Charlé media hora en la botica de Meconio. Allí estaban los pedagogos,
el P. Solís y don Crisanto.
Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birján. Oficiaba su
gran pontífice don Procopio, y entre los cofrades ví, con sorpresa, al
piadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el señor
alcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas. Sólo
jugaba--palabras textuales--para matar el tiempo.
Célebre ciudad de jugadores fué Villaverde allá en los tiempos
coloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de allí más dineros
que de la Veracruz los piratas de Lorencillo.
Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voy
narrando, contaba Birján pocos oratorios, pero aun tenía culto en muchos
sitios.
Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres,
boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena de
Diciembre. Al anuncio de las «rifas» se regocijaban mis paisanos, y huía
de Villaverde la budística tristeza que de ordinario la consume. Monte,
ruletas, dados, polacas y lotería de cartones, congregaban todas las
noches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que allí dejaban los
cuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las «rifas» el
presupuesto municipal siempre deficiente.
No sé lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticias
que de allí recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el culto
ha decaído, pero la devoción vive, y vivirá en ellos por los siglos de
los siglos.
La tertulia languidecía; los pedagogos estaban displicentes y mal
humorados; el doctor disertaba de farmacología indígena, y el P. Solís
leía con avidez cierto periódico conservador, el primero que saltó a la
palestra después de la catástrofe imperial.
Viendo que los tertulios no reían ni disputaban, me decidí a pasar la
velada en la casa del dómine. Además me era insoportable la presencia de
los periodistas, desde el día en que me ajustaron las cuentas y pusieron
en solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis críticos, solamente
soportables para mí cuando discutían y se peleaban, cada cual en defensa
de sus «ideales».
Nada más triste que Villaverde al fin del día; nada más horrendo que mi
ciudad natal después de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, y
si el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse de
fastidio. Las calles desiertas, obscuras, lóbregas, silenciosas. Ni un
organillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casas
están cerradas. ¿Qué se hacen a esa hora las dulces y modosas
villaverdinas? Sábelo Dios. Ahí se están en la sala, acurrucadas en el
sofá, columpiándose en las mecedoras, soñolientas y aburridas, en espera
del novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.
Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada
paso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de la
morada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. La
pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el
repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía yo
una infidelidad.
La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luz
tan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente y
el barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua;
los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en la
esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de
marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo del
cementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillo
nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de
la manteca requemada.
Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en mi
situación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga
para mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa de
extremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólo
de tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Esto
fué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, pero
luego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde,
en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las
visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita la
mía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñada
con todas las cosas inútiles y frívolas!
Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mi
hombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo en
él, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y
dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, no
solamente en momentos de angustia, sino también cuando me considero
feliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mientes
hasta después de cumplir los treinta años, y, que,--como digo para mí,
riendo tristemente,--es la nota trágica de mi carácter, de este carácter
mío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.
Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunas
páginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, que
repasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetas
favoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y de
Hártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas.
Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre es
pasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandes
caracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en el
fuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la planta
que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra
que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo íntegras las
creencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ella
ha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente de
consuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre las
heridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternas
esperanzas.
--Tenga usted paciencia, Rorró,--me decía Angelina,--vaya usted a la
iglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.
Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonaron
detrás de mí como si ella me hablase al oído.
Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparita
del Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estaba
obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante,
rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré con
fervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerar
lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar;
el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones;
las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una
danza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotesca
figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo
inoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.
Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé que
era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que
resplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, en
traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sé
si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial.
Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.
Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido,
hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.
Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponía
a cenar.
--¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena
voluntad. ¿Recibiste mi esquelita?
--No.
--Pues todo queda arreglado. Lee.
Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cada
palabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.
--¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates
de Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.
--Lo será; pero no sabe una palabra de....
--¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero mil
veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección a
esos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.
Don Román engullía sopas y sopas.
--Bueno: ¿estás contento?
--Sí, señor.
--Pues ya lo sabes; mañana, a las nueve, te presentas en la casa de
Castro.
--¿Mañana?
--No, tienes razón; mañana es día de fiesta, y pasado mañana día de
Difuntos. Ya irás. Poco vas a ganar, muchacho; pero, ¡algo es algo! Ya
veremos si después encontramos cosa mejor.
Castro Pérez había despedido a su escribiente, y en atenta carta avisaba
a mi maestro que el empleo estaba a mi disposición. Hacía grandes
elogios de mí, y se prometía encontrar en el nuevo amanuense un joven
«inteligente, activo y útil»....
Yo dije para mí, cuando leí el párrafo:
--¡Y que gane poco!