Por los tiempos en que acontecian los sucesos que vamos á referir, esto
es: por los años de 1240 de la era cristiana, y 637 de la Hegira[1], el
monte en que se levanta la Alhambra, tenia un aspecto enteramente
distinto del que hoy tiene.
No se veian las esbeltas torres orladas de puntiagudas almenas, con sus
estrechas saeteras y sus bellos ajimeces calados; ni los robustos muros
que enlazan estas torres; ni las cúpulas destellando bajo los rayos del
sol los cambiantes de sus tejas de colores; ni la torre de la Vela con
su campana pendiente de un arco, ni el palacio del _Emperador_, ni el
bellísimo _Mirador de la Sultana_, ni mucho menos la modesta torre de la
iglesia de Santa María: ni siguiendo la ladera del monte de la _Silla
del moro_, el verde y florido Generalife con sus galerías aéreas, y su
altísimo ciprés de la _Sultana_, ni más allá, sobre el _Cerro del sol_,
el famoso y resplandeciente palacio de los _Alijares_.
Nada de esto existia aun: solo se veía una colina áspera, pedregosa, de
color rogizo, cubierta de retamas y espinos; en el estremo occidental,
de esta colina se alzaba únicamente una vieja torre, especie de atalaya
de origen y antigüedad dudosos; pero que conservaba algunos vestigios de
haber andado en su construccion los fenicios; y en la parte media de la
colina, en la direccion de Este á Sur, las ruinas de un templo romano
consagrado á Diana.
Esta colina se llamaba la Colina Roja.
A escepcion de las ruinas del templo y de la atalaya, ninguna otra
habitacion humana se veía en ella, y en cuanto á los montes que mas
adelante se llamaron la Silla del moro y el Cerro del sol, estaban
completamente abandonados á los lagartos y á los grillos.
En las ruinas del templo no habitaba nadie, como no fuese
momentáneamente algun bandido ó cazador furtivo, ni en la atalaya vivian
mas que algunos soldados moros, que desde aquella altura observaban la
Vega y las fronteras, para avisar el peligro en el caso de que los
cristianos fronterizos hiciesen alguna entrada.
No era, sin embargo, esta la única torre fuerte que existía en Granada:
en la colina que entonces se llamaba de Albunest, y hoy de los Mártires,
se alzaba el castillo de las Torres Bermejas, dentro de cuya
jurisdiccion murada, se encerraba una pequeña poblacion llamada
Garnat-Al-Jaud, ó Granada la de los judíos, y sobre la colina en que se
estendia el Albaicin, teniendo á sus faldas el Zenet y el barrio del
Hajeriz[2] se alzaban los fuertes muros y las torres chatas, cuadradas
las unas, redondas las otras, de la alcaza Cadima, y mas allá el antiguo
palacio que antes de la construccion de la Alhambra habitaban los emires
árabes, y los primeros reyezuelos moros de Granada, construido por
Aben-Habuz, y llamado por él mismo _Casa del Gallo de viento_.
Pero á pesar de la aridez y soledad de la Colina Roja, el panorama que
desde ella se descubria era encantador; procuraremos describirle, si es
que pueden describirse aquel cielo radiante, que parece transparentar en
su límpido azul la luz de los ojos de Dios: el verdor inmarchito de
aquella tierra de bendicion: la nítida blancura del manto de nieve de
las montañas y su puro matiz de cobalto, procuraremos hacer sentir á
nuestros lectores la belleza sin igual de aquel jardin de delicias, que
sirve de alfombra mágica al trono de la hermosa ciudad á quien llamaban
los moros, la _cándida y la clara_.
Levántase al Oriente una montaña altísima, siempre cubierta de nieve, á
la que sirven de base, grupos de montañas azules, escalones maravillosos
de aquella maravillosa pirámide construida por la palabra de Dios: esta
montaña es Sierra Nevada: nace en ella el Genil, que torciéndose entre
valles odoríferos, bajo la sombra de los álamos, orlado de flores,
arrastra su clara corriente sobre arenas de plata, y desemboca en la
estendida Vega, atravesándola en toda su estension hasta los montes de
Loja, aumentando su corriente por el raudal del humilde Darro, que se
une á él á los pies de Granada, habiendo atravesado antes, desde su
nacimiento, pintorescos valles, y dividido la Colina Roja del barrio del
Hajeriz, con sus ruidosas linfas, que ruedan sobre arenas de oro.
Y esta magnífica llanura que se llama la Vega, que nace á los pies de
Sierra Nevada y se estiende hasta la volcánica Sierra Elvira, deja ver
desde la Colina Roja, bajo el diáfano horizonte que recortan las lejanas
sierras al Poniente, sus mil aldeas blancas como nidos de tórtolas, con
los humildes campanarios de sus iglesias, con los leves penachos de humo
de sus hogares, entre bordaduras de colores, que tales parecen las
alamedas con su verde esmeralda, los olivares con su verde oscuro, los
riachuelos y las acequias que brillan entre los sembrados, cuya
diversidad de matices hace parecer á la Vega, valiéndonos de una frase
muy usada por nuestros poetas, un chal de colores bordado de plata, y
luego levantándose en anfiteatro sobre aquella Vega, á la derecha y á la
izquierda de la Colina Roja, dos montes cubiertos por la poblacion mora;
y en esta poblacion brotando entre las casas, como ramilletes en su
búcaro, grupos de cipreses, de naranjos, de limoneros; y entre estas
casas con sus pardos tejados, y entre estos ramilletes de verdura con
sus vivos esmaltes, torreones altivos y robustos muros, campanarios y
miradores: y sirviendo de dosel á todo esto el Cerro de Santa Elena, y
el del Aceituno, y la Silla del moro y el Cerro del Sol; y sobre este,
al otro lado de un Occéano de aire y de luz la Sierra Nevada, que viene
á ser el diamante del magnífico anillo de montañas que rodean á Granada
y á la Vega.
Quien no ha visto el cielo de Granada no puede comprender hasta qué
grado de luz y de esplendor alcanza el dia: quien no ha visto sus
árboles, no puede saber á cuanta fuerza de esmalte alcanza la
vegetacion, quien no ha dormido entre flores, al lado de una fuente, en
los cármenes[3] del Darro, no puede formar una idea de hasta donde puede
ser armonioso, ese himno que consagra la creacion al Creador, en el
magnífico acorde de los pájaros que cantan, las frondas que zumban, los
arroyos que murmuran, los insectos que vuelan, el aura que suspira en
largas é indolentes ráfagas. Andalucía es el jardin del mundo, y Granada
es el edem de Andalucía.
Pues bien: esas sierras blancas ó azules, esa vega matizada, esas aldeas
que salpican esa vega, esos rios que la atraviesan, esas colinas
cubiertas de casas, de jardines, de torreones, y el firmamento azul que
alumbra con su radiante luz todo este maravilloso conjunto, es el
panorama que se veía hace mas de seis siglos desde la Colina Roja, y que
se ve hoy, aunque modificado en la parte de poblacion por los cambios
que el tiempo efectúa en las obras de los hombres.
Por la situacion de la colina en que ha sido construida, por el panorama
que desde ella se descubre, por el cielo que la alumbra, la Alhambra es
el alcázar mas bellamente situado del mundo.
En 1240, si bien Granada era ya la perla de los musulmanes españoles, si
tenia cuanto bello y maravilloso puede producir la naturaleza, la
faltaba el magnífico _acrópolo_ que debia ser la corona de magestad de
la _reina de Occidente_.
Este acrópolo debia ser la Alhambra, y lo fué.
Hemos contraido el empeño de relataros la historia de ese alcázar
maravilloso: no esa historia árida y severa que solo se ocupa de
sangrientas conquistas y horrorosas catástrofes; no la historia de la
construccion con su lento desarrollo y la insoportable descripcion del
edificio, detalle por detalle, sino la historia romancesca, con todo su
palpitante interés: queremos recoger, compilar en un solo libro, los
dramas que en el recinto de aquel alcázar se han representado; queremos
recoger en una copa todas las lágrimas que en él se han vertido;
queremos haceros sentir, aspirar, los estremecimientos, los latidos de
los corazones que allí han amado, que allí han odiado, que allí han
sufrido; queremos consignar las hazañas y las traiciones que allí han
tenido lugar; queremos hacer pasar delante de vuestra vista, como los
espectros de una linterna mágica, los reyes, las sultanas, las esclavas
del harem, las leyendas de encantamentos, los misterios de cada uno de
aquellos retretes, las citas de enamorados en aquellos sombrosos y
floridos jardines, al rayo de la luna; queremos levantar delante de
vosotros generaciones muertas, y presentároslas llenas de vida, con su
generoso valor, sus amores, sus ódios, su civilizacion y su grandeza;
queremos, en fin, que sepais cuánto vale el pasado de ese alcázar que se
asentaba sobre cuatro montes, y del cual solo queda hoy una pequeña
parte mutilada.
Tal es el difícil empeño que hemos contraido: para llevarle á cabo, es
necesario que nos anticipemos á la construccion de la Alhambra.
Por eso os hemos llevado al sitio en que fué construida.
Por eso al llevaros á la Colina Roja, os la hemos presentado árida y
desierta.