XXXVIII

La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol

que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me

sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un

soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi

desmayado corazón.

No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno

mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del

jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando

en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su

amorosa serenata.

A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos

escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable

metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que

sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las

impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar

la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que

señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y

paralizaba mi pensamiento.

Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la

incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso,

y procuré dormir.

Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte.

Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el

dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y

fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo,

desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para

completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.

El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que

próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar

entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.

¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba?

Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como

abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso;

un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza

y... ¡de hambre!

Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de

mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi

sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de

Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con

sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que

teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la

nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.

Iba yo a ganar un buen sueldo; no sabía yo cuanto; pero, en fin, no

sería tan exíguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendría yo en la

hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar

la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tías, aunque fuese para

atender a sus necesidades de un modo más amplio, me atormentaba, me

llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que

en el prometido empleo me sería necesario tratar con personas que no me

estimaran, que acaso no me conocían, y de las cuales tendría yo que

sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida

felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo

que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los

rodea, nadie acierta a señalar lo único que a los mimados de la fortuna

da verdadera superioridad sobre aquéllos que viven de un trabajo diario,

penoso y mal retribuído. No; no está su envidiable superioridad en los

respetos sociales, ni en la estimación pública, que, aunque aparente y

mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les

guarden consideraciones y respetos; ni está en la tranquilidad de una

vida sin afanes,--que también los tiene el rico, y grandes y

terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar

los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua

del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate

el espíritu, envilece el alma, la nivela con lo más abyecto, y sólo

espíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos de

la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas

degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si

llega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe de rojo las mejillas,

decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida de

miseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo que

se quiera, esa nobleza es la única felicidad de los ricos. Por ella,

sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en ellos envidia

la multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente del

comediante. ¡Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las

prendas más altas del corazón!

Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyo

hogar faltó muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el

demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pública, y no

como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una

frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la

súplica sonriente; de la petición insinuante a la explotación

vergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis cómo,

aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna

los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lo

más escondido del corazón el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza

desesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían la soberbia

hipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen

flexibilidades de víbora; la ruindad intrigante, la maledicencia

ponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que todo lo afea.

En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el

pensamiento, alto el corazón: el estudiante que se afana por

conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el

trabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha por

conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la única

disculpa que tiene la avaricia.

Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus

propósitos; pero de él heredé ese instinto de soberbia altivez con la

cual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de hombre maduro, la

humillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal de

quien se consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzura

para la debilidad, sumisión respetuosa para todo acto de justicia,

tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta

delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.

Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vino

dulce y halagador, como un amigo cariñoso que acude a nuestro llamado

para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazón; como una hermana

compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente,

entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos

y necesitamos descanso.

Angelina (novela mexicana) · 第 47 / 75 题