En que Escalion concierta con Sagredo y Rubino, los criados
de Selvago, un convite en casa de Dolosina. Venida la hora, y
sentándose á comer, llega Risdeño á la puerta con un dón para
la vieja. Entrando comen todos juntos, pasando entre ellos
graciosas cosas. Acabada la comida dales nuevas del desposorio
de Flerinardo ser ya concertado, con que muy gozosos él á su
posada se vuelve, quedando los otros en casa de la vieja con sus
criadas. Introdúcense:
ESCALION. — SAGREDO. — RUBINO. — DOLOSINA. — VALERA. — CLAUDIA. —
LELIA. — LIBINA. — RISDEÑO.
_Esc._ Aun ¿qué sería si esta noche hobiesen despachado á mis amos,
enviándolos, como dice el refran, con cartas al purgatorio? que
por mi fe á mala señal tengo haber tan presto Isabela vencídose,
y concedido en el negocio. ¿No fuese ántes alguna guadramaña para
cogellos á todos juntos como en gorrionera, donde paguen hecho y
por hacer? Agora sea, que yo no lo estimo en dos quartos, pues en
salvo está el que repica; y si nos faltase señor, pan comen en
las Italias. Por mi vida, pues, que estaba donoso Flerinardo en
avisarme que diese presto la vuelta; ¿pensábase el necio que estoy
harto de vida? pues engáñase cierto, que más agora que nunca quiero
gozar de mi mundico, pues es mi tiempo, y no que fuera donde, por
ventura, en llegando nos dieran caperuza, ó nos enviáran cargados de
leña; una fuí al baño, y ésa con daño. Este otro dia salieron todos
los compañeros, y áun tuve la muerte á los ojos, que á pocas me
pudieran engastonar en lienzo, y enviarme á poblar el pradillo de San
Agustin, y ¿habia de tornar al juego? pues á fe mia que se engañan
en más de la mitad del justo precio, que desde entónces firmé en mí
de nunca más perro al molino, porque cantarillo que muchas veces
va á la fuente, ó dexa el asa ó la frente. ¿Mas qué digo? ¿no son
éstos Rubino y Sagredo, los criados de Selvago? Ellos son, cierto,
quiéroles hablar sobre qué mundo corre, y si han ellos sido en la
escaramuza, y andan descarriados por aquí. ¡Oh, señores! Y ¿dónde por
estos barrios?
_Sag._ Señor Escalion, están Selvago y Flerinardo en consulta sobre
ciertos negocios, y nosotros venímonos á dar una gateada por aquí á
buscar quien bien nos haga.
_Esc._ ¡Oh, pese al mundo, y cómo he sido engañado, que tan á su
salvo salieron del juego! Pues, señores, ¿sabeis si Flerinardo ha
preguntado por mí?
_Rub._ Creemos que no, porque los dos no han salido de un aposento.
_Esc._ ¿Pues no me decis cómo os fué esta noche? que yo he estado el
más afligido hombre del mundo, que me quisiera hallar en ello, sino
que Dolosina jamas me dió ese lugar, que, como su marido Hetorino
está fuera del pueblo, ella no quiere dexar su casa á humo de pajas,
por temor no la roben; y áun tambien os digo que me tiene hoy allá
convidado.
_Sag._ En lo que desta noche preguntais, sabed que nos fué muy bien;
mas decidnos, señor Escalion, ¿qué gente tiene en su casa Dolosina?
porque os hago saber que Rubino y yo deseamos ser sus parrochianos,
con apercibimiento que acudirémos bien con las obladas.
_Esc._ Sabed, señores, que tiene tres mozas de gentil parecer, de las
cuales una, llamada Libina, tengo yo; mas si vosotros quereis, yo
seré parte á que con las otras privásedes vosotros, mas hágoos saber
que ha de bullir pecunia.
_Rub._ Ántes nos haréis la mayor merced del mundo, que en eso no
faltará.
_Esc._ Pues sea de esta manera: esperadme aquí miéntras voy á la
hablar en ello, y si puedo, negociaré con ella en que hoy comamos
todos juntos.
_Rub._ A tiempo vendria, que á fe mia dos pavos y quatro gallinas he
cantusado de la despensa, de ántes de ayer acá, con intento que el
domingo nos diéramos una holgadura en la huerta del Rey; por tanto
id, que aquí os esperamos.
_Esc._ Pues adios hasta la vuelta. A fe como guante al pié me viene
esto, porque cuidoso andaba por llevar algo de mi parte á la mesa de
Dolosina, que parece mal, quando el convidador es de ménos cuantía
que el convidado, entrarse las manos en el seno á sentarse á la mesa.
A la puerta veo á Dolosina, quiero dalle el mensaje. Madre señora,
¿qué haces pensativa aquí?
_Dol._ Mi fe, hijo, pienso cómo salir de vergüenza contigo y con un
ama de Isabela que tengo convidada, aunque por tí no me daria tanto,
pues como en tu casa estás; pero dáseme de la otra, que yo no tengo
tanta posibilidad como su persona merece.
_Esc._ Pues, madre, un buen remedio te daré si recebirle quieres, el
qual es que los dos criados de Selvago, Sagredo y Rubino, por oidas,
de Claudia y Lelia, tus doncellas (perdóneme Dios si peco), andan en
alguna manera enamorados, y si tú les das licencia que vengan hoy á
comer contigo, ellos proveerán tu mesa de manera que muy á tu honra
cumplas con quien has dicho; y no te pese dello, que mozos son que lo
que por ellos hicieres te sabrán agradecer y gratificar.
_Dol._ Hijo Escalion, ellos y los buenos años vengan en buen hora á
mi casa á recebir servicio.
_Esc._ Madre, pues yo voy á que envien el recaudo.
_Dol._ Hijo, con la bendicion de Dios.
_Esc._ Bien se ha negociado esto; pues la vieja vino tan de corazon
en ello.
_Sag._ ¿Qué nos dices, Escalion?
_Esc._ Que hagais lo que dixisteis, que de buena voluntad seréis
recibidos.
_Rub._ ¡Oh, Dios te dé salud, hermano Escalion, que de verdad no
tenía mayor deseo que tener alguna persona con quien pase tiempo, y
le dé parte de mis placeres!
_Esc._ Pues decidme, ¿qué pensais enviar?
_Rub._ Yo de mi parte dos pavos y quatro gallinas, asimismo el pan
que fuere menester y un buen xamon de tocino.
_Sag._ Pues yo daré principio y postre conforme al tiempo, que será
fruta verde y olivas de Córdoba y queso de Pinto.
_Esc._ Mirad que no contais lo más necesario.
_Sag._ ¿El vino, creo, decis? Pues no tengais pena, que no faltarán
seis ú ocho azumbres de lo de Monviedro.
_Esc._ Contigo me entierren, que quentas al uso del flamenco, que
decia: entre dos compañeros veinte y cinco de vino y uno de pan, y
sobra pan y falta vino; mas tened cuenta de lo proveer con tiempo,
que lo dicho basta quanto la mar.
_Rub._ Deso perded cuidado, que luégo se hará.
_Esc._ Pues alto, ildo á proveer y dad la vuelta, que aquí os espero.
_Rub._ Sea, quedad con Dios.
_Esc._ Por mi fe, Escalion, que á muchas destas se te ha de caer la
colilla; ayer paño para un entero vestido que el príncipe se lo puede
cubrir, esta noche pasada con Libina, que hace comigo más caricias
que la reina Iseo con Tristan, agora comer de autan á costillas de
otro; así, así, pese al mundo, anden todas, y más la caxcada, que
buen rey mozo nos tenemos, haya buena olla, que mal testamento no
ha de faltar. Pues á Dios digo mis culpas, si se hace lo que he
medio oido del desposorio de Flerinardo con Rosiana, allí serán
las descabeñadas, pues librea buena y otros percancillos no pueden
faltar. Pues, por mi fe, aunque dexe una razon por otra, que no
trocase mi estado por del mejor caballero del reino, porque si bien
se mira vivo más descansado y más á mi provecho que todos ellos;
que sus estados y señoríos, no sólo no les traen descanso, mas áun
les causan vida muy desventurada, porque por mucho que tengan para
cumplir con la honra, siempre andan alcanzados, tristes, cuidadosos,
pensativos, llenos de cuidados y congoxas; no tienen un placer
que no reciban innumerables pesares y zozobras. Siempre la barba
sobre el hombro, quando por su causa, quando por la de sus vecinos
y parientes; el pecado venial que cometen se les hace mortal; la
injuria que reciben, por pequeña que sea, es muy acumulada de todos;
andan en mayor peligro si los reyes se muestran furiosos; siempre,
aunque estén sanos, con muletas, que son los criados, los quales, si
les faltan, en casa han de estar encerrados; pues si las rentas no
les acuden á tiempo, no cumpliendo con quien deben, son en público
baldonados y en secreto maldecidos; asimismo son á más obligados con
los pobres, y que poco pueden, lo que si por no poder más no se hace,
luégo el vulgo tiene materia de que roer; esto, en suma de mil quento
de razones que pudie traer al propósito; por el contrario, yo contino
alegre, contino lleno de placer sin haber á quien, si á Dios no,
de mí bueno ni de mí malo sea tenido á dar cuenta, con mi diayvito
donde quiera valgo, donde quiera me honran, donde quiera soy tenido,
si aquí me va bien, acullá no he temor que por robarme me quiten la
vida; si recibo alguna afrenta, en dos dias no hay memoria; si me
quiero ir á pasear sin que aguarde á los criados, lo pueda hacer; y
finalmente, yo, en descanso y dos mil pasatiempos paso mi vida, que
dellos son deseados y nunca habidos, por lo qual muy claro se muestra
que en más aventajada y de desear sea mi vida que la de los que he
dicho. Ya me parece que veo á mis compañeros, bien será, pues se hace
hora, no detengamos la ida.
_Rub._ ¿Es hora, señor Escalion?
_Esc._ Eso decia comigo, que podemos ir, porque huésped con sol ha
honor, quanto más que si fuese temprano podrémos pasar un rato de
tiempo con aquella gentalla.
_Sag._ Sea pues, que ya á razon ha de estar aparejado despues que se
envió.
_Esc._ Iza, iza, ojo á la ventana.
_Rub._ ¿Quién es aquélla, Escalion?
_Esc._ Libina es, que nos llama.
_Sag._ Buena moza es, por mi vida, si la pieza es tal como la muestra
del paño.
_Esc._ Presto seréis fuera de esa duda; mas ahora entremos.
_Dol._ ¡Oh mis hijos! ¡Oh mis emperadores! tal se me torne el bien
qual vosotros me pareceis.
_Sag._ ¡Qué enjaezada parola tiene la noble! mas qual yo y ella
somos, tal salud la dé Dios.
_Dol._ Entrad, mis señores, que todo es vuestro, y como tal lo podeis
tener, juntamente con su dueño.
_Sag._ Madre señora, en buen hora estés tú y la compañía y el
ofrecimiento te tenemos en soberana gracia, que de la mesma manera de
nosotros te puedes servir y en ello estamos muy aparejados.
_Esc._ Dime, madre, ¿quién es aquella dueña que allí está?
_Dol._ La que, hijo, te dixe hoy que era ama de Isabela y gran amiga
mia, que por me hacer á mí merced, hoy se vino á estar con nosotros.
_Esc._ Pues, señora, hazme merced que mandes baxar aquí á Lelia y á
Claudia, que estos mis señores compañeros en tal la recibirán.
_Dol._ ¡Ay hijo! ¿no ves que están las cuitadillas, mal pecado,
desnudas, entendiendo en el comer? mas ten paciencia, que tiempo
habrá para todo; mas esto aparte, por tu fe, Escalion, que me digas,
¿estos gentiles hombres son de la ciudad ó forasteros?
_Sag._ Madre mia, de aquí somos naturales.
_Dol._ Pues decidme, señores, quién fueron vuestros padres, porque si
lo que decis así es, no puede ser sino que de mí seais conocidos.
_Sag._ Sabe, señora, que yo soy hijo de Sempronio, criado de Calixto,
y de Elicia, y este mi compañero es de Parmeno y Areusa, donde por
la familiaridad que nuestros padres tuvieron, ansimesmo por el
parentesco que entre nuestras madres hobo, entre nosotros tenemos muy
firme amistad y bien querencia.
_Dol._ ¡Oh mis buenos hijos! por mi salud, que os he de abrazar, ca
sabed que no pequeño conocimiento tuve yo con vuestras madres, ántes
que desta tierra Parmenia mi madre me llevase, y áun, por mi salud,
que cuando volví y supe el desdichado caso que á las dos acaesció,
que no fué mi dolor pequeño.
_Esc._ Pues dime, madre, ¿qué les aconteció?
_Dol._ No fué nada, hijo.
_Esc._ Dilo ya, madre.
_Dol._ Diéronlas de puñaladas, que no fué nada.
_Esc._ Echa allá, ¿y es pulla ésa? mas dinos, madre, ¿y quién hizo
tanto mal? que, por las ebúrneas puertas tartáreas, sólo por lo que
á la amistad de su hijos debo, en todo el mundo sabiendo quién es le
busque, y más tajadas le haga que letras tiene Baldo y Bartulo con la
Coronica española.
_Sag._ Por mi vida, madre, que hasta agora bien ayunos deso hemos
estado; ca los dos de pequeños nos salimos desta tierra, y por gran
aventura en Italia nos conocimos, donde con deseo de nuestra patria
aquí tornamos, y queriendo saber qué se hizo de nuestros padres, nos
fué dicho que de sus muertes naturales murieron, por lo qual estamos
muy espantados de lo que dices.
_Dol._ Pues yo os diré, hijos: sabed de cierto que Parmeno y
Sempronio por homicidas de una buena vieja murieron degollados en
el mercado, y Areusa, poco despues en casa de la famosa Celestina,
á manos de dos rufianazos, que, si bien me acuerdo, se nombraban
Grajales y Barrada. Eso mesmo Elicia, mucho tiempo despues por un
panfarronazo llamado Brumandilon; aunque no se fué sin castigo éste,
porque degollado murió, y no pensés lo dicho haber muchos dias que
pasó, que de cierto la sangre tienen reciente; mas de una cosa,
hijos, os podés alabar, que teneis madres medio mártires, que, por mi
salud, casi sin culpa las mataron.
_Esc._ Arre nora mala, y á todos ha metido la vieja en la danza, que,
por mi vida, este Brumandilon que ha dicho fué mi padre; ya dolor,
y si se descubriese á mis compañeros, cómo tomarian de mí rabiosa
venganza; mas esto aparte, á fe que está donosa Dolosina, que piensa
que se deleitan estos otros mucho con sus palabras, y no sabe que,
como dicen, no hay peor burla que la verdadera, y ella dalle que
dalle, y entre col y col lechuga, bien te quiero más bao; y despues
que los ha descalabrado, úntales el casco diciendo que sus madres
fueron medio mártires.
_Dol._ ¿Qué dices entre dientes, hijo Escalion?
_Esc._ Digo, madre, que pues eso es ya pasado, no lo traigas de
presente á la memoria, pues no estamos en tiempo de llorar los
muertos, sino de tomar placer entre los vivos.
_Dol._ Mi hijo, no pienses que lo que he dicho ha sido sin causa,
que quiero que sepas que no tanto he querido decir esto por dar á
estos señores pasion en ello, mas porque nos acordemos de la muerte,
que á nadie perdona, y que hoy somos y mañana no; porque, como dice
el sabio, su memoria es parte á nos apartar de ofender á Dios,
especialmente en los placeres y regocijos, de que tenemos ejemplo en
la historia de San Juan que se intitula el limosnero; el qual, siendo
gran señor y obispo, industriosamente hacia labrar su sepulcro bien
despacio siendo muy suntuoso en obra, porque, como todos le dixesen
que ¿cuándo se habia de acabar? le recordasen que se habia de morir;
ansimesmo tenía un hombre que industriosamente, quando estaba en
algun regocijo ó banquete, le venía á decir que hiciese acabar su
sepulcro, pues no sabia quando le habrie menester, porque acordándose
de su muerte no se destemplase en la tal fiesta á cometer algun vicio
y pecado: eso mesmo un señor eclesiástico, noble y generoso caballero
en nuestros tiempos, sobre un mármol que tiene labrado para en siendo
muerto poner su sepulcro, recibe la refeccion quotidiana, y todos ó
los más dias quiere comer en él, en el qual mármol están cortados
unos hermosos versos que, demostrando la historia del caso, nos
avisan que nos abstengamos, con la memoria de la temerosa muerte, de
pecar, especialmente en los tales actos y convites, cosa por cierto
en que cada qual habia de tomar exemplo por el grande fruto que dello
se nos puede conseguir. Esto al presente baste, que pues Libina viene
á nosotros, ya la comida debe estar á punto.
_Lib._ Madre señora, todo está aparejado, ven quando fueres servida.
_Dol._ Sea luégo, hija, que nunca yo hallo mejor tiempo para comer
que quando lo tengo gana, ni me sabe mejor acordándome que Dario, rey
de Persia, huyendo de Alexandre, su enemigo, habiendo perdido todo su
exército, en un cenegal hediondo y lleno de cuerpos muertos se abajó
á beber, diciendo que cosa no le habia sabido mejor en su vida que
aquello, porque con más sed lo habia bebido; por tanto, hijos, si os
parece, vámonos á sentar.
_Esc._ ¡Ay madre! ¿y quién ha de ir acordándose lo que de la muerte
has dicho? que, por mi vida, las cabras nos has metido en el corral
con tus palabras.
_Dol._ ¿Por eso habias de dexar de comer? anda en mal hora, ven,
sentémonos.
_Esc._ Ojo, compañeros, veréslas, que vuestras requebradas han de ser.
_Rub._ Di sus nombres, y señala quál es Lelia, que por el nombre le
soy aficionado.
_Esc._ La que trae las servilletas á la mesa se llama Claudia, la
otra que anda allá dentro es Lelia, por quien preguntais; Claudia es
fresca como veis y hermosa, mas Lelia es más mochacha: si os parece,
lleguémonos hácia allá, y hablarlas hemos.
_Dol._ ¿Dónde vais, locos? venios á sentar.
_Esc._ Acá es, madre, sobre un ciento de bodoques: siéntate tú, que
vamos á ver si las cocineras usan bien su oficio.
_Dol._ Pues así pasa, ven, siéntate, señora Valera, y remojarémos la
palabra miéntras aquellos locos vienen.
_Val._ Cierto, no es malo el xarope; ¿y de dónde lo hobiste? que por
mi salud jamas lo hallo sino vinagre, donde quiera que voy por ello.
_Dol._ Selvago me lo envió, dos horas há; con juramento, que despues
he besado veinte veces el cangiloncillo en que está, que dado caso
que no bebiese, me deleito de llegallo á la boca.
_Val._ Y áun con eso tienes en el rostro tales colores, que por mi
salud en tu mocedad no las podias tener tales.
_Dol._ Malo va esto, vieja me ha llamado; mas no se me irá con ella.
_Val._ ¿Qué dices, comadre?
_Dol._ Digo que como ya tú, de vieja, estás en los huesos, que no has
podido tomar color como yo.
_Val._ Eso me parece al judío que dió la pasa al carnero, y le
atentaba luégo la cola por ver si habia engordado; tú no ves que
hasta que el vino que agora bebí haga operacion áun habrá tiempo.
_Dol._ Pues por la misma causa verás que mis colores son de mio, y
no causados por la bebida; que sabe, si no lo sabes, comadre, que
toda mi vida he sido fermosa y fresca mujer, y como agora en lo mejor
della esté, mira qué maravilla si tengo colores.
_Val._ ¿Qué años habrás, comadre?
_Dol._ Este otro dia hice esa cuenta, y hallé en el libro de la
parrochia que tengo hasta cuarenta años.
_Val._ De la mitad arriba, y áun Dios y ayuda.
_Dol._ ¿Qué dices, comadre?
_Val._ Que de más edad te juzgára.
_Dol._ Y áun más te hago saber, que por de ménos edad me tengo, de
lo qual es buen testigo mi marido Hetorino, que se espanta de ver
el cuerpo que tengo de noche; por lo qual pienso que el libro de
la parrochia se engañó, que mal pecado quando se hace el baptismo,
como el sacristan está embarazado, da el libro á que lo escriban
mochachos, y ellos ponen lo que se les antoja.
_Val._ Ora, comadre, dexa eso, demos otro deogracias, pues tan
ocupados con vuestras dueñas están esos gentiles hombres.
_Dol._ Otra hallarés más perezosa en eso.
_Val._ Ora tañeldes la campanilla, que mucho tardan en su plática.
_Dol._ Locos, locos, ¿por qué no os venis á sentar?
_Esc._ Madre, si tú no vienes á echar el baston entrellos será
escusado, porque la batalla está muy rigurosa, especialmente que las
damas áun de hablarlos se desdeñan.
_Dol._ Agora espera, que yo os concertaré. ¿Qué es esto, Claudia? Y
tú, Lelia, ¿por qué no hablais estos señores, y os venis con ellos á
comer?
_Claud._ ¡Ay, madre, déxate deso! Comed vosotras allá, que yo y Lelia
despues comerémos.
_Dol._ Anda, mal hora, déxate deso. Tómala tú, señor. ¿Cómo es tu
gracia?
_Sag._ Sagredo.
_Dol._ ¿Y el compañero?
_Sag._ Rubino.
_Dol._ Pues, señor Rubino, toma por la mano á Lelia, y tú, hijo
Sagrado, á Claudia; Escalion él se tendrá el cargo á su Libina, y
vámonos á sentar.
_Lel._ ¡Ay, señor! déxame, que no soy desas, ni tengo de ir allá.
_Dol._ ¿Qué es esto, Lelia? ¿Mándolo yo y dices tú otra cosa? ¡Por mi
salud, si no mirára al honor de los convidados, que yo hiciera cosa
que no pluguiera á todas! mas irse han los huéspedes, y comerémos el
gallo, que asaz habrá tiempo.
_Esc._ Ea, señora, no tomes pena, que á ella le pesa por te haber
enojado.
_Dol._ Anda, hijo, déxame, que aquella habia de cumplir de ojos lo
que yo mandaba por la boca.
_Esc._ Hora no haya más. Tú, señor Rubino, con la señora Lelia en
este cabo os asentad, y junto, en esotro cabo, estará Sagredo y
Claudia; yo y Libina nos sentarémos acá en lo baxo; las dos madres,
pues se hallan solas, hagan entre sí compañía en la cabecera de la
mesa.
_Claud._ Madre, á la puerta llaman.
_Dol._ Vé, pues, hija, mira quién es.
_Claud._ ¡Dios sea comigo! y á Risdeño, el enano de Selvago, tenemos
á la puerta con un mozo que trae una pieza de paño.
_Dol._ Él y los buenos años: vé, hija, por tu fe, abre.
_Claud._ Ya voy, señora.
_Risd._ Esté enhorabuena la fresca.
_Claud._ En tal venga el gentil-hombre. Sube, señor, si eres servido,
que allá está mi señora.
_Risd._ Quiero, pues, madre, estés en buen hora tú y la compañía.
¿Qué es esto que veo? ¿y aquí estais vosotros, y no hubiera memoria
del pobre de Risdeño?
_Dol._ Hijo, señor, vengas en buen hora. Daca, Claudia, aquí una
silla, ponla entre mí y la señora Valera. Siéntate, señor, por tu
vida, y comerás.
_Risd._ Quiérolo hacer, pues que tanto me lo ruegan. Tú, mochacho,
dexa sobre esa arca el paño y véte.
_Dol._ No le envieis, señor, comerá primero.
_Risd._ Déxale, madre, que será menester en la posada, que si algo
habie de comer, yo supliré por él y por mí.
_Dol._ Pues ¿y dónde lo habies de echar, señor, que tu cuerpo con
poca cosa se podria henchir?
_Risd._ Donoso está el dicho. ¿Cómo, madre, y agora sabes que tengo
dos estómagos? Pues quiero que sepas que lo que en cuerpo falto
eché en estómagos, que otra cosa no tengo de dentro; si no, exempli
gracia, comenzad á partir esas aves y verés maravillas.
_Claud._ Por mi salud que dice verdad. ¿No veis que hace de engullir?
_Sag._ Déxale, señora, que mucha priesa trae mucho vagar, y quien con
ligereza el camino anda, de descansar tiene.
_Esc._ Ce, señora Dolosina, mira que no guardas la ley de palacio,
que has bebido tres veces con el primer manjar.
_Dol._ Hijo, por eso estamos agora en la sala donde hay otra ley, que
bien sabes que dixo el sabio: «Cuando estuvieres en Roma vive como en
Roma»; por esto quiero yo guardar la ley de sala, pues en ella estoy.
_Esc._ Madre, ¿quántas veces, tú que sabrás todas las opiniones, es
lícito beber en una comida?
_Dol._ Por cierto, hijo, abusion es que nunca la cato, ni la puedo
hallar lo firme; unos, por ser malaventurados, dicen tres, otros,
casi semejantes, dicen cinco, otros nueve, otros trece, y otros, de
la qual opinion soy yo, dicen treinta y seis veces; mas empero yo,
por cumplir con todos, bebo tres, y despues seis, y ansí adelante
hasta el último término, por topar y cumplir lo más cierto.
_Risd._ Eso me parece, madre, como el teniente que echaba las
fiestas, y decia: esta semana, señores, no sé en qué dia cae una,
fiesta de guardar, holgad toda la semana, y así toparés con ella.
_Dol._ Así es, hijo, como decis, por lo qual con justa causa se
me consiente, como ves; quanto más que de tal culpa me desculpa
el refran antiguo que dice que el horno y el viejo por la boca
se calientan; que puesto que yo agora no sea vieja, por estar en
víspera de ello, puedo usar de sus previlegios; mas en eso no mireis
vosotros, que vais, miéntras yo hablo, como por la posta, por esos
pavos, y á pocas me habríedes dexado los huesos en los platos.
_Esc._ No hables, madre, que bien sabes que oveja que bala bocado
pierde, hasta que te enfade el manjar, como hace Risdeño, y no
tendrás de nosotros queja.
_Risd._ ¿Sabeis por qué lo hago yo? yo os diré. Contáronme un
cuentecillo sobre otro tanto como esto, con el qual quedé avisado, y
fué que dos hombres, en un camino que iban, llegaron á una posada,
donde siéndoles puesta para comer una liebre, el uno dellos preguntó
al otro al principio si tenía memoria de que habia muerto su
padre, el respondió que le dieron unas calenturas, y mandándole el
médico sangrar, vino á descubrirse ser resfriado, donde haciéndole
medicinas, y dándole purgas, obrando con algunas dellas tanto que
si viviera quedára purgado para toda su vida, al fin de questiones
levantándosele el pecho tomó y murióse; pues miéntras aquél contaba
esto el compañero habia ya dado al traste con la liebre, de lo cual
el que contaba se sintió mucho, aunque no lo demostró. Otro dia,
poniéndoles, en otro lugar, una gallina para comer, tornó á preguntar
el de primero al otro que de qué habia muerto su padre, el qual,
dando muchos y grandes bocados, respondió en una palabra diciendo: de
una landre.
_Esc._ Hi, hi, hi, por mi vida que estuvo donoso, aunque para
nosotros tambien fué bueno el cuento; pues no te hará daño lo que
entre tanto comiste.
_Risd._ Por eso remedié yo con tiempo, que fué tener pausa hasta que
los estómagos dixeron, no más pavos por agora.
_Esc._ Madre, por tu fe, que nos eches acá el un jarrillo desos, que
allá el uno bastará.
_Dol._ ¡Ay hijo, no digas tal! por tu vida, que me dará desmayo si
así lo hiciese; ¿tú no ves que yo al uno y mi comadre al otro habemos
tomado por compañeros? mas porque con los amigos más se ha de hacer,
toma allá.
_Risd._ Alonge, dixo Lucía al odre; porque bien me basta á matar
la sed lo que escancian las dos que tengo al lado; pues por su
abundancia, traspasando su fuerza el intervalo de enmedio, llega á
poner operacion en mis estómagos.
_Dol._ En Dios y en mi conciencia, comadre, que nos ha llamado
borrachas en buen romance.
_Val._ Comadre, nunca peor os digan; ca sabed que un tiempo, segun he
oido, se tuvo por virtud, que fué quando el gran Caton lo exercitó;
y porque en persona tan veneranda no hubiese vicio, ese que en él se
halló, por ser dél usado, le baptizaron por virtud.
_Dol._ ¡Oh quién fuera en ese dorado siglo!
_Risd._ Burlada te halláras, porque á las mujeres les era vedado.
_Dol._ ¿Qué decis? no lo creo.
_Risd._ Pues sabe que era ansí, que tenian por averiguado ninguna
mujer que bebiese vino ser casta, y despues acá por el apóstol fué
dicho que en el vino estaba la luxuria.
_Dol._ Cierto, gran crueldad hacian éstos con sus mujeres, pues que
tanto bien les vedaban.
_Risd._ Ántes les hacian honra, y si ellos lo bebian, más era por ser
fuertes en las batallas que tenian que por el apetito del cuerpo; más
digo, que algunos mataron sus mujeres porque lo bebieron, y ninguna
pena por ello les fué dada, lo que agora, no solamente á las mujeres
se consiente, mas á los infantes pequeños muy contra toda razon se
les da, porque dado caso que los ponen en mala costumbre, acórtanles
la vida, porque siendo el niño en sí muy cálido por razon de la
sangre que tiene nueva, y el vino ansimismo siendo caliente, dos
extremos juntos consumen la vida al que ansí le fué dado; mas esto
aparte, señores compañeros, mirad que es mucho retozar ése, especial
estando quien lo vea á diente.
_Sag._ Señor Risdeño, no tenés en eso más razon que un bonete
redondo, que si vos sois corto, echaos á vos la culpa, que buenas
mochachas tenés al lado.
_Risd._ Eso será para pedilles consejo en algun arduo caso.
_Sag._ Anda, señor, que el pajar viejo, desque encendido, malo es de
apagar.
_Risd._ Bien es verdad, mas hasta en eso es el trabaxo, y tambien
aquí no hay lugar de lo que decis, porque si yo mostrase mas favores
con alguna de estas señoras, la otra con razon de mí se podia quejar.
_Claud._ Donoso está, por mi vida.
_Risd._ Mas si alguno de vosotros, señores, quiere comigo trocar
asiento, no recibiria pequeño servicio en ello.
_Esc._ Qué, ¿áun servicio ha de ser?
_Risd._ Ya veis, señor, si tal persona como yo se sufre hablar en
otros términos.
_Dol._ Volvedme, hijos, el jarrillo si habés hecho con él.
_Esc._ ¿Ya se acabó eso otro?
_Dol._ Sí, hijo, que, como Risdeño echaba en sus dos estómagos, con
lo que nosotras bebimos concluyóse presto.
_Esc._ Toma, madre.
_Dol._ ¡Ay hijos, y cómo os habeis habido tan cruelmente con él, que
casi tripas no le habeis dexado!
_Risd._ Por mi vida, que son buenas las olivas, y que siempre las
acostumbro por me hacer buen estómago y me quitan la sed de la tarde.
_Dol._ Así es que en eso son apropiadas.
_Esc._ Pues, madre, perdónanos nuestro atrevimiento; tu, Risdeño,
negocia con la madre, que nosotros nos entramos en otra pieza.
_Risd._ Ántes os quiero decir á todos unas buenas nuevas.
_Esc._ ¿Qué son?
_Risd._ Que están concertados los desposorios de Flerinardo y
Rosiana; por tanto, concluid presto, que seréis en la posada
necesarios.
_Esc._ ¡Oh, Dios te dé buenas nuevas, que así será como decis! Ea,
compañeros, cada uno á su albergue con su huéspeda, que quien tiempo
tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente.
_Risd._ Señora Dolosina, mi señor te envia muchas saludes de su
parte, y esta pieza de raja que te mandó ayer en pago de la sortija.
_Dol._ Mi hijo, á tu señor dirás de mi parte que le beso las manos
mil veces por las mercedes que cada dia me hace, y si tú de mí has
menester alguna cosa, aparejada estoy.
_Risd._ De la misma manera me puedes mandar, madre; mas agora me da
licencia, que me he detenido.
_Dol._ Tú, hijo, la tienes.
_Risd._ Pues quédate con Dios, señora.
_Dol._ Él vaya en tu compañía.
_Val._ Comadre, muchos años nos holguemos juntas, y mirad si me
mandais algo, porque voy á la posada de Isabela.
_Dol._ No más sino que le deis mis besamanos, y que le tengo en
merced la sortija.
_Val._ Así lo haré, comadre, quedá en buen hora.
_Dol._ La madre de Dios te guie, comadre Valera.