Cuando llegué al despacho me encontré con el jurisperito. Salía para ir
al Juzgado.
--Amigo:--me dijo muy gestudo y mohino--ya me cansé de esperar.... ¿Qué
le ha pasado? ¿Por qué viene usted a esta hora? Recuerde usted que el
deber es lo primero. Déjese usted los amoríos para los ratos de huelga.
Me sentí herido, y murmuré una disculpa, que no calmó la cólera de don
Juan, sino que, por lo contrario, le impacientó, porque, interrumpiendo
mis excusas, agregó en tono despreciativo:
-¡Bien! ¡Bien! ¡Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted
a las muchachas que no me esperen.... Volveré entre cuatro y cinco. Ahí
en mi bufete está un escrito.... ¡Cópiele usted!
Se compuso el sombrero, y se fué. A poco, cuando principiaba yo a
escribir, oí en el zaguán voces femeniles que distrajeron mi atención.
Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la
puerta del escritorio. Venían muy majas y de ataque.
--¡Papá!--gritó la rubia, asomando su vivaracha cabecita.--¡Papá! ¡Ya
estamos de vuelta!
Luego que supieron que don Juan había salido, y que no volvería hasta la
tarde, las dos muchachas se colaron de rondón en el despacho, y tomaron
asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se
miraban y sonreían como deseosas de decir algo que no les cabía en el
cuerpo.
--¿No le robamos el tiempo?--preguntó la morena.
--No, señorita.
--¿De veras?--dijo la rubia.
--No.
--Pues entonces,--prorrumpió Luisa,--deje la pluma y charlemos un rato.
--Como ustedes gusten.
--¿A qué no sabe usted de dónde venimos?
--De la iglesia; de las tiendas; vendrán de comprar perendengues y
moños.
--¡No!--exclamaron a una.
--No acierto....
--¡Adivine usted!...--dijo la morena.
--¡Adivine usted!...--repitió la rubia.
--No acierto, señoritas....
--¿Oyes, Luisa? ¡No acierta! Pues nosotras sabemos dónde estuvo usted
hace media hora....
--¡Ah! No es difícil saberlo. Acabo de llegar, y ustedes me verían salir
de casa..
--¿Oyes, Tere? ¡De... casa!
--Pues de allá salí hace una hora.
--¿Conque de casa, eh?--murmuró la morena.--¡De casa!
Se miraron discretamente, y sonrieron.
Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las
horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomodó en el asiento
dejándome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerró de un
golpe el abanico, fingió que arreglaba las varillas, bajó los ojos, y
después de un rato de silencio, repitió, viéndome de hito en hito:
--¿Conque de casa, eh?
Me eché a reír. Aquel «conque» era la muletilla de las señoritas Castro
Pérez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decían «las
niñas Castro Conque».
--¿De qué se ríe usted?--preguntó contrariada la rubia.
--De nada. Son ustedes muy maliciosas....
--¡Conque de casa!--volvió a decir.--No sabíamos que vivía usted allí,
en el ¡«pa... la... cio» de la marquesita! ¿Por qué no avisa usted
cuando muda de casa?
La tormenta estaba encima.
--Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del señor
Fernández..., ¿y qué?
--¡Vaya! ¡Vaya! Confiesa usted...--exclamó Luisa, abanicándose.
--Nada tiene de extraño. Ya saben ustedes que los negocios.... Fuí a
recoger una firma.
--¡Puede! Si nosotras estábamos allí.... Fuimos a pagar la visita. Ya
nos daba vergüenza ver a Gabriela. Figúrese usted que hace más de un año
que vino acá. Papá decía a cada rato: «Niñas... ¿ya pagaron esa
visita?» Nosotras no queríamos ir... porque... la verdad....
--¡No la digas;--interrumpió la morena--no la digas, que Rodolfo es de
los interesados!
--¡Adiós! ¿Y por qué no? Una es muy dueña de decir lo que quiera....
--Sí; pero... ¡no a todo el mundo! ¿No ves que Rodolfo....?
--¡Diga usted, Teresa, diga usted!
--¡No, Tere!--suplicó Luisa.
--¡Pues lo he de decir!... Pues, ¡vaya, que... esa señorita nos...
choca!
--¿Y por qué?
--¡Friolera!--exclamó Luisa.--¿No la ve usted tan pagada de sí, y tan
orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas
somos unas payas..., unas ridículas.
--Vean ustedes, señoritas: pienso que esa niña no es orgullosa, ni está
pagada de sí; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario,
es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que
ustedes le atribuyen....
--¡Usted qué ha de decir!... Usted la defiende porque... ¡vaya! ¡porque
está usted enamorado de ella!
--¿Yo, Teresa?
--Sí.
--¿Quién ha dicho eso?
--¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo lo dice!
--Pues «todo el mundo» dice mentira.
--¿Mentira? ¡Que me azoten en la plaza, y que no lo sepan en mi casa!
Usted dirá lo que guste... pero si no es verdad eso que cuentan, usted
tiene la culpa de todo, porque le hace usted unos osos terribles....
Noche a noche va usted a oirla tocar.... Allí se está usted horas y
horas, en la baranda de la Plaza. Y por eso Gabriela, que sabe que
tiene... «au... ditorio», no se quita del piano.... Y por cierto
que... (¡no se enoje usted!) ¡por cierto que la pobrecilla lo hace bien
mal!... ¿Verdad, Luisa?
--¡Por Dios, Tere!--exclamó la morena.
--¡Cállate tú! Ahora verá usted, Rodolfo: le dijimos que tocara, y tocó
la «Sonámbula» de Talberg. ¡Jesús nos asista! ¡Qué «Sonámbula»!
--No, hija, no; no digas eso.... Ella toca sin expresión, sin compás...
pero en cuanto a ejecutar... ¡ejecuta mucho! Ya quisieran muchos, de
esos que se llaman profesores, ejecutar como Gabriela.
--Pues, mira, Luisa; ¡yo ni eso le concedo! ¿Qué chiste tiene eso de
aporrear el piano? Si aquello me parecía un pleito de perros.
Y la rubia se tapó las orejas.
--Teresa, por Dios: ¡ten caridad!--dijo en tono compasivo la morena.--No
hables así; dirán que decimos eso por... ¡envidia!
--¿Envidia yo? ¿Y de qué? ¿Yo? ¡Gracias a Dios que no toco el piano!
--No; pero pensarán que tú no haces más que repetir lo que yo digo.
--Y dirán la verdad. Quién me dijo ahora, al salir de allá: «¿Viste,
oiste? ¡Eso no es tocar! ¡Lástima de piano!» ¿No fuiste tú? Pues
entonces ¿de qué te espantas? Yo diré lo que me dé la gana. Ya lo sabes:
¡tan fea como tan franca!
Me indignaba la murmuración de aquellas niñas tan mal educadas y tan
cursis.
--¿Fea? ¡Nada de eso! ¿Quién ha dicho que es usted fea? No lo digo yo,
ni lo dice nadie, y menos... Ricardo Tejeda.
Encendióse la rubia al oír este nombre. Ricardo había sido su novio, lo
sabía yo muy bien, él mismo me lo dijo en el Colegio, y Teresa no le
perdonaba a mi amigo que, a poco de «terminar» con ella, hubiera visto
con demasiado interés a la elegante y encantadora señorita. De aquí el
odio a Gabriela; de aquí que murmurase de su hermosura; de aquí el que
afeara todo en la señorita Fernández.
--Sí;--contestó vivamente Teresa--ya sé que en Ricardo tiene usted un
rival....
La maldiciente polluela estaba enamorada de amigo; le quería, a su
manera, le amaba como loca, y no podía olvidarle.
--Sí, ya sé que Ricardo está enamorado de Gabriela, lo sé; y sé también
que por eso no habla con usted, ni le busca como antes. ¡Antes tan
amigos! ¡Ahora enemigos a muerte!
--¿Enemigos? ¿Quién ha dicho eso?
--Sí, se pasan pero no se tragan.... Pero esté usted tranquilo, Rodolfo;
Ricardo no es temible... ¡no es temible!
--Vea usted, señorita: si Ricardo está creyendo que yo pretendo a
Gabriela, es porque alguno le ha engañado.... ¡Alguno que ha querido
burlarse de nosotros...!
Luisa nos escuchaba atentamente, jugaba con el abanico, y sonreía al
oirme. Teresa se quedó un instante pensativa.
--Oiga usted, Rodolfo: ¿me quiere usted hacer un favor?
--Veamos, ¿cuál?...
--¿Tiene usted amores con esa señorita?
--No.
--¿De veras?
--De veras.
--Pues, enamórela usted; enamórela usted. Yo conozco muy bien a las
mujeres, como que soy del sexo. ¡Enamórela usted! ¡Yo le aseguro que en
dos por tres se arreglan ustedes!
--¿Y Ricardo?--pregunté con mucha seriedad.
--¿Ricardo? ¡Qué rabie! ¡Quién le manda ser tonto!
Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se
fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvió hacia mí, y con
tono entre suplicante y malicioso me dijo:
--Rodolfo: ¡enamórela usted!