La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol
que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me
sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un
soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi
desmayado corazón.
No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno
mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del
jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando
en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su
amorosa serenata.
A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos
escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable
metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que
sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las
impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar
la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que
señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y
paralizaba mi pensamiento.
Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la
incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso,
y procuré dormir.
Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte.
Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el
dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y
fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo,
desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para
completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.
El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que
próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar
entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.
¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba?
Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como
abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso;
un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza
y... ¡de hambre!
Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de
mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi
sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de
Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con
sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que
teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la
nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.
Iba yo a ganar un buen sueldo; no sabía yo cuanto; pero, en fin, no
sería tan exíguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendría yo en la
hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar
la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tías, aunque fuese para
atender a sus necesidades de un modo más amplio, me atormentaba, me
llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que
en el prometido empleo me sería necesario tratar con personas que no me
estimaran, que acaso no me conocían, y de las cuales tendría yo que
sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida
felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo
que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los
rodea, nadie acierta a señalar lo único que a los mimados de la fortuna
da verdadera superioridad sobre aquéllos que viven de un trabajo diario,
penoso y mal retribuído. No; no está su envidiable superioridad en los
respetos sociales, ni en la estimación pública, que, aunque aparente y
mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les
guarden consideraciones y respetos; ni está en la tranquilidad de una
vida sin afanes,--que también los tiene el rico, y grandes y
terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar
los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua
del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate
el espíritu, envilece el alma, la nivela con lo más abyecto, y sólo
espíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos de
la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas
degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si
llega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe de rojo las mejillas,
decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida de
miseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo que
se quiera, esa nobleza es la única felicidad de los ricos. Por ella,
sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en ellos envidia
la multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente del
comediante. ¡Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las
prendas más altas del corazón!
Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyo
hogar faltó muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el
demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pública, y no
como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una
frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la
súplica sonriente; de la petición insinuante a la explotación
vergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis cómo,
aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna
los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lo
más escondido del corazón el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza
desesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían la soberbia
hipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen
flexibilidades de víbora; la ruindad intrigante, la maledicencia
ponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que todo lo afea.
En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el
pensamiento, alto el corazón: el estudiante que se afana por
conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el
trabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha por
conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la única
disculpa que tiene la avaricia.
Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus
propósitos; pero de él heredé ese instinto de soberbia altivez con la
cual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de hombre maduro, la
humillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal de
quien se consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzura
para la debilidad, sumisión respetuosa para todo acto de justicia,
tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta
delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.
Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vino
dulce y halagador, como un amigo cariñoso que acude a nuestro llamado
para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazón; como una hermana
compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente,
entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos
y necesitamos descanso.