Un barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y
peluquería.--Tipos raros, buenas personas.
La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de
Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban
la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una
curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga
tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de
hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la
parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio
derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña,
por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las
arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar
la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la
calle de Magallanes, para lo cual se unía á las verjas, paredones,
casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros.
Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San
Luis y San Ginés y la Patriarcal.
Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un
cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San
Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.
Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos
tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de
fúnebre, como la de Magallanes.
En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda
mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de
Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente
fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía
parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de
barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre
todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus
casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto
del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la
boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan
céntimos á los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar
canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la
comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del
Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de
calle de la Muerte.
Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así
como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el
sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser
extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era
raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de
golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.
La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una
parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba
como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una
gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la
vecindad.
Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran
viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas
numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente
había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de
entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana
con una reja.
Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la
tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y
remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de
geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y
prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un
chambergo.
La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía: