Amaneció el dia cinco de rabie primera.
Todo el ejército cristiano con sus reyes á la cabeza, en alto los
estandartes reales de Castilla y Aragon, tendidas las banderas y
apercibidas las huestes, marchó sobre Granada.
Iban engalanados ginetes y peones.
Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.
El sol arrancaba fúlgidos destellos de las brillantes armas.
Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pífanos del
ejército cristiano, tañian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba
á Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.
A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las
lágrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.
* * * * *
Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompañado de
cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, salió vestido de
luto, ya despojado de la corona perdida, el rey á quien los suyos habian
llamado con tanta razon el _Desdichadillo_.
El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la
ciudad á Fernando V de Aragon que esperaba en las márgenes del Genil.
Su familia habia salido antes.
La Alhambra habia quedado huérfana de sus antiguos señores,
desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando á un nuevo señor.
El rey Chico descendió por las quebraduras del cerro de Al-Bahul.
De repente su caballo se detuvo como presintiendo al enemigo.
A poco apareció entre las quebraduras el conde de Tendilla don Iñigo
Lopez de Mendoza, acompañado de don Pedro Gonzalez de Mendoza su
hermano, gran cardenal de España, y de don Gutierre de Cárdenas,
comendador mayor de Leon, de la órden de Santiago: llevaba el conde el
estandarte real; el cardenal el guion de la cruz; el comendador el
pendón de Santiago.
Seguian muchos capitanes á estos tres magnates, y en pos marchaban
algunas banderas de infantería española.
Al ver á sus enemigos, el desdichado rey palideció y tembló.
Saludáronle sin embargo los vencedores, con la consideracion y el
respeto que merece la desgracia, y mientras seguian adelante para ocupar
la Alhambra, el infortunado rey descendió rápidamente por las
quebraduras, llegó al sitio donde delante de su ejército esperaba el rey
de Aragon, y quiso arrojarse al suelo para arrodillarse ante su
vencedor.
Pero el noble Fernando V no se lo permitió, acercando á él su caballo.
Abu-Abd-Allah le besó en el brazo y le dijo:
--Tuyos somos, rey generoso y ensalzado: esta ciudad y reino te
entregamos, que así lo quiere Allah, y confiamos que usarás de tu
triunfo con clemencia y generosidad[160].
Despues, enmudecido por el dolor, rompiendo el llanto á sus ojos,
saliendo la vergüenza á su semblante, rehusando volver á Granada con el
conquistador tomó a rienda suelta seguido de sus caballeros el camino de
las sierras, por alcanzar á su familia que habia salido algun tiempo
antes por otro camino de la ciudad.
* * * * *
En tanto, en la distante torre del Homenage de la Alhambra, vieron los
castellanos tremolar un pendon rojo.
El ejército se prosternó.
La capilla real que acompañaba al ejército, entonó el _Te-Deum
laudamus_.
Y allí, en una mezquita cercana, dieron gracias á Dios los
conquistadores[161], é hicieron salvas las bombardas y la mosquetería.
El conde de Tendilla habia tremolado sobre la torre mas alta del alcázar
de la Alhambra el estandarte de sus señores.
Granada, la perla de Occidente, la sultana de Andalucía, la _cándida y
la clara_, era cautiva de los cristianos.