Rara vez salía yo de casa, y sólo para visitar a don Román. Me pasaba la
mañana en mi cuarto, y la tarde en el jardincillo, entregado a mis
poetas favoritos.
--¿Qué libro lees ahora?--solía preguntarme el «pomposísimo», cuando iba
a verle.--¿Lamartine? ¿Víctor Hugo? ¿Novelitas de Dumas?
Contestaba yo afirmativamente, y el buen anciano hacía un gesto, gruñía,
y agregaba mohino:
--¡Uf! No, niño; no pierdas el tiempo. ¡Los clásicos! ¡Los grandes
autores del siglo de Augusto! Virgilio... ¡el dulce Virgilio!
Horacio.... Y si no tienes muy firmes tus latines, los clásicos
españoles.... Fr. Luis de León, Herrera.... Déjate de los románticos;
son intemperantes y monstruosos.... ¿Qué ha dicho Víctor Hugo que no
esté superado por los poetas latinos? ¿En qué han sobrepujado él y tu
Zorrilla, tu gran Zorrilla, a Lope y a Calderón? Vamos, muchacho,
¿quieres tener buen gusto? Pues deja de la mano esos mamarrachos. Si tú,
a quien yo inicié en las grandes bellezas de la literatura clásica,
gustas de las novedades esas, ¿qué harán los discípulos de Venegas y
Ocaña? ¡Así anda todo! ¡Así andan las letras patrias!... ¡Por eso ya no
hay Carpios ni Pesados!
Pero yo no escuchaba los consejos de don Román, y repasaba las páginas
más elocuentes de Chateaubriand, los versos más dulces de Lamartine, y
me aprendí de memoria las mejores escenas del «Hernani», en una
colección de comedias, traducidas por no sé quién. Aun recuerdo algo del
célebre drama romántico, aquello de doña Sol a Carlos V:
--«¡Callad, que me avergonzáis...! Don Carlos, entre los dos todo
amorío es locura.... Mi padre su sangre pura vertió en la guerra
por vos, y yo, que airada os escucho, soy, pese a furor tan loco,
para esposa vuestra, poco, para dama vuestra, mucho.»
Desdeñaba los libros clásicos, y me engolfaba en el piélago anchuroso de
la literatura romántica. Andrés compró cierto día, en su tienda de «La
Legalidad», un tercio de papeles viejos, entre los cuales hallé
folletines, libros, folletos, entregas, y tomos de «La Cruz», que me
apresuré a recoger. Entonces leí buena parte de «El Fistol del Diablo»;
devoré las novelitas de Florencio del Castillo, y en dos días me eché al
colecto los dos tomos de «La Guerra de Treinta Años», de Fernando
Orozco, el más intencionado de nuestros novelistas.
¡Qué impresión tan penosa me causó ese libro! Me llenó de tristeza, y
lastimó cruelmente mi corazón. No pude más: tiré el volumen, cogí el
sombrero, y me lancé a la calle.
Hermosa tarde primaveral, dorada, luminosa.... Me dirigí hacia la
colina, y subí hasta mi sitio predilecto.
El cielo sin nubes ni celajes parecía una bóveda de cristal cerúleo. Las
arboledas, frescas y reverdecidas, hacían gala de su flamante veste, y
en las dehesas y en los collados flotaba una misteriosa claridad rosada.
Medio valle gozaba aún de los últimos esplendores del día, y allá detrás
de la iglesia de San Juan, a espaldas de un molino, medio escondido
entre los platanares y los «izotes», en la curva más ancha y despejada
del Pedregoso, los últimos rayos del sol trazaban una estela de plata,
que partía de un foco esplendoroso, cuyas poderosas irradiaciones
lastimaron mis pupilas.
La ciudad estaba como envuelta en una gasa de oro, y hacia el Oriente se
perfilaban las cimas de los montes, el pico de los Otates, y los
crestones de Mata Espesa, sobre un fondo verdoso de suaves opalinas. Del
lado del Poniente fingían las nubes ardiente cordillera, un abismo de
llamas, entre las cuales se ocultaba el sol. En Villaverde, lo mismo que
en Pluviosilla, esos crepúsculos de fuego son anuncio seguro de caluroso
día; anuncia el «sur», el viento abrasador que caldea la atmósfera y
calcina la tierra.
Llegaban hasta mí las voces de los transeuntes que atravesaban la
Alameda, o iban a lo largo del ancho camino carretero orillado de
fresnos.
El grato vientecillo nocturno acariciaba mi frente con sus perfumados
besos.
Aun brillaban en la Sierra los últimos reflejos del día, y mientras
subían del valle los mil rumores de la naturaleza adormecida, las voces
del río y el canto de los pájaros, me puse a contemplar el magnífico
cuadro que tenía delante.
Las sombras invadían poco a poco la ciudad. Bajaban de las montañas;
surgían de los barrancos; salían de los bosques; corrían por las
llanuras, y se precipitaban en tropel por los «callejones». Tímidas y
cautelosas se detenían allí, un instante nada más, y luego avanzaban
presurosas hacia la plaza. Brilló en el río la última ráfaga de luz; la
verdosa claridad del aire se tornó en un vago reflejo de color de
violeta, ennegrecióse el valle, y llegó la noche.
--«Así,--pensaba yo,--así se van las alegres ilusiones, así se
desvanecen las más risueñas esperanzas: La vida es un perpetuo dolor. Lo
pasado nos entristece con el recuerdo del bien perdido; en lo presente
no encontramos la dicha; lo porvenir nos llena de espanto...»
«¿Será cierto que el dolor es el triste patrimonio de la mísera
humanidad? ¿Será cierto que no es posible la realización de nuestros más
nobles deseos? Malógrense enhorabuena los planes del malvado; disípense
como la niebla los proyectos del perverso; pero ¿por qué han de ser
inútiles y vanos todos los pensamientos generosos, todas las
desinteresadas aspiraciones de la juventud? ¿Será cierto que la maldad
nos acecha por todas partes? ¿Será verdad que el vicio se disfraza con
el blanco traje de la virtud, y que la flor más bella está comida de
gusanos? ¿Si es una verdadera miseria vivir en la tierra, no es mejor
morir cuando no hemos probado aún las amarguras de la vida?»
«Me dí a pensar en mi suerte. Me ví solo en el mundo, sin padres, sin
parientes, sin amigos. ¿Quiénes me amaban? Dos ancianas que estaban, sin
duda, a orillas del sepulcro; un pobre médico, rendido al peso de los
años; un buen servidor; un maestro de escuela, enfermo y miserable; una
niña desgraciada, huérfana, condenada a padecer. La desdicha y el
infortunio nos habían juntado, y serían siempre nuestros compañeros...»
«A veces me sentía dichoso, feliz; aleteaban en mi alma las mariposillas
de la ilusión; me sonreía la esperanza, y soñaba con auroras
primaverales y venturosos días. Y ¿qué era todo eso? Delirios,
fantasías, locuras de muchacho que no sabe nada de la vida. ¡Ah! Si me
fuera dable matar en mí esta voluntad, siempre activa, siempre
inquieta.... No buscar la felicidad, huir del dolor...»
Entregado a estas ideas pasé largo rato, cerrados los ojos, de codos en
la roca, oculto el rostro entre, las manos. Había obscurecido y era
preciso volver a la ciudad. El caserío estaba iluminado y el firmamento
tachonado de luceros. Un fulgor de plata inundaba el horizonte, y allá,
tras los picachos de la Sierra, surgía la luna llena, espléndida y
magnífica.