Era el oscurecer de una lánguida tarde de primavera.
Los soldados moros que hasta entonces habian vagado alrededor del viejo
torreon de la Colina Roja, habian penetrado en él; se habia cerrado su
puerta de hierro, y poco despues una espiral de humo habia aparecido
saliendo de una saetera junto á las almenas.
En las ventanas de las casas de la Villa de los judíos y del Albaicin,
empezaba á verse acá y allá el reflejo de las lámparas en el interior de
las habitaciones.
La luna llena, con su bello color nacarado, asomó sobre la cumbre de la
Sierra Nevada, se elevó lentamente é inundó con su blanda luz las
distantes montañas, perdidas tras la neblina, la vega cubierta con un
velo de vapores, y la ciudad que levantaba como fantasmas sobre las
colinas sus torreones y sus alminares.
La Colina Roja estaba desierta; pero un momento despues de la salida de
la luna, quien hubiera estado oculto entre las retamas y los jaramagos
que cubrian las ruinas del templo de Diana, hubiera visto aparecer por
entre una oscura grieta, enteramente cubierta de espinos, una forma
humana.
Miró con recelo en torno suyo, y cuando vió que la Colina estaba
completamente desierta, adelantó recatadamente, y deslizándose por entre
las escabrosidades del terreno, atravesó la cima y bajó á la carrera por
la vertiente que iba á concluir en el valle del Darro.
Luego siguiendo la corriente del rio arriba, atravesando con frecuencia
su escaso raudal, que serpeaba entre los altos barrancos que se llaman
todavía las _Angosturas del Darro_, continuó su marcha por espacio de
una hora, y no se detuvo sino en un lugar donde el rio hacia un profundo
remanso, apilando su corriente como en un estanque, en una ancha y
profunda hondonada del terreno.
El lugar en que el incógnito se habia detenido, era sumamente
pintoresco; anchas y tupidas cortinas de yedra cubrian las cortaduras de
aquel ensanchamiento circular que tenia la forma de un gigantesco
anfiteatro. Las dos estrechas aberturas por donde entraba y salia el
rio, estaban unidas como por un pabellon flotante, por cortinages de
enredaderas que descendian hasta la corriente: sobre los bordes de las
cortaduras, como verdes cabelleras, se levantaban las frondas odoríferas
de los árboles frutales; brillaba la luna en la tranquila agua del
remanso, y en los blancos muros de una casita que se veia en la márgen
opuesta entre álamos y cipreses: delante de esta casa se veia un jardin,
el perfume de cuyas flores traia consigo el aura de la noche, y un
ruiseñor enamorado cantaba entre la espesura uniendo sus cadenciosos
trinos al monótono murmullo del rio.
Al lado opuesto en la estrecha faja de arena pedregosa que dejaba libre
el remanso, se veia una negra abertura entre la maleza, que servia sin
duda de entrada á una gruta.
El incógnito miró en torno suyo, y despues de contemplar indolentemente
cuanto le rodeaba, se sentó sobre una gruesa piedra á la orilla de las
aguas.
La luna le iluminaba de lleno con su blanca luz.
Era un mancebo como de veinte años: por su apostura, por la espresion de
su semblante y por lo rico de sus vestidos y de sus armas, podia decirse
que pertenecia á una poderosa y nobilísima familia mora.
Examinémosle, puesto que la luna nos alumbra, y la soledad y la belleza
del sitio nos convidan al reposo.
Era blanco como la espuma de las aguas, y de formas delicadas y hermosas
como las de una dama: sus ojos negros brillaban en una mirada indolente,
pero fija, poderosa, audaz; ni el mas ligero bozo asomaba en su
semblante de niño, á pesar de que su aventajada estatura, y lo robusto y
desarrollado de sus miembros representaban á un hombre: un casco de
plata con arabescos de oro y esmaltes de colores cubria su cabeza: ceñía
su pecho un coselete de Damasco, bajo una túnica corta de brocado,
sujeta á la cintura bajo una faja de la India: en esta faja se veian
atravesados un largo yatagan y un puñal; vestia calzas de grana, y
ceñian sus pies borceguíes de cuero de Marruecos bordados de oro: por
último, llevaba pendiente de su costado izquierdo una aljaba con
flechas, y se apoyaba en un largo arco de acebo.
Este jóven á la luz de la luna relumbraba: parecia en aquel lugar tan
ameno, tan fresco, tan lánguidamente sonoro, un antiguo caballero
encantado por una hada celosa.
Sentado sobre la piedra, apoyado el estremo del arco en la arena,
afirmada la mano en el arco y reposando la cabeza en el brazo, el
mancebo estuvo mirando fijamente la blanca casita que entre los álamos y
los cipreses se veia al otro lado del remanso al rayo de la luna.
Ni el mas leve ruido salia de ella; ni en sus galerías ni en sus
ajimeces se veia el reflejo de una luz.
O aquella casa estaba inhabitada, ó sus moradores, á pesar que era el
principio de la noche, se habian entregado ya al reposo.
Pero de repente, una voz de mujer, mas dulce que la del ruiseñor que
cantaba en la espesura, mas grave que el murmurio del rio, mas
suspirante que el gemido de las brisas, cantó poco despues de la llegada
del mancebo como para demostrar que todos los habitantes de aquella casa
no estaban entregados al sueño.
Hé aquí el romance que aquella voz cantó al son de una guzla; romance
cuyas palabras llegaron claras, distintas y tentadoras á los oidos del
mancebo.
Del encantado palacio--de las Perlas soy el genio,
y esperando mis amores--envuelta en su encanto duermo.
Guárdanme como la joya--del avaro entre el misterio
de tenebrosos conjuros--velada en niebla y silencio.
Ven, ¡oh, lumbre de mis ojos,--que me abrasas en tu fuego,
y para tí mi hermosura--y mis alcázares tengo!
Soy virgen y de mi frente--dicen que mata el destello,
en dulce encanto de amores--ó en triste penar de celos.
Son mis alcázares reales--la maravilla del tiempo,
y en motes de amor tu nombre--está en dorados letreros
en cintas de azul y grana--escrito en sus aposentos.
Regaladas alkatifas--para tu descanso tengo,
y velarán blancas gasas--de tus amores el sueño.
¡Ven, esposo de mi vida!--¡Regalado sol que anhelo!
¡Ven! mis alcázares tienen--para tí sombra y silencio,
y en ellos con mis amores--luz de mis ojos te espero.
El jóven escuchó trasportado este romance, sus ojos se animaron
gradualmente, y cuando la voz cesó, se levantó de una manera nerviosa,
dejó caer el arco, y estendió sus brazos hácia la blanca casita.
--¡Oh! tú quien quiera que seas, esclamó, muger ó hurí, fruto bendito de
una muger, ó arcángel del sétimo cielo; héme aquí que es la tercera vez
que abandonando á mis guerreros vengo en tu busca: héme aquí ciego sin
la luz de tu hermosura, y si no apagas con tu amor la sed de mi
corazon, moriré como la triste florecilla á quien faltan los rayos del
sol.
Apenas habia pronunciado el jóven estas palabras, cuando revoló,
viniendo no sabemos de donde, alrededor de su cabeza un enorme buho. Al
sentir el ruido de sus alas el mancebo se estremeció: al verlo recogió
el arco que habia dejado caer, armó en él una flecha y la asestó al
pájaro nocturno; este se precipitó en un largo vuelo sobre la casita
blanca, y penetró en ella por el oscuro arco de un ajimez; la flecha
disparada por el mancebo penetró por aquel mismo ajimez en la casita.
Entonces el jóven creyó oir una carcajada leve, que al parecer salia de
la casa; carcajada burlona, intencionada, cruel, en que habia algo de
desesperado, algo de insensato.
--¡Siempre! esclamó: ¡siempre ese pájaro maldito! ¡en mi torreon de
Loja, en las ruinas del templo romano, aquí! ¡y esa carcajada que me
hiela la sangre y que me parece una amenaza!... ¡Una amenaza! ¿y por
qué?
En aquel momento cayó á los pies del jóven, enviada sin duda de la
casita, la misma flecha que habia disparado; en las plumas de la flecha
se veia enrollado un pergamino.
Recogió la flecha el jóven, desató el pergamino, le desenvolvió, le leyó
á la luz de la luna, y vió que decia:
«Si me amas y vienes por mis amores, encaminate á la gruta que tienes á
tus espaldas.»--Bekralbayda[4].
El jóven besó la carta; arrojó otro beso á la casita, puso la flecha en
la aljaba, y se dirigió hácia la oscura gruta esclamando:
--¡Oh! ¡bendito sea el buho, por quien ha penetrado mi flecha hasta la
doncella de la frente pálida!