LA VENTA DE UNA MUGER.

Era ya tarde.

En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las

pisadas de alguno que se acercaba.

Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él

lo que pasaba en su alma.

Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente

vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se

prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:

--¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita

arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede

pensarse.

Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresuró á

mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie,

ni aun por sus mismos hijos.

Entró en la cámara algun tiempo despues un hombre alto, pálido,

enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel,

blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en

cuyas profundas órbitas se revolvian dos ojos brillantes como

carbunclos.

Aquel hombre no se prosternó ante el rey Nazar: por el contrario

adelantó hácia él, rígido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como

un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que

retrocedió.

--¡No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico! dijo

deteniéndose á poca distancia del rey.

--Tú eres el viejo que acompañaba á la doncella blanca, dijo el rey

Nazar sin poder dominar su fascinacion.

--Sí, yo soy el astrólogo Yshac, contestó aquel hombre permaneciendo

inmóvil en el sitio donde se habia parado.

--Tú eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montañas de oro por la

doncella blanca: aun no es tiempo.

--Yo soy.

--¿Y á qué vienes?

--Vengo á venderte á Bekralbayda.

--¡A vendérmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.

--Yo no quiero dinero.

--¿Qué quieres pues?

--Dos cosas solas.

--Habla.

--Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.

--¡Ah! ¡poner junto á la terrible Wadah, á ese arcángel del sétimo

cielo! ¿Sabes tú quién es Wadah?

--Soy astrólogo y mago: lo sé.

Tembló imperceptiblemente el rey Nazar.

Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.

Vistos á cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra

negra, que no se atrevian á unirse, que se rechazaban.

--¿Sabes que la sultana Wadah está loca?

--Lo sé.

Por un cambio natural en la disposicion del ánimo del rey, preguntó con

ansia á Yshac.

--¿Sabes por qué causa está loca la sultana?

--Sí.

--Dímelo.

--Aun no es tiempo.

El rey se estremeció de nuevo.

--¿Y sabiendo que está loca la sultana quieres poner á su lado á

Bekralbayda?

--Sí.

--¿Pero cómo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado

de la sultana?

--Ese es negocio tuyo.

--¿Y qué mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese

modo?

--Ser tu astrólogo: vivir en tu alcázar.

--¡Y nada mas pides! esclamó con asombro el rey Nazar.

--Nada mas quiero, contestó con voz cavernosa el astrólogo.

--Puedes traer mañana á Bekralbayda al alcázar.

--Pues bien; mañana la traeré. A Dios.

Y salió tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo

al rey Nazar.

La alhambra; leyendas árabes · 第 26 / 311 题