A aquella infame traicion de los zegríes, siguió un tumulto espantoso.
Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valiéndose
solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saña
incomparables.
De los estrados, de las galerías, de las casas, bajaban á la liza
caballeros, y aun el populacho empezaba á tomar parte, dividiéndose
Granada en dos bandos.
El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escapó y se
encerró en la Alhambra.
El infante Muza quedó en la plaza revolviéndose entre los combatientes,
y gritando para ponerlos en paz:
--Ved, caballeros, que tenemos á las puertas los cristianos, que el
peligro arrecia, y que no es esta la ocasion de volver las armas los
unos contra los otros, sino de ir juntos y alentados contra el enemigo
de todos: ea, caballeros, bajad las armas, y mirad á Granada que llora:
y si teneis sed de sangre, venid conmigo y busquémosla cristiana en el
real de Santa-Fé.
Pero en vano tronaba la voz de Muza: los zegríes no obedecian y los
abencerrages, que hubieran obedecido, se veian obligados á defenderse de
los zegríes.
Entonces Muza dejó las persuasiones y apeló á la fuerza.
Reunió al rededor de su bandera á los africanos de la guarda del rey y á
sus esclavos negros, y embistió con los zegríes.
Reforzados los abencerrages, se llevaron al fin por delante cuanto
encontraron.
Los zegríes huyeron dejando sobre la plaza muchos cadáveres de los
suyos, y fueron á encerrarse en el castillo de Bib-Ataubin[136].
Los abencerrages fueron á encerrarse con el rey en la Alhambra.