Aquí concluye esta novela sencilla y vulgar. He «vivido» otras muchas,
(que no merecen ser escritas) muy dramáticas e interesantes, pero
ninguna como ésta tan sincera y tan casta, triste flor de mi dolorida
juventud.
«Angelina» se llama en memoria de la pobre niña que sacrificó por mí,
con sublime heroismo, todas las ilusiones de su vida.
En lo más hondo de mi corazón, como la huérfana lo deseaba, hay un
rinconcito que no he profanado con el amor de otra mujer,--y allí vive
Linilla.
Orizaba, Diciembre de 1893.