CAPITULO V

Esta es la vida, Garcés,

Uno muere, otro se casa,

Unos lloran, otros ríen....

¡Triste condición humana!

GARCÍA GUTIÉRREZ.

(_El Paje._)

Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado

el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en

el cual debía embarcarse para la Habana.

Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y

partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique

en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su

hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la

primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino

matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta

manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la

ternura oficiosa que su marido la prodigaba.

Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles

una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de

espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas

restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada,

cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño

para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y

una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de

sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las

estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.

--Esta desgracia,--dijo,--era efecto sin duda de alguna gran caída, pues

según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía

reventados todos los vasos del pecho.

Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a

Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había

sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez

en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado

de estas pérdidas.

Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.

--¡Pobre muchacho!--dijo,--estas muertes repentinas me aterran.--Luego,

como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón:

una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte.

¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando

llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado;

reventó su jaco negro.

--Aquí traigo una carta sin sobrescrito,--dijo el mayoral,--pero que

creo es para la señora.

--¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?

--Del pobre difunto, señor,--respondió el mayoral presentándola.--Creo

que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres

de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador.

Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía

venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado

tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.

En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie

atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había

apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta

apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que

levantó sorprendido.

--¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...

--Es mío:--dijo Teresa adelantándose con serenidad.--Es un regalo de

Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a

quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora

que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele,

pues, Enrique y esa carta que también es para mí.

Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si

quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el

semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de

Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la

sorpresa.

--Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,--repitió

con firmeza Teresa,--y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad

de descanso.

Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en

seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa

maliciosa:

--Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis

correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que,

según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y

estimaseis más.

--Pues si lo ignorabais, Enrique,--respondió ella con dignidad,--ya lo

sabéis.

Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas

horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos

con la mala noche.

Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas.

Sí,--las dijo,--venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la

noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,--añadió fijando en

su amiga una mirada de indulgencia y compasión,--descansa también,

querida mía, porque también padeces.

Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas,

como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar

un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.

Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de

ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se

colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.

Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase

también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de

los que el señor de B... le había encargado.

--Sí,--dijo Carlota,--guardaré silencio para no despertar a estas pobres

niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso,

tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte

impresión.

¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes,

despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte

levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte

un momento no volveré a verte más.

--Tranquilízate, vida mía,--contestó su marido,--aquí estaré velando tu

sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan

feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las

rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de

nuestra boda?

--¡El día de nuestra boda!--murmuró ella:--¡qué triste ha sido este día!

Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se

ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso,

pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y

aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma

posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con

cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más

joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.

--¿Ya estás despierta?--dijo Enrique llegándose a sostenerla;--¿no

quieres descansar una hora más, vida mía?

--No puedo,--contestó ella,--porque he estado pensando, Enrique, que en

la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he

acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia

de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden

para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con

la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También

es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún

dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la

pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué

misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.

--Fácil es de adivinar,--dijo Enrique sonriendo,--Teresa amaba al

mulato.

--¡Amarle! ¡amarle!--repitió Carlota con tono de duda,--se me había

ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.

--Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos

tan extraordinarios.

--¡Amarle!--repitió Carlota,--¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es

tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!

--Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida

mía.

--No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su

corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el

amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados...

como el tuyo, como el mío.

--Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.

--Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz,

compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació

esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan

noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.

Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado

amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y

como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien

no era merecida, se apresuró a contestar:

--Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo

que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.

--Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré

con ella;--contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y

hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de

Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se

adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota

hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.

--¡Pues qué!--respondió admirada la esclava,--¿no advirtió a su merced

que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.

--¿Dónde? ¿Con quién?

--Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su

vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el

mayoral que vino de Cubitas.

--¿Oyes, Enrique?--dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que

estaba delante de la mesa de Teresa.

--¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?

--¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre

que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!

Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se

había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con

apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en

lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:

“Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace muchos años que

miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este

mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible

del corazón.

No te dejara en el día de la aflicción, si me creyese necesaria o

siquiera útil; pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y que

ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte y hacerte feliz.

Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino

se ha fijado y yo quiero fijar el mío.

Por evitarme las reflexiones que me harías, para apartarme de esta

resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin

despedirme de ti sino por estas líneas, y me marcho al convento de las

Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre

la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me

será permitido pronunciar mis votos.

Adiós Carlota, adiós Enrique... Amaos y sed felices.

Sab (novela original) · 第 26 / 30 题