Mientras una cruel pulmonía postraba en el lecho a Mario, su nombre
corría por la prensa periódica, era objeto de apasionadas discusiones.
El fallo del jurado, en lo que a él se refería, fue condenado como
injusto por varios críticos. Otros lo sostuvieron, o por convicción o
por amistad hacia los jurados, o por envidia al nuevo artista. Rivera
había quedado casi tan estupefacto como Mario y casi tan acobardado.
Temía que su cariño le hubiese ofuscado. Pero cuando vio la lucha
empeñada lanzose intrépidamente a ella. Y la pluma del viejo periodista,
tanto tiempo colgada, nada había perdido de su destreza y proverbial
causticidad; vibraba a impulso de la indignación con tal donaire y
desenfado que puso inmediatamente de su lado al público indiferente. Al
propio tiempo, como poseía y sabía tocar la cuerda del sentimiento, sacó
mucho partido de la enfermedad de su amigo, víctima de su arrojo heroico
en los momentos mismos en que lo era de una miserable injusticia.
De tal modo que cuando el joven escultor se levantó de la cama gozaba de
mayor reputación y gloria que si le hubiesen dado la medalla de honor.
Por esta vez la envidia había errado el golpe. La primer noche que se
presentó en el café, sus amigos se pusieron en pie y palmotearon
briosamente. Los demás asistentes siguieron el ejemplo: se le hizo una
ruidosa ovación, de la cual dieron cuenta al día siguiente los
periódicos.
--El arte es la apoteosis de la inutilidad--vertió sentenciosamente
Moreno al oído de don Pantaleón, ya que se hubo calmado el
entusiasmo.--Cuando los objetos útiles dejan de serlo, pasan a la
categoría de artísticos. Un ánfora antes servía para contener agua o
vino. Hoy es objeto decorativo sobre las chimeneas o sobre columnas.
Éstas, a su vez, antes servían para sostener los techos; hoy adornan los
rincones de los gabinetes.
El ingenioso Sánchez se mostró profundamente interesado por estas
observaciones luminosas. Cerró sus grandes ojos apagados en señal de
asentimiento y meditó.
--Se ha observado--prosiguió Moreno--que los países donde se hallan más
desarrolladas las tendencias artísticas son los que dan mayor
contingente a los manicomios. Y es porque el arte es ante todo un juego
estéril de la imaginación. El arte, lo mismo que el misticismo,
concluyen por alterar nuestro desenvolvimiento orgánico. En mi concepto,
lo mismo uno que otro deben ser rechazados como tendencias morbosas.
D. Pantaleón agitó las manos convulsivamente, abrió los ojos y profirió
una serie de exclamaciones corroborantes. Siempre le pasaba igual al oír
la palabra morboso. Este adjetivo ejercía sobre su organismo un efecto
extraordinario, mágico, una sensación de deleite inefable que se le
advertía en el brillo inusitado de los ojos y en el movimiento de
trepidación del bigote. Cuando tenía ocasión de pronunciarlo (y la
buscaba con harta más diligencia de lo que convenía a la armonía del
discurso), lo mascaba, lo paladeaba con gozo indecible, percibiendo en
los labios el mismo grato sabor que algunos santos experimentaban al
proferir el nombre de la Virgen María. Así que sin darse cuenta de ello,
el ingenioso Sánchez declaraba morbosas casi todas las cosas de este
mundo. En su entusiasmo por el vocablo hubiera declarado morbosa a la
misma madre que lo había parido.
Nada nuevo, pues, le decía Moreno. Muy de antemano sabía ya el ilustre
fisiólogo que el arte y el misticismo eran elementos morbosos del
organismo social. Lo eran también otra porción de cosas que Moreno no
sospechaba siquiera. D. Pantaleón, hay que decirlo con toda claridad,
había llegado más arriba en el camino de la indagación, poseía un
conocimiento más completo de los resortes de la Naturaleza que su
amigo. Apenas le faltaba explicación para ninguno de los infinitos
fenómenos de la creación natural. Como hay de ello muchos ejemplos en la
historia de la ciencia, el discípulo sobrepujaba notablemente al
maestro. En alas de su genio, Sánchez había volado de golpe a regiones
donde el pobre Moreno, a pesar de su aplicación asidua, no llegaría
jamás.
Por eso continuaba admirando en su joven amigo la fiera independencia
del carácter, la increíble fuerza de que había dado muestras para salir
triunfante en la lucha por la existencia que para él había sido tan
ruda, la brusca franqueza de su palabra propia del hombre primitivo
nacido para el combate. Pero en cuanto al conocimiento de los problemas
de la ciencia positiva no tenía por qué admirarle. Don Pantaleón poseía
lo menos veinte centímetros más de circunvolución en los lóbulos
cerebrales, como ha de probarse en el curso de esta verídica historia.
Desde hacía algún tiempo venía consagrando toda la fuerza de estos
lóbulos a la resolución de un problema magno, el mismo que había
anunciado vagamente a su yerno como algo que el mundo debía de acoger
con asombro y aplauso. Este problema, hora es ya de revelarlo, no era
otro que _el origen del pensamiento_. El ingenioso Sánchez, a la hora
presente, sabía de un modo perfecto la geografía cerebral. Con ayuda de
su microscopio había escrutado las innumerables células nerviosas de
varios animales, siguiendo con ojo avizor la inmensa red de fibras que
de ellos parten. Luego había obtenido algunos cerebros humanos y había
hecho lo mismo. Conocía las piezas de la máquina. En aquella vasta
ciudad de células gustaba de pasear a menudo y seguir la intrincada red
de sus caminos y senderos. Pero ignoraba por completo el secreto del
mecanismo: recorría las calles, pero nada sabía de lo que pasaba dentro
de las casas. Su genio colosal ansiaba apoderarse del secreto. Algunos
sostenían que era imposible. El ingenioso Sánchez sonreía y meditaba.
Las noticias que los fisiólogos anteriores a él le suministraban eran
muy vagas. Uno sostenía que el pensamiento era una secreción semejante a
la bilis o a la orina. D. Pantaleón en sus experimentos no había hallado
señal de estas secreciones en la masa encefálica. Otro, que el
pensamiento se producía en el cerebro por un método análogo al de la
fabricación del pan. Era más verosímil. Sin embargo, pensaba que debía
de parecerse más a la fabricación de la cerveza a causa del sistema de
destilación, pues no le cabía duda de que las sensaciones para
trasformarse en ideas debían de pasar por un finísimo alambique. Mas a
pesar de cuantos esfuerzos llevó a cabo para descubrir con el
microscopio este cedazo, no lo había logrado hasta entonces.
La resolución de este gran problema le agitaba a todas las horas del día
y en muchas de la noche. Su labor era incesante, hasta el punto de no
dejarle pensar ni sentir apenas otra cosa. Sin embargo, en los actuales
momentos un suceso, al parecer insignificante, le preocupaba bastante,
le tenía más silencioso y meditabundo que de costumbre. Viniendo al
café aquella noche había tropezado en la calle con un hombre tendido
sobre la acera. Quiso levantarle. El hombre no podía tenerse en pie a
causa de su extrema debilidad: según dijo no había tomado alimento en
treinta y seis horas. Lleno de compasión le arrastró como pudo hasta un
_restaurant_ próximo; hizo que le sirviesen caldo y le pagó una buena
comida. Después le dejó casi todo el dinero, que llevaba en el bolsillo.
Pues bien, el célebre antropólogo estaba pesaroso, descontento de sí
mismo. Sabía muy bien que los llamados sentimientos de humanidad y
filantropía son, como el sentimiento religioso, peculiares de las
sociedades primitivas. Una sociedad civilizada no puede admitirlos
porque se oponen abiertamente a las leyes de la selección y de la lucha
por la existencia, que se cumplen en el organismo social como en los
inferiores. En esta lucha los débiles deben perecer: así es conveniente
para el progreso de la especie. Protegerlos, ayudarles a eludir las
leyes indeclinables de la Naturaleza es indigno de un hombre civilizado,
y mucho más de quien como él se dedicaba al estudio de la ciencia
positiva. El que deba vivir que viva; el que deba caer que caiga. De
aquí su remordimiento y tristeza. Y lo que más le avergonzaba era que,
viendo comer a aquel desgraciado con apetito voraz, había llorado de
ternura. Resabios de su educación primera, llena de juicios absurdos y
de imaginaciones infantiles.
Este hecho insignificante probará hasta qué punto aquel hombre insigne
había sacudido de su inteligencia el polvo de las preocupaciones y había
avanzado en el camino de la perfección positiva.
Una de las cosas que logró dar más luz a sus lóbulos cerebrales fue la
compra de un mono. Era el sueño de su vida. Por fin tropezó con ciertos
bohemios que se prestaron a venderle uno valetudinario y sarnoso. Se lo
hicieron pagar bastante caro, visto el afán que por él mostraba. Cuando
nuestro fisiólogo se encontró a solas en su laboratorio en presencia de
aquel ser, su precursor inmediato, sintió emoción indefinible. Un
respeto profundísimo se apoderó de su mente. Delante de sí tenía al
hombre, al hombre primitivo en toda su augusta sencillez y verdad, sin
absurdas ideas metafísicas, sin religión, sin moral, sin los tristes
idealismos que tuercen y adulteran el curso sagrado de la Naturaleza.
¡Ah, no! Aquel hombre no pretendía ridículamente oponerse, como
nosotros, a sus leyes inflexibles, a la ley de la lucha por la
existencia, o de la selección. Era el producto espontáneo de la
Naturaleza, resplandeciente como ella de majestad y de inocencia.
Acurrucado en un rincón, el hombre primitivo clavaba en el secundario
una mirada inquieta y temerosa. Pero viendo que éste no trataba de
hacerle daño, concluyó lógicamente por rascarse la barriga, ejecutando
después otra serie de maniobras candorosas que el gran antropólogo
seguía con mirada escrutadora y reflexiva. La ciencia estaba de
enhorabuena. En el cerebro del ingenioso Sánchez germinaban pensamientos
fecundos, admirables proyectos de experimentación. Desgraciadamente no
pudieron realizarse por una alteración funesta de los nervios de la
esposa del fisiólogo.
D.ª Carolina no tenía noticia de la compra del mono. D. Pantaleón, que
sabía cuán poca simpatía le inspiraban los adelantos de la ciencia,
había cuidado de ocultársela. Hallábase, por tanto, la buena señora
ajena enteramente a la presencia del hombre primitivo en su domicilio,
cuando aquél se encargó de hacérsela notar en la forma más inconveniente
que pudo verse jamás. Una noche, atravesando el corredor de la casa con
una bujía en la mano, sintió que dos brazos peludos la agarraban por el
cuello, y unas uñas infernales se le clavaban en el rostro. La infeliz
pensó que el mismo demonio venía a arrebatarla. Dio un grito horrísono y
se le cayó la palmatoria de la mano. Cuando la gente de casa acudió
yacía en el suelo privada de conocimiento. El mono se balanceaba en lo
alto de una percha, revelando en su fisonomía expresiva la sublime
indiferencia que caracteriza a los seres no adulterados aún por ideas
metafísicas.
Claro está que desde entonces no volvió a hablarse de él en la casa del
fisiólogo; es decir, sí se habló, y mucho, pero fue siempre para vejar
al ilustre antropólogo, quien por largo tiempo no pudo gozar de
tranquilidad a la hora de comer.
Por fortuna, un suceso próspero vino a borrar aquella impresión fatal.
Ya sabemos que la hija menor de Sánchez, desde que perdiera su belleza
en aras de la ciencia, apenas pisaba la calle. Al café del Siglo no
había vuelto jamás. El desengaño de Godofredo al tiempo mismo que le
había herido la desgracia, no poco contribuyó también a dejarla en el
profundo abatimiento en que vivía. Silenciosa y melancólica la que antes
era todo ruido y alegría, parecía una sombra vagando por la casa. A
veces se la oía gemir. Su madre sacudía entonces la cabeza, terrible,
amenazadora como una euménida; el ingenioso Sánchez bajaba la suya,
sometiéndose a aquel castigo, pero satisfecho en el fondo de sus lóbulos
cerebrales de haber sacrificado una hija en el altar de la ciencia, no
en el del fanatismo metafísico. Si en aquellas negras horas de
desesperación todos sus pensamientos eran para el ingrato Llot, sin que
un vago e insignificante recuerdo mereciese la pasión de Timoteo, no es
fácil averiguarlo. Lo que sí puede afirmarse es que el violín de aquel
desgraciado joven seguía exhalando quejas melancólicas por la noche lo
mismo que en los tiempos de esplendor de su adorada. Para él no existían
quemaduras ni costurones; todo era como antes tersura, nácar y
alabastro; sus notas se arrastraban siempre lánguidas, voluptuosas,
enamoradas.
En casa del fisiólogo nada se sospechaba del fondo sensual que
encerraban. Sánchez no podía reparar en tales futilezas. D.ª Carolina
iba poco por el café y estaba muy lejos de presumir que existiese en la
tierra tal desinteresado amor. Así que fue viva su sorpresa al recibir
un día la visita del artista en traje de ceremonia. La esposa del
antropólogo no estaba sola. Su hija Presentación bordaba a su lado cerca
del balcón. El artista avanzó con tan amable sonrisa que su boca se
dilataba de un modo imponente.
--Buenas noches, D.ª Carolina... ¡digo no! Buenos días, D.ª Carolina;
buenos días, Presentacioncita.
Inmediatamente el heroico joven quedó envuelto en una nube de lluvia
menudísima, de la cual por fortuna sólo algunas gotas vinieron a caer a
los pies de la buena señora. Después se creyó en el caso de refrenar el
vuelo de su fisonomía, dándole la gravedad apropiada al caso; pero tan
pronto como consiguió llevarlo a cabo, su boca volvió a dilatarse,
recobrando la posición anterior como un resorte que se suelta. Tornó a
cerrarla con esfuerzo y de nuevo volvió a soltarse, repitiendo la
operación algunas veces antes de pronunciar una palabra. Esto, unido a
cierto modo extraño y constante de sobarse las rodillas con la palma de
las manos como si estuviera dándoles fricciones de algún bálsamo
antirreumático, produjo en D.ª Carolina un movimiento de impaciencia que
procuró refrenar con su amabilidad característica. Al cabo rompió.
--Señora, aquí Presentacioncita sabe perfectamente...
Pero en el mismo instante la aludida se alzó bruscamente de la silla y
salió de la sala. El artista, detenido en los comienzos de su discurso,
la miró alejarse con sorpresa y dolor.
Presentación, desde que perdiera su belleza, se había vuelto suspicaz,
recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. Ésta fue la razón de su
brusca partida. Imaginó que Timoteo, desdeñado en otro tiempo, venía a
gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.
¡Cuán lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante sentía el
corazón de Timoteo era idéntico a lo que vibraba en el alma de su
violín, todo lánguido, todo voluptuoso.
--Señora, yo sé que soy un gusano indigno...
Este comienzo no le pareció mal a D.ª Carolina y procuró dárselo a
entender con una sonrisa benévola.
--Un gusano... eso es...
--Vamos, Timoteo, cálmese usted. Le veo un poco agitado.
--¡Cómo no he de estarlo, señora! ¡Cómo no he de estarlo si lo que me
pasa a mí!...--exclamó el joven apretando las rodillas con sus manos
crispadas.
--¿Pero qué le pasa, criatura?--preguntó la señora con una entonación
que decía bien claro que lo sabía.
--Ya sé que soy un indigno gusano...
--¡Dale! ¡Cálmese usted, Timoteo, cálmese!
--Yo venía con intención de hablar con usted, señora... pero ya no puedo
hablar... ¡no puedo hablar!--profirió con creciente agitación.
D.ª Carolina le contempló un instante con sonrisa maliciosa y dijo al
cabo:
--Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tenía que decirme a mí.
Timoteo la miró estupefacto.
--Señora--venía usted a decirme,--yo sigo tan enamorado de su hija
Presentación como el primer día. A pesar de su desgracia la quiero con
todo mi corazón, porque mi cariño no se cifraba en la hermosura del
cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jamás muere.
El violinista se puso horriblemente pálido. Alzose de la silla y comenzó
a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenesí. Todo su
amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su
mente desde hacía tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas,
incoherentes, que resonaron lúgubremente en la sala como la confesión
de un reo en capilla. Pero venían envueltas en una nube tan espesa de
rocío que D.ª Carolina se vio precisada a apartarse más de una vez y
refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.
Al fin se dejó caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.ª
Carolina también se sentó y le contempló largo rato con mirada
chispeante de malicia.
--¡Pícaro, qué bien me conoce usted!--exclamó dándole un pellizco.
Timoteo clavó en ella una mirada de besugo atónito.
--A usted no se le ha escapado el cariño con que siempre le he mirado.
Es una debilidad, una manía; nunca he podido remediarlo. Mis hijas me
tienen dicho un millón de veces: «¡Pero, mamá, no callas con Timoteo! ¿Y
qué le voy a hacer, hijas mías? El cariño no puede razonarse, y yo se lo
he tomado a ese muchacho. No digo a Presentación solamente: si diez
hijas tuviera y Timoteo me las pidiese, las diez le daría sin vacilar un
momento.»
Aquella prueba poligámica de simpatía conmovió de tal manera al
violinista que se alzó de nuevo agitando el sombrero; pero D.ª Carolina
logró hacer que se sentase tirándole de la levita.
Finalmente, el artista pidió con más humildad que ceremonia la mano de
Presentación, añadiendo que, si no lograba verse unido a ella, sus
medidas estaban ya tomadas, su resolución era irrevocable. Y no se
explicó más; pero bastaba y sobraba, atento el tono fúnebre con que
profirió tales palabras. Timoteo pensaba en divorciarse de la
existencia.
D.ª Carolina adoptó inmediatamente un continente grave, protector, de
una importancia tal que el violinista comprendió que su vida estaba en
manos de aquella señora. Largo rato estuvo pensativa. Luego manifestó
que por ella todo quedaría arreglado en seguida. ¡Ah, por ella no había
dificultad alguna! Desgraciadamente era necesario consultar otras
voluntades: primero la de Presentación...
La esposa del fisiólogo se levantó del asiento, tomó de la mano
gravemente al artista y le llevó consigo fuera de la sala. Timoteo se
dejó arrastrar presa de una emoción que le privaba por completo del uso
de sus facultades mentales y a medias del juego de las rodillas.
Llegaron al pasillo, y allá a lo lejos columbraron la silueta de
Presentación. Mas apenas los divisó ésta, corrió a refugiarse en su
cuarto, que cerró con un violento portazo.
D.ª Carolina dirigió una sonrisa dulce al violinista, en cuyos ojos se
pintaba el espanto.
--Presentación, abre--dijo aquélla llamando con los nudillos a la
puerta.--Timoteo necesita hablar contigo dos palabras.
--Nada tiene que hablar Timoteo conmigo--respondieron de adentro.
D.ª Carolina volvió de nuevo su fisonomía condescendiente hacia Timoteo,
dibujándose en ella otra dulce sonrisa.
--Sí, hija mía, sí. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.
--Ni seria ni risueña: no quiero oír nada--repuso Presentación.--Que se
vaya.
D.ª Carolina sonrió nuevamente y apretó la mano del violinista. Éste se
hallaba consternado.
--Vamos, no seas terca. Abre, hija.
--¡Que se vaya! ¡que se vaya!--repitió la joven con más fuerza.
--Háblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio--dijo la
esposa del fisiólogo empujando a Timoteo.
Éste bajó la cabeza y aplicó su boca húmeda a la cerradura.
--¡Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...
--¡Váyase usted! No quiero oírle.
--Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho
tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el
destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente será mi
bandera, bajo la cual pelearé hasta derramar la última gota de mi
sangre...
La voz del violinista, al pasar por el agujero de la llave, producía un
zumbido oscuro, lamentable, en el cual apenas podían percibirse las
palabras. Presentación no respondía. Sin embargo, la imagen expresiva
de la bandera y de la gota de sangre debieron de enternecer un poco su
corazón. Al cabo de un rato repitió por máquina y con menos fuerza:
--Que se vaya... que se vaya.
--Presentacioncita--aulló de nuevo Timoteo,--¡quisiera morir por usted!
Quisiera morir cuando el sol traspone los montes lejanos del horizonte,
cuando muere la luz entre celajes de ópalo y grana. Quisiera morir, y
sería feliz si supiese que en mi tumba solitaria vendría usted a
depositar algunas margaritas silvestres...
Timoteo repetía los conceptos poéticos que más habían herido su
imaginación en la letra de los nocturnos y _canzonetas_ que tocaba.
Presentación guardó silencio. Al cabo de un rato aquél volvió a zumbar,
incurriendo en flagrante contradicción.
--¡Presentacioncita, por Dios, no me deje usted morir así!
Después de una larga pausa se oyó la voz de la niña que profería estas
notabilísimas palabras:
--Mamá, haz lo que quieras.
Inmediatamente Timoteo se sintió en los brazos de su futura suegra.
Pálido, trémulo, aniquilado de emoción, se dejó arrastrar de nuevo por
aquélla a la sala.
¿Qué pasó allí? Apenas es necesario manifestarlo. D.ª Carolina dio
rienda suelta a su corazón magnánimo. Se mostró ante los ojos húmedos de
Timoteo, no con la apariencia desagradable que hasta entonces se había
visto precisada a adoptar, sino como lo que era en realidad, un tesoro
de indulgencia y generosidad. Media hora de conversación íntima bastó
para que Timoteo se viese tratado con la confianza y cariño de un hijo
mimado. No sólo aquella bondadosa señora dio su pleno consentimiento
para la boda, sino que ofreció su apoyo para vencer la única grave
dificultad que para ella se presentaba, la voluntad de su marido. D.
Pantaleón, el terrible D. Pantaleón, seguía pesando como una losa sobre
los deseos y aspiraciones de la familia. Aún más: D.ª Carolina llegó a
consentir que la llamase mamá cuando estuviesen solos, y le prometió
tutearle en el mismo caso. ¡Pero cuidado con que llegase a noticia de su
marido! No satisfecho su tierno corazón con esto, al despedirse, cerca
de la escalera, de su futuro hijo político le dio un beso maternal en la
frente. De tal modo que Timoteo bajó los peldaños tambaleándose de gozo,
no sin besar antes las manos de aquella adorable señora, derramando
sobre ellas un raudal de lágrimas y saliva.
Los dioses no se fatigan jamás cuando quieren hacer a un mortal feliz o
desgraciado. Aún le tenían reservado a nuestro artista un nuevo triunfo
que saboreó al llegar a su casa. En ella le aguardaba el padre
Laguardia, más huesudo y más inquieto que jamás lo había sido. Timoteo
no le conocía más que de vista. Después de saludarle rápidamente, el
presbítero le preguntó con agitación:
--Venía a que usted me dijese, si es que lo sabe, dónde vive actualmente
su amigo Llot.
--¿Mi amigo Llot?
--O su enemigo. Es igual. Dónde vive es lo que me importa averiguar.
--Pues no lo sé, ni lo he sabido nunca.
--¡Nadie! ¡nadie!--exclamó el clérigo terciando el manteo y comenzando a
dar vueltas por la habitación como un loco.--¡Nadie sabe dónde se
esconde ese pillo!... Porque es un pillo, ¿sabe usted?--añadió
encarándose con Timoteo ferozmente como si no esperase más que éste le
contradijese para arrojarse sobre él.--¡Un granuja! ¡un miserable! ¡un
estafador! ¡En cuanto le tropiece le piso la cara!
--¡No puede ser!--dijo Timoteo inundado de gozo.
--¿Que no puede ser?--chilló el cura abalanzándose a él y sujetándole
por la solapa de la levita.--¿Cree usted que yo no soy capaz de pisarle
la cara?
--No es eso. Lo que yo quería decir es que me extrañaba que un muchacho
tan inocente, que parecía una palomita sin hiel...
--¡Una palomita!--exclamó D. Jeremías sonriendo sarcásticamente.--¡Una
palomita!... ¡Un raposo!--profirió con grito horrísono.--Un raposo a
quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.
Y comenzó de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo
tremendas imprecaciones.
Al fin se dejó caer en una silla y se puso a contar lo que le pasaba.
Godofredo le había ido sacando poco a poco y con diferentes pretextos
algunas cantidades, las cuáles sumaban a la hora presente seiscientas y
pico de pesetas, desapareciendo de la noche a la mañana. No era eso lo
peor. Lo verdaderamente infame es que se había valido de su nombre para
estafar una porción de dinero a algunos amigos: al cura de San Ginés
sesenta duros, al capellán de las Adoratrices cuarenta y cinco, al
excusador de San Millán diez y seis, etc., etc. Iba pidiendo estas
cantidades como si fuesen para D. Jeremías. Cuando presumía que no
bastaba la palabra, presentaba una carta falsificando la firma...
Además, había encargado un sin fin de misas por el alma de su madre, y
de toda su parentela, sin que jamás hubiese dado un cuarto a los
sacerdotes que las dijeron. Resultaba, en fin, debiendo y estafando a
todas las personas con quienes le había puesto en relación...
D. Jeremías no podía estarse quieto mientras relataba tales infamias. Se
sentaba, se alzaba, paseaba, manoteaba, chillando al mismo tiempo como
un energúmeno.
Timoteo sentía correr por sus venas un estremecimiento dulcísimo. A la
agitación y cólera que reflejaba el rostro del presbítero oponía su
semblante una placidez verdaderamente paradisíaca.
Y más se acentuó esta expresión de beatitud celeste cuando vio salir a
D. Jeremías como un huracán, sin decirle adiós siquiera, gritando al
trasponer la puerta:
--En cuanto le tropiece, no hay más, ¡le piso la cara!