Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los
magníficos alhamíes de la cámara de los Leones, habia un hombre cubierto
de régias vestiduras.
Estaba pálido, sombrío, meditabundo.
Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una
contraccion poderosa los músculos de su semblante, y un largo y breve
estremecimiento corria de tiempo en tiempo á lo largo de su cuerpo.
Aquel hombre era el sultan Boabdil.
Estaba solo.
Su mirada terrible, fija, lúgubre, se fijaba en la fuente de mármol
colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.
La fuente de la cámara y el alhamí del frente del en que asentaba el
rey, estaban cubiertos de tapices rojos.
La cámara estaba velada por una media luz.
El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de
la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y
fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.
Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en
las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.
Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.
Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de
la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este
tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.
Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.
Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.
Los pasos se acercaron.
El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la
cámara se levantó y apareció un hombre.
Era el abencerrage Aben-Ahmed.
Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia
flotar una nube de tristeza.
Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:
--Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu
siervo?
Boabdil no contestó al abencerrage.
Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente,
levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad
una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de
una manera horrorosa.
Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que
miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta
de entrada.
En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de
los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta
los dientes.
Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula
su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y
despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se
sentó en él.
Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.
Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se
contrajo.
Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado á
Boabdil, que fijaba en él una mirada reconcentrada.
Pero muy pronto aquella mirada perdió su espresion sombría, á la manera
que los vapores de la mañana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo
el rayo del sol.
Su semblante pálido y hermoso dejó ver la lánguida é indolente sonrisa,
y la espresion débil y sensual que le caracterizaban.
Sus ojos miraron con una paz profunda á Aben-Ahmed.
--Walí Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los
zegríes cometieron contra tí y contra los caballeros de tu tribu, siento
un indecible placer al verte vivo y salvo ante mí. Levántate, valiente
caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo
pretenda degraviar por mi parte á los generosos abencerrages. Levántate
y ven á sentarte junto á mí.
Aben-Ahmed creyó sinceras las palabras del rey, y sintió un verdadero
remordimiento, una profunda vergüenza al recordar que amaba á la esposa
de un hombre que le trataba de una tan noble manera.
Obedeció al rey y se sentó en el diván.
El rey reparó en la espada del abencerrage.
Celebró las labores cinceladas de su empuñadura de oro.
Luego quiso ver la hoja.
Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la
entregó al rey.
El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.
Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de
Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.
Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.
Solo llevaba sedas y brocados.
Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:
--Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las
estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques
de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de
invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la
que vas á oir de boca de tu rey.
Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.
Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.
--Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que
un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una
hermosa historia, por Allah.
Aben-Ahmed empezaba á comprender la verdad: pero se dominó sin embargo.
El rey continuó.
--Sí, es una bella historia; por los _Siete Durmientes_, estoy seguro
que no habrás oido otra tal en toda tu vida, walí.
Escucha:
«Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey á quien todos llamaban
débil y cobarde.
Todos se mofaban de él... á su espalda, porque es fama que aquel rey
llevaba sus venganzas hasta la crueldad.
Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos,
receloso de sus esclavos, llegó á encontrar triste y solitaria su morada
real.
Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan ó respetado emir, alcanzaron á
ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mármoles y tantas
grandezas como contenia el alcázar que aquel rey desdichado habia
heredado de sus abuelos.
Aquel rey ruin, débil y cobarde, como decian sus vasallos.
Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones
humanas, se dijo sondeando su corazon:
Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una
muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no
empalidezca bajo el brillo de la corona.
Y así no estaré solo y abandonado.
Y buscó y encontró.
Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en
su alcázar.
Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que
en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.
Todo cambió.
Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una
evocacion mágica.
Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las
unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.
Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.
Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.
Y todo parecia sonreir al rey.
Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.
Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu,
un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y
como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante
de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con
un enemigo poderoso.
Y el walí africano y la sultana se conocieron.
Mas que no se amaron.
Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su
esposo.»
El rey se detuvo.
Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.
El rey continuó:
--«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey,
encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los
alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»
--Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener
Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus
acusadores.
--¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien...
escucha; aun queda lo mejor de la historia...
«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.
Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos
castigado allí.
Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.
Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel
en sus venganzas.»
Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la
fiera que acorrala á una presa.
Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y
dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.
Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos
africanos.
Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al
alhamí cubierto por el tapiz.
Cinco hombres salieron de detrás de él.
Los cuatro eran los zegríes acusadores.
El otro el verdugo del rey.
Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal
rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.
Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.
Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.
Sus ojos centelleaban.
Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.
Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.
--¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los
nombres.
¡Oh! ¡yo te los diré! pero prostérnate, esclavo, delante de tu señor.
Y le arrojó á sus pies.
Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad
que ceñia una aureola de muerte á sus insensatos amores, permaneció
prosternado, inerte, ante Boabdil.
--¡Oh! esclamó el rey: ¡por Allah, que la venganza es un placer
infinito! ¡por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos á un
enemigo, se puede rechazar el mote de _Desventuradillo_[139]! ¡yo soy el
sultán de Andalucía! ¡yo el esposo ultrajado! ¡y tú... tú el esclavo vil
que escupes á la frente de tu señor, y que vas á morir con tu cómplice,
con la hermosa Zoraida, con la sultana adúltera de mi leyenda.
--¡Ella! esclamó Aben-Ahmed, levantándose de repente, en un ademan que
hizo retroceder al rey: ¡ella tambien! ¡oh! ¡no! ¡tú, rey miserable y
traidor, eres el que va á morir, calumniador de mugeres, vil renegado,
que vendes tu patria, de miedo, por Allah!
Y se lanzó al rey para arrancarle su espada.
Boabdil dió un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.
Pero á punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre
el abencerrage, y el verdugo á su vez, á una seña del rey, se apoderó de
él.
Aben-Ahmed cayó.
El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie é inmóvil junto á
él.
--¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.
Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á
los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre
el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:
--¡Asesino!... ¡maldito seas!...
La voz de Aben-Ahmed se heló.
El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.
Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y
entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que
habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento
empezó á desgarrar su corazon.
Pero la vista de la sangre le cegaba.
Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de
demencia.
--¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos!
¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son
traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre
corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de
mármol!
Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del
rey.
--Pero repara, señor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos
que están en las galerías del patio, ninguno de los abencerrages
entrará, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que
asistan á las fiestas del alcázar hombres armados de guerra. Ocúltalos,
señor, que con que quedemos aquí treinta zegríes y el verdugo, hay
bastante para acabar con esos perros.
Y así se hizo.
Los esclavos africanos desaparecieron de las galerías del patio de los
Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y
de los baños.
A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kadí de
córte, llamado Abu-al-Hhakem, levantó el tapiz de la cámara de los
Leones y adelantó para prosternarse ante el rey.
Pero sus débiles pies, resbalaron en la sangre del walí Aben-Ahmed, y
cayó.
Y no volvió á levantarse, porque el verdugo se apoderó de él y le cortó
la cabeza.
Y despues de esto fueron entrando en la cámara uno tras otro treinta y
seis caballeros abencerrages.
Y así, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y á la
traicion de los zegríes.
Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se
hubiese revelado por sí mismo con un indicio terrible.
Al entrar el walí abencerraje Ebn-Alabéz en el alcázar, como adelantara
pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galería que da
entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la
atarvea que cruzaba el pavimento de mármol.
Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco
mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba
ondeando de la cámara de los Leones.
Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.
Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun
ahogado gemido.
En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el
walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia
del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la
traicion del rey.
Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian
quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les
habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de
gentes que siempre están dispuestas á un motin.
Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.
Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la
arcabucería y la ballestería.
Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana
Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en
busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia
del de los Leones.
Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le
acompañaban, dejaban señales rojas.
--¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la
hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las
atarveas?
Y siguiendo aquella sangre, temiéndolo todo, entró primero en el patio,
y luego en la cámara de los Leones.
Al levantar el tapiz salió de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.
Un grito de horror.
La fuente de la cámara rebosaba sangre.
Un círculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.
En un ángulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus
vestidos las divisas de los abencerrajes.
Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed
estaba pendiente de la cúpula en la cadena de oro de una magnífica
lámpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos acá y allá.
Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel mísero
despojo; comprimióse su corazon, brotaron lágrimas sus ojos, palideció
su frente, hízose amenazadora y sombría, se crisparon sus miembros y se
lanzó rugiente como una leona á Boabdil, que la habia seguido.
--¡Ven á mirarlo! ¡ven! le dijo asiéndole con fuerza desesperada por un
brazo; ¡mira tu obra! ¡mírala frente á frente! ¡deleita en ella tu
mirada! ¡hazaña digna de tí y de tus zegríes! ¡el lobo se une al lobo!
¡bien! ¡yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de
él solo encuentro un verdugo y un cobarde!
Boabdil miró sombriamente á la sultana, y sus labios se contrajeron con
una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.
--¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia!
¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy
poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted
sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien,
sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos
bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando
el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera,
y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!
Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes
agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en
su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los
zegríes:
--¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar,
que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?
Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la
palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro
traidores causantes del asesinato de los abencerrages.
Aquella mirada los decidió.
--Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y
señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante
Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el
abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.
Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de
los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey
que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido
contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.
Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al
acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas
la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:
--¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo
Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio
de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á
falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino,
el chapín de la sultana!
Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus
preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de
Mahandin.
Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada
por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su
patria.
Las treinta espadas de los zegríes lucieron fuera de las vainas,
interpúsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cernió
sobre el alcázar durante un momento el genio de la muerte codicioso de
mas cadáveres.
Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza,
penetró en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las
frentes cubiertas de sudor.
--¡Huye, señor! gritó Muza dirigiéndose al rey: ¡huye! ¡el pueblo y las
tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra
y llegan al alcázar! ¡escucha!
Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian
algunos disparos de arcabuz, llegó á los oidos del rey.
Los zegríes retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y
escaparon con él por un postigo de la sala de Justicia, á tiempo que los
amotinados rompian las puertas del alcázar.
Muza asió de la sultana, que se habia desmayado, y escapó con ella por
la puerta de la torre de _las Almenas_[140].
Los abencerrages y las tribus sus amigas, seguidos de un inmenso
populacho á quien habia irritado el asesinato de Aben-Ahmed, que por su
generosidad y valentía era muy querido en Granada, inundó el patio y la
cámara de los Leones, y no quedó un zegrí con vida de los que no
pudieron escapar del alcázar.
La infame traicion fué vengada hasta la saciedad.
Cuando los amotinados no encontraron á quien matar, rompieron todos los
preciosos muebles del alcázar.
Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres
y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados á servir
contra Granada bajo la bandera de los Reyes Católicos, y los otros,
fieles á su religion, á su patria y á su nombre de caballeros, pasaron á
Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para
conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del
desventurado Aben-Ahmed, que fué sepultado á la sombra de una palmera en
el suelo de su patria.
* * * * *
Desde aquel terrible dia, la cámara de los Leones, en memoria del
asesinato, se llama _Sala de los Abencerrages_, y aun se muestran al
viajero sobre el mármol de su fuente y de su pavimento, las manchas
rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes
caballeros.