Pero en los tiempos antiguos, era distinto.
La torre de los Siete Suelos, era una magnífica torre.
Alzaba con altivez sus muros orlados de almenas reales.
Ostentaba los bellos mármoles labrados de su ingreso, y los ajimeces
calados del muro, y sus matacanes y sus ladroneras y su ancho cubo,
sobre cuya plataforma vagaban los soldados del rey moro.
El sol al salir alumbraba con alegría aquella puerta.
Pero antes del rey Abul-Walid, la torre de los Siete Suelos, no tenia
unida á sí la terrible tradicion que con ella vive.
Esta tradicion es sombría.
Dícese que todas las noches, al dar el reloj las doce, sale de la torre
un caballero moro, ginete en un caballo blanco sin cabeza, y precedido
por un enorme y lanudo perro blanco, que recorren con la rapidez del
relámpago los bosques de la Alhambra, y que al espirar la última
campanada de las doce, vuelven á la torre y á su último suelo, del que
no vuelven á salir hasta la noche siguiente.
Dícese que el que por acaso vé al _Belludo_ y al _Descabezado_ durante
su brevísima escursion nocturna, esperimenta una desgracia.
Añádese, que el moro que cabalga en el _Descabezado_ es un espíritu
maldito.
Y preguntad á las buenas gentes de los alrededores, si es verdad lo del
perro lanudo y lo del caballo sin cabeza, y os contestarán sin vacilar:
--Yo los he visto, una ó mas veces, y me ha acontecido tal ó cual
desgracia.
Habia un guarda en los bosques de la Alhambra que se llamaba por apodo
_el Coronel_: era un escelente hombre y un escelente cazador, y vivia en
una cueva casi frente por frente de la torre de los Siete Suelos.
Una mañana de invierno el autor subió á la Alhambra.
Hacia un hermoso dia; pero la noche anterior habia sido una noche de
tormenta.
El autor encontró al _Coronel_ sentado tristemente al sol, en el poyo de
piedras que habia junto á la puerta de la cueva.
--Eh, _Coronel_, le dijo; buenos dias: ¿qué hace Vd. ahí tan triste y
tan cariacontecido?
--¡Ay, señor de mi alma! me contestó: anoche, cuando mas arreciaba el
temporal, me dieron tentaciones de salir, porque de estas noches se
valen los matuteros[89], y abrí la puerta á punto que daban las doce: el
_Belludo_ y el _Descabezado_ pasaron junto á mí como alma que lleva el
diablo.
--¡Bah! le dije: estaría Vd. medio dormido.
--¡Cá! no señor: hace diez años los ví otra noche, y al dia siguiente
murió mi muger.
--¿Y qué desgracia le ha sucedido á Vd. ahora?
--¡Se me ha muerto la lebrela!
Cuando un hombre habla con tanta fé, no hay mas recurso que oir y
callar.
Es pues, una tradicion reconocida, creida como un hecho indudable la
existencia en la torre de los Siete Suelos de la Alhambra de un caballo
sin cabeza y de un perro con muchas lanas.
En cuanto á los Siete Suelos misteriosos no están en la torre, sino en
el cubo semicircular de defensa que está situado delante de la
torre[90].
Uno de estos suelos es una galería semicircular, en la cual de trecho en
trecho hay una especie de nicho profundo y abocinado que atraviesa el
muro, en cuya parte esterior hay una piedra con una abertura obalada y
sobre ella una cruz calada.
Aquellos nichos estaban destinados á los escuchas.
En el pavimento, y tambien de trecho en trecho, hay aberturas cuadradas,
respiraderos sin duda, de las galerías inferiores.
Cuando se arroja una piedra por uno de aquellos respiraderos, se la
siente caer retumbando, como en una sima.
En cuanto á los Siete Suelos, estando cegada la escalera que conducia al
tercero, nada puede asegurarse.
Pero cuentan los viejos, que cuando aquellas escaleras no estaban
cegadas se bajaba bien al tercer suelo, pero que en el cuarto la
atmósfera era espesa; que en el quinto no se podia ya respirar, que se
apagaban las luces, por bien preparadas que fuesen, y por último, que
los que se habian atrevido á llegar hasta la escalera que conducia al
sesto piso, habian oido un estruendo sordo y pavoroso, y se habian
vuelto aterrados.
Quede consignado, pues, que en Granada se cree en el _Belludo_ y el
_Descabezado_ de la torre de los Siete Suelos; que se cree dominada la
torre por un encanto, y que nadie ha bajado ni podria bajar hasta el
sétimo suelo.
Veamos ahora la tradicion mora.