DE CÓMO EL PRÍNCIPE MOHAMMET ESTUVO Á PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON.

Bekralbayda era feliz.

Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su

amado.

Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con

el príncipe.

El príncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su

amor era suya en cuerpo y en alma.

Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dándose cita para

la noche siguiente.

Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmóvil, apoyado en el

alfeizar del ajimez.

La dama blanca habia dado salida al príncipe por el portillo de una

cerca.

Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido á su

retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueño de

amores.

El príncipe se habia encaminado á la Colina Roja, y se habia ocultado en

las ruinas del templo de Diana.

Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero

Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el

reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:

--¿Porqué velará á estas horas mi padre?

Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.

Llegó la noche.

Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y

misteriosamente alumbrada por los luceros.

El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y

se encaminó á la casita blanca del remanso.

A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él,

le esperaba Bekralbayda.

Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de

aquellos lugares.

Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.

Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar

con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que

le habia llevado al palacio de la dama blanca.

Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada,

áspera, húmeda y nada mas.

--¿Me habré engañado? se preguntó.

Y volvió á salir.

Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia

penetrado la noche anterior.

Para confirmarle en ello estaban allí las ramas que habia cortado con su

yatagan para abrirse paso.

Sin embargo, aunque penetró una y otra vez, solo halló una estrecha

escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.

Desesperado, abandonó aquel lugar y subió á las cortaduras del rio y

rodeó por los cármenes, buscando el postigo por donde le habia dado

salida la dama blanca.

Pero no halló la cerca.

En cambio se perdió en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas

á medida que el príncipe se revolvia mas en ellas.

Llegó un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni

aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.

--¿Habrá aquí algun encantamento? dijo.

Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oyó un ronco ladrido, y

poco despues se vió acometido por un enorme perro campestre y por una

ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una

linterna.

Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.

--Hé aquí el ladron de nuestras hortalizas...

--El talador de nuestras flores.

--El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir

nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa

del admirado príncipe.

La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian

mugeres y parientas hermosas, algunos jóvenes caballeros habian dado en

la flor de ir á meterse en vedado por aquellos frondosos cármenes,

pisando las flores que encontraban á su paso, pero con la cautela y la

malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el

príncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.

--¿Qué decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el príncipe:

yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me hé perdido en vuestros

cármenes y os ruego que me saqueis de ellos.

--¿Qué te saquemos? pues ya se vé que te sacaremos: esclamaron los

rústicos, pero será para llevarte preso al rey que nos hará justicia.

Estremecióse el príncipe.

--Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quién soy yo.

--Seas quien fueres, por ladron te tenemos ¿no has pasado nuestros

términos de noche sin nuestra licencia?

--Yo no he encontrado cerca alguna.

--Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirás ahorcado.

En efecto el príncipe habia saltado una pequeña tapia.

--¿Y para qué queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos

ahorcarle, ¿acaso no es un ladron armado? ¿no sabeis que el que coje á

un ladron armado puede ahorcarle allí donde le pille?

--Pero yo no he hecho resistencia: esclamó el príncipe.

--¿Y quién sabe si la has hecho ó no? ¿lo dirás tú despues de muerto?

--Si vosotros me ahorcárais, mi padre os descuartizaria vivos, contestó

con altivez el príncipe.

--Es que nosotros tenemos un padre que nos defenderá del tuyo por

poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey

Nazar.

--Pues bien de rodillas ante su hijo el príncipe Mohammet, dijo con

altivez el jóven.

--¿Tú el príncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar?

dijeron los rústicos: no puede ser; ¿qué tiene que buscar nuestro buen

príncipe por estos sitios y á estas horas?

--Es un mal caballero que miente por salvarse.

--Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.

--Un libertino.

--Un infame.

--Ahorquémosle.

--No; casémosle con la muger que vendrá á buscar y que sin duda es hija

de uno de nosotros.

--Yo no conozco á vuestras hijas: os repito que soy el príncipe

Mohammet.

--Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dirá si eres príncipe ó no.

Y arremetiendo á él, y sin que el príncipe pudiera valerse, le

arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y

la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.

La alhambra; leyendas árabes · 第 28 / 311 题