LA AGONIA DE GRANADA.

Gonzalo Fernandez de Córdoba habia sido encargado por los reyes don

Fernando y doña Isabel de formalizar el sitio de la ciudad.

Acercábase la hora fatal en que la enseña del Islam debia ser arrebatada

por el huracan de la almena que la sustentaba.

Cercada enteramente Granada, empezó á sentir el hambre.

Muy pronto esta se hizo intolerable.

Hablábase ya de rendicion entre los principales caballeros.

Y el rey Chico seguia dormitando en los perfumados departamentos del

patio de los Leones.

Siempre delante de aquella sangrienta cámara.

Siempre delante de su remordimiento.

Empezaron á aparecer al descubierto las traiciones.

Súpose que los principales caudillos, temerosos por sus vidas y

haciendas, andaban en tratos para la rendicion de la ciudad.

Quedaron patentes las causas de tantos sangrientos motines, de tantas

batallas perdidas, de tantas esperanzas malogradas.

Y no fué ya tiempo de retroceder, ni de atender á males incurables

arraigados de viejo en el corazon de Granada.

Sostúvose aun, sin embargo, algunos dias, con la esperanza de un socorro

de Africa.

Pero los socorros no venian.

Aquejaba el hambre y se temia á cada momento la embestida decisiva del

enemigo.

* * * * *

Una noche, Boabdil sintió pasos de algunos hombres en uno de los

estremos del patio de los Leones.

Su corazon se estremeció.

Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian

de la sala de Justicia, creyó reconocer el acento estranjero de los

castellanos.

¿Qué hacian aquellos cristianos en su alcázar?

Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion

de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada

agonizaba.

* * * * *

Boabdil huyó despavorido, y se encontró, sin darse razon de cómo, en la

funesta cámara de los Leones.

Sobre las señales rojas de la sangre de los abencerrages, á la luz de

una lámpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un

blanco trage de luto.

El rey reconoció á la sultana Zoraida.

De la boca del rey salió un grito ahogado.

Zoraida levantó la cabeza y vió al rey.

Se levantó lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro

hácia la sala de Justicia:

--Allí, tus vasallos cobardes, entregan tu corona á los formidables

reyes de Castilla. Aquí, la sangre de caballeros inocentes, se levanta

hasta el Altísimo clamando contra tí venganza.

Y la sultana se separó del rey y se perdió como un fantasma entre las

columnas del patio de los Leones.

El rey cayó anonadado sobre aquella sangre, y lloró.

* * * * *

En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Córdoba, y

Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doña Isabel,

que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban

con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion

de Granada.

* * * * *

Al dia siguiente el débil Abú-Abdalláh reunió en consejo á sus wazires,

á sus faquíes y á sus kadíes, y les consultó sobre la resolucion que

debia adoptarse en tan estrema situacion.

El resultado fué fatal.

Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de él, resolvieron la

entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey

Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida,

destronada bajo el débil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.

Todos los del consejo se inclinaron á tratar de avenencia con los reyes

enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en

su corazon, dijo que _aun era temprano_.

Sin embargo, se determinó que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese á

proponer capitulacion á los cristianos.

Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien á este noble

caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Córdoba, Hernando de

Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la

entrega.

Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la

Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y

encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones,

hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.

* * * * *

Cuando al día siguiente el wazir las presentó en el consejo, la palidez

del terror se pintó en todos los semblantes; la sultana madre,

Aixa-la-Horra, tembló de cólera, y el rey desfallecido, con los ojos

preñados de lágrimas, ocultó su dolor entre los brazos de su madre.

* * * * *

Y en medio de aquel espectáculo de desolacion, intenso en el alma el

amor de la patria, sereno, aunque pálido, el intrépido y guerrero

infante Muza se levantó, y abarcando en una larga y sombría mirada á los

que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:

--Dejad, señores, ese inútil llanto á los niños y á las delicadas

hembras; seamos hombres y tengamos todavía corazon, no para derramar

lágrimas, sino hasta la última gota de nuestra sangre; hagamos un

esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos,

ofrezcamos nuestros pechos á las contrapuestas lanzas.

Muía era un héroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos

hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso

destino.

--Yo estoy pronto á acaudillaros, continuó el infante con energía; para

arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo

de batalla.

Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso número de los que

murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su

entrega.

Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas

mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de

envilecida esclavitud.

Veo tan caidos los ánimos del pueblo, que no es posible evitar la

pérdida del reino.

Solo queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte; y yo

prefiero morir libre, á los males que nos aguardan.

Si pensais que los cristianos serán fieles á lo que os prometen, y que

el rey de la conquista será tan generoso vencedor como venturoso

enemigo, os engañais.

Están sedientos de nuestra sangre y se hartarán de ella.

La muerte es lo menos que nos amenaza.

Tormentos y afrentas mas graves nos prepara nuestra enemiga fortuna: el

robo y el saqueo de nuestras casas; la profanacion de nuestras

mezquitas; los ultrajes y violencias de nuestras mugeres y de nuestras

hijas; opresion, mandamientos injustos, intolerancia cruel, y ardientes

hogueras, en que abrasarán nuestros míseros cuerpos.

Todo esto lo veremos por nuestros ojos: lo verán por lo menos los

mezquinos que ahora temen la honrada muerte; que yo, ¡por Allah! que no

lo veré.

La muerte es cierta y en todos muy cercana.

¿Pues por qué no empleamos el breve plazo que nos resta, donde no

quedemos sin venganza?

¡Vamos á morir defendiendo nuestra libertad!

La madre tierra recibirá lo que produjo, y _al que faltare sepultura que

le esconda, no faltará cielo que le cubra_.

No quiera Dios que se diga que los granadíes nobles no osaron morir por

su patria[157].

* * * * *

Calló Muza, y callaron todos los que allí estaban.

Y calló tambien el rey.

Y entonces Muza, viendo el abatimiento de wazíres, xeques, arrayaces y

fakíes, se salió lleno de ira de la sala.

Y dicen los que de aquel tiempo y de aquellas cosas escribieron, que

habiendo tomado de su casa armas y caballo, se salió de la ciudad por la

puerta de Elvira, y que nunca mas pareció ni se supo qué habia sido de

él[158].

* * * * *

Entretanto el rey, viendo que en la ciudad y en todo el reino, faltaban

á un mismo tiempo el ánimo y las fuerzas, resolvió escribir á los reyes

sitiadores, que para evitar alborotos y novedades, queria entregarle la

ciudad al momento.

El wazir Aben-Comixa, fué á Santa fé con esta carta y con un presente de

caballos castizos, con ricos jaeces y alfanges.

Esta fatal determinacion fué el dia cuatro de la luna de rabie primera

del año de ochocientos noventa y siete[159].

La alhambra; leyendas árabes · 第 237 / 311 题