Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito;
con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosas
páginas reconocemos un acento nuestro. Allí revive y se prolonga la
musical historia de _María_.
[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don
Miguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista,
debemos la autorización para publicar este libro.]
No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América al
romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticos
somos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventud
que se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable si
romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesía
callejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, al
reclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son
_rimas_ nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas _arias_ de Jiménez,
que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con sus
divinos suspirantes y la guitarra de luto.
En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por
ellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son
Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes
pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría de
la poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen
juntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, con
María....
Como la historia de Isaacs, ésta también--según nos dice el autor en el
prólogo--fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechas
y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, las
ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de
_Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que «el autor está siempre
en la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tan
arduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e
imposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de las
mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de
nuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vital
necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,
la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labios
que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.
Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental de
Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobre
ambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba.
El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de
Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejas
de esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura se
modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído a
los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que
publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y
Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años más
tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos
no entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia»,
adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en
América por don Ricardo Palma.
Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en su
pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con
aprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se
solaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunas
de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una
recóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de
noviembre.
Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de
niño_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está en
crisálida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un
chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en
donde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es el
primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta
en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo
que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja
de Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos los
románticos--se llamen Heine o Delgado--irán después a más carnales
musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las
abnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán ser
en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamás
olvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acude
siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y
silenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó con
labios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este
libro.
María muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, para
olvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de su
fantasía. Porque ellas también, a su manera, son resignadas víctimas de
la educación sentimental y casi mística. Sus lecturas favoritas, la
sarracena ardentía de su sangre española, no les dejan entrever otra
ventura que un «amor de exceso» como dijo el poeta, en donde amor y beso
fueran síntesis de la eternidad». Pero cuando la vida va a enseñarles la
dolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse por
la senda en que la señora de Bovary camina, velada y suspirando, hacia
el amor que engaña. Éstas «hijas de María» expiarán su candor en la
celda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.
Ningún epílogo, podía ser, pues, más americano que el de _Angelina_.
Americano, aún cuando fuera antaño europeo también. Traducida en la
actualidad, haría sonreir. Recordaría esos grabados encantadores en
donde Lamartine, de cara al «empíreo», increpa al cielo por su ventura
perdida; aquellas imágenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la luna
que entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de que
seduce y seducirá esta obra a cuantos nacimos en países románticos. En
esos países donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuos
en los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amor
vitalicio de Angelina.