¡Cuán engalanada se muestra la plaza!
Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores,
sus sedas Damasco, sus púrpuras Tiro, sus resplandores Oriente.
Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas,
ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un
cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y
pedrería.
Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en
señal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con
plumas, cada cual del color de su dama.
Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras,
prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes
de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.
Y á los pies de ventanas y miradores mas allá de los estrados, está la
estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena
del Genil.
Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de
hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la
guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus
relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.
Y allá al fondo de la tela está el trono del señor rey, con su cortina
de púrpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubíes, con el
blason de Al-Hhamar el Nazerí campeando en el centro, y que parece como
empalidecido, como empañado al verse en un lugar de fiestas en vez de
encontrarse delante del real de los cristianos que cercan á Granada.
Boabdil es un rey insensato.
Insensatas son esas damas, que están cubiertas de joyas, lazos y galas.
Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el
castellano.
Solo los fakís prosternados en la mezquita esclaman:
_¡Allah ku Akbar! ¡Allah ku Rhhaman! ¡Le galib ile Allah!_[131]
* * * * *
Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto á él,
pálida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las
sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las
esclavas.
Y detrás del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los
valies, y los alimes, y los xeques.
Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una seña
con su lenzuelo y van á empezar las fiestas.
Un solo caballero vé con espresion sombria la seña del rey, y escucha
con despecho el tañido de los instrumentos músicos y de guerra que
llaman á las cuadrillas.
Está de pié á la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que
se apoya.
Es el único que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura
dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con
un fuerte arnés de guerra de Milán.
En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcél encubertado
de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha
y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.
Es jóven: en la fuerza de su juventud.
La magestad irradia de su alta y serena frente.
En sus negros ojos brilla un valor bravio.
En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.
Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada,
hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de
Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballería.
Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras sí
las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, allá
vá el huracan.
Cuando salen á su encuentro Gonzalo de Córdoba, ó el Alcaide de los
Donceles, ó el conde de Cabra, ó Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas
castellanas, parece que chocan dos montañas de acero lanzadas la una
contra la otra por la mano de Dios.
Cuando entre los suyos está pálido, sombrio y ceñudo, los suyos
tiemblan.
Muza está pálido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.
Su robusta mano empuña convulsivamente el pomo de su espada.
Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].
Por allí entran lucidas cuadrillas de zegríes.
A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos
de un tordo rodado, Mahomet Zegrí, alcaide de la alcazaba Kadima,
cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado
en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este
jactancioso mote: _Con mas puedo._
Su moreno semblante africano se volvió hacia el trono en el momento en
que entró en la tela, y sonrió con sarcasmo á la sultana, con desprecio
al rey, y fijó una mirada de odio y de reto en el infante Muza.
La sultana palideció, el rey bajó los ojos, Muza lanzó una mirada de
muerte al Zegrí.
Seguian á Mohamet-Adel-Zegrí, de cuatro en cuatro, cien caballeros
zegríes, ginetes en potros negros de pura sangre árabe.
Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135]
forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran
de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban
plumas que parecian haber sido teñidas en sangre.
Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissería, entró un hermoso mancebo,
ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado
verde, y gualdrapas de lo mismo.
En su adarga llevaba pintada un águila que volaba junto á un sol, y por
bajo este letrero:
_«Mas alto vuelo.»_
Este caballero, que era muy hermoso, se llamaba Ahmed-Ebn-Zeragh, y era
gefe de la poderosa familia de los abencerrages.
Seguíanle de cuatro en cuatro, ginetes como él en yeguas blancas, y como
él vistiendo brocado verde, cien bravos caballeros abencerrages.
Los dos gefes de las dos tribus, Mahomet-Adel-Zegrí, y
Aben-Ahmed-Aben-Zeragh, se unieron para ir á saludar al rey, y del mismo
modo se unieron sus cuadrillas.
Despues del saludo, cada uno tomó por un costado de la liza: seguian á
cada uno sus caballeros, y al fin los escuadrones se formaron el uno
frente al otro: los abencerrages estaban á la derecha del trono, los
zegríes á la izquierda: en medio la arena despejada: á una señal del
rey, los escuderos de las fiestas saltaron las barreras y cargados de
haces de cañas, forradas de vistosas cintas, proveyeron de ellas á los
caballeros y se retiraron.
Entonces sonó la señal.
Los dos escuadrones se abrieron, desplegándose como un abanico.
Y caracolearon los caballos, y se mezclaron de una manera ordenada
formando círculos y caprichosas combinaciones, y entrando y saliendo y
remedando de una manera muy vistosa, una trabada escaramuza.
Y volaban las cañas, ondeando las cintas de colores, y las damas y los
caballeros y el populacho y el mismo rey aplaudian y reian de muy buena
gana, cuando un caballero torpe ó descuidado recibia un golpe de caña en
el rostro.
Por una, dos y tres veces las cuadrillas quedaron sin cañas, se
replegaron haciendo provision de nuevas cañas, y volvieron á juego; pero
á la cuarta vez, un caballero abencerrage lanzó un grito de muerte y
cayó de su yegua.
Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado á
sus dueños picas de combate.
Por esto se dijo el romance aquel:
No hay amigo para amigo;
las cañas se vuelven lanzas.