EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO.

Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el miércoles 9 de la luna de Xaban[19]

del año 591 de la hegira[20]; contaba pues, cuarenta y cinco años en el

momento en que le presentamos á nuestros lectores.

Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrísimas y pobladas y

en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana;

sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas;

sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de

la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las

puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran

magestad á su aspecto.

El rey Nazar era todavía hermoso, y sino era jóven no parecia viejo.

Aun podia pensar en el amor.

En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.

Su primera esposa, Zobeya, madre del príncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah,

habia muerto al dar á luz á este príncipe.

La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la

princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre

en la casa de Nazar.

La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermosísima,

madre de su segundo hijo el príncipe Juzef, de la cual hacia mucho

tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipatía

mortal.

Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo

tormento para Al-Hhamar.

Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey

Nazar.

No amaba á ninguna muger.

Ni aun pasaba de las puertas de su harem.

El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21] á no ser por sus

academias con sus sabios y poetas, ó por sus continuas escursiones por

sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la

fidelidad de sus alcaides y walíes.

Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia:

sus ejércitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.

Pero como hombre estaba en una contínua guerra con un deseo misterioso,

con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos

no era bastante para satisfacer aquel deseo.

Necesitaba otro amor.

La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contínuo y sombrio

disgusto que se veía impreso en su semblante, y su soberbia siempre

provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.

Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se

levantaban dentro de su alma.

Lejano, perdido allá en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano,

candente, abrasador, el otro.

La una muger era la sultana Leila-Radhyah.

Al-Hhamar no habia podido olvidarla.

Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.

La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para

descubrir su paradero.

Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombría su

pérdida.

Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con

Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era

poderosa.

Se la atribuia un poder mágico.

Ya hemos dicho que los moros son muy dados á la supersticion.

Cuando conoció Al-Hhamar á Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoderó

de ella, era simplemente walí[22]; su cautiva era una doncella de sangre

real hija de un poderoso emir de Africa.

Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor voráz, necesitando

de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del príncipe

Mahommet, ni se atrevió á devolver la doncella real á su padre, porque

esto era perderla, ni á casarse con ella, porque sabia demasiado que el

rey de Tlemcen no se avendria á dar por esposa á un simple walí una

sultana hija suya.

La ocultó, pues, en su casa, gozó sus amores, é hizo feliz durante algun

tiempo á la pobre jóven que le amaba y todo lo posponia á su amor.

Pero llegó un dia en que Al-Hhamar se casó con Wadah, quedando reducida

Leila-Radhyah á la posicion de una concubina, de una esclava que ningun

derecho tenia.

Poco despues desapareció como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su

aposento sangrientas señales. El rey la creyó muerta y la lloró.

Aquella misma noche, Al-Hhamar escuchó en las habitaciones de su esposa,

la hermosísima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes á rugidos de

leona.

Cuando entró en aquellas habitaciones, encontró á Wadah medio desnuda,

destrenzados los cabellos, delirante, frenética, buscando acá y allá,

levantando tapices, asomándose á los ajimeces, mirando al oscuro fondo

de los patios y gritando sin intermision:

--¡Asesinos! ¡asesinos! ¡asesinos!

Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado

de sangre.

Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y

lanzó una horrible carcajada.

En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo

ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.

Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos

esclavos habian desaparecido.

El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.

Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á

Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el

mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba

gritando:

--¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!

Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con

mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.

La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en

el alma del rey Nazar era Bekralbayda.

Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no

habia podido olvidarla.

Nunca habia sentido un deseo mas exigente.

Aquella niña llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hácia

Leila-Radhyah.

Habia llamado en vano á Yshac-el-Rumi.

Yshac le habia contestado:

--Aun no es tiempo.

--¿Pero de qué familia es esa niña?

--No es tiempo, replicaba Yshac.

--¿Es libre ó esclava? añadia el rey.

Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:

--Aun no es tiempo.

Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole

envenenada el alma.

Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las

estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.

Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:

--¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!

La alhambra; leyendas árabes · 第 24 / 311 题