Esta es la vida, Garcés,
Uno muere, otro se casa,
Unos lloran, otros ríen....
¡Triste condición humana!
GARCÍA GUTIÉRREZ.
(_El Paje._)
Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado
el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en
el cual debía embarcarse para la Habana.
Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y
partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique
en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su
hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la
primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino
matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta
manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la
ternura oficiosa que su marido la prodigaba.
Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles
una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de
espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas
restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada,
cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño
para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y
una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de
sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las
estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.
--Esta desgracia,--dijo,--era efecto sin duda de alguna gran caída, pues
según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía
reventados todos los vasos del pecho.
Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a
Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había
sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez
en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado
de estas pérdidas.
Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.
--¡Pobre muchacho!--dijo,--estas muertes repentinas me aterran.--Luego,
como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón:
una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte.
¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando
llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado;
reventó su jaco negro.
--Aquí traigo una carta sin sobrescrito,--dijo el mayoral,--pero que
creo es para la señora.
--¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?
--Del pobre difunto, señor,--respondió el mayoral presentándola.--Creo
que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres
de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador.
Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía
venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado
tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.
En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie
atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había
apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta
apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que
levantó sorprendido.
--¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...
--Es mío:--dijo Teresa adelantándose con serenidad.--Es un regalo de
Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a
quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora
que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele,
pues, Enrique y esa carta que también es para mí.
Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si
quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el
semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de
Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la
sorpresa.
--Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,--repitió
con firmeza Teresa,--y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad
de descanso.
Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en
seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa
maliciosa:
--Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis
correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que,
según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y
estimaseis más.
--Pues si lo ignorabais, Enrique,--respondió ella con dignidad,--ya lo
sabéis.
Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas
horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos
con la mala noche.
Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas.
Sí,--las dijo,--venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la
noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,--añadió fijando en
su amiga una mirada de indulgencia y compasión,--descansa también,
querida mía, porque también padeces.
Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas,
como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar
un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.
Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de
ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se
colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.
Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase
también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de
los que el señor de B... le había encargado.
--Sí,--dijo Carlota,--guardaré silencio para no despertar a estas pobres
niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso,
tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte
impresión.
¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes,
despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte
levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte
un momento no volveré a verte más.
--Tranquilízate, vida mía,--contestó su marido,--aquí estaré velando tu
sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan
feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las
rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de
nuestra boda?
--¡El día de nuestra boda!--murmuró ella:--¡qué triste ha sido este día!
Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se
ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso,
pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y
aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma
posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con
cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más
joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.
--¿Ya estás despierta?--dijo Enrique llegándose a sostenerla;--¿no
quieres descansar una hora más, vida mía?
--No puedo,--contestó ella,--porque he estado pensando, Enrique, que en
la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he
acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia
de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden
para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con
la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También
es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún
dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la
pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué
misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.
--Fácil es de adivinar,--dijo Enrique sonriendo,--Teresa amaba al
mulato.
--¡Amarle! ¡amarle!--repitió Carlota con tono de duda,--se me había
ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.
--Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos
tan extraordinarios.
--¡Amarle!--repitió Carlota,--¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es
tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!
--Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida
mía.
--No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su
corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el
amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados...
como el tuyo, como el mío.
--Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.
--Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz,
compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació
esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan
noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.
Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado
amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y
como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien
no era merecida, se apresuró a contestar:
--Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo
que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.
--Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré
con ella;--contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y
hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de
Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se
adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota
hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.
--¡Pues qué!--respondió admirada la esclava,--¿no advirtió a su merced
que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.
--¿Dónde? ¿Con quién?
--Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su
vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el
mayoral que vino de Cubitas.
--¿Oyes, Enrique?--dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que
estaba delante de la mesa de Teresa.
--¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?
--¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre
que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!
Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se
había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con
apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en
lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:
“Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace muchos años que
miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este
mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible
del corazón.
No te dejara en el día de la aflicción, si me creyese necesaria o
siquiera útil; pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y que
ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte y hacerte feliz.
Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino
se ha fijado y yo quiero fijar el mío.
Por evitarme las reflexiones que me harías, para apartarme de esta
resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin
despedirme de ti sino por estas líneas, y me marcho al convento de las
Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre
la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me
será permitido pronunciar mis votos.
Adiós Carlota, adiós Enrique... Amaos y sed felices.