PRÓLOGO

Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces

por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad

de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y

de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas

características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus

techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y

sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de

los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida

argentina de hace un siglo.

Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que

fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las

costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas

cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un

indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público

heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde

silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con

asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al

son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el

músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases

sociales que atestaban el rancho.

Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero

un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas

y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas

levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en

Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más

completa y bella imagen del pasado argentino.

En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué

mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a

esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba

de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos

conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y

original.

Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces

llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este

volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con

entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a

su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca

salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a

Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la

tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su

talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo.

Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente

por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje,

original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de

las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas,

sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y

ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la

vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto

desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones;

retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y

haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del

arrabal, de la montaña y de la selva.

Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo

y aptitud para describir.

El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y

en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de

ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las

características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar

corregir el mundo.

Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los

hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas.

Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que

la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes

noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así

Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en

España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz,

en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser

caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son

ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.

La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en

las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de

taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí

un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco

y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón

de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con

calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo

izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con

el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la

redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la

siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".

Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del

Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de

villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras

describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos

pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La

decadencia de los opas_, título del más fino humorismo y que

constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de

gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros

capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en _El baile de

villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de

ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía,

mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos

muchachos...".

Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su

libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que

pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose

dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto

movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento;

y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página

penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para

revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor.

Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas

al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y

de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde

recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el

Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura

colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes

portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas

desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas

calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un

candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba

lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas

donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los

anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas".

Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una

sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos,

macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la

misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación

política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la

vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su

desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo

de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos

hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda

emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que

desciende de la montaña haciendo sonar el erque.

Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como

escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una

belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus

escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos

revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra

argentina.

He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de

ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos

desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor

pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos

impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer

ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles

humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus

terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el

efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece

que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos

espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo,

para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes

pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte,

sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las

características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor

sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque

tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud

espiritual.

Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento

poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad.

Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido,

sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me

permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco

íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos

emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de

cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se

leía.

Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos

realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de

sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los

gauchos, de los indios y de los perros.

Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus

defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él

color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros

instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto,

muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas

y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se

torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido,

brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una

penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un

pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los

juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y

anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el

raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen

en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas

y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay

blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde

los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por

los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al

eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los

precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la

par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de

algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal

del torrente".

Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre

viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole.

Dávalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno

del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la

literatura francesa contemporánea.

Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien

acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcaísmo. La prosa de

Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado

castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los

libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla

un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez

algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de

mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.

Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su

talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la

presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista.

Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.

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