Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia á Yshac,
cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del
astrólogo, le anunció que unos labradores traian preso al príncipe
Mohammet.
Porque el príncipe habia sido reconocido en el alcázar, y se habia
detenido á los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber
preso al príncipe.
Nublóse el semblante de Al-Hhamar.
Era el primer disgusto que le daba su hijo.
Mandó que introdujesen al príncipe y los labradores.
El príncipe se presentó confuso.
Los labradores aterrados se arrojaron á los pies del rey Nazar.
--Perdon, señor, perdon, esclamaron: nosotros no conocíamos al
esclarecido príncipe, tu hijo.
--El nos dijo quien era.
--Pero nosotros no le creimos.
--Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros
cármenes.
--Y nos roban las flores...
--Las flores de nuestra alma.
--Nuestras esposas y nuestras hijas.
--Y creimos que el príncipe fuera uno de estos ladrones.
--Porque le encontramos dentro de nuestros cármenes.
--Que están cercados.
--Que están guardados.
--Nosotros no sabiamos que era el príncipe.
Impuso el rey Nazar silencio á los labradores, que hablaban á un tiempo
y en coro, impulsados por el miedo, y preguntó á su hijo:
--¿Es cierto lo que estos dicen?
--Me han encontrado en los cármenes, señor, contestó el jóven.
--¿De noche y armado?
--Si señor.
--¡Idos! dijo el rey á los labradores.
Estos no esperaron á que el rey repitiese su mandato, y salieron en
tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los
esclavos y de los soldados en su tránsito por el alcázar.
El rey Nazar se habia quedado solo con el príncipe, y le miraba ceñudo.
--¿No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.
--Si señor, constestó el príncipe.
--¿No te habia mandado que no vinieses á Granada?
--Si señor.
--¿Por qué has venido? ¿qué causa grave tienes que alegar en tu
disculpa?
El príncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se
atrevió á confesar la verdad.
--Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes,
contestó.
--Si uno de tus walíes abandonase un gobierno que tú le hubieses
encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, ¿qué
harias?
--Mandaria cortar la cabeza al walí, contestó con mesura, pero con
firmeza el príncipe.
--¿Porque el walí habria sido traidor y rebelde?
--Si señor.
--¿Tú eres príncipe: tú eres mi compañero en el mando? tú eres casi el
sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. ¿A qué has venido á
Granada?
--Estaba triste en Alhama.
--¿Y tienes aquí tu alegría?
--Si señor.
--¿Y... tu alegría cómo se llama?
--Mi alegría no tiene nombre.
--¿Pero por qué has venido á Granada desobedeciéndome? ¿por qué has
abandonado mi estandarte en la frontera?
--Por respirar las auras de la noche en los cármenes del Darro.
--¡Oh! yo sabré tu secreto, dijo el rey.
Y llamando á dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23] les
mandó que encerrasen al príncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de
viento.
Esta antiquísima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia
mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto á las
almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror
supersticioso que inspiraba.
Decíase que habitaba en ella el _alma del rey Aben-Habuz el sabio_.
Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio á que
daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrábase en ella
por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la
unia con uno de los lados del patio.
Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos
cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de
años. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia
maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada
apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y
profundísimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la
escalera, en una cámara de ocho pies en cuadro, baja de bóveda y
envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia
como escondido en uno de los rincones.
En esta cámara á nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una
compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas
semicirculares se abrian en direccion á los cuatro puntos cardinales.
Además del centro ó clave de la bóveda descendia hasta la parte media de
la altura de la cámara un eje de hierro, del que estaba suspendido un
pequeño ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y
con la lanza baja.
Aquel eje se volvia obedeciendo á la veleta de la parte superior, y la
punta de la lanza del caballero señalaba á la parte donde iba el viento.
Contábanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se
veia por sus altísimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y
por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era
de un buho enormísimo, tan grande como la mas grande águila que anidaba
junto á las almenas; y á propósito del resplandor, y del humo, y del
buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar á los muchachos
y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien
bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre
y del palacio que tenia á sus pies.
Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba,
era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus
galerías, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en él
vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.
Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey
Nazar.
Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las
sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era
una escelente atalaya.
Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y
este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á
los wazires:
--Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi
caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla;
haced que le vayan á buscar.
Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al
príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á
contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro
atravesaba á Granada.
Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma:
Bekralbayda.