_Dol._ Alivia tus piés, Dolosina, que áun todavía estás en la tierra
de tus enemigos, no tengan alguna celada encubierta ó vengan en el
alcance caballeros corredores que nos quiten el despojo y quede la
vida de las pihuelas; quiero echar por esta calleja hácia Sant Roman,
que me parece encubierta, en que me podré librar, si tras de mí
vinieren; ya no hay peligro, que léxos estoy, quiero reiterar lo que
por mí ha pasado, pues, como dicen, en salvo está el que repica; por
mi vida, que puedo hacer cuenta que hoy nací, pues de tan eminente
peligro fuí librada, con razon se podria de mí decir, atrevióse
morilla y comiéronla lobos; válame Dios, y que fortaleza y sagacidad
de doncella; sin duda que pasé por ello y no lo puedo creer viendo
una mochacha áun, como dicen, con la leche en los labios, y que tan
fácilmente á la vieja y astuta Dolosina engañase, haciéndole sacar el
hijo del cuerpo y decir duro y maduro, y despues, sin podello negar,
en porte del mensaje, darme tal trato ella y la otra rapaza de su
criada, aunque, por mi vejez, si no fuera por el lugar ser peligroso,
que todos nos entendiéramos á coplas; mas pase, que yo fiadora de
tomar la venganza á mi propósito, mujer es y fermosa, mal me andarán
las manos, pues allá dexé la carta, si no la hago caer en el garlito,
aunque más haga de la grave y generosa. Mas ¿qué digo yo? ¿y cómo
podrá ser esto quando mis sagaces razones para con ella tan poco
aprovecharon? cierto que será trabajoso caso de vencer su fortaleza,
que es á la verdad muy entendida, y al parecer muy casta por extremo;
por mi salud, que si de su manera fuesen todas las mujeres de nuestro
tiempo, que mala ganancia harian las de mi oficio, mas loores á Dios
que no son todas así. Mas ¿qué digo yo? ¿es Valera la que allí viene?
Cierto, ella es, quiérome atapar y pasarme de largo, no me conozca
con el hábito que llevo; mas escusado es, que ya me ha conocido.
_Val._ ¿Qué es esto, señora Dolosina? ¿qué hábito es éste? por
ventura es negocio de importancia, pues así las armas habeis cambiado.
_Dol._ Así es, hermana, como decis; mas ¿dónde guiais vuestro camino
tan de prisa, que me parece que vais á ganar beneficio?
_Val._ Ántes ando en os hurtar el oficio.
_Dol._ ¿Cómo así?
_Val._ Como que tengo para vista del proceso cincuenta piezas de oro
en mi casa.
_Dol._ ¿Quién es la parte?
_Val._ Es secreto.
_Dol._ Por mí no lo dexará de ser.
_Val._ Mi hija de leche, Isabela.
_Dol._ ¡Santo Dios, y qué oigo! pues decidme, hermana Valera, así
hayais buena postrimería ¿quién es el galan?
_Val._ Selvago, si le conoces, se nombra.
_Dol._ ¿Es sueño lo que oigo? agora, pues, las partes me habeis
dicho, decidme lo que pasa, que de vuestro provecho no me puede á mí
pesar.
_Val._ Esa confianza tengo yo de vos, y por tanto os lo quiero
decir. Habeis de saber que Isabela muere por este caballero, y
descubriéndome á mí su secreto, le prometí que con un conjuro que en
un su ceñidor pondria, la primera vez que mirase á Selvago le haria
venir en su propósito; en fin de razones, ella me cargó de cosas de
precio, que dixe ser apropiadas al conjuro, el qual le embié con una
su criada, y yo voy agora con la priesa que veis, á ver lo que ha
pasado.
_Dol._ Maravillas me habeis dicho; mas hágoos saber que yo ando en un
negocio del mesmo Selvago con el hábito que veis.
_Val._ ¡Ay desventurada yo, y qué oigo!
_Dol._ Ántes bienaventurada, y comigo juntamente; que sabed que muere
por Isabela.
_Val._ ¡Oh mi buena hermana! ¿y es verdad lo que decis?
_Dol._ Sí por cierto.
_Val._ Agora os quiero abrazar, que sin duda me habeis dado la vida,
y si os parece, pues bien á nuestro salvo lo podemos hacer, vos
á Selvago por una parte, y yo por otra á Isabela, hagámosles que
compren caro el placer que esperan gozar.
_Dol._ En mi corazon estais, así sea; mas hágoos saber que he hoy
con Isabela estado, que iba por le dar una carta, y siendo en su
presencia, poco me valieron mis astucias á que no barruntase á lo
que iba, y ella y una su criada me dieron un trato de cuerda con sus
almohadillas en que labran, que pensé perder la vida; mas libréme
dellas huyendo dexándoles en un rincon la carca.
_Val._ ¿Dijístesle de parte de quién íbades?
_Dol._ No hubo lugar.
_Val._ Pues en eso estuvo el error; mas, pues ya pasó y no puede
dexar de ser, íos á vuestra casa, que yo quiero llegarme allá, y con
lo que negociáre, á vos acudiré.
_Dol._ Bien me parece eso; mas debes de procurar que ella le escriba
una carta, en que lo mande que esta noche á la hablar por alguna
secreta parte se llegue, que si ella le ama, como decis, fácil será
de alcanzar, y si así fuese, á mí darés provecho y á vos no vendrá
daño.
_Val._ Bien, estoy en eso, mas todavía fuera mejor alargarles la cura
para que alargáran la paga á nosotras.
_Dol._ No se pierde cosa en que se haga lo que tengo dicho, por tanto
concluye de presto, y con la carta, si ser puede, irés luégo á mi
posada.
_Val._ Alto, pues ansí os parece, ansí sea; no me quiero detener, id
con Dios.
_Dol._ Él os guie, hermana Valera; ¿qué te parece, Dolosina, de los
tratos y mudanzas de este mundo? ¡quán presto perdido y quán presto
ganado! ¡quán poco há estaba la más afligida del mundo, apaleada,
habiendo tan mal negociado, y agora alegre y regocijada! y con razon,
pues las albricias que dello espero, no las trocaria por cien piezas
de oro; quiera Dios que no se abuchorne la venida de Valera, que
si así no es, por ciertas las tengo; agora bien, ya veo mi puerta,
quiero entrar y reposar un poco, que el tiempo dirá lo que ha de ser.