Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar
al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubíes,
acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeños sucesos pero
graves, y que no son para pasados en olvido.
El príncipe se desesperaba en la prision de la torre.
Encerrado allí como una águila en su jaula sufria esa tortura lenta del
prisionero, que vé los azules horizontes, la gente que vá y que viene,
que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse
mas allá de los muros de su prision.
Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y
tanto mas cuando no se conoce el término de ese estado aflictivo, cuando
no se sabe si se saldrá de la prision para la tumba ó para el destierro.
Y cuando el que está preso ama como amaba el príncipe: cuando se tienen
celos como el príncipe los tenia: cuando se vé desde la prision lo que
el príncipe veia lodos los dias, la vida llega á hacerse insoportable.
Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el
príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y
gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.
Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.
Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el
mismo lugar por donde habia entrado la jóven.
Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el
rey Nazar.
Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada
instante un siglo.
Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos
el sendero y se perdian bajo los pórticos.
No era solo el príncipe el que veia esto.
Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.
Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del
muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.
Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.
Una noche entró en la cámara del rey con un voluminoso rollo de
pergaminos.
Hízole sentar Al-Hhamar y le dijo:
--Estoy impaciente por construir ese alcázar: mi amor hácia tu hija es
cada dia mas grande.
--Mi hija es muy afortunada, poderoso señor.
--Pero tu hija se obstina en no corresponder á mi amor sino cuando haya
construido para ella un alcázar.
--Aquí tienes las trazas de él, magnífico sultan, cuadra por cuadra,
rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.
El astrólogo estendió uno por uno todos los pergaminos.
En él estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alcázar, los
patios, las fuentes, las galerías caladas, las blancas columnatas de
mármol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las
cúpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de
alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosías, de puertas:
aquello era un prodigio que maravilló al rey.
--Mira, señor, le decia el astrólogo, cuán bello es este patio: sus
columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galerías,
y los graciosos arcos parecen las copas de jóvenes palmeras que se
cruzan; mira cuán magnífica es esa fuente que se sustenta sobre esos
doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas
del paraiso: sus cúpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen
tan hermosos como los ojos de una hurí.
--Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey,
y este alcázar es una de sus maravillas.
Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la
brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.
Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el
chal de una hurí.
¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?
Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto
prodigio.
--Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el
astrólogo.
--Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes,
dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he
rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil
almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes
tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar,
maravilla de las maravillas?
--El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.
--Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre
para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo
rey Abu-Mozni-el-Zeirita.
--Tú amas á mi hija.
Calló el rey.
--Mi hija no te concederá su amor, sino cuando hayas construido para
ella este rico alcázar.
--Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.
--Mi hija será sultana.
Se estremeció el rey.
--Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alcázar que tanto te
enamora.
Meditó un momento el rey, y luego dijo levantándose de una manera
decidida.
--¡Construiremos el alcázar de las maravillas, Yshac! ¡yo te lo juro!