Granada, tan venturosa antes, tan afortunada, habia llegado al punto de
que todo para ella se convirtiese en desdicha y mala ventura.
Sus caudillos emigraban á Africa ó morian en la Vega.
Sus sabios y sus fakíes estaban siempre pronosticando desdichas.
Todos tenian, no la fé de la salvacion, sino la certeza del acabamiento
de la patria.
Todos miraban con terror al porvenir, y á un porvenir cercano.
Y Boabdil entretanto se adormia.
Boabdil no procuraba acabar con los bandos uniéndolos bajo su mano, y
dándoles de este modo fuerza.
Por otra parte, la unión de Aragon y de Castilla, de España, en fin,
bajo un mismo cetro, hacia imposible la lucha.
Maldecian, sin embargo, á Boabdil.
Como si él, á quien historiadores benévolos han llamado el
_Desdichadillo_, hubiera podido oponerse á los decretos del destino:
* * * * *
Es verdad que su inercia, su molicie, habian llegado al último punto.
No se le veia salir de los departamentos del patio de los Leones, donde
tenia su harem, donde estaba el panteon en que reposaban sus
antepasados, donde existia la fatal sala que encerraba sus
remordimientos.
En aquel patio le tenian aprisionado los recuerdos de su dinastía, esto
es, el pasado; sus placeres, esto es, el presente; y su conciencia, que
venia a ser el decreto de su porvenir.
Y allí recibia las noticias, funestas todas, que le traian sus
caballeros.
Allí escuchaba con la cabeza inclinada á sus sabios que le aconsejaban.
A sus valientes que pretendian sacarle de su inercia.
Allí, en la noche del mismo dia en que Tarfe le pidió licencia para ir á
retar al audaz cristiano que se habia atrevido á penetrar en Granada,
recibió la noticia de un nuevo desastre, que venia á ser un nuevo
pronóstico de desgracias.