CAPÍTULO II

El derecho.--La ley.--La esclavitud.--Las vacas.--Los negros.--Los

blancos.--Otras pequeñeces.

El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso

tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.

Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el

período álgido.

--Qué tarde--le dijo el Madrileño--te has perdido; la gran juerga; pero,

en fin, todavía continúa.

Las caras estaban congestionadas.

--¿Quiénes son los que discuten?

--El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.

El jorobado era Rebolledo.

--Lo que proclamamos nosotros--decía el estudiante Maldonado con voz

iracunda--es el derecho al bienestar de todos.

--Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado--replicó Rebolledo

padre.

--Pues yo sí.

--Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener

derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á

edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no

tuviéramos derecho.

--Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo--replicó Maldonado.

--Claro--dijo Prats.

--No, claro no--y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con

vigorosos signos negativos--, porque el derecho de la persona varía con

los tiempos y hasta con los países.

--El derecho es siempre el mismo--afirmó el grupo jacobino.

--¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos,

y ahora no?--preguntó el jorobado.

--Porque las leyes eran malas.

--Todas las leyes son malas--afirmó rotundamente el Libertario.

--Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito--dijo con

ironía el Madrileño--, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.

--Si se suprimiera el Estado y las leyes--afirmó uno de los

circunstantes--los hombres volverían á ser buenas personas.

--Esa es otra cuestión--repuso con desdén Maldonado--, yo le contestaba

al señor--y señaló á Rebolledo--y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.

--Usted decía--dijo el jorobado--que las leyes antiguas, que permitían

tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que

si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener

esclavos.

--No... la ley es una cosa, el derecho es otra.

--¿Pero qué es el derecho entonces?

--El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como

hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.

--Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por

ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar

cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?

--Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida--replicó Prats.

--¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?

--Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes--dijo el catalán enfadado.

--No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.

--Es usted un reaccionario.

--Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han

convencido.

--¿Pero es que usted no cree--gritó Maldonado--que todo el que nace

tiene derecho á vivir?

--No sé--contestó el jorobado--; las vacas también nacen y deben tener

derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en

bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.

Se echaron todos á reir.

--Es que se va de la cuestión--dijo Prats.

--No--replicó el jorobado--, es que á mí las pamplinas me hacen la

santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice _na_.

Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte,

y _pa_ mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí

me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo

que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que

tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo

haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar.

¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana

suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda,

aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo

encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no

puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni

más filosofía que eso.

--Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible--dijo

Maldonado.

--Yo encuentro que tiene razón--exclamó el Libertario.

--Sí, desde su punto de vista sí--añadió Juan.

--De esa manera de pensar--repuso el Libertario--son la mayoría de los

españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el

cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más

fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.

El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso

quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta

modestia añadió al cabo de un rato:

--Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay

cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el

trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.

--Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á

impedir que el hijo herede al padre?--preguntó Maldonado.

--Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos

los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego

el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.

--Con la anarquía no habrá holgazanes--dijo Prats.

--¿Y por qué no?

--Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización

social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.

--¿Por qué?

--Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros

tampoco.

Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.

--¿Y el que guarde dinero?--preguntó el jorobado.

--No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.

--¿Y los ladrones?

--No habrá ladrones.

--¿Y los criminales?... ¿los asesinos?

--No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que

asesine para robar.

--Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.

--Esos son enfermos y hay que curarlos.

--¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?

--Sí.

--¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?

--Sí.

--Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.

--Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra--dijo Prats--. Esas

cosas de detalles se estudiarán.

--Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?

--¿Qué? mejorar la vida.

--¿Ganaremos más?

--¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.

--Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.

--Sí.

--¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?

--¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?--dijo Prats de mal

humor.

--En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los

inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa

el trabajo?

Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al

catalán, que dijo en un arranque de mal humor:

--Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.

--No--arguyó Maldonado--, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he

escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he

hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.

--Bueno--replicó Rebolledo--, pero aun suponiendo que el inventor no sea

superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente

una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á

otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos,

y unos superiores á otros.

--No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.

--Pero eso no puede ser.

--¿Por qué no?

--Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa

bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir

los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es

mayor ó menor.»

--Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted

comprender que el mundo cambie en absoluto--dijo Maldonado con desdén.

--¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de

que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á

variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales,

todos serán iguales... no lo creo.

--No lo crea usted.

--Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su

palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.

Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto

del barbero.

* * * * *

--Me ha convencido usted--le dijo Manuel al jorobado.

--Claro--exclamó el Madrileño impaciente--, como que todas esas fórmulas

son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la

Revolución, _pa_ divertirse.

--Eso es--dijo el señor Canuto--; qué tanta teoría, ni tanta alegoría,

ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á

ello y echar con las tripas al aire á los _burgantes_, y tirar todas las

iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos

los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un

general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un

buen _cate_ ó una _puñalá_ trapera... y adivina quién te dió... Eso es.

Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y

humanos y no una partida de asesinos.

--¡Pero será este hombre mendrugo!--exclamó el señor Canuto en el colmo

del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor,

le dijo:--Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me

dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto

algo en la vida--poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior

del ojo derecho--más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está

usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el

sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema

actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón

para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted

quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible

que se atraviese usted el corazón.

--No le entiendo á usted--dijo el catalán.

--¿No?--y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con

lástima--. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola--y

haciéndose el humilde continuó--: pero sí que me figuraba conocer un

poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene

una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras

escrofulosas, ¿qué hace usted?

--¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.

--Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?

--Claro.

--Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al

enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda,

aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera,

paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta

cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de

arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras

sociales.

--Será verdad; á mí no me lo parece.

--¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se

ofenderá usted. Eso es.

--No, señor; yo no me ofendo.

--Pues hágase usted socialista.

--¿Por qué?

--Porque eso que dice usted y hacerse _socialero_, es lo mismo que ir á

cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de

caña. Eso es.

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La lucha por la vida: Aurora roja · 第 33 / 63 题