Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a
la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas
tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión
pública que desempeñó.
El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.
Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor
de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el
conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la
fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo
de Loyola.
Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la
medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un
santo.
Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza
prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.
Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta
estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más
que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el
amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó,
así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.
Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal
cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.
La acción acaso sea incompatible son la santidad.
La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones
al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y
los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a
Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo
apóstol es exclusivista...
Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables
condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de
equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo
ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano;
buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia
mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta,
es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.
Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores
morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable,
cuanto menos posible en la moderna sociedad.
No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su
causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y
mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad
humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la
conducta.