno. De todos mis hijos ha sido siempre el más
cariñoso y el que me profesa más respeto. Sus hermanas le motejan
constantemente, le llaman holgazán a hipócrita y dicen que me tiene
embaucada. Esto me causa bastantes pesadumbres. Yo creo más bien que son
ellas las que están prevenidas contra él y que le buscan defectos.
Hipócrita no lo es. Holgazán, convengo en ello. Emprendió varias
carreras y ninguna ha llegado a concluir; de suerte que hoy se encuentra
el pobre sin profesión alguna y viviendo a expensas de su familia. Pasa
la vida azotando las calles o leyendo allá en su cuarto libros de
medicina. ¡Ya ve usted! ¿Para qué quiere él esos libros sin ser
médico?... Pero yo no puedo estar dura con él aunque me lo proponga. Es
tan obediente, tan sumiso, que me desarma. Un niño de seis años no
estaría más sujeto que él a mi voluntad. Por supuesto que no abuso de
este dominio. Le dejo toda la libertad compatible con las costumbres de
la familia. Le tengo ordenado que a las siete venga a rezar el rosario
conmigo. Pues hasta ahora no recuerdo que haya faltado un solo día. Por
la noche le permito que vaya con sus amigos hasta las doce, salvo los
domingos en que recibimos, o los días en que rezamos alguna novena.
Jamás se ha quejado ni me ha contradicho en nada.
Mario y Carlota se hallaban tan admirados, que apenas podían creer lo
que oían. Todavía estaba D.ª Fredes loando la obediencia de Adolfo
cuando vinieron a avisar que eran las cinco y los actores se hallaban
preparados. La egregia protectora de las letras y las artes dio la señal
y descendió gravemente de su trono: pidió el brazo a Mario y salió
majestuosamente de la estancia seguida de sus adeptos.
Tocoles un buen sitio a aquél y a su esposa para ver la comedia, que era
del género llorón; mas apenas lograron fijarse en ella, preocupados con
el descubrimiento que habían hecho. Como tenían cerca a D.ª Fredesvinda
no podían comunicarse las alegres ideas que cruzaban por sus cabezas, y
sólo se desahogaban dándose codazos y pisotones. Más de una vez tuvieron
que apretarse la boca para no dar suelta a las carcajadas que les
retozaban por el cuerpo. Por mucho que hicieron no lograron volver a
echar la vista encima en toda la noche a Adolfo. El feroz materialista,
el producto bravío de la Naturaleza en lucha eterna con la sociedad, sin
duda se había escondido entre bastidores.
Pero cuando al fin salieron de aquella casa y se vieron solos en la
calle, ¡entonces sí que rieron a su gusto! Cada cual recordaba una frase
patibularia de Moreno, alguna de sus maldiciones y amenazas contra el
orden religioso y político. De este modo las carcajadas fluían sin
cesar. Mario se dejaba caer contra los quicios de las puertas y se
quitaba el sombrero y se apretaba el estómago para no reventar de risa.
Casi otro tanto le pasaba a Carlota. Ambos repetían a cada instante:
--¡Dios mío, lo que se va a reír Rivera!
De esta suerte caminaron alegremente la vuelta de su casa. Pero al
llegar cerca de la Puerta del Sol Carlota se puso repentinamente seria,
como si un soplo de viento helado cruzase por su alma, y exclamó:
--¡Mucho me he reído hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.
--¡Qué superstición! No seas tonta, mujer--respondió el escultor sin
dejar de reír.
¡Pobre Mario! El tonto lo era él en tal instante. El corazón femenino
mantiene, sin duda, más estrechas relaciones que el masculino con las
fuerzas magnéticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.
Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivían,
cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnación, doncella y niñera
respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitación que los
esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.
--¡Vicenta!
Las domésticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se
pintó en sus semblantes.
--¡Ay, señoritos del alma!--exclamaron casi a un tiempo las dos.
--¿Qué ocurre?--preguntó Mario petrificado de terror.
--¿El niño?... ¿un coche?...--gritó Carlota sacudiendo a la niñera por
el brazo.
--No, señorita... no le ha atropellado ningún coche. Se ha perdido.
--¡Búsquenlo ustedes! ¡búsquenlo!--gritó a su vez Mario
desesperadamente.
--Hace tres horas que lo estamos buscando, señorito--respondió
Encarnación rompiendo a sollozar.
Vicenta explicó el caso. Su compañera no acertaba a hablar. Ambas habían
ido con el niño al Retiro, permaneciendo allí toda la tarde. El chico se
divertía con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas
charlaban con las demás niñeras sentadas en un banco. Los chicos se
escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como
siempre; pero a una voz que les daban volvían a la plazoleta. Pues
cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se
encontraron con que no parecía el pequeño. Llamaron a gritos,
recorrieron todos los sitios próximos, avisaron a los guardas. Nada. Los
demás niños no daban más razón sino que estaban jugando al _escondite_ y
que le habían visto correr entre los árboles para ocultarse, y que
luego no le habían visto más.
Mario sé puso a gemir como una criatura increpándolas furiosamente.
Carlota, pálida, pero tranquila en apariencia, le mandó callar.
--¿Y no han dicho los niños si habían visto cerca de él a alguna
persona?
--Sí, señorita; detrás de él dijeron que iba un hombre cojo con
americana clara y sombrero ancho.
--¿No han dado ustedes ese detalle a los guardas?
--Sí, señorita.
Carlota meditó un instante en silencio.
--Y el hombre ese ¿no se había acercado antes al niño?
--No lo hemos visto, ni los demás niños tampoco.
--¿En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?
--Nadie.
--Sí, mujer--interrumpió Vicenta.--Le ha dado un beso esa prendera que
conocen los señoritos, que se llama D.ª Rafaela. Le besó y le regaló
unos caramelos.
--Pensé que la señorita hablaba sólo de hombres--replicó la niñera.
Carlota guardó silencio de nuevo y meditó.
--Está bien--dijo al cabo.--Ustedes se vienen conmigo a recorrer las
delegaciones de policía para dar aviso. Tú, Mario, te vas ahora mismo a
casa de D.ª Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y
el niño se ha ido con ella. ¡Quién sabe! Tal vez esté allí. ¿En casa de
mamá han preguntado ustedes?
--Sí, señorita, y en casa de la señorita Presentación lo mismo.
--Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena
seña tiene para que la policía dé pronto con él... Vamos, no te apures
tanto, hombre, que el niño no se ha muerto, y si Dios quiere parecerá.
Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se metió en él con
las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corría a la
calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tenía su domicilio.