No me atreví a pedir licencia para ir a Villaverde, aunque las noticias
recibidas esa tarde no eran buenas. Tía Carmen había tenido calentura
muy ligera. Un resfriado, en concepto del doctor, y nada más. Sin
embargo, no estaba yo tranquilo.
Trabajamos en el escritorio hasta las ocho de la noche, y al sentarnos a
la mesa, me dijo don Carlos:
--Mañana, después de misa, escribirá usted esas cartas, y por la tarde
haremos la liquidación esa. Quiere Gabriela unos papeles de música. Me
dice que están en el piano; recójalos usted y mándeselos. Ahí en la mesa
está la lista....
Cenamos alegremente. El señor Fernández estaba de buen humor, y durante
la comida charló a su gusto de las fiestas de Villaverde. Después habló
de trabajos agrícolas y de las obras del camino de hierro.
--Es de sentirse,--decía--que el ferrocarril no pase por Villaverde.
Pluviosilla será la ciudad que saque más provecho. En sus aguas y en sus
ríos tiene una fuente de riqueza.... ¿Cuántas fábricas tiene ahora?
Una.... Pues de aquí a veinte años ¡ya verán ustedes!... Sería oportuno
adquirir terrenos en Pluviosilla, particularmente cerca de los ríos....
Dentro de pocos años han de valer el doble de lo que ahora cuesten.
Pluviosilla será, no hay que dudarlo, la primera ciudad fabril del
Estado y de la República....
Los criados se habían retirado ya. De pronto apareció Mauricio en el
comedor, diciendo que alguien me buscaba.
--¿A mí?--pregunté sobresaltado.
--Sí, traen una carta....
--¿Quién la trae?
--No lo conozco.
Me levanté precipitadamente en busca del desconocido. Me traía dos
cartas: una de Linilla y otra de tía Pepa. Corrí a leerlas.
--¿Qué pasa?--preguntó don Carlos.--¿Algo de cuidado?
Abrí el pliego. No contenía más que unos cuantos renglones.
«Carmen está muy grave. Ya el doctor mandó que se disponga, y a las
cinco recibirá el Viático. Vente luego, luego; pide permiso, que el
señor don Carlos no te lo ha de negar. Considérame».
Puse la cartita en manos de don Carlos. Leyóla de una ojeada, y exclamó:
--Pues que ensille Mauricio, y ¡vayase usted!
Y dirigiéndose al mozo agregó:
--Te vas con el señor.
Media hora después íbamos, y a buen paso, camino de Villaverde.
La noche estaba obscura. Allá en el corazón de la Sierra fulguraba
lejana tempestad. Oíanse truenos lejanos, muy lejanos, y de cuando en
cuando, a la luz de los relámpagos, descubríamos las cimas de los montes
más distantes. El cielo parecía envuelto en una red de rayos.
Amenazábanos la lluvia, caían gruesas gotas, y en el bosque cercano
resonaban las arboledas como al paso de impetuoso viento. Silbaban las
serpientes entre los matorrales del camino, zumbaban mil insectos entre
las hierbas, y el ruido del aguacero se aproximaba rápido y pavoroso.
Los árboles me parecían espectros; las luces de las chozas cirios que
ardían delante de un cadáver.
Ibamos al trote. Yo iba silencioso y angustiado; Mauricio me seguía
diligente y respetuoso. La lluvia no invadió el valle, se detuvo en las
montañas, descargó allí, y pronto fué despejándose el cielo. Allá, rumbo
a Villaverde, centelleaban las estrellas del Carro. La tempestad seguía
batallando, pero ya floja y desmayada, en lo más remoto de la Sierra.
«¡La muerte!--pensaba yo, mientras Mauricio silbaba entre dientes un
canto melancólico.--¡La muerte! Voy a verla llegar... acaso ha llegado
a esta hora.... ¡Nunca creí que los míos, los que yo amaba, pudieran
morir!»....
Me dolía el corazón, y mi pensamiento iba de una cosa a otra sin
detenerse en ninguna. Complacióme el recuerdo de mejores años, de
venturosos días; suspiraba yo por la tranquilidad del colegio en que
pasé dos lustros, y me parecía que las alegres memorias de la infancia
alejaban de mí pesares y dolores. ¡Angelina! ¿Dónde estaba Angelina?
¡Cómo lloraría por la enferma! ¡Gabriela! ¡Qué dulcemente consolaría a
su amigo! Pero luego caía yo en un abatimiento tal y tan grande, que no
acertaba a guiar la caballería. «¿Por qué se mueren las gentes? ¡Dios
mío! ¿por qué?--repetía yo.--¿Por qué quieres llevarte a la pobre
anciana?» ¡Necio de mí que no acerté a pensar que la muerte estaba tan
cerca! No, sí, lo pensé; lo pensé muchas veces; pero siempre la ví
lejos, ¡muy lejos!... Y ahora venía de pronto, ¡insidiosa, inesperada...
cruel... terrible!... El que se muere--me decía yo--es como un náufrago
arrebatado por las olas: lucha por ganar la orilla, todos los que le
aman quieren salvarle, y no pueden, y es imposible, todo esfuerzo es
inútil... y el infeliz pide socorro... ¡y parece que no le oyen!...
¡Horrible! ¡Horrible!
Angustiado, trémulo, me dirigía yo a Dios, pidiéndole ayuda, ¡pidiéndole
un milagro!... El corazón, rendido de cansancio, quedaba insensible; la
inteligencia entorpecida no acertaba a fijarse en nada... hasta que
recobraba fuerzas el corazón. Entonces me ocurría que todo aquello era
una pesadilla espantosa, de la cual despertaría consolado y feliz. Pero
¡ah! la realidad estaba allí, delante, cruel, implacable. Y oraba
devotamente, lleno de fe, con fe de santo, y acudían a mis labios las
oraciones que aprendí de niño, y las recitaba cuidadosamente, poniendo
el alma y la vida en cada frase, en cada palabra, en cada sílaba.
Deseaba llegar a Villaverde, y me sentía tentado de volverme a la
hacienda, y huir, huir a las montañas, a los bosques, a ciudades
remotas, para no saber nada, nada de lo que acontecía en mi casa. Quería
verme rodeado de mis amigos, de todos mis amigos, de todos, para
refugiarme en su afecto como en un puerto de salvación.... Tenía miedo
de estar solo, y a cada rato miraba si Mauricio iba cerca de mí....
No sé qué hora sería cuando entramos en Villaverde. Pasada la garita
seguimos por la calle Principal. ¡Estaba desierta! No podía ser de otra
manera, pero yo esperaba que estuviese llena de gentes, de amigos que
vendrían a mi encuentro para decirme: «No temas: ¡todo ha sido un
sueño!...»
Y no había nadie, ¡nadie! Aullaba un perro en una callejuela. Los serenos
que dormitaban en las esquinas, sentados cerca de su linterna, se
levantaban al oir el paso de los caballos, saludaban, y se iban a lo
largo de las aceras perezosos y distraídos.... Los faroles mortecinos
brillaban de trecho en trecho con luz rojiza en la obscuridad de las
calles, como cirios en funeraria pompa.
Unos cuantos minutos y estaría yo a la cabecera de la enferma. Las
pulmonías y las fiebres perniciosas son terribles en Villaverde, pocos
ancianos las resisten, y mi pobre madrina, achacosa, débil, extenuada
por largos padecimientos, tendría que sucumbir. Pero no, por qué, si la
queríamos tanto... si era tan buena, tan cariñosa... ¡si era una
santa!
--Por aquí, señor, por aquí llegaremos más pronto...--me dijo Mauricio,
que iba a mi lado.--Yo conozco muy bien las calles, porque antes venia
yo todos los días a vender leche.
Le seguí sin oir lo que el mancebo decía. ¡Cómo resonaba en la calle
desierta el paso de las cabalgaduras!
--Aquí!--exclamó Mauricio, deteniendo el caballo.
--No es aquí....
--Sí, señor.
--El zaguán estaba abierto. Por una de las ventanas salía un torrente de
luz.
Lo comprendí todo. Sentí que se me desgarraba el corazón, que la sangre
se me subía al cerebro. Al apearme del caballo ví, sin quererlo, el
cadáver de mi madrina. Estaba velado con un lienzo blanco.
Andrés me recibió en sus brazos.
--¡Bien te lo decía el corazón!
Vacilante, sin saber lo que hacía, me dirigí a la sala, apoyado en el
noble servidor que no podía contener los sollozos.
Tía Pepa salió a mi encuentro, reclinó en mi hombro la encanecida
cabeza, y sin decir una palabra me abrazó fuertemente.