La desagregación del protoplasma por la mineralización creciente no se
manifiesta en los unicelulares. Dado un ambiente propicio, un
protozaorio no muere nunca, puesto que alcanzada la dimensión normal
en la especie, el individuo se parte en dos y del ser único derivan
dos individuos nuevos, continuando en cada uno de ellos los procesos
de asimilación y desasimilación que determinan el crecimiento y la
división consecutiva, completándose así el ciclo evolutivo.
A medida que la estructura orgánica se complica, disminuye la
resistencia normal del individuo en su medio, en razón de la mayor
conexión y subordinación de unas funciones con otras en el organismo.
En los protozoarios la división experimental del núcleo no impide la
regeneración de cada parte.
En los metazoarios inferiores, cada fracción regenera las que faltan.
(Hidras).
Algunos escalones más arriba, la división experimental del individuo
por su eje de simetría, ya no permite la reconstitución de cada mitad.
(Asteroideos).
En los grados más avanzados de complejidad estructural, de los
artrópodos a los cordados, la capacidad regenerativa del protoplasma
tórnase de más en más problemática.
En los anfibios, la vitalidad de los principales órganos (por ejemplo,
del corazón), separados del cuerpo, es mayor que la de los mamíferos.
Un protozario partido en dos, por su núcleo, continúa viviendo; un
mamífero lesionado solamente hasta su red arterial, tiene muchas
probabilidades de morir.
Cuanto más avanza la diferenciación progresiva de las formas, más
acrece la posibilidad de la muerte.
Viniendo a un punto de vista más general; no existe solución de
continuidad en la materia viva, desde la mónera que aparece en el limo
del océano pre-geológico, hasta las especies que pueblan en la
actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares
de todas las especies, en cada época.
Ahora bien. Pensando en la muerte con datos así, objetivos, sin
recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginación, se
ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos
egoísta.
Pongamos nuestra fe en la ciencia.
Ella nos dice que durante algunos siglos todavía estaremos condenados
a morir; pero somos inmortales como partículas orgánicas de la
especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de
continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las
que las precedieron, irán acumulando el aprendizaje de la experiencia,
para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita,
individual y específica del hombre.
Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la
inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor
instrumento, el hombre, le ha hecho quizá el más endeble y el más
delicado de los seres.
No en vano la eternidad es la obsesión de todos los tiempos. El hombre
tiende al azul desde que aprendió a pensar. Interroga siempre al gran
enigma infinito suspendido sobre su cabeza.
Obstinado, aborda su problema.
Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta;
ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flúido intangible;
junto a las máquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas;
sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los
mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo
desconocido, con un apetito insaciable de más allá, que es ansia de lo
eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien.
¿Perecerá la civilización sin que algún ser humano haya transpuesto
los límites de la atmósfera?
¿Será inacabable el misterio?
La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo
grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, ¿no
pesará nada en la balanza del devenir?
¿Todo eso no será más que combinaciones peregrinas del azar, efímero
aleteo, ensueño quimérico de algo perdurable, de algo absoluto?
¿Llegará día en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra?
La naturaleza parece responder: "Hombre, ¿vale más tu inteligencia
complicada, sutil, poderosa, rápida, vale más que una hormiga o una
flor? Eres una onda del río que va desde lo que no tiene principio
hacia lo que no tiene fin. Envanécete. Sin embargo, para mí que soy la
energía ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fácil
ni difícil, mejor ni peor; pues a mí no me cuesta trabajo el cerebro
de Newton que el vuelo de los astros".
Y yo he soñado con una humanidad más perfecta, más buena y más sabia,
remontándose por medios mecánicos a los espacios estelares.
La ciencia vencerá a la muerte.
Siendo infinita la duración de la vida, no habrá porqué desdeñar un
viaje de siglos por el universo.
Magnífico espectáculo el del hombre atravesando los espacios
interplanetarios en expresos más veloces que la luz.
La conquista del infinito será precedida de una agitación jubilosa
como la que anuncia el vuelo de las colmenas.
Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre
remontará su vuelo por aquel jardín que tiene por flores las
estrellas.