Comprendieron los zegríes que vencidos como estaban, abandonados de
todos, el rey podia hacer en ellos un terrible escarmiento.
Pensaron, pues, en engañar al rey.
La misma sultana Zoraya, la renegada á quien servian, envió á
Mohamed-Adel-Zegrí, un mensagero, con el que le dijo que era necesario
ganar tiempo y buscar sobre seguro otro medio de acometer al rey
Boabdil.
La sultana Aixa-la-Horra por su parte, ayudada por el alcaide Muza,
pugnaba en la Alhambra por decidir al rey á que cortase la cabeza á los
traidores.
Pero el rey era débil y resistia.
Parecióle peligroso hacer justicia en unos caballeros tan turbulentos
que tanto poder tenian y tan poderosos eran, y se avino á recibir á
Mohamed-Adel-Zegrí.
El caudillo de los zegríes se esforzó por probar que un caballero zegrí
que habia huido temiendo el castigo, habia sido el que por celos de una
dama habia arrojado una lanza contra un abencerrage, y que el combate
que despues habia seguido, habia sido una equivocacion lamentable. Que
habian corrido voces en el momento de la lucha entre los zegríes de que
querian destruirlos; que esto habia causado su tenaz resistencia; pero
que aclarados los hechos, los zegríes no tenian el menor reparo en dar
cuantas satisfacciones fueren necesarias al rey y á los abencerrages, y
en renovar con ellos la antigua amistad, dando en rehenes de ella sus
hijos y sus esposas.
Parecióle al rey bastante la satisfaccion de los zegríes, y los
abencerrages sacrificaron su justo odio en favor de la patria: aquel
mismo dia los cristianos habian corrido las dos leguas de vega que hay
desde Santa-Fé á Granada; se habian estendido por una parte hasta la
Azubia, y por otra hasta Viznar; y aldeanos y labradores habian entrado
despavoridos en Granada.
Era, pues, necesario de todo punto la union mas estrecha entre los
caballeros granadinos, el olvido de todos los odios y los esfuerzos
comunes y unidos contra el enemigo comun.
Cedió, pues el rey por temor, cediendo los abencerrages por generosidad;
concertaron una avenencia, y para celebrarla se dispuso una zambra en
Generalife, donde debian echarse los lazos de una nueva amistad entre
zegríes y abencerrages.
* * * * *
Llegó la noche.
Generalife estaba resplandeciente.
Sus cascadas corrian bajo sus verdes bóvedas de laurel, entre las que
estaban escondidas jaulas con cuantos pájaros de voz armoniosa podia
reunir el deseo.
Las lámparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas,
esparciendo una dulce luz.
Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los
que ardian mil luces.
Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta,
vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.
El cielo estaba plácido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas
auras gemian entre las enramadas.
* * * * *
Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.
Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.
Un solo ruiseñor cantaba escondido en lo mas alto de un árbol
jigantesco.
Aquel árbol era un ciprés.
El ciprés de Abul-Walid.
* * * * *
Si vais á Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la
antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es
mas próvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las
galerías de estuco y mármol, los aleros, las cúpulas.... la primavera ha
cuidado de cubrir cada año de flores las orillas del estanque, y cada
año ha nacido una rama nueva al ciprés.
Cuando el _cicerone_ que os acompaña llega á aquel jardin, se detiene y
os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:
--Aquel es el Ciprés de la Sultana.
Y cuando os acercais á él, veis que los que han llegado primero que vos,
han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una
astilla del árbol, una especie de reliquia.
El ciprés, junto á su pié, á la altura de mi hombre, está roido ó mas
bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.
Una tarde estaba el autor sentado, á la puesta del sol, en el pequeño
jardin donde existe el ciprés.
Hablaba con un viejo inválido de la compañía de la Alhambra, y miraba á
la altísima punta del árbol maquinalmente.
De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pájaro
blanco se cernió un momento sobre la punta del ciprés, y se detuvo en
ella.
--¿Qué clase de pájaro es ese, tio Juan? dijo el autor al inválido.
--¡Ah! ¡ah! esclamó el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.
--¡Un cuervo blanco!
--Si señor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprés de la
sultana tiene cuatrocientos años, y que ese cuervo es tan viejo como él.
--¿Quién ha dicho á V. eso, tio Juan?
--Mi padre se lo oyó decir á mi abuelo, que decia que se lo habia oido
decir al suyo, y que el abuelo de mas allá se lo habia oido decir al de
mas lejos.
--Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una
tradicion, en una palabra.
--Como se sabe que la sultana que engañó al rey Chico de Granada,
dejándose enamorar de un abencerrage al pie de ese árbol, era rubia y
blanca, y tenia los ojos garzos y una pequeña rosa que le hacia mucha
gracia, en la megilla derecha.
No me atreví á desmentir al tio Juan, que siguió contándome con la fé
mas ciega, y como hubiera podido contarme un suceso del dia anterior, la
tradicion de los amores de la sultana de Granada y del abencerrage
Aben-Ahmed.
* * * * *
Oíase desde aquel solitario jardin, perdido y ténue á lo lejos, el
concierto de la fiesta que se agitaba en Generalife.
El ruiseñor, escondido en el árbol, trinaba.
La luna brillaba en la tersa é inmóvil superficie del estanque.
Los bosquecillos de laureles proyectaban misteriosas penumbras.
La brisa de la noche volaba cargada del aroma de las flores.
* * * * *
Entre la oscura sombra de un bosquecillo se destacaron cuatro fantasmas
blancos.
Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.
Hablaban de una manera contenida.
Se deslizaron siempre en la sombra hácia el ciprés, y se ocultaron
detrás de él en una espesura de rosales.
El que hubiera estado junto á ellos habria podido oir el diálogo
siguiente:
--¿Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?
--Esta mañana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de
Lindaraja vió salir de los baños a Zaruhlemal[137], contestó el
preguntado.
--¡Ah! ¡la doncella favorita de la sultana! dijo otro.
--Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oyó decir: Esta noche en
Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.
--¿Y no podrá ser que quien haya dado esa cita á Aben-Ahmed sea la misma
Zaruhlemal?
--Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama á escalar la Alhambra y
á entrar en los baños del rey. No se hubiera pagado tan espléndidamente
á los guardas para que se retirasen.
--Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir
recatadamente una puerta de la galería.
--Ocultémonos bien, y silencio.
No volvieron á hablar una sola palabra.
* * * * *
Una muger salió de la galería y adelantó hácia el ciprés con paso tímido
é irresoluto.
Cuando se puso bajo la luz de la luna, brilló el brocado de su túnica, y
brillaron las alhajas de que venia prendida.
Traia cubierto el semblante con el velo.
Adelantó hácia el ciprés, miró en torno suyo con anhelo; se sentó al pie
del árbol sobre el césped, y se descubrió echándose atras el velo.
Era la sultana Zoraida.
Estaba pálida, temblorosa, dominada por una escitacion profunda.
En sus magníficos ojos brillaban á un tiempo el amor, el temor, la
amistad, la pureza contrariada, el orgullo comprimido.
Su seno, cubierto de deslumbrantes joyas, se levantaba y se deprimia.
Su aliento salia abrasador y fatigado, por sus entreabiertos labios.
Todo en ella revelaba una muger en cuyas venas latia sangre africana, a
impulsos de un amor largo tiempo habia contrariado, dominado hasta el
momento de la prueba.
Amor escondido en un delicioso misterio, cubierto por las alas del
arcángel de la pureza, tranquilo hasta entonces como las aguas de un
lago, profundo como el abismo, é indeleble como la marca puesta por el
dedo de Dios sobre la frente de una criatura.
Aquel amor habia llevado hasta el pie de aquel ciprés á la sultana, de
aquel funesto ciprés, mudo confidente de amores misteriosos, y allí
entre un vacilante silencio, al tibio rayo de la luna, al suave y
aromático aliento de las auras, que susurraban lentamente entre las
flores y las enramadas, la desdichada Zoraida, recibió en el misterioso
fondo de su alma la última y mas ardiente revelacion de aquel amor hasta
entonces dominado, silencioso, vago, infinito que hacia mucho tiempo
llenaba sus sueños.
Zoraida vió el abismo en el momento en que este se abria á sus pies, y
quiso retroceder.
Quiso huir.
Se levantó trémula y se encaminó á la galería, pero de repente apareció
junto á ella, saliendo de entre una enramada, un hombre.
Era Aben-Ahmed.
Galan, hermoso, enamorado.
Pretendió huir aun, pero encontró ante sus pies de rodillas al
abencerrage pálido y tembloroso.
Y sintió sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios
ardientes y trémulos que besaban con delirio sus manos.
--¡Oh! ¿qué haces? esclamó la sultana.
--Desfallecer de amor, alma de mi alma, contestó el abencerraje.
Zoraida cayó sin fuerzas, rendida por su amor sobre el césped que
rodeaba al ciprés.
Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para sí
mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprés en la
espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron á lo largo de
los jardines.
* * * * *
Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia á los pies de Zoraida, y la decia
fuera de sí:
--¡Oh! ¡bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor!
¡bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!
¡Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces
mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: ¡yo te amo!
Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.
Ellos son la lumbre de mi vida.
Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.
Callaba la sultana: callaba y temblaba.
Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:
--Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hurí de
las huríes, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio:
huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de
Granada: salvemos nuestro amor.
Yo tengo en Africa alcázares.
Yo tengo en aquellos alcázares tesoros.
Yo soy el gefe de una valiente tribu.
De la tribu de los Beni-Zerahg.
Descendiente como Al-Hhamar-el-Nazerita, del Ansarí, mi estandarte verde
ondea sobre las lanzas de mis bravos abencerrages.
Aquí la infamia nos rodea y la traicion nos acecha.
Huyamos, sultana.
Huyamos de esta corte de ignominia.
Yo daré en Africa á tu hermosura un trono mas resplandeciente que el de
Boabdil.
Al oir el nombre del rey, la sultana volvió en sí como si despertase de
un sueño.
--¡Ah! esclamó: ¡eres tú, Aben-Ahmed! ¿qué quieres á los pies de la
sultana?
--¡Levántate, desdichado! ¡los esclavos del rey velan, y tu cabeza está
mal segura en tus hombros!
¡Huye! ¡huye y sálvate! ¡que el sultan de Granada no pueda herirte!
Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse
á su sueño, Aben-Ahmed se creyó humillado.
--¿Por qué me has llamado aquí en el silencio de una noche tranquila,
sino me amas? esclamó: ¿por qué has venido sola á este apartado jardin
donde todo convida al misterio y á los amores?
Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiaré, y te lo repito, te
conquistaré un trono, el trono de Damasco, y serás sultana del oriente y
del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes
del Atlas y los linderos del gran Sahara.
--¡Oh! ¿qué dices? ¡aparta vasallo! ¡para ser sultana me basta un trono,
para ser noble y leal á mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la
esclarecida sangre del sultan Ismail!
Aparta y vete.
La sultana ha venido aquí, te ha llamado aquí, para robar á tus
insensatos amores la última esperanza: para apartarte de una horrible
senda que solo conduce á un lago de sangre.
--Yo siento el buitre que se acerca, esclamó tristemente Aben-Ahmed.
Yo oigo en los aires lúgubres rumores.
Es Ariel[138], que bate sobre mí sus alas negras.
Quédate á Dios, sultana.
Si al trasponer el sol del próximo dia, al aparecer en el oriente el
lucero de la tarde, ves pasar por delante de él una nubecilla roja, ese
será mi espíritu que esperará trémulo de amor una sola mirada de tus
ojos.
Y trémulo, pálido como un cadáver, se levantó el abencerrage de los pies
de la sultana.
--¡Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza
de su amor; ¡morir tú! ¿y por qué?
--Lo que está escrito se cumplirá, dijo con desesperacion Aben-Ahmed;
¿acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?
¡Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.
¡Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para mí, como un vaso de oro y
rubíes lleno de falaz tósigo!
Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:
«¡Adónde vas, caudillo?
Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;
Cuando busque aires mas puros y mas frescos y tierras mas tapizadas de
verdor;
Cuando abata su vuelo junto á las claras corrientes,
Sobre las pintadas flores,
Llegará al pie de una montaña coronada por la magestad de un alcázar;
Y en el alcázar encontrará una garza real.
Y la garza causará la muerte del alcion, porque le amará, y apartará de
él los ojos, que posará en los de un cobarde gerifalte,
Y el gerifalte verterá con alevosía la sangre del alcion, viajero y
peregrino, y velo de sombra estenderá sobre él,
--Lo que pronosticaron los sabios se ha cumplido.
Partí, llegué, te ví, y te amé.
Te amé... como ama el cielo al sol, el mar al viento.
Te amé... como ama el ciego la luz y el desdichado la esperanza.
Te amé... con toda mi alma, con toda mi vida, con todo mi deseo, con
toda mi voluntad.
Te amé... para morir de amor.
Quédate á Dios, sultana.
Lo que está escrito se cumplirá.
¿Acaso puedo vivir?
¡No! insultaré á los zegríes y me matarán.
Y si quiero morir con gloria, ¿no velan en el real cristiano, sedientos
de sangre mora, ese famoso Gonzalo de Córdoba, el bravo Ponce de Leon,
Hernando del Pulgar, y don Alonso de Aguilar el Valiente?
Adios, sultana.
Ariel bate ya sus negras alas.
La hora se acerca.
Y fuera de sí Aben-Ahmed, se apartó de la sultana.
Zoraida no pudo contener su llanto.
Detúvose Aben-Ahmed estremecido de alegría, y tornó al sitio donde aun
permanecia inmóvil la sultana.
--¿Por qué lloras? esclamó Aben-Ahmed: cada lágrima tuya vale un
torrente de sangre. Si tú me amas, hurí, pronuncia una sola palabra, y
cuanto se oponga á nuestro amor caerá ante mi espada.
--¡Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus
sollozos.
--¡Oh! ¡dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la
agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!
--¡Vete! repitió Zoraida.
--No, no me alejaré. Alejarme seria morir.
--Permaneciendo morirás.
--¿Y qué importa?
--¿Y mi amor? esclamó con desesperacion Aben-Ahmed.
La sultana se levantó de una manera solemne: sus lágrimas se habian
secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.
--Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce,
resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba á
mi esposo, porque no le eligió mi voluntad, porque Dios no habia querido
que le amara; pero no le aborrecia.
Mi sueño era tranquilo.
Las flores tenian para mí colores y fragancia.
El aura era fresca y balsámica.
Mi aliento la aspiraba con delicia.
Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de
languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una
larga jornada.
Yo lo amaba todo; las flores, los pájaros, las auras, el sol, la tierra,
los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.
Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueños, y al
despertar el alba me sonreia.
Pero cuando te ví, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de
Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua
blanca, llevando tras tí el verde estandarte de la familia del profeta;
Cuando pasaste bajo mis celosías galan y hermoso, terciada la pica, la
frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;
¡Oh! cuando te ví, el ángel de la paz no batió ya sobre mí sus alas
blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para mí
fragancia, frescura, ni resplandores:
Los pasos de mi esposo, que se acercaba á mi retrete y que antes no me
inquietaban, me aterraron.
Las puras frentes de mis hijos me causaron vergüenza.
Porque yo dentro de mi alma era adúltera.
Porque dentro de mi alma yo te amaba.
Y yo no debia amarte.
Quise vencer aquel amor vergonzoso y creció.
Quise contenerle al menos, y se desbordó.
Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, tú, enamorado de mí, me
aquejabas con tu amor.
En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una
guitarra venia á estremecerme.
Y luego tu voz que cantaba á lo lejos en la márgen del rio, entre las
espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores céfiros,
hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de
lágrimas.
¿Quién sabia si aquel canto de amores buscaba á la sultana que gemia en
su mirador, ó á una dama escondida tras sus celosías en los cármenes del
Darro?
Yo sola sabia que aquel canto venia á buscarme.
Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armonía
melancólica hablaba á la sultana.
Y yo me volvia loca.
Yo luchaba.
Quise al fin probar el último remedio.
Quise conocerte, tratarte, contemplarte de cerca, sorprender tus
debilidades, tus miserias, encontrar razones para olvidarte.
Y te ví; y te hablé; y solo hallé en tí prendas para amarte mas.
Desesperada, quise probar el último esfuerzo, y te llamé aquí á este
jardin solitario para hacer imposible mi vergüenza separándote de mí,
apartándote de mí, irritándote, despreciándote.
Yo queria quedarme sola con mi amor.
Queria que huyeses, que me aborrecieses.
¡Y me has vencido!
¡Yo te amo, Aben-Ahmed!
¡Te amo antes que todo!
Pero vete... déjame...
Porque si yo fuese tuya, la vergüenza me mataria.
Porque no podria sobrevivir á mi infamia.
Tras esta apasionada declaracion, la sultana calló, y doblegó su frente
bajo el peso de la vergüenza.
Aben-Ahmed llegó á la atarvea, cortó algunas rosas blancas, las enlazó,
y las puso, á manera de corona, sobre la frente de la sultana.
--¡Oh! esclamó: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores
como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estén
marchitas, acuérdate de que el corazon de Aben-Ahmed estará marchito
tambien.
--¡Oh! esclamó Zoraida levantando hácia Aben-Ahmed sus ojos inundados de
lágrimas: ¡Oh! ¡si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que
ha ceñido á mi frente Boabdil!
Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la
espesura de rosales, situada detrás del ciprés, apareció bajo el rayo
de la luna, un semblante pálido, convulso, horrible, que abarcaba en una
mirada de muerte á los dos amantes.
¡Era el rey Boabdil!
Tras él, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en
alquiceles blancos.
Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto, á lo largo del jardin, y
muy pronto se perdieron entre la espesura.
El rey saltó como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en
su puñal y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian
desaparecido los amantes.
Los cuatro hombres salieron tras él y le rodearon.
Eran Mahomet Adel-Zegrí, Hamet-Zegrí, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos
zegríes, todos enemigos de Aben-Ahmed.
Hamet-Zegrí se puso delante del rey.
--¿Adónde vas, señor? le dijo: si matamos á Aben-Ahmed aquí, en
Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte será un aviso para
los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores.
La venganza, señor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno
solo, una cabeza es poco.
--Sí, dices bien; esclamó el rey con acento opaco: ¡todos!... ¡todos!...
Y luego en un momento de horrible decision, esclamó:
--Id mañana á la Alhambra acompañados de mi verdugo.
Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura
galería del fondo del jardin.
* * * * *
Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una
invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los
Leones.
* * * * *
Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuchó al enamorado
Aben-Ahmed y le confesó su amor en Generalife, se conoce el viejo árbol
de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de _Ciprés de la Sultana_.