Y es de advertir que cuando el rey Nazar formó la resolucion de
construir aquel magnífico alcázar, no tenia una sola dobla en su tesoro.
Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiosísimas en la construccion de
hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar
sabios que enseñasen al pueblo.
El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual á cabo, envió
cartas á todas las villas del reino, llamando á todos los caballeros sus
vasallos.
Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.
Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido á la
córte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos á los
otros para qué habria hecho el rey aquel llamamiento.
Al fin un dia los convocó el rey Nazar á su palacio de la torre del
Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, salió vestido
magníficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado
de las riendas de púrpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de
sus walíes y seguido de los esclavos negros de su guardia.
Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando
tras sí á todos los nobles que habia convocado, bajó por Al-Acab[31] á
la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los
Gomeles, subió á la Colina Roja.
En el centro de la cumbre habia una magnífica tienda de seda y oro
levantada para el rey.
Delante de la tienda habia un trono.
Cuando el rey Nazar llegó junto al trono, descabalgó y descabalgaron los
de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.
El rey subió sobre el trono, rodeándole los de su séquito, y luego
delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que
pasarian de cuatro mil.
El rey Nazar paseó por ellos una mirada orgullosa.
La mirada de un rey que contemplaba delante de sí una caballería tan
rica, tan noble y tan valiente.
--Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.
Salió una aclamacion unánime de las bocas de los caballeros.
--Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el
cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.
Contestaron al rey unánimes señales de asentimiento.
--Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro
territorio: de una parte hácia la tramontana tenemos á Murcia, de otra á
Jaen, de otra á Córdoba, y allá al frente á Africa.
Volviéronse las miradas de los caballeros á las distantes fronteras con
una avaricia feroz.
--Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias,
atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo
permitiese.
--¡Sí, sí, sí! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.
--Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con
los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.
Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.
--Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey
Nazar.
--¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las
riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los
reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.
--Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola
algarada[32].
Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.
--¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.
--Sí, respondió el rey.
--¿A la redonda en las fronteras del reino?
--Sí.
--¿Y contra las riberas de Africa?
--Sí.
--¿Y ningun daño nos parará, poderoso señor?
--Ninguno; pero atended lo que os voy á decir.
Creció el silencio entre los caballeros.
--Os permito una algarada de sol á sol contra las fronteras de Córdoba,
Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente á nosotros.
Una algarada de sol á sol y nada mas. ¿Me entendeis bien?
--Sí, sí, poderoso señor.
--Pero entended mejor lo que os voy á decir: dentro de ocho dias me
habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.
--¡Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.
--Sí, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.
--¿Pero dónde encontraremos tantos cautivos, poderoso señor?
--Buscadlos; y... al campo vuestras banderas; á la mar vuestras fustas:
pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil
cautivos, uno para cada almena.
Y el rey despidió á sus caballeros y se volvió á su castillo.
--¡Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros
galopando por los caminos en busca de sus villas y alquerías.
--¡Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.
--¿Qué pretenderá hacer el rey Nazar? añadian todos.