A medida que trascurria el tiempo, se iba haciendo mas angustiosa la
situacion de Granada.
Los cristianos la cercaban por la parte de la vega y de las montañas á
la parte de Almería, y sus campeadores corrian hasta sus puertas,
llegando el caso de no atreverse á salir fuera de ellas los habitantes,
por temor de ser muertos ó cautivos.
Solamente por la parte de las Alpujarras, lugar montañoso y habitado por
gentes incontratables y bravías, estaban libres del cerco de los
cristianos.
Por allí podia venir un refuerzo del Africa.
Pero Boabdil era débil, y los reyes de Castilla demasiado temidos, y los
musulmanes de Africa abandonaron á sí misma aquella hermosa ciudad en
donde estaban acorralados los últimos restos del imperio de los agarenos
en España.
Cada dia acontecia una nueva hazaña de los cristianos, tal y tan grande,
que ponia pavor en el ánimo de los sitiados.
Una noche, los habitantes de Granada de la parte del Zacatin, de la
Al-Kaissería, y de los alrededores de la mezquita, despertaron asustados
á las voces de ¡al arma! de los guardas nocturnos.
* * * * *
Dormia entonces Boabdil en el mirador de Lindaraja.
Frente á sí tenia la sala de las Dos Hermanas.
Mas allá el patio de los Leones.
Luego la terrible cámara de los Abencerrages.
Parecia que allí le habia llevado el remordimiento.
Boabdil no sabia separarse de aquel patio y de sus habitaciones.
Parecia que le llamaban á sí las sangrientas sombras de Aben-Ahmed y de
los treinta y seis caballeros abencerrages degollados.
* * * * *
El rey soñaba bajo el fresco halago de las auras que entraban saturadas
de las fragancias de los cármenes por las celosías del mirador.
La noche era plácida y tranquila.
Los luceros brillaban allá perdidos en la inmensidad.
Cantaban los ruiseñores solitarios entre las alamedas del rio.
Y sin embargo, el sueño del rey era terrible.
Una horrorosa pesadilla de sangre.
Parecíale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia
Aben-Ahmed, y tras él sus treinta y seis compañeros con las cabezas en
las manos.
Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de
sangre.
Y los fantasmas adelantaban en procesion lúgubre y silenciosa.
Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas
cercenadas y la bañaban en caliente sangre.
El rey luchaba por apartar de sí aquella vision terrible y no podia.
Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de
gentes que corrian y de armas que se chocaban.
Y las voces decian en recio alarido:
--¡A las armas! ¡á las armas! ¡los cristianos están en la ciudad!
* * * * *
Despertó el rey y salió de su lecho.
Apenas se habia levantado cuando vió delante de sí á su hermano bastardo
el infante Muza.
--¿Qué significa esto, hermano mio? dijo el rey.
--Esto significa, que tanta infamia, tanto crímen, tanta inocente sangre
vertida, trae sobre nosotros la cólera de Dios.
--¡Tú tambien, hermano! ¡tú tambien! esclamó con angustia el rey.
--Los cristianos se atreven ya á entrar en nuestra ciudad y á poner el
nombre de sus ídolos en la puerta de la mezquita.
--¡No te entiendo!
--¡Plaza! ¡plaza! gritó una voz al mismo tiempo en el patio de los
Leones. ¡Quiero ver al poderoso sultan!
--Hé ahí al arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe que llega dijo Muza. El te dirá
el atrevimiento de los cristianos.
Entró á la sazon un moro atlético, armado de todas armas:
Llevaba en la mano un carton dorado, en el centro del cual, se veia
escrito en grandes letras azules castellanas, el mote: AVE MARIA.
La advocacion mas dulce de la santa Vírgen Madre de Dios.
El moro estaba pálido y convulso, y sus ojos despedian llamas sacudiendo
con furor el carton entre sus manos.
--¿Qué es eso? dijo Boabdil.
--Esto es, contestó Tarfe, que ese infiel á quien Dios maldiga, ese
cristiano Hernan Perez del Pulgar, á quien llaman entre los suyos el de
las _fazañas_, ha clavado sobre la puerta de alambre de la mezquita
mayor este cartel con el nombre de María.
--¿Pero habrá encontrado el infiel la muerte? esclamó colérico el rey.
--El maldito ha escapado matando á alguno de los guardas.
--¿Pero si ha escapado, cómo le habeis conocido?
--Conocióle á la luz de las antorchas con que acudieron algunos vecinos
un guarda que ha sido durante algun tiempo cautivo de los cristianos.
¿Y quién otro que el bravo Hernando del Pulgar pudiera atreverse á
tanto?
¿No sabes que él con algunos pocos de los suyos tomó la fortaleza del
Salar á escala franca, por lo cual sus reyes le hicieron alcaide de
aquella fortaleza?
¿No sabes que desde ella nos ha corrido la tierra, nos ha incendiado las
mieses y nos ha cogido cautivos y rebaños?
¿Acaso ignoras, ni lo ignora nadie, quién es Hernan Perez del Pulgar?
¿No sabes que el mote jactancioso que tiene en su escudo ese caballero
es: _El pulgar quebrar y no doblar_?
--Dios permite que seamos humillados, esclamó con una vergonzosa
desesperacion el rey.
--Pero quien nos humilla tiene cabeza, esclamó con energía Tarfe: dame
licencia, señor, y yo iré á los Reales de Isabel y de Fernando por la
cabeza de Pulgar.
--Vé, vé, mi valiente arrayaz, que siendo tú quien vas, no dudo que
lavarás la afrenta que nos han hecho los cristianos.
Vé, mi valiente Tarfe, vé, y que Allah vaya en tu ayuda.
Tarfe y Muza salieron, salieron los que le acompañaban, y el rey quedó
solo.
Volvióse á reclinar en el lecho, volvieron á entorpecerse sus sentidos,
y volvió á su vision de sangre.
* * * * *
En efecto, el bravo alcaide del Salar Hernan Perez del Pulgar, el de
_las hazañas_, habia entrado en Granada.
Aquella tarde habia llamado á su tienda en el Real de Santa fé á sus
escuderos.
Eran estos quince, apreciados en gran manera por su valor.
Sentáronse y se descubrieron respetuosamente ante su capitan, que les
dijo con voz grave:
--Bien conozco, hidalgos, vuestra lealtad y vuestro esfuerzo, de que me
habeis dado grandes pruebas, y yo á mi vez os pago prefiriéndoos para
confiaros un gran intento, que llevado á cabo, pondrá nuestros nombres
en el templo de la fama.
Miraron con anhelo sus escuderos á Pulgar, que continuó de la misma
manera reposada y tranquila.
--Esta noche voy á entrar en Granada con la ayuda de Dios; pero como me
tocaria al alma el que interponiéndose algunos infieles, malograsen mi
propósito, quiero que vengais conmigo, no como en recompensa de la
estimacion en que os tengo, ni como mandato, mas os lo habré en gran
merced si consentís.
Levantóse uno de los escuderos llamado Francisco de Bedmar, y dijo:
--Donde vayas tú, capitan, iremos nosotros sin dudar, y si algun temor
podemos tener, no será otro sino el de la pérdida de tan noble y
valiente caudillo.
Miróle de hito en hito Pulgar.
--Tú, Bedmar, dijo, escalaste los muros de Alhama; tambien os he visto á
vosotros tomar á escala franca el castillo del Salar, combatir en Velez
y en Baza en los mismos llanos de la vega. Y ahora que estais á mi lado,
_¿por qué poneis en Dios tan poca confianza y me contais con los
muertos?_[148].
--Mal cumpliríamos con lo que le debemos, Hernando, observó otro de
ellos, sino te aconsejáramos, cuando pretendes correr á una perdicion
cierta.
--No es consejo lo que os pido, dijo gravemente Hernan Perez; lo que
quiero es que me acompañeis hasta las puertas de Granada. Dios nos
libertará, y si nos acorralan ¿qué importa? _ya aprendimos en el Zenete
la manera de hacernos paso_[149].
Tendió, dicho esto, la mano á Bedmar y á los otros escuderos, y
diciéndoles el lugar de la vega donde debian reunirse, despidiólos.
* * * * *
Era cerca del amanecer.
En la confluencia del Darro y del Genil, aparecieron viniendo de la
parte de la vega algunos ginetes á caballo.
Solo podian apreciarse sus bultos porque la noche era lóbrega.
Detúvose al llegar á aquel punto el que cabalgaba delante de los
ginetes, y al hablarles dejó conocer en su acento que era Hernando del
Pulgar.
Los ginetes que le seguian eran sus escuderos.
--Ahora bien, amigos mios, y ya que hemos llegado, dijo Pulgar, ved de
recoger entre esas alamedas algun ramage y procuradle seco en tal manera
que arda á maravilla.
--Cómo, ¿pretendes poner fuego á Granada? dijo uno de los escuderos
llamado Aguilera.
--Si tal, contestó Pulgar; y en Dios confio que hemos de volver al Real
alumbrados por las llamas que devoren sus ponderadas casas y sus ricos
alcázares.
Quedaron atónitos los hidalgos, pero conociendo la tenacidad de Pulgar,
obedecieron y cargando de ramage seco la grupa de sus caballos,
siguieron á su capitan, marchando por el cauce del Darro, para que con
el ruido de la corriente no se notase el de las pisadas de los caballos.
Merced á esta precaucion y á lo oscurísimo de la noche, pasaron sin ser
sentidos de los atalayas moros, por delante del castillo de Bib-Ataubin,
y llegaron al puente de la puerta Real ó Bib-Al-Malekí, bajo el que se
agruparon los quince escuderos en rededor de Pulgar.
Aguardadme aquí, les dijo, y tú, Pedro, que conoces mejor que nosotros
la ciudad en que te criaste, carga en tu caballo ese ramage y sígueme.
Trabóse gran altercado entre los hidalgos.
Ninguno queria menos que acompañar á su capitan; vinieron á disputa,
alteráronse, y á tal punto llegó la porfia, que Pulgar se vió obligado á
consentir en que, echándolo á la suerte, le acompañasen algunos.
Al fin, guiado por Pedro, y acompañado de Bedmar y de otros cuatro, el
alcaide del Salar siguió bajo el largo y lóbrego puente con el agua á la
rodilla, penetró en la ciudad y siguió á oscuras á lo largo de la
_Ribera de los curtidores_ hasta llegar frente por frente de su edificio
magnífico[150].
Treparon uno tras otro el poco elevado muro que encajonaba el rio, y por
una estrechísima calleja, que apenas daba lugar á un arroyo de
desagüe[151], penetraron en una plaza de poca estension, donde se
alzaban uno frente á otro dos altísimos edificios.
Era el uno la universidad[152] granadina, emporio de ciencia, santuario
del saber, á donde habian refluido los sabios de Córdoba y Sevilla, y
cuantos habian sido arrojados por las armas castellanas hasta aquel
último recinto donde flotaba en España la enseña del Islam; el otro la
gran mezquita de Granada[153], con su puerta de alambre dorado, sus
ricos agimeces de mármol y sus aleros labrados, si bien entonces no
podia verse tanta maravilla á causa de la gran oscuridad de la noche.
--¿Hemos llegado? dijo el alcaide del Salar al morisco Pedro del
Pulgar[154].
--Si señor, dijo el cristiano nuevo: escucha cómo zumba el viento en el
altísimo almiznar de la mezquita; esta pared que nos guarda es de la
universidad, y esa gran casa oscura que ves en la sombra, la del fakí de
los fakíes.
Acrecentóse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo á Pedro menesteres de
encender, prendió fuego al hachon que consigo traia, y sacó de debajo de
su sobrevesta un carton dorado, en que se veia un nombre escrito en
letras azules góticas.
--¡El _Ave María_! esclamaron con asombro los escuderos,
Pulgar llegó á la puerta de la mezquita y se arrodilló: los escuderos se
arrodillaron tambien.
--Sed vosotros testigos, dijo á los cinco, que estaban entusiasmados y
conmovidos con el tiernísimo interés de Pulgar, de como tomo posesion de
esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde
ahora á la Reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles
hasta que llegue la hora del rescate[155].
Y atando en el pomo de su puñal las cintas de que pendia el cartel, le
clavó de una sola puñalada entre las mallas de alambre de la puerta.
Luego se levantó, y se levantaron los escuderos, y Pulgar dijo á Pedro:
--¿Dónde está la Al-Kaissería?
Pedro le señaló una estrecha calleja que comunicaba con el Zacatin, y le
dijo:
--Por allí, señor.
--Alumbra y guia.
Cuando llegaron á la puerta de la Al-Kaissería, Pulgar le dijo:
--Echa ahí ese ramaje.
Y cuando Pedro le hubo echado, Pulgar arrojó sobre él el hacha
encendida.
Pero á punto sintieron pasos de muchos hombres con faroles encendidos
que rondaban guardando aquel riquísimo barrio.
Verlos y acometerlos espada en mano fué una misma cosa.
Gritaron los moros, alborotóse por aquella parte la ciudad, y Pulgar,
temiendo que le venciese la muchedumbre, gritó á sus escuderos:
--¡Por el mismo camino! ¡corazon sereno, y espada pronta!
Y rompiendo por medio de los moros, escapó[156].
Y las llamas amenazaban á la Al-Kaissería, y los moros, acudiendo de
todas partes, gritaban:
--¡Al arma! ¡los cristianos!
Aquellas eran las voces que habian llegado hasta el rey.
El cartel aquel, el que Tarfe habia llevado á la Alhambra.