RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA _ANGELINA_

Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito;

con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosas

páginas reconocemos un acento nuestro. Allí revive y se prolonga la

musical historia de _María_.

[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don

Miguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista,

debemos la autorización para publicar este libro.]

No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América al

romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticos

somos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventud

que se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable si

romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesía

callejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, al

reclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son

_rimas_ nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas _arias_ de Jiménez,

que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con sus

divinos suspirantes y la guitarra de luto.

En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por

ellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son

Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes

pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría de

la poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen

juntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, con

María....

Como la historia de Isaacs, ésta también--según nos dice el autor en el

prólogo--fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechas

y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, las

ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de

_Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que «el autor está siempre

en la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tan

arduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e

imposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de las

mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de

nuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vital

necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,

la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labios

que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.

Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental de

Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobre

ambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba.

El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de

Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejas

de esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura se

modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído a

los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que

publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y

Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años más

tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos

no entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia»,

adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en

América por don Ricardo Palma.

Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en su

pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con

aprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se

solaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunas

de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una

recóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de

noviembre.

Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de

niño_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está en

crisálida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un

chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en

donde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es el

primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta

en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo

que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja

de Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos los

románticos--se llamen Heine o Delgado--irán después a más carnales

musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las

abnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán ser

en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamás

olvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acude

siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y

silenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó con

labios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este

libro.

María muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, para

olvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de su

fantasía. Porque ellas también, a su manera, son resignadas víctimas de

la educación sentimental y casi mística. Sus lecturas favoritas, la

sarracena ardentía de su sangre española, no les dejan entrever otra

ventura que un «amor de exceso» como dijo el poeta, en donde amor y beso

fueran síntesis de la eternidad». Pero cuando la vida va a enseñarles la

dolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse por

la senda en que la señora de Bovary camina, velada y suspirando, hacia

el amor que engaña. Éstas «hijas de María» expiarán su candor en la

celda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.

Ningún epílogo, podía ser, pues, más americano que el de _Angelina_.

Americano, aún cuando fuera antaño europeo también. Traducida en la

actualidad, haría sonreir. Recordaría esos grabados encantadores en

donde Lamartine, de cara al «empíreo», increpa al cielo por su ventura

perdida; aquellas imágenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la luna

que entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de que

seduce y seducirá esta obra a cuantos nacimos en países románticos. En

esos países donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuos

en los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amor

vitalicio de Angelina.

Angelina (novela mexicana) · 第 9 / 75 题