(1814-1873)
_El sol la alumbró con sus primeros rayos en Puerto Príncipe, el 23 de
marzo de 1814._
_En el apogeo literario de esta mujer, cuyos íntimos llamaron_ Tula,
_Cuba no era, por sus adelantos, uno de los tantos islotes perdidos en
la inmensidad de los mares, ni tampoco sólo histórico lugar recordador
de todas las angustias, de todos los dolores, de todas las alegrías y de
todos los anhelos que en confuso tropel se presentaran ante la
imaginación caldeada y ambiciosa del genovés iluminado; era algo más,
pues si los recuerdos del pasado la hacían grande, las glorias del
presente la elevaban por encima del yugo inquebrantable que sobre ella
hiciera pesar España_.
_«Poco antes que la silva de Bello--afirma Rodó--viese la luz en las
páginas de aquel_ Repertorio Americano, _que fué como gallarda
ostentación de la inteligencia y cultura de la América libre en el seno
de la vida europea, habíanse publicado en Nueva York los versos de un
desterrado de Cuba, cuyo nombre debía tener para la posteridad la
resonancia del Niágara a que aquellos versos daban ritmo.» También,
antes que él, antes que el cubano José María de Heredia, un autor con un
libro había abierto el pórtico de oro que mostraba, exuberante de savia
y de verdura, la pródiga vegetación americana, y descorrido el velo que
cubría bajo sus pliegues poco diáfanos el don sublime del romántico
decir junto a la prodigiosa facultad creadora del poeta: ese libro era_
René, _y ese autor Chateaubriand_.
_A aquella patria, a la que produjo a Heredia, Plácido, Zenea y Martí, y
que no era la península donde el novelista francés se inspirara,
pertenece la Avellaneda. Sin embargo, su obra literaria se distingue de
la de sus compatriotas. En éstos domina la nota triste y gemebunda;
sufrieron la influencia de las circunstancias extraordinarias que los
rodeaban. Hijos de una generación cuyo ideal fué la independencia de la
isla, a él consagraron sus estrofas y algunos hasta su vida; los
contrastes y las persecuciones, lejos de apagar, enardecían su
entusiasmo, y cuando la censura pretendía ahogar su voz, cantaban a
Polonia, a Grecia, a Irlanda, a todos los pueblos cuya suerte se
asemejaba a la de Cuba martirizada. La literatura francesa, y sobre todo
la romántica, la de la época de_ Athala, Pablo y Virginia, Graciela _y_
Los Destinos, _fué también la que ejerció mayor influencia sobre esos
espíritus melancólicos y desesperados_.
_La Avellaneda no sintió sólo esas influencias; desde muy joven,
acontecimientos privados la separaron de ese ambiente de aspiraciones
patrióticas; a ella, retoño vigoroso de un feliz connubio de andaluza y
americana sangre; a ella, que por los temas en que se inspira y por la
energía resaltante de sus versos parece más bien nacida para cantar a
los mártires y a los héroes que para imitar a Arriaza y Meléndez._
_Quintana sí merecía ese honor, y también Byron el excelso._
_Mas, ella pagó su tributo a Natura, que hizo originales a los hombres,
relegando al olvido a las mujeres. Por eso sus producciones son
reposadas, serenas, de corte clásico. «La poesía de Cuba--afirma
Merchán,--ha sido quejumbrosa en los últimos treinta años (1881); de
todas nuestras grandes arpas sólo la de Gertrudis Gómez de Avellaneda ha
sido herida por otros vientos, y es claro que habiéndose formado su
genio en España no pudo sufrir, como todos los demás, la acción opresora
de un Gobierno que no quería ni debía hacerse amar.»_
_El talento de doña Gertrudis fué de una precocidad admirable. Si es
verdad que el poeta nace y no se hace, esta_ Melpómene moderna, _como
alguien la ha llamado, nació con el estro de la poesía: a la edad de
ocho años perdió a su padre, y en tiernas estrofas lloró su duelo y su
orfandad. A aquellas siguieron otras composiciones poéticas que su
autora entregó más tarde al fuego, porque las consideraba simples
ensayos, indignos de perdurar._
_«Nadie podría--escribe un crítico español--negarle la supremacía sobre
cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste
como en los pasados siglos.» Fué también la primera que logró hacer
representar obras dramáticas en los lugares donde antes actuara como
actriz aficionada: en 1840, escribió, en Sevilla, su primer drama_,
Leoncia, _que obtuvo un éxito lisonjero en los teatros de Cádiz, Málaga
y Granada_.
_En 1844, ya perfeccionado su gusto y su estilo gracias a los benéficos
consejos de don Juan Gallego, el ilustre traductor de Manzoni, publicó_
Alfonso Munio, _tragedia de estilo clásico, imitada de Byron, y también_
Saúl, _según Durieu «uno de los más atrevidos y felices rasgos de
ingenio del teatro español.»_
_Tras otras varias, dió a luz_ Baltazar, _tragedia de argumento bíblico,
que algunos críticos estiman como su obra maestra, bien que no se
desprende en ella la autora de la influencia del soldado de Missolonghi;
no obstante el corte clásico del drama, se notan en él ciertos
caracteres románticos a través del estilo y la tendencia_.
_Publicó, por último, varias novelas, a las cuales la crítica las juzga,
con motivo, la parte más débil de su actividad literaria, a pesar del
aplauso que le prodigaron sus contemporáneos._
_En sus célebres sonetos_ A Washington, Al Sol, _y_ Al Partir, _escrito
en 1836, cuando por primera vez se alejaba de la perla de las Antillas,
se descubre el carácter vigoroso, la energía intensa de doña Gertrudis
que, según su biógrafo don Manuel de la Cruz, «no sintió nunca afectos
dulces o apacibles.»_
_Finalizamos, pues, nuestro modesto juicio, y sin rayar en las
exageraciones de aquellos que, en su sed de ensalzar lo grande ya de por
sí, hacen a la Avellaneda superior a Hugo, a Goldsmith, a Meléndez, a
Tíbulo, a Racine y a Corneille, nos vemos en la necesidad de
considerarla mujer incomparable y poetisa de alto vuelo, que perdurará
mientras perdure la lengua castellana, y mientras haya amantes de lo
bello, de lo grande y de lo extraordinario._
* * * * *
_Tal cosa escribimos, niños casi, en una revista destinada a difundir
entre los compañeros de aula el conocimiento de la literatura
hispanoamericana; de la literatura que Rodó, catedrático en esa época,
nos enseñaba a amar en los claustros de la Universidad de Montevideo.
Era en tiempos en que nos placía repetir con el poeta de_ Los Novios:
«_Poco noto ad altrui, poco a me stesso--gli uomini e gli anni me diran
chi sono._»
_Con algo más de experiencia y con algunas canas prematuras plateando
nuestra frente, no nos desdecimos de lo que antecede, pero sí
aprovechamos la ocasión para divulgar en el continente colombino la
parte menos conocida de la obra de una mujer que seguimos considerando
extraordinaria hija de Cuba; de Cuba, que nunca olvidó y a cuyo príncipe
de los poetas a la par que gran patriota dedicara sentida elegía; de
Cuba, a la que más de una vez se refiriera, cuando hablaba del «amargo
adiós postrero que al suelo damos donde el sol primero alimentó nuestra
vida.» Acaso por eso y como resarcimiento de afirmaciones semi
infantiles, engalanamos hoy nuestra biblioteca con una novela de la
Avellaneda, no de las más populares aunque de las mejores en su género,
en un período histórico en el que Doña Gertrudis ocupó con brillo un
lugar entre los literatos de su lengua._
SAB _es novela cubana, y debe interesarnos más que_ Dolores, _que_ El
artista barquero _o que_ Espatolino. _Indígena es Sab, mulato esclavo,
más nuestro que los personajes de las tres obras citadas, cuyos
episodios pasan, sin embargo, en tres países latinos cual son España,
Francia e Italia._ SAB, _la primera novela de nuestra autora, es también
más indoamericana que_ Guatimotzín _y que_ El cacique de Turmequé,
_otras dos novelas de aquélla inspiradas en temas de Hispanoamérica.
Pretendemos descubrir en_ SAB _menos ingenuidades, menos
inverosimilitudes que en_ El artista barquero, _por ejemplo, libro en el
que la Avellaneda nos recuerda por momentos a Dumas, y en el que se nos
antoja algo así como la precursora de los hacedores de novelas de
aventuras, de los novelones para cines con los que se llenan hoy
columnas enteras de los periódicos de ambos mundos. Escapa, acaso, a esa
objeción el segundo tomo de_ Dos mujeres.
_Aunque admiradora de Madame de Staël, a la que creía parecerse, y de
Walter Scott, que hizo entrar su romanticismo dentro del género
histórico entonces en boga, la Avellaneda gustaba pintar seres de
excepción aunque de existencia posible, a la manera de un dramaturgo
francés actual de los que más nos atraen. A uno de esos seres, a Sab, lo
hace nacer cubano, contemporáneo suyo, por lo que el libro que nos lo
pinta resulta uno de aquellos que ocupan un lugar intermedio entre la
novela histórica y la de costumbres._
_Y cabe aquí consignar que el tema que en_ SAB _se desarrolla tiene el
mérito, si ese es uno, de no haber sido inspirado por los populares
volúmenes de Miss Stowe sobre_ La Cabaña del tío Tomás, _pues éstos
fueron publicados entre 1850 y 1852, o sea once años más tarde que
aquél. En cambio_, Nuestra señora de París _de Hugo e_ Indiana _de Sand
dieron la vuelta al mundo antes que_ SAB _la de la Península ibérica.
Mas, pasemos, que harto daría que hacer la Avellaneda con sus novelas
llenas de apreciaciones personales, sin que buscásemos en aquéllas
influencias no difíciles de descubrir._
_Hora es de terminar una nota en la que no se pretende dar ningún juicio
crítico completo. Y, parodiando a Lamartine, la finalizamos convencidos
de que aunque los enemigos de todo lo que huele a romanticismo se
obstinen en no detenerse a considerar las obras de sus mejores cultores
latinoamericanos que demos, de nuevo, a luz, de acuerdo con nuestro
eclecticismo literario, siempre habrá unas manos femeninas, las cuales,
cada mañana, dejarán ocultos, bajo la almohada de su lecho, libros como
el de_ SAB _que hoy reproducimos._
_Hugo D. BARBAGELATA._
_Paris, 1920._