EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR.

Pasaron algunos dias.

Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde á una

sultana.

La córte del rey Nazar llevó luto.

El mismo dia en que se sepultó á Wadah, apareció en un palo en la plaza

de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.

El rey habia llamado á Yshac, y Yshac se le habia presentado.

--Toma mi cabeza, señor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he

debido hacer: he cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: le he

vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque tú

los casarás sultan, y te he obligado á construir, por tu amor á

Bekralbayda, el Palacio-de-Rubíes: además de eso te he devuelto tu amada

Leila-Radhyah.

--¿Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclamó

severamente el rey.

--Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por

la violencia, y que tú eras demasiado noble y grande, para valerte de la

violencia contra una débil muger.

--¿Pero si me hubiere enloquecido el amor?

--Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera

puesto entre tí y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu

hijo: es la hija de tu esposa.

--¿Y por qué antes no me lo has revelado todo?

--¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos

parte hubieras tú podido tener en su muerte?

El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.

--Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.

--Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya

visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.

--Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia

prosternado á sus pies.

--No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.

--No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí

debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada,

el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la

muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana

Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.

--Tú eres grande y justo, repitió Yshac.

--Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las

estrellas, Yshac.

--Las estrellas son mudas, dijo el anciano.

--¡Mudas! sin embargo, tú me has hablado en nombre de ellas.

--Me preguntaba tu supersticion.

--¿Es decir que la astrología es mentira?

--Pregunta á un astrólogo cuando vá á morir.

--Tú me has contado cosas maravillosas.

--Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto

donde hemos llegado.

--Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sábio.

--Ha sido un cuento inventado por mí.

--¿Y el buho, ese terrible buho que me persigue?

--En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos:

es muy fácil encontrar de noche esas alimañas.

--¿Con que es decir, que la ciencia es mentira?

--Sí; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse á la voluntad

de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda

conocer, es una mentira y un pecado.

--¡Seria necesario, pues, castigar á los astrólogos!

--No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te

demandarian de impiedad.

--Déjame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.

Yshac salió.

El rey continuó paseándose por su cámara.

--¡Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! ¡con que solo Dios

conoce lo oculto! esclamó el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar

por las imágenes de la astrología; ¡con que es decir que el hombre

camina á tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y

solo la virtud puede servirle de guia segura é impedirle que caiga! No

sé qué pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombría cuando hablaba

conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda

desesperacion. Y sin embargo, no se por qué desconfio de él: hasta ahora

no me ha hecho mas que bien.

El rey siguió paseando.

De repente se detuvo y llamó á su wacir.

Presentóse el anciano.

--Irás á las habitaciones de la sultana Bekralbayda.

--Iré señor.

--La dirás que tú, sabiendo que ama al príncipe Mohammet, quieres

conducirla á su prision.

--¿Y la conduciré?

--Sí; esta noche.

--¿Y cuánto tiempo permanecerá allí la sultana?

--Déjalos solos y avísame.

El wacir se inclinó y salió.

El rey Nazar atravesó algunas cámaras, llegó á una puerta y la abrió.

Una muger se arrojó en sus brazos.

Aquella muger era Leila-Radhyah.

La alhambra; leyendas árabes · 第 59 / 311 题