Apenas el sol habia desvanecido las nieblas de la noche anterior, y sus
rayos tibios aun se tendian sobre Santa Fé, cuando un confuso rumor de
pasos acelerados de armas que se chocaban y de gentes que subian á toda
prisa las escaleras que conducian á los adarves, se dejó oir por la
parte que mira á Granada.
Los reyes don Fernando y doña Isabel, el príncipe, don Juan, las
infantas doña Juana y doña Isabel, fray Hernando de Talavera, Pulgar,
Córdoba, Tendilla, Aguilar y cien nobles caballeros, rodeados de lanzas
y ceñudos los semblantes, miraban al campo donde un moro ante ellos se
mostraba acompañado de diez africanos á caballo y un trompeta armados.
Montaba en un poderoso caballo negro encubertado de guerra, y afianzaba
una lanza, en cuyo hierro se veia pendiente el cartel de AVE MARIA que
Pulgar habia fijado aquella noche en la puerta de la mezquita mayor de
Granada.
Era el arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe.
Llamas arrojaban los ojos del valiente moro.
Su roja sobrevesta parecia pedir sangre.
Sus megillas pálidas eran la clara muestra de la cólera que agitaba su
alma.
El ronco son de su trompeta, habia llamado al adarve á los reyes, á los
príncipes y á los caudillos cristianos.
Y todos se maravillaron de que aquel infiel se atreviese á presentarse
con tamaño atrevimiento ante ellos.
Y Tarfe los miraba como mira el toro á la muchedumbre que le provoca
desde la valla, y su cólera era cada vez mas convulsiva y su mano
agitaba el cartel del AVE MARIA, blandiendo hasta hacerla crugir en el
aire su fuerte lanza de dos hierros.
Mas cuando vió cubiertos de cristianos los adarves paseó la sombría
mirada sobre ellos, reconociendo á cada uno de los capitanes á quienes
habia visto el semblante entre el polvo de la batalla, y cuando vio
competidores dignos hizo una seña al trompetero.
Por tres veces el son de la sonora trompeta rasgó el espacio y
retumbando en la cercana Geb-el-Beira, fué repetido á lo lejos y en
redondo por los ecos de las montañas.
Aquel sonido de atencion fué repetido de igual modo por las trompetas
del Real.
El rey, la reina, el príncipe, los infantes, los caudillos y los
soldados de Castilla y Aragon, España, en fin, escuchaban á un solo
hombre.
Tarfe se alzó en los estribos, miró al adarve con fiereza y su voz
poderosa se estendió en el espacio.
--¡Perros traidores! dijo: ¡vosotros los que entrais como el buho en
nuestra ciudad amparados de las tinieblas para dejar en ella el nombre
de vuestros ídolos! ¡yo soy Tarfe! ¡yo el que ha arrancado de la
mezquita el nombre de MARIA, y le arrastra delante de vosotros, sobre el
polvo de vuestros Reales!
¡Salid, canes ladradores!
¡Salid uno a uno, dos á dos, ciento á ciento!
¡Salid! ¡Tarfe os espera!
Mi lanza os conoce, villanos, y mi espada aun tiene en su filo la señal
de vuestra sangre.
Calló el moro esperando la respuesta; pero ni una voz, ni un movimiento
salieron de entre los cristianos, que parecian estatuas de hierro.
Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta salvar la mitad de
la distancia que le separaba del muro, y gritó con doble furor:
--Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgáis al campo,
mirad, castellanos, donde pongo el nombre de MARIA; y si algun peon ó
caballero, infante ó rey, de ello ha enojo, á esperarle voy en la Vega
hasta que el sol trasponga las montañas de Loja.
Y esto diciendo, puso el cartel del AVE MARIA en la cinta que enrollaba
la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se
alejó lentamente de los Reales hasta llegar á la espesura donde
Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana á don Juan Chacon,
descendió del caballo, despidió á los esclavos y al trompetero, y se
reclinó sobre el césped en la sombra, tendida á mano la pica y ceñido el
talabarte de la adarga.
En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del
Real de Santa Fe, reyes é infantes, damas y caballeros.
Ni una sola palabra acerca del suceso se cruzó entre aquel ejército de
valientes.
El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese
sobre él.
Todos los semblantes estaban ceñudos; todos los corazones ardiendo.
Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.
Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.
De las almenas se pasó á las tiendas, y de la vestidura de paz al arnés
de guerra.
Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los
combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada
severa, y centelleante como la de un leon, atravesó en paso apresurado
el Real, y al otro estremo entró en una tienda aislada.
--Pronto, Nuño, dijo á un soldado viejo que esperaba impaciente á la
puerta; mi arnés, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes
del Real se arman á porfía, y no tardarán mucho cien buenas espadas en
demandar licencia á sus altezas para rescatar la santa AVE MARIA de las
manos de ese perro infiel.
Y así era,
Apenas don Fernando y doña Isabel habian entrado en sus tiendas,
visiblemente alterados por el reto de Tarfe, cuando un tropel de
capitanes, de caballeros, y aun de simples hidalgos, alféreces y demas
cabos de los tercios, entraron armados hasta los dientes, pasando casi
por cima de los _continuos_ y demandaron licencia para ir á rescatar con
la muerte del moro el nombre de MARIA.
Cada cual alegó su derecho, y con tan buenas razones, y siendo todos
pares en valor y merecimientos, don Fernando y doña Isabel reunieron su
consejo para elegir el campeon que debia llevar á cabo tan importante
empresa.
Mientras esto acaecia, el hermoso mancebo que habia corrido á su tienda
en vez de correr como los otros á la de los reyes, se habia cubierto de
un arnés de finísimo temple; habia embrazado una adarga de Fez, ganada
por sus ascendientes á los moros en aquella misma Vega, y ginete en un
fogoso potro cordobés, blandiendo una pesada y larga lanza de fresno, se
lanzó á la carrera á través de una puerta cercana, sorprendiendo á la
guardia de ella, dió la vuelta al Real y se lanzó en la Vega al escape
de su caballo de batalla.
Pronto, muy pronto, desapareció entre una nube de polvo, á pesar de los
gritos de la guarda del Real, y llegó á la arboleda donde esperaba
Tarfe.
El mancebo caló su visera y llegó á un llano del bosque donde Tarfe con
el descuido de los valientes, á los pies de su caballo, dormia sobre el
blando césped.
Latió con doble impaciencia el corazon del mozo, y fijó una intensa
mirada de cólera en el moro.
--¡Levántate! gritó poniendo los cascos de su caballo junto á Tarfe.
¡Levántate, jactancioso, y ven conmigo á batalla!
Tarfe despertó al sonido de la pujante voz del mancebo castellano.
Levantóse lentamente, púsose de pie y midió con una larga y profunda
mirada á su adversario.
--¿Quién eres tú, le dijo con desprecio, caballero sin mote y sin
empresa? ¿Acaso no hay en los Reales de Castilla valientes capitanes que
vengan á medirse conmigo que soy el caudillo de cien combates?
--Es verdad, contestó el mozo: soy caballero novel, pero vengo por tu
cabeza para hacer empresa con ella: y como cristiano, vengo á arrancarte
el corazon y el cartel que te has atrevido á poner en la cola de tu
caballo, cuando tiene escrito el nombre de la que sobre ángeles se
asienta.
--Ea, vete, cristiano, dijo Tarfe con desden, que yo no he de probar mis
armas con quien trae las suyas blancas y oculta su semblante.
El mozo se levantó con corage la visera, y mostró su hermosa y juvenil
faz al moro.
Tarfe miró con asombro al mancebo.
La espresion de desprecio que antes aparecia en su semblante, se borró.
Solo quedó en ella una sonrisa de afecto.
--Valiente eres, rapaz, dijo: gran fama alcanzarás en el mundo si una
lanza traidora no corta en flor tu vida, pero vete: que no soy asesino
ni me mido con niños: vete y di á ese terrible Gonzalo Fernandez de
Córdoba, que Tarfe le espera durmiendo.
Y fué á reclinarse de nuevo en el césped.
Pero el jóven caló su visera, levantó el cuento de su lanza, y la tendió
con ira sobre la espalda del moro.
Al sentir este ultrage, Tarfe saltó como una pantera herida, embrazó su
adarga, requirió su espada, cabalgó, tomó campo, y partió con la lanza
baja contra el cristiano, gritando ronco de furor:
--Por Satanás, el mentiroso, villano, que has de pagar con tu sangre tan
ruin y cobarde ultrage.
Y á este punto embistió contra el mozo que le acortó el trecho
saliéndole al encuentro.
El aire gimió con el estruendo del choque.
La lanza de Tarfe, saltó hecha menudas astillas contra la adarga del
castellano.
Este no se movió de los arzones.
Su pica falseó la adarga y la jacerina del moro, y le hirió levemente,
rompiéndose tambien como hubiera podido romperse una caña.
Tarfe rugió de cólera, y su ancha y larga espada damasquina, lució como
un rayo fuera de la vaina.
Desnudó á su vez el cristiano la suya, tornaron á tomar campo y se
acometieron de nuevo con doble coraje, é ímpetu furioso.
Martillaban los aceros sobre el duro hierro de los arneses: los airones,
los penachos, las sobrevestas y las galas eran despojos del combate:
empezaban á desclavarse coseletes y grevas y la sangre corria de mas de
una herida.
Rugia Tarfe como un hambriento leon del desierto:
Coloraba su frente la vergüenza de no haber esterminado á la primera
embestida á aquel cristiano casi niño, que se habia atrevido á
insultarle, y redoblaba sus golpes y sus embestidas, ligero como un
halcon, incansable, feroz, irritado.
Y siempre encontraba apercibida la adarga del cristiano.
Siempre su caballo, caracoleando en su lomo, le divertia en una defensa
fatigosa.
Y redoblábanse los tajos sobre el templado acero de su jaco.
Jadeaban ya los caballos.
El cristiano, á quien sin duda importaba la brevedad, hacia girar el
suyo como un torbellino en derredor del moro.
Al fin, entrambos corceles fatigados, cubiertos de sudor, ensangrentados
los ijares, obedecieron mal al freno, y el de Tarfe tropezó en el tronco
de un árbol al tomar una vuelta y cayó arrastrando a su ginete.
El castellano contuvo generosamente al suyo para no atropellar al moro,
echó pie á tierra, y adelantó cubierto con la adarga y la espada en alto
contra su enemigo que se habia levantado cubierto de polvo y trémulo de
furor.
Empeñóse de nuevo el combate á pie firme.
Silbaba el acero contra el acero.
El dios de las batallas, posado en una nube roja, miraba con asombro á
los caballeros.
Y Tarfe apretó los puños y los dientes.
Describió un ancho círculo al rededor de su cabeza con su espada, y la
dejó caer como un rayo sobre el cristiano.
La hoja damasquina saltó en pedazos al chocar la templadísima adarga del
mancebo.
Tarfe estaba desarmado: solo le quedaba el puñal, arma débil é inútil.
Arrojó lejos de sí la adarga, y se fué con los brazos abiertos al
castellano, que le imitó.
El combate pasaba á ser lucha.
Una sombría y sardónica carcajada salió por entre las barras del yelmo
de Tarfe.
Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos
brazos al castellano.
Y así hubiera sin duda acontecido.
Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba
entre aquel brazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su
enemigo, y su daga buida penetró en su pecho.
Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible, y cayó de espaldas.
El AVE MARIA habia sido rescatada.
El mancebo alzó su visera.
Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elevó al
cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lágrima de
gratitud.
Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del
abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fué al caballo del
moro, quitó de su cola el cartel del AVE MARIA, le besó de hinojos y le
suspendió de su cuello sobre su pecho, á manera del vasallo que ostenta
el blason de su señor.
Y llegó á Tarfe; le desenlazó el yelmo, y al ver su frio semblante,
afeado por la lividez de la muerte, esclamó con un orgullo disculpable
en sus pocos años:
--Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y
el AVE MARIA será un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos
de Castilla.
Y cortó la cabeza á Tarfe, la colgó del arzon de su caballo, cabalgó,
salió de la espesura y se encaminó al Real.
Allá á lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los
caballos de un pequeño escuadron, que avanzó hasta dejar conocer á los
que cabalgaban.
Era el capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba con sus escuderos, que habia
sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y
venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.
Pronto llegó junto al jóven y pudo ver en su pecho el AVE MARIA y en su
arzon la sangrienta cabeza del moro.
Detúvose el capitan y con él sus escuderos.
--¡Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jóven, qué temprano
empezais á ser hazañoso! vais apurando todas las grandes empresas;
Chacon y don Diego de Córdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en
palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la córte de Granada; Pulgar
pone el nombre de MARIA en la mezquita mayor en prenda de posesion; y
vos, niño aun, rescatais esa sagrada AVE MARIA de un guerrero tan
formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. ¿Qué dejais, pues, que hacer á
Gonzalo Fernandez de Córdoba?
Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia
para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas
clara gloria de las glorias guerreras de las Españas.
El que debia ser el último cercador de Granada.
El conquistador de Nápoles.
El terror de los franceses.
¡EL GRAN CAPITAN!
Tendiéronse las manos Gonzalo Fernandez y Garcilaso, y tomaron juntos la
vuelta de Santa Fé.
* * * * *
Desde aquel dia, los Lasos son Lasos de la Vega, y en su blason campea
el AVE MARIA; desde aquel dia tambien, las armas de la ciudad de Santa
Fé son una pica, clavado el cuento en la cabeza de un moro, y pendiente
de ella el cartel del AVE MARIA.