El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las máquinas.--Buenas ideas,
bellos proyectos.
Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su
despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró
Roberto.
--¡Hola! ¿Qué tal estás?
--Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?
--Te traigo trabajo.
--¡Hombre!
--He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he
acordado de tu imprenta...
--De nuestra imprenta, querrá usted decir.
--Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin
cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que
trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.
--¿Y qué hay que hacer?
--Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar
grabados?
--Sí; muy bien.
--Pues vete hoy ó mañana á verle.
--Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.
--¿Y qué? ¿Trabajas mucho?
--Sí.
--Pero ganas poco.
--Es que como los obreros están asociados, se imponen.
--¿Y tú, no estabas asociado antes?
--Yo, no.
--¿No eres socialista?
--Pse.
--¿Anarquista quizás?
--Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.
--¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á
clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?
--No; yo no defiendo ninguna.
--Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la
libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando
dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando
haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una
conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo.
La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.
Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer
una pregunta á Manuel.
--Iré luego--dijo éste.
--No, hombre; vete ahora--repuso Roberto.
--Es que quería oirle á usted.
--Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.
Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.
--Usted también es algo anarquista, ¿verdad?--preguntó á Roberto.
--Sí; lo he sido á mi manera.
--¿Cuando vivía usted mal quizás?
--No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi
primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba
de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis
profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de
memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es
un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó
aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que
antes.
--¿Y por fuera?
--¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré
conservador.
--¿De veras?
--¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir
obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por
la vida.
--Pero usted ha resuelto ya su problema.
--En parte, sí.
--¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que
quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...
--Aún queda algo que conseguir.
-¿Qué?
--El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida
hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de
albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas
cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo
lucho por el dominio.
--¿Y siempre habrá que luchar?
--Siempre.
--¿No cree usted que vendrá la fraternidad?
--No.
--¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?
--Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay
término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce,
vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico
es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y
mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden
por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...
--Tiene usted unas ideas muy negras.
--No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó
que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de
los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando
los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar
con los fuertes.
--Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el
Libertario.
--¿Quién es el Libertario?
--Un amigo mío.
--No nos convenceríamos.
--¿Por qué?
--Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una
mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del
individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos
todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y
por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa
lo mismo.
--No, á todos no.
--A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú
que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la
alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace
el Jerez fuerte y el Rhin suave.
--Pero hay anarquistas alemanes.
--Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.
--Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?
--Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca
voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista,
protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los
sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el
resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la
raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra
donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma
tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian
los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar,
al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.
--¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?
--Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los
hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un
análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo
mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho,
el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros
alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los
italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las
teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre
todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es
hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es
anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es
anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los
meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor
sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el
desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene
la sociedad.
--¿El despotismo?
--El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería
un bien.
--¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.
--Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer
á la violencia.
--Es usted más anarquista que yo--dijo riéndose Manuel--. ¿Usted cree de
veras en esa dictadura?
--Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú
un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy
á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto
grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y
metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara
explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...
--Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.
--Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.
--Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.
--¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta,
por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó
del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años,
volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se
pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean
rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles
estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se
quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo
y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya
está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las
grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera
revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la
concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda
transportar y distribuir con un precio económico, las grandes
aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada
definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo
progresivo, hoy en España sería un bien.
--Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.
--Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad,
y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.
--No, no me olvidaré.
--Bueno. ¡Adiós, Manuel!
--¡Adiós, don Roberto!
--Y en eso de la anarquía, tómalo como _sport_; no te metas demasiado.
--¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.
--Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas
perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un
desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los
demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!
Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á
trotar por la calle.
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