En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas:
en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual
manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al
fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de
cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el
observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de
representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados
sanguijuelas.
¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones
médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!
Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con
rejas, escrito con letras negras se leía: