LA DAMA BLANCA.

Pero cuando el mancebo llegó á la entrada de la gruta, se vió precisado

á romper con su yatagan, para abrirse paso, las tupidas zarzas que la

cubrian.

Despues penetró de una manera resuelta en el oscuro antro.

Por algun tiempo descendió en línea recta por una estrecha y resvaladiza

rampa: luego se vió obligado á volver y revolver oscurísimas

sinuosidades, por una pendiente mayor y mas resvaladiza, y al fin la

inclinacion del terreno se hizo tal, que perdió los pies, resvaló y se

sintió descender de una manera violenta.

Entonces se acordó del buho, de la carcajada, de cien supersticiosas

consejas musulmanas: se retiró, é invocó á Dios: hubo un momento en que

creyó que el terreno le faltaba, que caia despeñado en un abismo, dió un

grito de espanto y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí se encontró en un magnífico lecho de pieles de tigre

y respiró una atmósfera impregnada de perfumes: lo primero que vió ante

sí fué una alta figura blanca que estaba de pié é inmóvil delante de él

á los pies del lecho.

Era una muger.

Pero una muger hermosísima, irresistible á pesar de que habia pasado de

su primera juventud.

Sin embargo, y aunque parecia contar mas de treinta años, su semblante

blanco, nacarado, pálido, un tanto demacrado, exhalaba de sí tal fuerza

de vida, que hacia bendecir á Dios que habia creado una criatura, en la

cual parecia haberse estacionado la juventud mas brillante.

Sus negros ojos fijos en el príncipe, con una espresion ardiente y

melancólica, brillaba con no sabemos qué fuego dulce, concentrado, bajo

la sombra de sus negras y convexas pestañas: su boca entreabierta, por

la que parecia salir una alma llena de sufrimiento y de dolores en un

continuo suspiro, dejaba ver sus voluptuosos labios contraidos por una

triste sonrisa y pálidos como sus megillas: por último, sus largos y

brillantes cabellos caian en flotantes rizos sobre sus hombros y sobre

sus espaldas, y era alta, esbelta, magestuosa, y vestida únicamente con

una larga túnica de lana blanca, sujeta en el cuello, de mangas perdidas

y suelta enteramente hasta cubrir los pies, ocultando las formas de

aquella singular belleza bajo su ancha plegadura.

Ni un solo adorno, ni una joya, ni una flor se veia sobre esta muger.

En su mano derecha tenia una lámpara de plata.

Jamás habia visto el jóven una figura tan hermosa, tan imponente; de

aspecto tan sencillo, á un tiempo.

La habitacion en que se encontraba era tambien severa y sencilla, pero

rica; cuatro paredes labradas de arabescos dorados sobre fondo blanco, y

una cúpula de estalácticas, blancas tambien, con filetes de oro: la

puerta de arco de herradura estaba cubierta por una cortina blanca de

seda y oro, y de seda blanca y oro eran tambien los divanes que orlaban

las paredes, y la alfombra que cubria el pavimento.

Debemos advertir que en aquellos tiempos entre los moros, el vestir

completamente de blanco era una señal de luto, y que se admitia en el

luto el oro, como se admite ahora en los negros túmulos de las iglesias

y en las lápidas de las tumbas.

Esta estraña muger y esta habitacion, produjeron en el jóven el mismo

efecto que produciria en nosotros una persona enteramente vestida de

negro, en una habitacion enteramente negra tambien con adornos dorados.

La impresion de todo esto al volver en sí preocupó al jóven; pero lo que

mas le preocupó, cuando de la dama enlutada pasó su vista á la

habitacion, fué ver sobre sus armas, que estaban en un divan, un buho

enorme que dormia sobre una de sus patas, teniendo escondida la otra

entre su plumage.

El jóven se incorporó violentamente y fijó una mirada vacilante en la

dama enlutada, cuyas negras pupilas estaban fijas en él, destellando en

su oscuro foco, una chispa de fuego intenso y opaco.

--¡Oh! ¡hermoso! ¡hermoso como su padre! esclamó aquella muger con una

voz tan ardiente que el jóven se estremeció.

--¿Quién eres tú, que has nombrado á mi padre? esclamó.

--¡Yo soy la maga de las humbrías! contestó la enlutada.

--¡La maga de las humbrías! esclamó el jóven.

--Sí, dijo la dama sonriendo tristemente; yo soy la maga de las

humbrías.

Hubo un momento de solemne silencio, durante el cual continuaron

cruzándose y confundiéndose las miradas de la dama y del jóven, que se

sentia arrastrar por un poder desconocido hácia aquella muger.

--No, tu no eres maga, la dijo: tu no eres un espíritu maldito: la

amargura con que me has contestado me lo prueban, tu eres una muger que

sufres y lloras.

--Las lágrimas han hervido en mi corazon y se han secado, respondió

aquella muger.

El jóven se levantó, se acercó á la dama, la tomó una mano que ella no

retiró.

--¿Por qué quieres engañarme? la dijo con dulzura; en el momento en que

abrí los ojos me aterró esta desolacion; el luto que te cubre, el que

reviste estas paredes: creí haber cerrado los ojos á la vida; que el

puente de Sirat[5] que todos hemos de pasar, se habia abierto para mí, y

que me encontraba en las regiones de la eterna sombra: ¡y luego ese

buho!

--Ese buho es mi compañero.

--Ese buho ha revolado tres veces en derredor de mi cabeza cuando me

encontraba junto al remanso del rio.

--El desdichado sale de noche, vuela, se pierde entre las espesuras,

asusta á los murciélagos y se vuelve á dormir.

--Ese buho se precipitó en la casa blanca que está al otro lado del

remanso, entre los cipreses.

--En esa casa le conocen y le aman.

--Tras ese buho entró en esa casa por un ajimez una flecha mia.

--¡Hé aquí la maldad humana! ¡el hombre destruye por el placer de

destruir! ¿Qué daño le habia hecho ese pobre pájaro?

--Antes de que te conteste respóndeme á una pregunta: ¿me conoces tú?

--No te he visto hasta ahora y sé tu nombre.

--¿Por tu ciencia de maga?

--Sí, por mi ciencia, dijo la dama repitiendo la estraña sonrisa que le

era peculiar.

--¿Y quién soy yo?

--Tu eres el príncipe Sidy Mohammet-Abd'Allah, hijo y compañero en el

mando del poderoso Sultan de Andalucía, Nazar-ebn-Al-Hhamar el

magnífico.

Y el acento de la dama, al pronunciar el nombre del Sultan de Granada,

era amargo y doloroso.

--Sí, yo soy; pues bien: voy á decirte ahora por qué me horrorizan los

buhos.

La dama hizo un leve mohin de impaciencia.

--Dicen nuestros viejos que el dia en que nació mi padre, en la fiesta

de las buenas hadas, cuando todos los circunstantes estaban alegres y

regocijados, un buho entró en la sala y apagó las luces: aquella noche

mi abuela murió á consecuencia del alumbramiento.

--¡Ah!

--Siendo mozo mi padre, salió la primera vez en algara contra

cristianos: era de noche: un buho revoló tres veces alrededor de su

cabeza, y mi padre fué gravemente herido en el combate.

--¿De modo que tu padre, el poderoso sultan Nazar, dijo con profundo

acento la dama; el invencible, el fuerte, acabó por estremecerse al

nombre solo de una de esas alimañas?

--Déjame continuar. Conoció mi padre allá en los años de su juventud una

princesa africana (esto me lo ha contado muchas veces con las lágrimas

en los ojos) que habia ido á Córdoba á buscar en la ciencia de sus

sabios la curacion de una grave dolencia.

--¿Y de qué adolecia esa princesa? preguntó con indolencia la dama que

conceptuando que la relacion seria larga, puso la lámpara en un nicho

calado y se sentó en un divan.

--La princesa africana adolecia de tristeza, contestó el príncipe

sentándose á los pies del lecho: del mismo mal de que adolezco yo.

--Ocupémonos ahora de la dolencia de la princesa, que tiempo tendremos

de llegar á la tuya. Continúa.

--La princesa, mejor dicho, la sultana[6] Leila-Radhyah[7] habia ido á

Córdoba acompañada por uno de los wacires de su padre, Mohamet

Al-Mostansir-Billah, rey de Tlencen y servida por un número considerable

de hermosas esclavas.

--Por lo que veo tu padre el poderoso Nazar tiene harto presente el

nombre de esa sultana. ¿Cuándo te refirió tu padre esa historia?

--Hace un año, al proclamarme su heredero, y hacerme su partícipe en el

gobierno del reino.

--Continúa.

--Ya te he dicho que la sultana Leila-Radhyah, habia ido desde Tlencen á

Córdoba, á buscar alivio á su dolencia: pues bien, la noche antes de que

la princesa llegase á las fronteras de Córdoba, un buho entró por la

ventana del aposento donde dormia mi padre, batió las alas sobre su

cabeza y le despertó.

--¿Y qué desgracia aconteció al noble Al-Hhamar?

--Mi padre vió huir al buho por la ventana, y se acordó del buho que

habia girado en derredor de su cabeza la noche antes de la batalla en

que tan peligrosamente le hirieron, y de aquel otro buho que apagó las

luces en las fiestas de su nacimiento. Pero lo tuvo á casualidad y sin

pensar mas en ello se durmió de nuevo, cuando hé aquí que le despertaron

las voces de sus soldados. Levántase mi padre, sale de su aposento y

pregunta al primero que encuentra.--Las atalayas de la frontera hacen

señal de que los cristianos han entrado por la tierra y la llevan á

sangre y fuego: entre las sombras de la noche se ven las llamas de las

alkarias incendiadas:--Y el que esto le contesta corre á donde están ya

sus compañeros armados.--Mi padre llama á sus esclavos, se arma tambien,

reune á sus soldados alrededor de su bandera y parte con ellos de

Córdoba el primero, con su valiente taifa de ginetes, en busca del

cristiano.--Otros muchos walíes salen tambien de Córdoba con sus gentes

armadas, pero mi padre les lleva la delantera y al amanecer encuentra á

los cristianos.

--¿Y qué desgracia aconteció á tu padre?

--Mi padre venció en la primera embestida á los infieles, los puso en

fuga y les quitó la presa que habian hecho. Entre la presa iba una

doncella mora de maravillosa hermosura. Aquella doncella era la sultana

Leila-Radhyah.

--¡Ah! ¡era la sultana!

--Sí; al llegar á la frontera, la encontraron los cristianos, mataron al

wacir del rey de Tlencen, á los esclavos que la acompañaban, y la

hicieron cautiva con sus esclavas.--Mi padre mandó que la condujesen en

un palanquin á Córdoba, y fué conversando con ella todo el camino.--Era

tan hermosa, tan pura y tan resplandeciente como un dia sereno en un

valle del Hedjaz.--Mi padre se enamoró de ella...

--¿Y ella?

--Amó á mi padre.

--¡Murió sin duda la desdichada! dijo la dama blanca con una profunda

amargura; porque de no, tu padre que es noble y generoso la hubiera

hecho su esposa.

--No, dijo el príncipe bajando los ojos.

--¡La envió sin duda á su padre el rey de Tlencen!

--No; mi padre la amaba demasiado para no temer perderla, y mi padre

entonces no podia aspirar á que una sultana fuese su esposa.--Nuestra

familia es humilde: mis abuelos fueron labradores, y este es el mayor

orgullo de mi padre: haber llegado á tan alto habiendo nacido tan

bajo.--Mi padre cuando se apoderó de la sultana Leila-Radhyah, era walí;

tenia riquezas y una bella casa en Córdoba.

--¿Pero qué hizo tu padre de la sultana Leila-Radhyah?

--La llevó á su casa.

--¡Ah! tu padre dijo: los cristianos se llevaban esta doncella para

hacer con ella una ramera: ¿por qué no he de hacerla yo mi esclava? lo

que el guerrero encuentra en el campo es suyo. ¡Hizo tu padre bien! Pero

continúa: la sultana, por mejor decir, la esclava, debió morir de

vergüenza.

--No: un año despues de sus amores con mi padre desapareció de su casa,

encontróse sangre en su aposento, y mi padre, que la amaba, lloró su

pérdida y la llora todavía.

--¿Y no te ha contado tu padre mas acerca de la sultana esclava?

--No; pero cuando me contó esos amores cuya desgracia anunció sin duda

el buho, mi padre lloraba.

--¿Y qué otras desgracias le anunció ese buho tan terrible?

--Le vió la noche antes de la funesta batalla de Hins-Alacab[8]. Le vió

la alborada en que Córdoba cayó en poder de los cristianos: la noche que

precedió al dia de la pérdida de Sevilla, le vió tambien, y por último,

la misma noche en que murió asesinado por el walí de Almería el

desdichado Aben-Hud.

--¿Y no ha vuelto á ver tu padre á ese terrible buho?

--Sí, hace poco tiempo: precavido ya con las desventuras que le habian

acontecido, mi padre llamó á sus sabios y les consultó.

--Ese buho te anuncia una nueva desgracia, le dijeron los sabios.

--¿Y qué desgracia es esa?

--Necesitamos consultar las estrellas para responderte.

--Consultadlas, pues, dijo mi padre.

Los sabios pasaron tres noches mirando el cielo, y dijeron á mi padre.

--Aparta de Granada al príncipe Mohammet Abd'Allah.

--¿Y por qué? preguntó mi padre.

--Apártale, contestaron los sabios.

--¿Pero qué tengo que temer acerca de mi hijo?

--Las estrellas nos han dicho que amenazan á tu hijo y á tí lo mismo,

grandes desgracias si el príncipe continúa en Granada durante la luna de

las flores.

Mi padre mandó á los sabios que consultasen de nuevo las estrellas.

Pero una, dos y tres veces, las estrellas guardaron un profundo misterio

acerca del peligro que nos amenazaba, y solo repitieron que debia yo

huir de Granada.

Entonces mi padre me envió á Alhama.

Yo estaba triste. Mi corazon tenia sed. Mi alma anhelaba un misterio:

pasaron para mí los dias sin luz y las noches sin reposo. Yo me sentia

morir.

En vano mis ginetes lidiaban toros, y justaban y corrian cañas y

sortijas: mi enfermedad, mi misteriosa enfermedad crecia: la tristeza me

mataba: mis esclavos no lograban arrancarme una sonrisa; ni sus danzas

me alhagaban, ni sus cantos me entretenian, ni como otras veces, me

adormia en su regazo: hasta me olvidé de la oracion, llevando solo mi

cuerpo á la casa de Dios, pero no mi alma.

Yo palidecia, yo enlanguidecia.

--¡Como la sultana Leila-Radhyah!

--Sí; como la sultana. Súpolo mi padre, y vino á Alhama sin que yo lo

supiese y preparó grandes fiestas para ver si yo me distraia. En el

mismo punto en que mi padre entró en Alhama, segun supe despues, un buho

entró en mi retrete y apagó la lámpara.

--Veamos la desgracia que te anunciaba ese buho.

--Al dia siguiente me sorprendió bajo mis ventanas una inusitada y

alegre música de dulzainas, guzlas y atabaljos que tañian en un son

concertado. Abrí un ajimez, entró por él un dorado rayo de sol de la

mañana. Era el primer sol de la luz de las flores. El jardin parecia

reir: parecian reir sus fuentes; parecia que sus flores, y sus árboles,

y sus pájaros cantaban todos juntos; y que cantaba el cielo, y que

cantaba el sol. Hermosas esclavas danzaban y tañian cuando yo aparecí en

el ajimez, entonando un romance de amores en loor mio.

Estuve contemplando aquello durante un corto espacio, y luego me separé

del ajimez con los ojos llenos de lágrimas.

Al volverme encontré delante de mí á mi padre que me miraba con tierno

cuidado.

--¿Por qué estás abatido mi hermoso leoncillo? me dijo: ¿por qué vierten

tus ojos lágrimas y están pálidas tus megillas?

--No lo sé, le contesté: mis ojos no tienen luz ni alegría mi alma: la

vida me pesa como la losa de una tumba.

--¿Amas á alguna muger? si amas, dímelo; y esa muger será tuya, ya sea

una humilde labradora ó una poderosa sultana, me dijo.

--Ninguna muger entristece mi alma, esclamé arrojándome entre sus

brazos.

Mi padre procuró alegrarme, me mandó vestir mis mejores galas, montar

uno de mis mejores caballos, y así, él á mi lado y seguidos de lo mas

resplandeciente de la córte, salimos de los muros, y llegamos á un ameno

campo, donde durante aquella noche habia hecho levantar mi padre una

plaza de madera cubierta de paños de púrpura y oro.

Dentro de aquella plaza debian correrse toros, cañas y sortijas, y las

graderías y los estrados estaban henchidos de hermosas damas cubiertas

de galas menos resplandecientes que su hermosura.

En cuanto entré en la plaza, mis ojos se volvieron como si les hubiese

obligado á ello el deseo, á un estrado puesto junto al estrado real, y

se fijaron en una muger.

Aquella muger estaba, como tú, vestida de blanco; sin joyas como tú, y

mas jóven que tú, aunque no mas hermosa.

Aquella muger era una doncella como de veinte años, pálida y triste como

la luna, y hermosa y magnífica como el sol: tras de ella habia un hombre

alto, flaco, viejo, vestido tambien enteramente de blanco, con los ojos

relucientes como carbunclos que se fijaban en mí y en mi padre de una

manera que me espantaba.

Pero la doncella alegraba mi alma con su hermosura, la embriagaba con su

mirada, sentia ante ella que una nueva vida me hacia fuerte y poderoso,

y me volví á mi padre para decirle:--allí está la hurí que yo amo, la

alegría de mi alma, la paz de mi sueño, la vida de mi vida; es

necesario que esa muger sea mia, esclava ó sultana, dama ó labradora.

Pero cuando miré á mi padre, ví sus ojos fijos, absortos, asombrados, en

la doncella.

Ví en sus ojos amor, un amor ardiente. Tuve miedo y callé.

--¡Ah! ¡tu padre se habia enamorado como tú de la doncella blanca!

--Hé ahí, hé ahí la desgracia que me habia anunciado el buho.

Las fiestas fueron para mí muy tristes. Mi padre no volvió á preguntarme

mas acerca de mi tristeza. Estaba absorto en la contemplacion de la

doncella blanca á quien yo no me atrevia á mirar por temor á mi padre.

Al dia siguiente mi padre se volvió á Granada.

¿Se habria llevado consigo á su harem á la hermosa doncella?

Tuve celos: celos horribles porque eran celos de mi padre.

Pregunté á mis wacires, á los alcaides, á los kadis de Alhama, si

conocian á una dama enlutada que con un viejo enlutado tambien, habia

asistido á las fiestas.

El alcaide del alcázar me contestó que un viejo enlutado habia estado

hablando mucho tiempo con el rey antes de su partida y que despues no le

habian vuelto á ver. Que aquel viejo era forastero y que nadie le

conocia en Alhama.

¿A qué preguntar mas?

Mi padre habia comprado aquella doncella sin duda, y por su amor se

habia olvidado de su hijo.

Pero me resigné con la voluntad de Dios.

Volvió mi tristeza mas dolorosa, mas desesperada, y volvieron ó mas bien

continuaron mis noches sin sueño.

Yo veia siempre delante de mí á la doncella blanca, de dia en las nubes,

en las flores, en el fondo de las aguas: de noche en la luz de la

lámpara, en los ángulos de mi cámara, escondida tras las cortinas de mi

lecho: luego cuando el buho entraba y apagaba la luz, en medio de las

tinieblas iluminándolas con el resplandor de su hermosura.

Yo me volvia loco.

Al tercer dia de la partida de mi padre, al entrar en mi cámara de

vuelta de un solitario paseo por los jardines, encontré sobre mi divan

una gacela enrollada y perfumada en que estaban escritos con elegantes

caractéres azules los siguientes versos:

La perla de las perlas;

la cándida y la pura;

el sol de las hermosas;

la rosa del Eden;

la vírgen de tus sueños;

tu sueño de ventura,

espera á su adorado

cuando á la noche oscura,

los trémulos luceros

fulgor y sombra dén.

Si buscas de sus ojos

la fúlgida mirada;

si de su aliento quieres

la esencia respirar;

si es vida de tu vida;

si es llama consagrada,

alma del alma tuya,

que para tí guardada

Dios tiene en sus misterios

sobre escondido altar;

si quieres encontrarla;

si anhelas sus amores,

ven, príncipe, la noche

te brinda con su amor:

las márgenes del Darro

la guardan entre flores,

y en el silencio arrulla

su sueño de dolores,

trinando en los cipreses,

el triste ruiseñor.

Detúvose el príncipe, reclinó la cabeza entre sus manos, y exhaló un

ardiente suspiro.

--¿Era de ella? preguntó la dama.

--No lo sé, contestó el príncipe levantando la cabeza: solo sé que tanto

leí los versos, que los aprendí de memoria, y luego... ella me llamaba:

llamé al alcaide de mi palacio y le dije que durante siete dias no

permitiese entrar á nadie en mi cámara.--Luego mandé que me ensillasen

un caballo, y salí aquella misma noche de Alhama por un postigo de la

alcazaba.

La gacela me decia que la doncella blanca moraba entre flores en los

cármenes del Darro; aguijé, pues, mi caballo hácia Granada, á la que

llegué antes del amanecer, rodeé por el cerro de Al-Bahul, trepé á la

falda del cerro del Sol, bajé á la cumbre de la Colina Roja y me oculté

con mi caballo en las ruinas del templo romano. Vino el dia; yo veia á

lo lejos su luz por entre las grietas de las ruinas: un dia largo como

una eternidad, en que la impaciencia me hizo olvidarme de mí mismo hasta

el punto de no tocar á las provisiones que llevaba conmigo. Al fin se

estinguió la luz y la reemplazó otra mas pálida: salí de las ruinas: era

de noche: la luna iluminaba los montes: me arrastré por entre la maleza,

para evitar que me viesen los soldados de la atalaya, y ganando la

vertiente de la Colina, bajé al lecho del Darro, contra cuya corriente

subí: anduve largo espacio: yo miraba á los cármenes; pero no veia

cipreses; no escuchaba el trino del ruiseñor, sino á lo lejos y perdido

en el silencio de la noche: al fin ví delante de mi un remanso en que

brillaba la luz de la luna; al otro lado del remanso y mas allá de un

jardin una casita blanca, y tras de ella un bosque de cipreses entre los

cuales cantaba un ruiseñor.

Allí debia morar la doncella blanca: la hermosura del sitio era digna de

su hermosura; su encanto digno de su encanto; su melancólico reposo

compañero de su tristeza.

Esperé contemplando la casa y el jardin: esperé con el corazon ansioso,

pero llegó el alba y nada ví; nada mas que la luna que desapareció: nada

oí, nada mas que al ruiseñor que cantaba y que calló cuando los gallos

anunciaron la mañana.

Me volví á las ruinas del templo mas triste y mas enfermo que nunca.

Pasé otro dia mas largo, mas terrible, y volví al remanso del rio; pasé

delante de él, y como la noche anterior no ví mas que la luna brillando

en las aguas, no oí mas que al ruiseñor cantando entre los cipreses.

Al fin, esta noche cuando ya desesperado llamé á la doncella blanca, un

buho revoló alrededor de mi cabeza, me aterré, pretendí matarle, el buho

se lanzó en la casita blanca, y mi flecha como te he dicho entró tras

él.

Luego esta misma flecha cayó á mis pies trayendo entre sus plumas esta

gacela que me envia á tí.

Y el príncipe sacó de entre su faja el pergamino, y le mostró á la dama.

--¿Y á pesar de que el buho anunciador de desdichas á tu familia ha

revolado alrededor de tu cabeza, quieres ver á Bekralbayda?

--¡Oh! ¿aunque me costase la salvacion de mi alma? esclamó el jóven

juntando los manos.

--¡Tú la amas!

--Como el arroyo al rio, como el rio al mar, como las flores á los

céfiros, como el dia al sol.

--Príncipe, dijo solemnemente la dama: pues lo quieres, ven.

Y tomó la lámpara que habia dejado en el nicho, y salió de la cámara

guiando al jóven.

La alhambra; leyendas árabes · 第 15 / 311 题