IV

El segundo domingo de Julio era para el Palmar el día más importante

del año.

Se sorteaban los _redolíns_, los puestos de pesca de la Albufera

y sus canales entre los vecinos del Palmar, ceremonia solemne y

tradicional presidida por un delegado de la Hacienda, misteriosa

señora que nadie había visto, pero de la que se hablaba con respeto

supersticioso, como dueña que era del lago y la interminable pinada

de la Dehesa.

Á las siete el esquilón de la iglesia había hecho correr á misa

á todo el pueblo. Solemnes resultaban las fiestas al Niño Jesús,

después de Navidad; pero no pasaban de ser pura diversión, mientras

que en la ceremonia del sorteo se jugaba al azar el pan del año y

hasta el riesgo de enriquecerse si la pesca era buena.

Por eso la misa de este domingo era la que se oía con más devoción.

Las mujeres no tenían que ir en busca de sus maridos, llevándolos

á empujones á que cumpliesen el precepto religioso. Todos los

pescadores estaban en la iglesia con gesto de recogimiento, pensando

en el lago más que en la misa, y con la imaginación veían la Albufera

y sus canales, escogiendo los puestos mejores por si la suerte los

agraciaba con los primeros números.

La iglesia, pequeña, con las paredes pintadas de cal y las altas

ventanas con cortinas verdes, no podía contener á todos los fieles.

La puerta estaba de par en par, y el público se esparcía por la

plaza con la cabeza descubierta bajo el sol de Julio. En el altar

mostraba su carita sonriente y su falda hueca el Niño Jesús, patrón

del pueblo; una imagen que no levantaba más de un palmo, pero á pesar

de su pequeñez, sabía llenar de anguilas, en las noches tempestuosas,

las barcas de los que conseguían los mejores puestos, con otros

milagros no menos asombrosos que relataban las mujeres del Palmar.

En las paredes se destacaban sobre el fondo blanco algunos cuadros

procedentes de antiguos conventos: tablas enormes con falanges de

condenados todos rojos, como si acabasen de ser cocidos, y ángeles de

plumaje de cotorras arreándolos con flamígeras espadas.

Sobre la pila de agua bendita, un cartelón con caracteres góticos

rezaba así:

Si por la ley del amor

no es lícito delinquir,

no se permite escupir

en la casa del Señor.

No había en el Palmar quien no admirase estos versos, obra, según

el tío _Paloma_, de cierto vicario, allá en los tiempos en que

el barquero era mozo. Todos se habían ejercitado en la lectura,

deletreándolos durante las innumerables misas de su existencia de

buenos cristianos. Pero si se admiraba la poesía, no se aceptaba el

consejo, y los pescadores, sin respeto alguno á «la ley del amor»,

tosían y escupían con su crónica ronquera de anfibios, deslizándose

la ceremonia religiosa en un continuo carraspeo que ensuciaba el piso

y hacía volver al oficiante su colérica mirada.

Nunca había tenido el Palmar vicario como el _pare Miquèl_. Decíase

que lo habían enviado allí de castigo, pero él parecía tomar su

desgracia muy á gusto. Cazador infatigable, apenas terminaba su misa

se calzaba las alpargatas de esparto, encasquetábase la gorra de

piel, y seguido por su perro, metíase Dehesa adentro ó hacía correr

su barquito por entre los espesos carrizales para tirar á las pollas

de agua. Había que ayudarse un poco en su miserable posición, según

él decía. El sueldo era de cinco reales diarios y estaba condenado á

morir de hambre como sus antecesores, á no ser por la escopeta, que

toleraban los guardas de la selva, y surtía de carne su mesa todos

los días. Las mujeres admiraban su energía de varón fuerte, viendo

cómo las dirigía casi á puñetazos. Los hombres no celebraban menos la

llaneza con que trataba las funciones de su ministerio. Era un cura

de escopeta. Cuando el alcalde tenía que pasar la noche en Valencia,

dejaba su autoridad en manos de don Miguel, y éste, satisfecho de la

transformación, llamaba al cabo de los carabineros de mar.

--Usted y yo somos las únicas autoridades del pueblo. Velemos por él.

Y salían de ronda toda la noche, con la carabina pendiente del

hombro, entrando en las tabernas para enviar las gentes á dormir,

deteniéndose en el presbiterio varias veces para beber una copa de

caña, hasta que apuntaba el día, y don Miguel, dejando el arma y su

traje de contrabandista, se entraba en la iglesia para decir la misa

á los pescadores.

Los domingos, mientras realizaba el sagrado acto, miraba con el

rabillo del ojo á los fieles, fijándose en los que escupían con

insistencia, en las comadres que charlaban murmurando de la vecina,

en los chicuelos que se empujaban cerca de la puerta; y al volverse,

irguiendo su arrogante cuerpo para bendecir á todos, miraba con

tales ojos á los culpables, que éstos se estremecían adivinando las

próximas amenazas del _pare Miquèl_. Él era quien había expulsado á

patadas al ebrio _Sangonera_, al pillarle por tercera ó cuarta vez

empuñando la botella de vino de la sacristía. En su casa sólo el cura

podía beber. El genio violento le acompañaba en todas sus funciones

sagradas, y muchas veces, en plena misa, al notar que el sucesor de

_Sangonera_ equivocaba las respuestas ó andaba tardo en trasladar el

Evangelio de un lado á otro, le largaba una coz por debajo de las

randas del alba, chasqueando la lengua como si llamase á su perro.

Su moral era sencilla: residía en el estómago. Cuando los penitentes

excusaban sus faltas en el confesonario, la penitencia era siempre

la misma. ¡Lo que debían hacer era comer más! Por eso el demonio

los agarraba al verlos tan flacos y amarillentos. Lo que él

decía: «Buenos bocados y menos pecados.» Y si alguien contestaba,

alegando su miseria, indignábase el cura, soltando un taco redondo.

_¡Recordóns!_ ¿Pobres y vivían en la Albufera, el mejor rincón del

mundo? Allí estaba él con sus cincos reales, y lo pasaba mejor

que un patriarca. Le habían enviado al Palmar creyendo hacerle la

santísima, y sólo cambiaba su puesto por una canongía en Valencia.

¿Para qué había criado Dios las becadas de la Dehesa, que volaban

en enjambre como las moscas, los conejos, tan numerosos como las

hierbas, y todos aquellos pájaros del lago, que no había más que

remover los cañares para que saltasen á docenas? ¿Es que esperaban

que la carne cayese ya desplumada y con sal en sus calderos?... Lo

que debían tener era más afición al trabajo y temor á Dios. No todo

había de ser pescar anguilas, pasando las horas sentados en una

barca, como mujeres, y comer carne blancuzca que olía á barro. Así

estaban de enmohecidos y pecadores, que daban asco. El hombre que es

hombre, ¡cordones! debía ganarse como él la comida... ¡á tiros!...

Después de Pascua Florida, cuando todo el Palmar vaciaba su saco de

pecados en el confesonario, menudeaban los escopetazos en la Dehesa

y en el lago, y los guardas iban locos de un lado á otro, sin poder

adivinar á qué obedecía este furor repentino por la caza.

Terminó la misa, y la muchedumbre se esparció por la plazoleta.

Las mujeres no volvían á sus barracas para preparar el caldero de

mediodía. Se quedaban con los hombres, frente á la escuela, donde

se verificaba el sorteo, el mejor edificio del Palmar, el único con

dos pisos, una casita que tenía abajo el departamento de los niños

y arriba el de las niñas. En el piso superior se verificaba la

ceremonia, y al través de las ventanas abiertas se veía al alguacil,

ayudado por _Sangonera_, arreglar la mesa con el sillón presidencial

para el señor que vendría de Valencia y los bancos de las dos

escuelas para los pescadores miembros de la Comunidad.

Los más viejos del pueblo se agrupaban junto al olivo retorcido y

de escasas hojas, único adorno de la plaza. Este árbol raquítico

y antiguo, arrancado de las montañas para languidecer en un suelo

de barro, era el punto de reunión del pueblo, el sitio donde se

desarrollaban todos los actos de su vida civil. Bajo sus ramas

se hacían los tratos de la pesca, se cambiaban las barcas y se

vendían las anguilas á los revendedores de la ciudad. Cuando alguien

encontraba en aguas de la Albufera un _mornell_ abandonado, una

percha flotando ó cualquier otro útil de pesca, lo dejaba al pie del

olivo y la gente desfilaba ante él, hasta que el dueño lo reconocía

por la marca especial que cada pescador ponía á sus útiles.

Todos hablaban del próximo sorteo con la emoción temblorosa del que

confía su porvenir al azar. Antes de una hora iba á decidirse para

cada uno la miseria de un año ó la abundancia. En los corrillos se

hablaba de los seis primeros puestos, de los seis _redolíns_ mejores,

los únicos que podían hacer rico á un pescador, y que correspondían

á los seis primeros nombres que salían de la bolsa. Eran los puestos

de la _Sequiòta_, ó los inmediatos á ella, el camino que seguían

las anguilas en las noches tempestuosas, huyendo hacia el mar,

para encontrarse con las redes de los _redolíns_, donde quedaban

prisioneras.

Se recordaba con misterio á ciertos afortunados pescadores, dueños

de un puesto en la _Sequiòta_, que en una noche de tempestad,

cuando alborotada la Albufera se rizaba en ondas que dejaban al

descubierto el barro del fondo, habían cogido seiscientas arrobas

de pesca. ¡Seiscientas arrobas, á dos duros!... Brillaban los

ojos con el fuego de la codicia, pero todos se hablaban al oído,

repitiendo misteriosamente las cifras de la pesca, temiendo que les

oyese alguien que no fuera del Palmar, pues desde pequeño cada cual

aprendía con extraña solidaridad la conveniencia de decir que se

pescaba poco, para que la Hacienda (aquella señora desconocida y

voraz) no les afligiera con nuevos impuestos.

El tío _Paloma_ hablaba de los tiempos pasados, cuando la gente no

se multiplicaba como los conejos de la Dehesa, y sólo entraban en el

sorteo unos sesenta pescadores, únicos que constituían la Comunidad.

¿Cuántos eran ahora? En el sorteo del año anterior habían figurado

más de ciento cincuenta. Si continuaba creciendo la población, serían

más los pescadores que las anguilas y perdería el Palmar las ventajas

de su privilegio de los _redolíns_, que le daba cierta superioridad

sobre los otros pescadores del lago.

El recuerdo de estos _otros_, de los pescadores de Catarroja, que

compartían con los del Palmar el disfrute de la Albufera, ponía

nervioso al tío _Paloma_. Los odiaba tanto como á los agricultores

que roían el agua creando nuevos campos. Según decía el barquero,

aquellos pescadores que vivían lejos del lago, en las afueras de

Catarroja, mezclados con los labradores y trabajando la tierra cuando

se pagaban bien los jornales, no eran más que pescadores de ocasión,

gentes que venían al agua empujadas por el hambre, á falta de cosas

más productivas en que ocuparse.

El tío _Paloma_ tenía clavado en el alma el orgullo de estos

enemigos, que se consideraban los primeros pobladores de la Albufera.

Según ellos, eran los de Catarroja los pescadores más antiguos,

aquellos á quienes el glorioso rey don Jaime, después de conquistar

Valencia, dió el primer privilegio para que explotasen el lago, con

el gravamen de entregar la quinta parte de la pesca á la corona.

--¿Qué eran entonces los del Palmar?--preguntaba irónicamente el

viejo barquero. Y se indignaba recordando la respuesta que daban los

de Catarroja. El Palmar llevaba este nombre porque era remotamente

una isleta cubierta de palmitos. En otros siglos bajaba gente de

Torrente y otros pueblos que se dedicaban al comercio de escobas;

se establecían en la isla, y después de hacer provisión de palmitos

para todo el año, levantaban el vuelo. Poco á poco fueron quedándose

algunas familias. Los escoberos se convirtieron en pescadores, viendo

que esto daba mayores ganancias, y más listos y avezados por su vida

errante á los progresos del mundo, inventaron lo de los _redolíns_,

consiguiendo para éste un privilegio de los reyes y perjudicando

á los de Catarroja, gente sencilla que nunca había salido de la

Albufera...

Había que ver la indignación del tío _Paloma_ al repetir las

opiniones de los enemigos. ¡Los del Palmar, los mejores pescadores

del lago, descendientes de unos escoberos y viniendo de Torrente y

otros lugares, donde jamás se había criado una anguila!... ¡Cristo!

Por menores motivos se mataban los hombres en cualquier ribazo con la

_fitora_. Él estaba bien enterado, y le constaba que todo era mentira.

Siendo joven lo nombraron una vez Jurado de la Comunidad, y se

llevó á su casa el tesoro del pueblo, el archivo de los pescadores:

un cajón repleto de librotes, ordenanzas, privilegios de reyes y

cuadernos de cuentas, que pasaba de un Jurado á otro á cada nuevo

nombramiento, y llevaba siglos rodando de barraca en barraca, siempre

guardado bajo los colchones, como si pudiesen robarlo los enemigos

del Palmar. El viejo barquero no sabía leer. En su época no se

pensaba en estas cosas y se comía mejor. Pero cierto vicario amigo

suyo le había descifrado por las noches el contenido de las patas de

mosca que llenaban las páginas amarillentas, y él lo retenía en su

memoria con gran facilidad. Primero el privilegio del glorioso San

Jaime, el que mataba moros, pues el barquero, en su respeto por el

rey conquistador, que regaló el lago á los pescadores, creía poca

cosa la realeza y le quería santo. Después venían las concesiones

de Don Pedro, Doña Violante, Don Martín, Don Fernando, todos reyes

y unos benditos siervos de Dios, que se acordaban de los pobres; y

quién el derecho á cortar troncos de la Dehesa para calar las redes,

quién el privilegio de aprovecharse de las cortezas del pino para

teñir el hilo de las mallas, todos regalaban algo á los pescadores.

Aquellos eran otros tiempos. Los reyes, excelentes personas, con la

mano siempre abierta para los pobres, se contentaban con el quinto de

la pesca: no como ahora, que la Hacienda y demás invenciones de los

hombres se llevan cada tres meses media arroba de plata por dejarles

vivir en un lago que era de sus abuelos. Y cuando alguien le decía

que el quinto representaba mucho más que la famosa media arroba de

plata, el tío _Paloma_ rascábase con indecisión la cabeza por debajo

del gorro. Bueno: aceptaba que fuese más; pero no se pagaba en dinero

y se sentía menos.

Tras esto volvía á su manía contra los demás habitantes del lago. Era

verdad que al principio no existían otros pescadores en la Albufera

que los que vivían á la sombra del campanario de Catarroja. En

aquellos tiempos no se podía hacer vida cerca del mar. Los piratas

berberiscos amanecían á lo mejor en la playa, arramblando con todo,

y la gente honrada y trabajadora tenía que guarecerse en los pueblos

para que no le adornasen el cuello con una cadena. Pero poco á poco,

en tiempos más seguros, los verdaderos pescadores, los puros, los que

huían del trabajo de las tierras como de una abdicación deshonrosa,

se habían trasladado al Palmar, evitándose así todos los días un

viaje de dos horas antes de tender las redes. Amaban al lago y por

eso se quedaron en él. ¡Nada de escoberos! Los del Palmar eran tan

antiguos como los otros. Á su abuelo le había oído muchas veces que

la familia procedía de Catarroja, y aún debían quedarle por allá

parientes, de los que nada quería saber.

La prueba de que eran los más antiguos y los más hábiles pescadores

estaba en la invención de los _redolíns_: una maravilla que los

de Catarroja nunca habían podido discurrir. Aquellos desdichados

pescaban con redes y anzuelos; los más de los días tenían que

hacerse una cruz en el estómago, y por bueno que se presentase

el tiempo no salían de pobres. Los del Palmar, con su sabiduría,

habían estudiado las costumbres de las anguilas. Viendo que durante

la noche se aproximan hacia el mar, y en la obscuridad tempestuosa

juegan como locas, abandonando el lago para meterse en los canales,

habían encontrado más cómodo cerrar las acequias con barreras de

redes sumergidas, colocar junto á ellas las bolsas de malla de los

_mornells_ y _monòts_, y la pesca por sí sola iba á colarse en el

engaño, sin más trabajo para el pescador que vaciar el seno de sus

artefactos y volver á sumergirlos.

¡Y qué admirable organización la de la Comunidad del Palmar! El tío

_Paloma_ se entusiasmaba hablando de esta obra de los antiguos. El

lago era de los pescadores. Todo de todos; no como en tierra firme,

donde los hombres han inventado esas porquerías del reparto de la

tierra, y la ponen límites y tapias, y dicen con orgullo «esto es

tuyo y esto es mío», como si todo no fuese de Dios y como si al morir

se pudieran poseer otros terrones que los que llenan la boca para

siempre.

La Albufera para todos los hijos del Palmar, sin distinción de

clases; lo mismo para los vagos que se pasaban el día en casa de

_Cañamèl_, que para el alcalde, que enviaba anguilas lejos, muy

lejos, y era casi tan rico como el tabernero. Pero como al dividir

el lago entre todos, unos puestos eran mejores que otros, se había

establecido el sorteo anual, y los buenos bocados pasaban de mano

en mano. El que hoy era un miserable, mañana podía ser rico: esto

lo ordenaba Dios, valiéndose de la suerte. El que había de ser

pobre, pobre quedaba, pero con una ventana abierta para que entrase

la Fortuna si sentía el capricho. Allí estaba él, que era el más

viejo del Palmar, y pensaba cumplir el siglo si el demonio no se

metía de por medio. Había entrado en más de ochenta sorteos: una vez

sacó el quinto puesto, otra el cuarto; nunca había conseguido el

primero, pero no se quejaba, pues había vivido sin sufrir hambre ni

calentarse la cabeza para desnudar á su vecino, como la gente que

llegaba de tierra adentro. Además, al finalizar el invierno, cuando

en los _redolíns_ terminaban las grandes pescas, el Jurado ordenaba

una _arrastrá_, en la que tomaban parte todos los pescadores de

la Comunidad, juntando sus redes, sus barcas y sus brazos. Y esta

empresa en común de todo un pueblo barría el fondo del lago con su

gigantesco tejido de redes, y el producto de la enorme pesca se

repartía entre todos por partes iguales. Así deben vivir los hombres,

como hermanos, para no convertirse en fieras. Y el tío _Paloma_

terminaba diciendo que por algo el Señor, cuando vino al mundo,

predicaba en lagos que eran, poco más ó menos, como la Albufera, y no

se rodeaba de cultivadores de campos, sino de pescadores de tencas y

anguilas.

La muchedumbre era cada vez mayor en la plaza. El alcalde, con sus

adjuntos y el alguacil, estaba en el canal aguardando la barca que

traía de Valencia al representante de la Hacienda. Llegaban los

personajes de la contornada para consagrar con su presencia el

sorteo. La gente abría paso al teniente de carabineros, que venía de

su soledad de Torre Nueva, entre la Dehesa y el mar, al galope del

caballo, manchado del barro de las acequias. Presentábase el Jurado

seguido de un mocetón que llevaba á cuestas la caja del archivo de la

Comunidad, y el _pare Miquèl_, el belicoso vicario, con el balandrán

al hombro y el gorrito ladeado, iba de grupo en grupo asegurando que

la suerte volvería la espalda á los pescadores.

_Cañamèl_, que no era hijo del pueblo y carecía de derecho para

participar del sorteo, mostrábase tan interesado como los pescadores.

Nunca faltaba á aquella ceremonia. Encontraba allí su negocio para

todo el año, que le compensaba de la decadencia del contrabando. Casi

siempre, el que conseguía el primer puesto era un pobre, sin otros

bienes que un barquito y algunas redes. Para explotar la _Sequiòta_

necesitaba grandes artefactos, varias embarcaciones, marineros á

sueldo; y cuando el infeliz, anonadado por su buena suerte, no sabía

cómo empezar, se le aproximaba _Cañamèl_ como un ángel bueno. Él

tenía lo preciso; ofrecía sus barcas, las mil pesetas de hilo nuevo

que se necesitaban para las grandes barreras que debían cerrar el

canal y el dinero necesario para adelantar jornales. Todo como ayuda

á un amigo, por el afecto que el agraciado le inspiraba; pero como

la amistad es una cosa y el negocio otra, se contentaría á cambio

de sus auxilios con la mitad de la pesca. De este modo los sorteos

eran casi siempre en beneficio de _Cañamèl_, que aguardaba con

ansiedad el resultado, haciendo votos por que los primeros puestos no

correspondiesen á los vecinos del Palmar que tenían alguna fortuna.

Neleta también había acudido á la plaza atraída por aquel acto,

que era una de las mejores fiestas del pueblo. Iba endomingada,

parecía una señorita de Valencia, y la _Samaruca_, su feroz enemiga,

se burlaba en un corro hostil de su moño alto, del traje de color

de rosa, del cinturón con hebilla de plata y de su olor de _mujer

mala_, que escandalizaba á todo el Palmar, haciendo perder la calma á

los hombres. La graciosa rubia, desde que era rica, se perfumaba de

un modo violento, como si quisiera aislarse del hedor de fango que

envolvía al lago. Se lavaba poco la cara, como todas las mujeres de

la isla: su piel no era muy limpia, pero jamás faltaba sobre ella una

capa de polvos, y á cada paso sus ropas despedían un rabioso perfume

de almizcle, que hacía dilatar el olfato con placentera beatitud á

los parroquianos de la taberna.

En la muchedumbre se marcó una gran ondulación. ¡Ya estaba allí!...

¡la ceremonia iba á comenzar! Y pasaron ante el gentío el alcalde

con su bastón de borlas negras, todos sus adláteres y el enviado

de la Hacienda, un pobre empleado al que miraban los pescadores

con admiración (imaginando confusamente su inmenso poder sobre la

Albufera) y al mismo tiempo con odio. Aquel lechuguino era el que se

tragaba la media arroba de plata.

Todos fueron subiendo con lentitud por la estrecha escalerilla de

la escuela, que sólo podía contener una persona de frente. Una

pareja de carabineros, fusil en mano, guardaba la puerta para

impedir la entrada de las mujeres y los chicuelos, que alteraban las

deliberaciones de la reunión. De vez en cuando la curiosidad de la

gente menuda pretendía arrollarlos, pero los carabineros presentaban

las culatas y hablaban de dar una paliza á toda la chiquillería, que

con sus gritos turbaba la solemnidad del acto.

Arriba era tanta la aglomeración, que los pescadores, no encontrando

sitio en los bancos, se apiñaban en los balcones. Unos, los más

antiguos, llevaban el gorro rojo de los viejos habitantes de la

Albufera; otros cubrían su cabeza con el pañuelo de largo rabo de los

labriegos ó con sombreros de palma. Todos iban vestidos de colores

claros, con alpargatas de esparto ó descalzos, y de esta muchedumbre

sudorosa y apretada surgía el eterno hedor viscoso y frío de los

anfibios criados en el barro.

Sobre la plataforma del maestro estaba la mesa presidencial. En

el centro el enviado de la Hacienda dictando á su escribiente el

encabezamiento del acta, y á sus lados el cura, el alcalde, el

Jurado, el teniente y otros invitados, entre los que figuraba el

médico del Palmar, un pobre paria de la ciencia, que por cinco

reales venía embarcado tres veces por semana á curar en bloque á los

tercianarios pobres.

El Jurado se levantó de su asiento. Ante él tenía los libros de

cuentas de la Comunidad, maravillosos jeroglíficos, en los que no

entraba ni una sola letra, estando representados los pagos por

figuras de todas clases. Así lo habían inventado los antiguos

Jurados, que no sabían escribir, y así continuaba. Cada hoja contenía

la cuenta de un pescador. Nada de inscribir su nombre en la cabecera,

sino la marca que cada cual ponía á su barquito y sus redes para

reconocerlos. Uno era una cruz, el otro unas tijeras, el de más allá

un pico de fúlica, el tío _Paloma_ una media luna, y así se entendía

el Jurado, no teniendo más que mirar el jeroglífico para decir: «Ésta

es la cuenta de Fulano.» Y después, en el resto de la página, rayas

y más rayas, significando cada una de ellas el pago de un mes de

impuesto.

Los viejos barqueros alababan este sistema de contabilidad. Así

cualquiera podía revisar las cuentas, y no había trampas como en esos

librotes de números y apretada escritura, que sólo entienden los

señores.

El Jurado, un mocetón avispado, de cabeza rapada y ojos insolentes,

tosió y escupió varias veces antes de hablar. Los invitados, que

ocupaban la presidencia, echaron el cuerpo atrás y comenzaron á

conversar entre sí. Iban á tratarse primeramente los asuntos de la

Comunidad, en los que ellos no podían intervenir. Eran cosas que

debían arreglarse entre pescadores. El Jurado comenzó su peroración:

«_¡Caballers!_...»

Y paseó su mirada imperiosa sobre el concurso, imponiendo silencio.

Abajo, en la plaza, chillaban los chicos como condenados y la charla

de las mujeres subía con molesto zumbido. El alcalde hizo salir al

alguacil, saltando por entre la gente para imponer silencio y que el

Jurado siguiera su discurso.

Caballeros, las cosas claras. Á él lo habían hecho Jurado para

cobrar á cada uno su parte y entregar todos los trimestres á la

Hacienda cerca de mil quinientas pesetas, la famosa media arroba de

plata de que hablaba todo el pueblo. Pues bien; las cosas no podían

seguir así. Muchos se retrasaban en el pago, y los pescadores mejor

acomodados tenían que suplir la falta. Para evitar en adelante este

desorden, proponía que los que no estuviesen al corriente en el pago

no entrasen en el sorteo.

Una parte del público acogió con murmullos de satisfacción estas

palabras. Eran los que habían pagado, y al quedar excluídos del

sorteo muchos de sus compañeros, veían aumentada la probabilidad de

conseguir los primeros puestos. Pero la mayoría de la reunión, la de

aspecto más mísero, protestaba á gritos, poniéndose de pie, y durante

algunos minutos el Jurado no pudo dejarse oir.

Al restablecerse el silencio y ocupar todos sus sitios se levantó un

hombre enfermizo, de cara pálida, con un resplandor malsano en los

ojos. Hablaba lentamente, con voz desmayada; sus palabras se cortaban

á lo mejor por un escalofrío. Él era de los que no habían pagado:

tal vez nadie debía tanto como él. En el sorteo anterior le tocó uno

de los últimos puestos y no había pescado ni para dar de comer á su

familia. En un año había perchado dos veces hacia Valencia, llevando

en el fondo del barquito dos cajas blancas con galones dorados, dos

monerías que le hicieron pedir dinero á préstamo... Pero ¡ay! ¡qué

menos puede hacer un padre que adornar bien á sus pequeños cuando

se van para siempre!... Se le habían muerto dos hijos por comer

mal, como decía el _pare Miquèl_, allí presente, y después él había

pillado las tercianas trabajando, y las arrastraba meses y meses. No

pagaba porque no podía. ¿Y por esto iban á quitarle su derecho á la

fortuna? ¿No era él de la Comunidad de pescadores, como lo fueron sus

padres y sus abuelos?...

Se hizo un silencio doloroso, en el que podía oirse el sollozar del

infeliz, caído sin fuerzas en su asiento con la cara entre las manos,

como avergonzado de su confesión.

--_¡No, redeu, no!_--gritó una voz temblona con una energía que

conmovió á todos.

Era el tío _Paloma_ que, puesto de pie, con el gorro encasquetado,

los ojillos llameantes de indignación, hablaba apresuradamente,

mezclando en cada palabra cuantos juramentos y tacos guardaba en su

memoria. Los viejos compañeros le tiraban de la faja para llamarle la

atención sobre su falta de respeto á los señores de la presidencia;

pero él les contestaba con el codo y seguía adelante. ¡Valiente cosa

le importaban tales peleles á un hombre como él, que había tratado

reinas y héroes!... Hablaba porque podía hablar. ¡Cristo! Él era el

barquero más viejo de la Albufera, y sus palabras debían tomarse

como sentencias. Los padres y los abuelos de todos los presentes

hablaban por su boca. La Albufera pertenecía á todos, ¿estamos? y

era vergonzoso quitarle á un hombre el pan por si había pagado ó no

á la Hacienda. ¿Es que esa señora necesitaba para cenar las míseras

pesetas de un pescador?...

La indignación del viejo animaba al público. Muchos reían á

carcajadas, olvidando la impresión penosa de momentos antes.

El tío _Paloma_ recordaba que él también había sido Jurado. Bueno

era tener el puño duro con los pillos que huyen del trabajo; pero á

los pobres que cumplen su deber y por ser víctimas de la miseria no

pueden pagar había que abrirles la mano. _¡Cordones!_ ¡Ni que fuesen

moros los pescadores del Palmar! No; todos eran hermanos y á todos

pertenecía el lago. Esas divisiones de ricos y pobres quedaban para

la tierra firme, para los _labradores_, entre los cuales hay amos y

criados. En la Albufera todos eran iguales: el que no pagaba ahora ya

pagaría más adelante; y los que tuvieran más que supliesen las faltas

de los que nada tenían, pues así había ocurrido siempre... ¡Todos al

sorteo!

Tonet dió la señal de la baraúnda aclamando á su abuelo. El tío Tòni

no parecía muy conforme con las creencias de su padre, pero todos

los pescadores pobres se abalanzaron sobre el viejo, demostrándole

su entusiasmo con tirones de la blusa y cariñosas palmadas, tan

vehementes, que caían sobre su nuca arrugada como una lluvia de

cachetes.

El Jurado cerró sus libros con expresión de desaliento. Todos los

años ocurría lo mismo. Con aquella gente antigua, que parecía siempre

joven, era imposible poner en orden los asuntos de la corporación. Y

con gesto aburrido fué escuchando las excusas de los que no habían

pagado y se levantaban para explicar su morosidad. Tenían enfermos en

su familia; les había tocado un puesto malo; estaban imposibilitados

para el trabajo por las fiebres malditas, que al anochecer parecían

espiar desde los cañaverales la carne de pobre para clavar en ella

las garras; y toda la miseria, la vida triste de la laguna insalubre,

iba desfilando como un lamento interminable.

Para cortar esta exposición infinita de dolores se acordó no excluir

á nadie del sorteo, y el Jurado depositó sobre la mesa el bolsón de

piel con las boletas.

--_Demane la paraula_--gritó una voz junto á la puerta.

¿Quién deseaba hablar para nuevas y abrumadoras reclamaciones? Se

abrieron los grupos y una gran carcajada saludó la aparición de

_Sangonera_, que avanzaba gravemente, frotándose sus ojos enrojecidos

de borracho, haciendo esfuerzos por mostrarse en su apostura digno de

tomar parte en la reunión. Viendo desiertas todas las tabernas del

Palmar, se había deslizado en la escuela, y antes del sorteo creyó

necesario pedir la palabra.

--_¿Qué vòls tú?_--dijo el Jurado con mal humor, molestado por una

intervención del vagabundo que venia á colmar su paciencia después de

las excusas de los deudores.

¿Qué quería?... Deseaba saber por qué causa no figuraba su nombre

en los sorteos de todos los años. Él tenía tanto derecho como el

que más á gozar un _redolí_ en la Albufera. Era el más pobre de

todos; pero ¿no había nacido en el Palmar? ¿no le habían bautizado

en la parroquia de San Valero de Ruzafa? ¿no era descendiente de

pescadores? Pues debía figurar en el sorteo.

Y la pretensión de este vagabundo, que jamás quiso tocar una red

y prefería pasar á nado los canales antes que empuñar una percha,

pareció tan inaudita, tan grotesca á los pescadores, que todos

prorrumpieron en carcajadas.

El Jurado contestaba con displicencia. ¡Largo de allí, _maltrabaja_!

¿Qué le importaba á la Comunidad que sus abuelos hubiesen sido

honrados pescadores, si su padre abandonó la percha para siempre

dedicándose á la holganza, y él no tenía de marinero más que el

haber nacido en el Palmar? Además, su padre no había pagado nunca

el impuesto y él tampoco: la marca que en otros tiempos llevaban los

_Sangoneras_ en sus aparatos de pesca hacía muchos años que había

sido borrada de los libros de la Comunidad.

Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes

risas del público, hasta que intervino el tío _Paloma_ con sus

preguntas... Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los

mejores puestos, ¿qué haría de él? ¿cómo lo explotaría, si no era

pescador ni conocía el oficio?

El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el

puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que

trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en

su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que

engañó á su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la

holganza.

La franca confesión de _Sangonera_ indignó á los pescadores. No hacía

más que formular en voz alta el pensamiento de muchos, pero aquella

gente sencilla se sintió insultada por el cinismo del vagabundo y

creyó ver en él la personificación de todos los que oprimían su

pobreza. ¡Fuera! ¡fuera! Á empujones y pellizcos fué conducido hasta

la puerta, mientras los pescadores jóvenes movían ruido con los pies

y remedaban entre risas una riña de perros y gatos.

El vicario don Miguel se levantó indignado, avanzando su cuerpo de

luchador, con la cara congestionada por la ira. ¿Qué era aquello?

¿Qué faltas de respeto se permitían con las personas graves é

importantes que formaban la presidencia?... ¡Á ver si bajaba él del

estrado y le rompía los morros á algún guapo!...

Al hacerse instantáneamente el silencio, el cura se sentó, satisfecho

de su poder, y dijo por lo bajo al teniente:

--¿Ve usted? Á este ganado nadie lo entiende como yo. Hay que

enseñarles el cayado de vez en cuando.

Más aún que las amenazas del _pare Miquèl_, lo que restableció la

calma fué ver que el Jurado entregaba al presidente la lista de los

pescadores de la Comunidad para cerciorarse de que todos estaban

presentes.

Cuantos hombres tenía el Palmar dedicados á la pesca estaban en ella.

Bastaba ser mayor de edad, aunque se viviera al lado del padre, para

figurar en el sorteo de los _redolíns_.

Leía el presidente los nombres de los pescadores, y cada uno de

los llamados contestaba «¡Ave María Purísima!» con cierta unción,

por estar el vicario presente. Algunos, enemigos del padre Miguel,

respondían «_¡Avant!_», gozando con el mal gesto que ponía el vicario.

El Jurado vació un bolsón de cuero mugriento, casi tan antiguo como

la Comunidad, y rodaron las boletas sobre la mesa, unas bellotas

huecas de madera negra, en cuyo orificio se introducía un papel con

el nombre del sorteado.

Uno tras otro eran llamados los pescadores á la presidencia para

recibir su boleta y una tira de papel en la que habían puesto el

nombre, en previsión de que no supiera escribir.

Eran de ver las precauciones que una astucia recelosa hacía adoptar

á la pobre gente. Los pescadores más ignorantes iban en busca de

los que sabían leer para que viesen si era su nombre el que figuraba

en el papel, y solamente después de muchas consultas se daban por

convencidos. Además, la costumbre de ser designados siempre por el

apodo les hacía experimentar cierta indecisión. Sus dos apellidos

sólo salían á luz en un día como aquel, y titubeaban como faltándoles

la certeza de que fuesen los suyos.

Después venían las grandes precauciones. Cada uno se ocultaba

volviendo el rostro á la pared, y al introducir su nombre en la

bellota metía con el papel arrollado una brizna de paja, un fósforo

de cartón, algo que sirviera de contraseña para que no cambiasen

su boleta. El recelo les acompañaba hasta el momento en que la

depositaban en el saco. Aquel señor que venía de Valencia despertaba

en ellos esa desconfianza que inspira siempre el funcionario público

á la gente rural.

Iba á comenzar el sorteo. El vicario don Miguel púsose de pie

quitándose el birrete, y todos le imitaron. Había que rezar una

salve, según antigua costumbre; esto atraía la buena suerte. Y por

largo rato los pescadores, con el gorro en la mano y la vista baja,

mascullaron la oración sordamente.

Silencio absoluto. El presidente agitaba el bolsón de cuero para que

se mezclasen bien las boletas, y su choque sonaba en el silencio como

lejana granizada. Avanzó hasta el estrado un niño, pasando de brazo

en brazo por encima de los pescadores, y metió la mano en el bolsón.

La ansiedad era grande; todos tenían la vista fija en la bellota de

madera, de la que iba saliendo penosamente el papel arrollado.

El presidente leyó el nombre y se notó cierta indecisión en la

concurrencia, habituada á los apodos y torpe en reconocer los

apellidos, nunca usados. ¿Quién era el del número uno? Pero Tonet se

había levantado de un salto, gritando: «¡Presente!...» ¡Era el nieto

del tío _Paloma_! ¡Qué suerte la del muchacho!... ¡Alcanzaba el mejor

puesto en el primer sorteo á que asistía!

Los más inmediatos le felicitaban con envidia, pero él, con la

ansiedad del que no cree aún en su buena fortuna, sólo miraba al

presidente... ¿Podía escoger el puesto? Apenas le contestaron con un

signo afirmativo, hizo la petición: quería la _Sequiòta_. Y cuando

vió que el escribiente tomaba nota, salió como un rayo del local,

atropellando á todos, empujando las manos que le tendían los amigos

para saludarle.

En la plaza la multitud aguardaba con tanto silencio como arriba.

Era costumbre que los primeros agraciados bajasen inmediatamente á

comunicar su buena suerte, tirando el sombrero en alto como signo

de alegría. Por esto, apenas vieron á Tonet bajar casi rodando la

escalerilla, una aclamación inmensa le saludó.

--_¡Es el Cubano!... ¡Es Tonet el del bigòt! ¡Te el ú! ¡te el ú!..._

Las mujeres se abalanzaban á él con la vehemencia de la emoción,

abrazándolo, llorando, como si las pudiera tocar algo de su buena

suerte, y recordando á su madre. ¡Cómo se alegraría la pobre si

viese aquello! Y Tonet, revuelto entre las faldas, enardecido por

la cariñosa ovación, abrazó instintivamente á Neleta, que sonreía,

brillándole de contento los verdes ojos.

El _Cubano_ quería celebrar su triunfo. Envió por cajones de gaseosas

y cervezas á casa de _Cañamèl_ para todas aquellas señoras: que

bebiesen los hombres cuanto quisieran: ¡él pagaba! En un instante la

plaza se convirtió en un campamento. _Sangonera_, con la actividad

siempre despierta cuando se hablaba de beber, había secundado los

deseos de su generoso amigo, trayendo de casa de _Cañamèl_ todas las

pastas viejas y duras almacenadas en los cristales del escaparate;

y pasaba de corro en corro, llenando vasos y deteniéndose con

frecuencia en el reparto para obsequiarse á sí mismo.

Iban bajando los agraciados con los otros primeros puestos, y echaban

su sombrero en alto, gritando: «¡Vítor! ¡Vítor!» Pero sólo acudían á

ellos su familia y sus amigos. Toda la atención era para Tonet, para

el número uno, que tan rumboso se mostraba.

Los pescadores abandonaban la escuela. Habían ya salido unas treinta

boletas; sólo quedaban los _redolíns_ malos, los que apenas daban

para comer, y la gente desocupaba el local, sin sentir interés por el

sorteo.

El tío _Paloma_ iba de grupo en grupo recibiendo felicitaciones. Por

primera vez se mostraba satisfecho de su nieto. ¡Je, je!... La suerte

es siempre de los pillos: ya lo decía su padre. Allí estaba él con

sus ochenta sorteos, sin conseguir nunca el uno, y llegaba el nieto

de correrla por tierras lejanas, y al primer año, la suerte. Pero en

fin... todo caía en la familia. Y se entusiasmaba pensando que iba á

ser durante un año el primer pescador de la Albufera.

Enternecido por la suerte, se aproximó á su hijo, grave y ensimismado

como de costumbre. ¡Tono, la fortuna había entrado en su barraca, y

había que aprovecharla! Ayudaría al pequeño, que no entendía mucho de

las cosas de pesca, y el negocio sería grande.

Pero el viejo quedó estupefacto al ver la frialdad con que contestaba

su hijo. Sí; aquel primer puesto era una suerte, poseyendo los útiles

necesarios para su explotación. Se necesitaban más de mil pesetas

sólo para las redes. ¿Tenían ellos ese dinero?...

El tío _Paloma_ sonrió. No faltaría quien lo prestase. Pero Tòni, al

oir hablar de préstamos, hizo un gesto doloroso. Debían mucho. No era

flojo tormento el que le hacían sufrir unos franceses establecidos

en Catarroja, que vendían caballerías á plazos y adelantaban

dinero á los labradores. Había tenido que solicitar su auxilio,

primeramente en los años de mala cosecha, ahora para impulsar un poco

el enterramiento de su laguna, y hasta en sueños veía á los tales

hombres, vestidos de pana, que chapurreaban amenazas y sacaban á cada

paso la terrible cartera, en la que inscribían los préstamos con su

complicada red de intereses. Ya tenía bastante. El hombre, cuando se

ve metido en una mala aventura, debe salvarse como pueda, sin buscar

otra. Le bastaban las deudas de agricultor, y no quería enredarse en

nuevos préstamos para la pesca. Su único deseo era sacar sus tierras

á flor de agua, sin entramparse más.

El barquero volvió la espalda al hijo. ¿Y aquella era su sangre?...

Prefería á Tonet con toda su pereza. Se iba con su nieto, y ya se

ingeniarían los dos para salir del paso. Al dueño de la _Sequiòta_

nunca le faltaba dinero.

Tonet, rodeado de amigos, agasajado por las mujeres, enorgullecido

por la húmeda mirada de Neleta fija en él, sintió que le llamaban

tocándole en un hombro.

Era _Cañamèl_, que parecía cobijarle con sus ojos cariñosos. Tenían

que hablar: por algo habían sido siempre buenos amigos, y la taberna

era como la casa de Tonet. No había que dejarlo para luego: los

negocios entre amigos se arreglan pronto. Y se apartaron algunos

pasos, seguidos por las curiosas miradas del gentío.

El tabernero abordó el asunto. Tonet no dispondría de lo necesario

para explotar el puesto que le había tocado en suerte. ¿No era

así?... Pues allí le tenia á él, un amigo verdadero, dispuesto á

ayudarle, á asociarse para el negocio común. Él lo proporcionaría

todo.

Y como Tonet callase, no sabiendo qué contestar, el tabernero,

tomando su silencio por una negativa, volvió á la carga. ¿Eran

camaradas ó no? ¿Es que pensaba acudir como su padre á aquellos

extranjeros de Catarroja que se chupaban á los pobres? Él era un

amigo: hasta se consideraba casi un pariente, porque ¡qué demonio! no

podía olvidar que su mujer, su Neleta, se había criado en la barraca

de los _Palomas_, que muchas veces le habían dado allí de comer, y

que á Tonet lo quería ella como á un hermano.

El codicioso tabernero usaba con el mayor aplomo de estos recuerdos,

insistiendo sobre el cariño fraternal que su mujer sentía por el

joven.

Luego apeló á una resolución más heroica. Si dudaba de él, si no lo

quería por compañero, llamaría á Neleta para que le convenciese.

Seguramente que ella lograría atraerlo al buen camino. ¿Qué?... ¿la

llamaba?

Tonet, seducido por estas proposiciones, dudó antes de aceptarlas.

Temía las murmuraciones de la gente, pensaba en su padre, recordando

sus severos consejos. Miró en torno suyo, como si pudiera inspirarle

el aspecto de la gente, y vió á su abuelo que desde lejos le hacía

signos afirmativos con la cabeza.

El barquero adivinaba las palabras de _Cañamèl_. Justamente había

pensado en el rico tabernero para que fuese su auxiliar. Y animó á su

nieto con nuevos gestos. No debía negarse: aquel era el hombre que

necesitaban.

Decidióse Tonet, y el marido de Neleta, adivinando en sus ojos la

resolución, se apresuró á formular las condiciones. Él facilitaría

todo lo necesario y Tonet y su abuelo trabajarían: los productos á

partir. ¿Estaba conforme?...

Conforme. Los dos hombres se estrecharon la mano, y seguidos de

Neleta y el tío _Paloma_ marcharon hacia la taberna con el propósito

de comer juntos para solemnizar el trato.

Por la plaza circuló inmediatamente la noticia. ¡El _Cubano_ y

_Cañamèl_ se habían juntado para explotar la _Sequiòta_!

Á la _Samaruca_ hubo que llevársela de la plaza por orden del

alcalde. Escoltada por algunas mujeres, emprendió el camino de su

barraca, rugiendo como una poseída, llamando á gritos á su hermana,

que había muerto hacía años, afirmando á todo pulmón que _Cañamèl_

era un sinvergüenza, ya que por realizar un negocio no vacilaba en

meter en casa al amante de su mujer.

V

Cambió por completo la situación de Tonet en el establecimiento de

_Cañamèl_. Ya no era un parroquiano: era el socio, el compañero del

dueño de la casa, y penetraba en la taberna desafiando con altivo

gesto la murmuración de las enemigas de Neleta.

Si pasaba allí los días enteros, era para hablar de sus negocios.

Entrábase con gran confianza en las habitaciones interiores, y para

demostrar que estaba como en su casa, franqueaba el mostrador,

sentándose al lado de _Cañamèl_. Muchas veces, si éste y su mujer

andaban por dentro y algún parroquiano pedía algo, saltaba el

mostrador y con cómica gravedad, entre las risas de los amigos,

servía los géneros, remedando la voz y los ademanes del tío Paco.

El tabernero estaba satisfecho de su asociado. Un excelente muchacho,

según declaraba ante los concurrentes de la taberna cuando Tonet no

estaba presente; un buen amigo, que, si guardaba buena conducta y

era laborioso, iría lejos, muy lejos, contando con el apoyo de un

protector como él.

El tío _Paloma_ también frecuentaba la taberna más que antes. La

familia, después de borrascosas escenas por la noche en la soledad

de la barraca, se había dividido. El tío Tòni y la _Borda_ marchaban

á sus campos todas las mañanas á continuar la batalla con el lago,

pretendiendo ahogarlo bajo los capazos de tierra traídos de lejos

penosamente. Tonet y su abuelo iban á casa de _Cañamèl_ á hablar de

su próxima empresa.

En realidad, los únicos que hablaban de ésta eran el tabernero y

el tío _Paloma_. _Cañamèl_ se ensalzaba á sí mismo, alabando la

generosidad con que había aceptado el negocio. Exponía su capital

sin conocer el resultado de la pesca, y hacía este sacrificio

contentándose con la mitad del producto. No era como los prestamistas

extranjeros de tierra firme, que sólo daban el dinero con la

seguridad de buenas hipotecas y un interés crecido. Y todo su odio

contra los intrusos, la rivalidad feroz en el oficio de explotar

al prójimo, vibraba en sus palabras. ¿Quién era aquella gente que

poco á poco se apoderaba del país? Franceses venidos á la tierra

valenciana con los zapatos rotos y un traje de pana vieja pegado al

cuerpo. Gentes de una provincia de Francia cuyo nombre no recordaba,

pero que venían á ser poco más ó menos como los gallegos de su país.

Ni siquiera era propio el dinero que prestaban. En Francia, los

capitales producían escaso interés, y estos gabachos los tomaban en

su tierra al dos ó al tres por ciento para prestar el dinero á los

valencianos al quince ó al veinte, realizando un negocio magnífico.

Además, compraban caballerías al otro lado de los Pirineos, las

entraban tal vez de contrabando y las vendían á plazos á los

labradores, arreglando el negocio de modo que el comprador nunca

tenía la bestia por suya. Había pobre á quien costaba un jaco ruin

como si fuese el mismo caballo de Santiago. Un robo, tío _Paloma_;

despojo indigno de cristianos. Y _Cañamèl_ se encolerizaba hablando

de estas cosas con toda la indignación y la secreta envidia del

usurero que no osa, por cobardía, emplear los mismos procedimientos

de sus rivales.

El barquero aprobaba sus palabras. Por esto quería á los suyos

dedicados á la pesca, por esto se enfurecía al ver á su hijo

contrayendo deudas y más deudas, en su empeño de ser agricultor.

Los labradores pobres eran unos esclavos; rabiaban todo el año

trabajando, ¿y para quién era el producto? Toda su cosecha se la

llevaban los extranjeros: el francés que les presta el dinero y el

inglés que les vende el abono á crédito... ¡Vivir rabiando para

mantener á gente de fuera! No; mientras hubiese anguilas en el lago

podían las tierras cubrirse tranquilamente de juncos y aneas, con la

seguridad de que no sería él quién las roturase.

Mientras hablaban el barquero y _Cañamèl_, Tonet y Neleta, sentados

tras el mostrador, se miraban tranquilamente. Los parroquianos se

habían habituado á verlos horas y horas con los ojos fijos, como si

se devorasen; con una expresión en la mirada que no correspondía á

sus palabras, muchas veces insignificantes. Las comadres que llegaban

por aceite ó vino permanecían inmóviles frente á ellos, con los ojos

bajos y la expresión abobada, dejando que colasen las últimas gotas

del embudo en la botella, mientras aguzaban el oído para coger alguna

palabra de su conversación; pero ellos desafiaban este espionaje y

seguían hablando, como si se encontraran en un lugar desierto.

El tío _Paloma_, alarmado por tales intimidades, habló seriamente á

su nieto. ¿Pero era que había algo entre los dos, como afirmaban la

_Samaruca_ y otras malas lenguas del pueblo? ¡Ojo, Tonet! ¡Á más de

que esto sería indigno de la familia, les haría perder el negocio!

Pero el nieto, con la firmeza del que dice la verdad, se golpeaba el

pecho, protestando, y el abuelo se daba por convencido, aunque con

cierto recelo de que las amistades terminasen mal.

El reducido espacio detrás del mostrador era para Tonet un paraíso.

Recordaba con Neleta los tiempos de la infancia; le relataba

sus aventuras de allá lejos, y cuando callaban sentía una dulce

embriaguez (la misma de la noche en que se perdieron en la selva,

pero más intensa, más ardiente) con la proximidad de aquel cuerpo

cuyo calor parecía acariciarle á través de las ropas.

Por las noches, después de cenar con _Cañamèl_ y su mujer, Tonet

sacaba de su barraca un acordeón, único equipaje que con los

sombreros de jipijapa había traído de Cuba, y asombraba á todos los

de la taberna con las lánguidas habaneras que hacía ganguear al

instrumento. Cantaba guajiras de una poesía dulzona, en las que se

hablaba de auras, arpas y corazones tiernos como la guayaba; y el

acento meloso de cubano con que entonaba sus canciones hacía entornar

los ojos á Neleta, echando el cuerpo atrás como para desahogar su

pecho, estremecido por ardorosa opresión.

Al día siguiente de estas serenatas, Neleta, con los ojos húmedos,

seguía á Tonet en todas sus evoluciones por la taberna, de grupo en

grupo.

El _Cubano_ adivinaba esta emoción. Había soñado con él, ¿verdad? Lo

mismo le había ocurrido á Tonet en su barraca. Toda la noche viéndola

en la obscuridad, extendiendo sus manos como si realmente fuese á

tocarla. Y después de esta mutua confesión quedaban tranquilos;

seguros de una posesión moral de la que no se daban exacta cuenta;

ciertos de que al fin habían de ser uno del otro fatalmente, por más

obstáculos que se levantasen entre los dos.

En el pueblo no había que pensar en otra intimidad que las

conversaciones de la taberna. Todo el Palmar los rodeaba durante el

día, y _Cañamèl_, enfermizo y quejumbroso, no salía de casa. Algunas

veces, conmovido por un relámpago pasajero de actividad, el tabernero

silbaba á la _Centella_, una perra vieja de cabeza enorme, famosa

en todo el lago por su olfato, y metiéndola en su barquito iba á

los carrizales más próximos para tirar á las pollas de agua. Pero

á las pocas horas volvía tosiendo, quejándose de la humedad, con

las piernas hinchadas como un elefante, según él decía; y no cesaba

de gemir en un rincón, hasta que Neleta le hacía sorber algunas

tazas de líquidos calientes, anudándole en cabeza y cuello varios

pañuelos. Los ojos de Neleta iban hacia el _Cubano_ con una expresión

reveladora del desprecio que sentía por su marido.

Terminaba el verano y había que pensar seriamente en los preparativos

de la pesca. Los dueños de los otros _redolíns_ arreglaban ante

sus casas las grandes redes para cerrar las acequias. El tío

_Paloma_ estaba impaciente. Los artefactos que poseía _Cañamèl_,

restos de su pasada asociación con otros pescadores, no bastaban

para la _Sequiòta_. Había que comprar mucho hilo, dar trabajo á

muchas mujeres de las que tejían red, para explotar cumplidamente el

_redolí_.

Una noche cenaron en la taberna Tonet y su abuelo para tratar

seriamente del negocio. Había que comprar hilo del mejor, del que

se fabrica en la playa del Cabañal para los pescadores del mar.

El tío _Paloma_ iría á comprarlo, como conocedor experto, pero le

acompañaría el tabernero, que quería pagar directamente, temiendo ser

engañado si entregaba el dinero al viejo. Después, en la beatitud

de la digestión, _Cañamèl_ comenzó á sentirse aterrado por el viaje

del día siguiente. Había que levantarse al amanecer, sumiéndose en

la húmeda bruma desde el lecho caliente; atravesar el lago, ir por

tierra á Valencia, dirigirse después al Cabañal y luego desandar todo

el camino. Su corpachón, blanducho por la inmovilidad, se estremecía

ante el viaje. Aquel hombre, que había pasado gran parte de su vida

rodando por el mundo, tenía echadas tan profundas raíces en el barro

del Palmar, que se angustiaba pensando en un día de agitación.

El deseo de quietud le hizo modificar su propósito. Se quedaría al

cuidado del establecimiento y Neleta acompañaría al tío _Paloma_.

Nadie como las mujeres para regatear y comprar bien las cosas.

Á la mañana siguiente el barquero y la tabernera emprendieron el

viaje. Tonet iría á esperarles en el puerto de Catarroja á la caída

de la tarde, para cargar en su barca la provisión de hilo.

Aún estaba muy alto el sol cuando el _Cubano_ entró á toda vela por

el canal que penetraba en tierra firme con dirección á dicho pueblo.

Los grandes laúdes venían de las eras cargados de arroz, y al pasar

por el canal, el agua que desplazaban con sus panzas formaba tras

la popa un oleaje amarillo, que invadía los ribazos y alteraba la

tranquilidad cristalina de las acequias afluentes.

Á un lado del canal estaban amarradas centenares de barcas; toda la

flota de los pescadores de Catarroja, odiados por el tío _Paloma_.

Eran ataúdes negros, de diversos tamaños y madera carcomida. Los

barquitos pequeños, llamados zapatos, sacaban fuera del agua sus

agudas puntas, y las grandes barcazas, los laúdes, capaces de cargar

cien sacos de arroz, hundían en la vegetación acuática sus anchos

vientres, formando sobre el horizonte un bosque de mástiles burdos,

sin desbastar y de punta roma, adornados con cordajes de esparto.

Entre esta flota y la ribera opuesta sólo quedaba libre un estrecho

espacio, por donde pasaban á la vela las embarcaciones, distribuyendo

con su proa golpes estremecedores y violentos encontronazos á las

barcas amarradas.

Tonet fondeó su embarcación frente á la taberna del puerto y echó pie

á tierra.

Vió enormes montones de paja de arroz, en los que picoteaban las

gallinas, dando al amarradero el aspecto de un corral. En la ribera

construían barquitos los carpinteros, y el eco de sus martillos se

perdía en la calma de la tarde. Las embarcaciones nuevas, de madera

amarilla recién cepillada, estaban sobre bancos, esperando la mano

de alquitrán con que las cubrían los calafates. En la puerta de la

taberna cosían dos mujeres. Más allá alzábase una choza de paja,

donde estaba el peso de la Comunidad de Catarroja. Una mujer con

una balanza formada por dos espuertas pesaba las anguilas y tencas

que desembarcaban los pescadores, y terminado el peso, arrojaba

una anguila en una gran cesta que conservaba á su lado. Era el

tributo voluntario de la gente de Catarroja. El producto de esta

sisa servía para costear la fiesta de su patrón San Pedro. Algunos

carros cargados de arroz se alejaban, chirriando, con dirección á los

grandes molinos.

Tonet, no sabiendo qué hacer, fué á meterse en la taberna, cuando oyó

que alguien le llamaba. Tras uno de los grandes pajares, asustando á

las gallinas que huían en desbandada, una mano le hacía señas para

que se aproximase.

El _Cubano_ fué allá y vió tendido, con el pecho al aire y los

brazos cruzados tras la cabeza á guisa de almohada, al vagabundo

_Sangonera_. Sus ojos estaban húmedos y amarillentos; sobre su cara,

cada vez más pálida y enjuta por el alcohol, aleteaban las moscas,

sin que él hiciera el más leve movimiento para espantarlas.

Tonet celebró este encuentro, que podía entretenerle durante su

espera. ¿Qué hacía allí?... Nada: pasaba el tiempo, hasta que llegase

la noche. Esperaba la hora de ir en busca de ciertos amigos de

Catarroja, que no le dejarían sin cenar; descansaba, y el descanso es

la mejor ocupación del hombre.

Había visto á Tonet desde su escondrijo y lo llamó, sin abandonar

por esto su magnífica posición. Su cuerpo se había acomodado

perfectamente en la paja, y no era caso de perder el molde...

Después explicó por qué estaba allí. Había comido en la taberna con

unos carreteros, excelentes personas, que le dieron unos mendrugos,

pasándole el porrón á cada bocado y riendo sus chuscadas. Pero el

tabernero, igual á todos los de su clase, apenas se fueron los

parroquianos le había puesto en la puerta, sabiendo que por propia

cuenta nada podía pedir. Y allí estaba matando al tiempo, que es el

enemigo del hombre... ¿Había amistad entre ellos ó no? ¿Era capaz de

convidarle á una copa?

El gesto afirmativo de Tonet pudo más que su pereza, y aunque con

cierta pena, se decidió á ponerse de pie. Bebieron en la taberna,

y después, lentamente, fueron á sentarse en un ribazo del puerto

resguardado por tablas negras.

Tonet no había visto á _Sangonera_ en muchos días, y el vagabundo le

contó sus penas.

Nada tenía que hacer en el Palmar. Neleta la de _Cañamèl_, una

orgullosa que olvidaba su origen, le había despedido de la taberna

con el pretexto de que ensuciaba los taburetes y los azulejos del

zócalo con el barro de sus ropas. En las otras tabernas todo era

miseria: no acudía un bebedor capaz de pagar una copa, y él se veía

forzado á salir del Palmar, á correr el lago, como en otros tiempos

lo hacía su padre; á pasar de pueblo en pueblo, siempre en busca de

generosos amigos.

Tonet, que con su pereza tanto había disgustado á su familia, se

atrevió á darle consejos. ¿Por qué no trabajaba?...

_Sangonera_ hizo un gesto de asombro. ¡También él!... ¡También el

_Cubano_ se permitía repetir los mismos consejos de los viejos del

Palmar! ¿Le gustaba á él mucho el trabajo? ¿Por qué no estaba con

su padre enterrando los campos, en vez de pasarse el día en casa de

_Cañamèl_, al lado de Neleta, repantigado como un señor y bebiendo de

lo más fino?...

El _Cubano_ sonreía, no sabiendo qué contestar, y admiraba la lógica

del ebrio al repeler sus consejos.

El vagabundo parecía enternecido por la copa que le había pagado

Tonet. La calma del puerto, interrumpida á ratos por el martilleo de

los calafates y el cloquear de las gallinas, excitaba su locuacidad,

impulsándolo á las confidencias.

No, Tonet; él no podía trabajar; él no trabajaría aunque le

obligasen. El trabajo era obra del diablo: una desobediencia á Dios;

el más grave de los pecados. Sólo las almas corrompidas, los que

no podían conformarse con su pobreza, los que vivían roídos por el

deseo de atesorar, aunque fuese miseria, pensando á todas horas en

el mañana, podían entregarse al trabajo, convirtiéndose de hombres

en bestias. Él había reflexionado mucho; sabía más de lo que se

imaginaba el _Cubano_, y no quería perder su alma entregándose al

trabajo regular y monótono para tener una casa y una familia y

asegurar el pan del día siguiente. Esto equivalía á dudar de la

misericordia de Dios, que no abandona nunca á sus criaturas; y él,

ante todo, era cristiano.

Reía Tonet escuchando estas palabras, considerándolas como

divagaciones de la embriaguez, y daba con el codo á su harapiento

compañero. ¡Si esperaba otra copa por sus tonterías, sufriría un

desengaño! Lo que le ocurría á él era que odiaba el trabajo. Lo mismo

les pasaba á los otros, pero unos más y otros menos, todos encorvaban

el lomo, aunque fuese á regañadientes.

_Sangonera_ vagaba su vista por la superficie del canal, teñida de

púrpura con la última luz de la tarde. Su pensamiento parecía volar

lejos: hablaba lentamente, con cierto misticismo que contrastaba con

su hálito aguardentoso.

Tonet era un ignorante, como todos los del Palmar. Lo declaraba él,

con la valentía de la embriaguez, sin miedo á que su amigo, que tenía

vivo el genio, lo arrojase de un empellón en el canal. ¿No declaraba

que todos torcían la espina á regañadientes? ¿Y qué demostraba esto

sino que el trabajo es algo contrario á la Naturaleza y á la dignidad

del hombre?... Él sabía más de lo que se figuraban en el Palmar: más

que muchos de los vicarios á los que sirvió como un esclavo. Por eso

había reñido para siempre con ellos. Poseía la verdad, y no podía

vivir con los ciegos de espíritu. Mientras Tonet andaba por aquellas

tierras del otro lado del mar, metido en batallas, leía él los

libros de los curas y pasaba las tardes á la puerta del presbiterio

reflexionando sobre las abiertas páginas, en el silencio de un pueblo

cuyo vecindario huía al lago. Había aprendido de memoria casi todo el

Nuevo Testamento, y aún parecía estremecerse recordando la impresión

que le produjo el sermón de la Montaña la primera vez que lo leyó.

Creyó que se rompía una nube ante sus ojos. Había comprendido de

pronto por qué su voluntad se rebelaba ante el trabajo embrutecedor

y penoso. Era la carne, era el pecado quien hacía vivir á los

hombres abrumados como bestias para la satisfacción de sus apetitos

terrenales. El alma protestaba de su servidumbre, diciendo al hombre:

«No trabajes», esparciendo por los músculos la dulce embriaguez de la

pereza, como un adelanto de la felicidad que á los buenos aguarda en

el cielo.

--_Ascolta, Tonet, ascolta_--decía _Sangonera_ á su amigo con acento

solemne.

Y recordaba desordenadamente sus lecturas evangélicas; los preceptos

que habían quedado impresos en su memoria. No había que preguntarse

con angustia por la comida y el vestido, porque, como decía Jesús,

las aves del cielo no siembran ni siegan, y á pesar de esto, comen;

ni los lirios del campo necesitan hilar para vestirse, pues los viste

la bondad del Señor. Él era criatura de Dios y á Él se confiaba. No

quería insultar al Señor trabajando, como si dudase de la bondad

divina que había de socorrerle. Solamente los gentiles, ó lo que es

lo mismo, las gentes del Palmar que se guardaban el dinero de la

pesca sin convidar á nadie, eran capaces de afanarse por el ahorro,

dudando siempre del mañana.

Él quería ser como los pájaros del lago, como las flores que crecían

en los carrizales, vago, inactivo y sin otro recurso que la divina

Providencia. En su miseria, nunca dudaba del mañana. «Le basta al día

su propio afán.» Ya le traería el día siguiente su disgusto. Por el

momento, le bastaba la amargura del día presente: la miseria, que le

proporcionaba su intento de conservarse puro, sin la menor mancha de

trabajo y de terrenal ambición en un mundo donde todos se disputaban

á golpes la vida, molestando y sacrificando cada cual al vecino para

robarle un poco de bienestar.

Tonet seguía riendo de estas palabras del borracho, dichas

con exaltación creciente. Admiraba sus ideas con tono zumbón,

proponiéndole abandonar el lago para meterse en un convento, donde

no tendría que batallar con la miseria. Pero _Sangonera_ protestaba

indignado.

Había reñido con el vicario, saliendo del presbiterio para siempre,

porque le repugnaba ver en sus antiguos amos un espíritu contrario al

de los libros que leían. Eran iguales á los demás: vivían atenaceados

por el deseo de la peseta ajena, pensando en la comida y el vestido,

quejándose del decaimiento de la piedad cuando no entraba dinero en

casa, con la zozobra en el mañana, dudando de la bondad de Dios, que

no abandona á sus criaturas.

Él tenía fe y vivía con lo que le daban ó con lo que encontraba á

mano. Ninguna noche le faltaba un puñado de paja donde acostarse, ni

sentía hambre hasta el punto de desfallecer. El Señor, al ponerle en

el lago, había colocado á su alcance todos los recursos de la vida

para que fuese ejemplo de un verdadero creyente.

Tonet se burlaba de _Sangonera_. Ya que era tan puro, ¿por qué

se emborrachaba? ¿Le mandaba Dios ir de taberna en taberna para

correr después los ribazos casi á gatas, con el tambaleo de la

embriaguez?... Pero el vagabundo no perdía su solemne gravedad. Su

embriaguez á nadie causaba daño, y el vino era cosa santa: por algo

sirve en el diario sacrificio á la Divinidad. El mundo era hermoso,

pero visto á través de un vaso de vino parecía más sonriente, de

colores más vivos, y se admiraba con mayor vehemencia á su poderoso

autor.

Cada uno tiene sus diversiones. Él no encontraba mejor placer que

contemplar la hermosura de la Albufera. Otros adoraban el dinero, y

él lloraba algunas veces admirando una puesta del sol, sus fuegos

descompuestos por la humedad del aire, aquella hora del crepúsculo,

que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La

hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba

al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un

chiquillo. Lo repetía: cada cual gozaba á su modo. _Cañamèl_,

por ejemplo, apilando onzas: él contemplando la Albufera con tal

arrobamiento, que dentro de la cabeza le saltaban unas coplas más

hermosas que las que se cantaban en las tabernas, y estaba convencido

de que, á ser como los señores de la ciudad que escriben en los

papeles, sabría decir cosas muy notables en medio de su embriaguez.

Después de un largo silencio, _Sangonera_, aguijoneado por su

locuacidad, se oponía á sí mismo objeciones para rebatirlas

inmediatamente. Se le diría, como cierto vicario del Palmar, que el

hombre estaba condenado á ganar el pan con el sudor de su rostro,

después del primer pecado: mas para esto había venido Jesús al mundo,

para redimirlo de la primitiva falta, volviendo la Humanidad á la

vida paradisíaca, limpia de todo trabajo. Pero ¡ay! los pecadores,

aguijoneados por la soberbia, no habían hecho caso de sus palabras:

cada uno quería vivir con mayores comodidades que los demás; había

pobres y ricos, en vez de ser todos hombres: los que desoían al Señor

trabajaban mucho, muchísimo, pero la Humanidad era infeliz y se

fabricaba el infierno en el mundo. Le decían á él que si la gente no

trabajase se viviría mal. Conforme; serían menos en el mundo, pero

los que quedasen permanecerían felices y sin cuidados, subsistiendo

de la inagotable misericordia de Dios... Y esto forzosamente había

de ocurrir: el mundo no sería siempre igual. Jesús había de volver,

para enderezar de nuevo á los hombres por el buen camino. Lo había

soñado muchas veces, y hasta en cierta ocasión que estuvo enfermo

de tercianas, cuando le entraba el frío de la fiebre, tendido en un

ribazo ó agazapado en un rincón de su ruinosa barraca, veía la túnica

de Él, morada, estrecha, rígida, y el vagabundo extendía sus manos

para tocarla y sanar repentinamente.

_Sangonera_ mostraba una fe tenaz al hablar de este regreso á la

tierra. No volvería para mostrarse en las grandes poblaciones

dominadas por el pecado de la riqueza. La otra vez no se presentó en

la inmensa ciudad que se llama Roma, sino que había predicado por

pueblecillos no mayores que el Palmar, y sus compañeros fueron gente

de percha y de red, como la que se reunía en casa de _Cañamèl_. Aquel

lago sobre cuyas olas andaba Jesús con asombro de los apóstoles,

seguramente que no era más grande ni hermoso que la Albufera. Allí

entre ellos vendría el Señor, cuando volviese al mundo á rematar su

obra; buscaría los corazones sencillos, limpios de toda codicia; él

sería uno de los suyos. Y el vagabundo, con una exaltación en la que

entraban por igual la embriaguez y su extraña fe, se erguía mirando

el horizonte, y por el borde del canal, donde se quebraban los

últimos rayos del sol, creía ver la figura esbelta del Deseado, como

una línea morada, avanzando sin mover los pies ni rozar las hierbas,

con un nimbo de luz que hacía brillar su cabellera dorada de suaves

ondulaciones.

Tonet ya no le oía. Un fuerte cascabeleo sonaba en el camino de

Catarroja, y por detrás de la choza del peso de los pescadores

avanzaba el toldo agrietado de una tartana. Eran los suyos que

llegaban. Con su vista de hijo del lago, _Sangonera_ reconoció á

larga distancia á Neleta en la ventanilla del vehículo. Después de

su expulsión de la taberna, nada quería con la mujer de _Cañamèl_.

Se despidió de Tonet y fué á tenderse de nuevo en el pajar,

entreteniéndose con sus ensueños mientras llegaba la noche.

Se detuvo el carruaje frente á la tabernilla del puerto y bajó

Neleta. El _Cubano_ no ocultó su asombro. ¿Y el abuelo?... La había

dejado emprender sola el viaje de regreso, con todo el cargamento de

hilo, que llenaba la tartana. El viejo quería volver á casa por el

Saler, para hablar con cierta viuda que vendía á buen precio varios

_palangres_. Ya llegaría al Palmar por la noche en cualquier barca de

las que sacaban barro de los canales.

Los dos, al mirarse, tuvieron el mismo pensamiento. Iban á hacer

el viaje solos: por primera vez podrían hablarse, lejos de toda

mirada, en la profunda soledad del lago. Y ambos palidecieron,

temblaron, como en presencia de un peligro mil veces deseado, pero

que se presentaba de golpe, inopinadamente. Tal era su emoción, que

no apresuraban la marcha, como si los dominara un extraño rubor y

temiesen los comentarios de la gente del puerto, que apenas se fijaba

en ellos.

El tartanero acabó de sacar del vehículo los gruesos paquetes de

hilo, y ayudado por Tonet, fué arrojándolos en la proa de la barca,

donde formaron un montón amarillento que esparcía el olor del cáñamo

recién hilado.

Neleta pagó al tartanero. ¡Salud y buen viaje! Y el hombre,

chasqueando el látigo, hizo emprender á su caballo el camino de

Catarroja.

Aún permanecieron los dos un buen rato inmóviles en la riba de barro,

sin atreverse á embarcar, como si esperaran á alguien.

Los calafates llamaban al _Cubano_. Debía emprender pronto el viaje:

el viento iba á caer, y si marchaba al Palmar aún tendría que darle á

la percha un buen rato. Neleta, con visible turbación, sonreía á toda

aquella gente de Catarroja, que la saludaba por haberla visto en su

taberna.

Tonet se decidió á romper el silencio dirigiéndose á Neleta. Ya que

el abuelo no venía, había que embarcar cuanto antes; aquellos hombres

tenían razón. Y su voz era ronca, con un temblor de angustia, como si

la emoción le apretase la garganta.

Neleta se sentó en el centro de la barca, al pie del mástil,

empleando como asiento un montón de ovillos, que se aplastaban bajo

su peso. Tonet tendió la vela, quedando en cuclillas junto al timón,

y la barca comenzó á deslizarse, aleteando la lona contra el mástil

con los estremecimientos de la brisa, blanda y moribunda.

Pasaban lentamente por el canal, viendo á la última luz de la tarde

las barracas aisladas de los pescadores, con guirnaldas de redes

puestas á secar sobre las encañizadas del corral, y las norias

viejas, de madera carcomida, en torno de las cuales comenzaban á

aletear los murciélagos. Por los ribazos caminaban los pescadores

tirando penosamente de sus barquitos, remolcándolos con la faja atada

al extremo de las cuerdas.

--¡Adiós!--murmuraban al pasar.

--¡Adiós!...

Y otra vez el silencio, coreado por el susurro de la barca al

cortar el agua y el monótono canto de las ranas. Los dos iban con

la vista baja, como si temiesen darse cuenta de que estaban solos,

y si al levantar los ojos se encontraban sus miradas, las huían

instantáneamente.

Se ensanchaban las orillas del canal. Los ribazos se perdían en el

agua. Las grandes lagunas de los campos por enterrar se extendían

á ambos lados. Sobre la tersa superficie ondeaban las cañas en el

crepúsculo, como la cresta de una selva sumergida.

Estaban ya en la Albufera. Avanzaron algo más con los últimos

estremecimientos de la brisa, y en derredor sólo vieron agua.

Ya no soplaba viento. El lago, tranquilo, sin la menor ondulación,

tomaba un suave tinte de ópalo, reflejando los últimos resplandores

del sol tras las lejanas montañas. El cielo tenía un color de violeta

y comenzaba á agujerearse por la parte del mar con el centelleo de

las primeras estrellas. En los límites del agua marcábanse como

fantasmas los lienzos desmayados é inmóviles de las barcas.

Tonet arrió la vela, y agarrando la percha, comenzó á hacer marchar

la embarcación á fuerza de brazos. La calma del crepúsculo rompió su

silencio.

Neleta, con sonora risa, poníase de pie, queriendo ayudar á su

compañero. Ella también manejaba la percha. Tonet debía acordarse

de los tiempos de la niñez, de sus juegos revoltosos, cuando

desenganchaban los barquitos del Palmar sin saberlo sus amos y

corrían los canales, teniendo muchas veces que huir de la persecución

de los pescadores. Cuando se cansase comenzaría ella.

--_Estate queta..._--respondía él con el resuello cortado por la

fatiga: y seguía perchando.

Pero Neleta no callaba. Como si le pesase aquel silencio peligroso,

en el que se huían las miradas como si temieran revelar sus

pensamientos, la joven hablaba con gran volubilidad.

En el fondo marcábase lejana, como una playa fantástica á la que

nunca habían de llegar, la línea dentellada de la Dehesa. Neleta, con

incesantes risas, en las que había algo forzado, recordaba á su amigo

la noche pasada en la selva, con sus miedos y su sueño tranquilo;

aquella aventura que parecía del día anterior: tan fresca estaba en

su memoria.

Pero el silencio del compañero, su vista fija en el fondo de la

barca con expresión ansiosa, la llamaron la atención. Entonces vió

que Tonet devoraba con los ojos sus zapatos amarillos, pequeños y

elegantes, que se marcaban sobre el cáñamo como dos manchas claras,

y algo más que con los movimientos de la barca había ella dejado

al descubierto. Se apresuró á cubrirse y quedó silenciosa, con la

boca apretada por un gesto duro y los ojos casi cerrados, mientras

una arruga dolorosa se trazaba en su entrecejo. Neleta parecía hacer

esfuerzos para vencer su voluntad.

Seguían avanzando lentamente. Era un trabajo penoso atravesar la

Albufera á fuerza de brazos con la barca cargada. Otros barquitos

vacíos, sin más peso que el del hombre que empuñaba la percha,

pasaban rápidos como lanzaderas por cerca de ellos, perdiéndose en la

penumbra, cada vez más densa.

Tonet llevaba cerca de una hora de manejar la pesada percha,

resbalando unas veces sobre el fuerte suelo de conchas y enredándose

otras en la vegetación del fondo, que los pescadores llaman el _pelo_

de la Albufera. Bien se veía que no estaba habituado á tal trabajo.

De ir solo en la barca se hubiera tendido en el fondo, esperando que

volviese el viento ó le remolcara otra embarcación. Pero la presencia

de Neleta despertaba en él cierto pundonor y no quería detenerse

hasta que cayera reventado de fatiga. Su pecho jadeante lanzaba un

resoplido al apoyarse en la percha empujando la barca. Sin abandonar

el largo palo, llevaba de vez en cuando un brazo á su frente para

limpiarse el sudor.

Neleta le llamó con voz dulce, en la que había algo de arrullo

maternal.

Sólo se veía su sombra sobre el montón de ovillos que llenaba la

proa. La joven quería que descansase: debía detenerse un momento; lo

mismo era llegar media hora antes que después.

Y le hizo sentar junto á ella, indicando que en el montón del cáñamo

estaría más cómodamente que en la popa.

La barca quedó inmóvil. Tonet, al reanimarse, sintió la dulce

proximidad de aquella mujer, lo mismo que cuando permanecía tras el

mostrador de la taberna.

Había cerrado la noche. No quedaba otra claridad que el difuso

resplandor de las estrellas, que temblaban en el agua negra. El

silencio profundo era interrumpido por los ruidos misteriosos del

agua, estremecida por el coleteo de invisibles animales. Las lubinas,

viniendo de la parte del mar, perseguían á los peces pequeños,

y la negra superficie se estremecía con un _chap-chap_ continuo

de desordenada fuga. En una _mata_ cercana lanzaban las fúlicas

su lamento como si las matasen y cantaban los _buxqueròts_ con

interminables escalas.

Tonet, en este silencio poblado de rumores y cantos, creía que

no había transcurrido el tiempo, que era pequeño aún y estaba en

un claro de la selva, al lado de su infantil compañera, la hija

de la vendedora de anguilas. Ahora no sentía miedo: únicamente

le intimidaba el calor misterioso de su compañera, el ambiente

embriagador que parecía emanar de su cuerpo, subiéndosele al cerebro

como un licor fuerte.

Con la cabeza baja, sin atreverse á levantar los ojos, avanzó un

brazo, ciñéndolo al talle de Neleta. Casi en el mismo instante sintió

una caricia dulce, un contacto aterciopelado, una mano que resbalaba

por su cabeza y deslizándose hasta la frente secaba el sudor que aún

la humedecía.

Levantó la mirada y vió á corta distancia, en la obscuridad, unos

ojos que brillaban fijos en él, reflejando el punto de luz de una

lejana estrella. Sintió en las sienes el cosquilleo de los pelos

rubios y finos que rodeaban la cabeza de Neleta como una aureola.

Aquellos perfumes fuertes de que se impregnaba la tabernera

parecieron entrar de golpe hasta lo más profundo de su ser.

--_¡Tonet, Tonet!_--murmuró ella con voz desmayada, como un tierno

vagido.

¡Lo mismo que en la Dehesa!... Pero ahora ya no eran niños; había

desaparecido la inocencia que les hacía apretarse uno contra otro

para recobrar el valor, y al unirse tras tantos años con un nuevo

abrazo, cayeron en el montón de cáñamo, olvidados de todo, con el

deseo de no levantarse más.

La barca siguió inmóvil en el centro del lago, como si estuviera

abandonada, sin que sobre sus bordas se marcase la más leve silueta.

Cerca sonaba la perezosa canción de unos barqueros. Perchaban sobre

el agua poblada de susurros, sin sospechar que á corta distancia,

en la calma de la noche, arrullado por el gorjeo de los pájaros del

lago, el Amor, soberano del mundo, se mecía sobre unas tablas.

Cañas y barro: Novela · 第 10 / 15 题